Conflictos de interés 6. Después de la tormenta
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6. Después de la tormenta

DESPUÉS DE LA TORMENTA

El éxito de Lúmina Cosmética corrió por la agencia con la velocidad de todo lo bueno que ocurre en un lugar acostumbrado a las malas noticias.

En cuestión de días, Aroa pasó de ser «la chica de contenidos que discutía con el nuevo director» a «la que había salvado la cuenta más importante del trimestre».

Le llovieron felicitaciones de gente con la que apenas había cruzado palabra en cuatro años, invitaciones a comités a los que nunca la habían invitado, una mención en la newsletter interna con su nombre escrito, por primera vez, en negrita.

Era exactamente lo que había querido siempre. Y sin embargo, algo en aquel reconocimiento tardío le supo agridulce, como si hubiera llegado con varios años de retraso y ahora no supiera muy bien dónde guardarlo.

Lo que no esperaba, en cambio, era la costumbre que empezó a instalarse entre ella y Marlin sin que ninguno de los dos la planificara.

Al principio fueron cafés rápidos a media tarde, con la excusa de repasar el siguiente proyecto.

Luego, comidas de trabajo que se alargaban veinte minutos más de lo estrictamente necesario.

Después, una tarde de viernes en la que, sin que mediara ninguna razón profesional, Marlin le preguntó si le apetecía tomar algo al salir, «no para hablar de trabajo, si es posible», añadió, con una torpeza que a Aroa le resultó, para su propia sorpresa, entrañable.

Se sentaron en la terraza de un bar cercano a la oficina, uno de esos sitios pequeños con mesas desiguales que ninguno de los dos habría elegido normalmente, y hablaron de todo menos de Vórtice Comunicación.

Aroa descubrió que Marlin, bajo la fachada de hombre-calculadora que exhibía en el trabajo, tenía un sentido del humor seco y preciso que solo se activaba cuando se sentía suficientemente cómodo como para bajar la guardia.

Descubrió que coleccionaba, sin ninguna vergüenza aparente, mapas antiguos de ciudades que nunca había visitado.

Descubrió que, pese a los tres centros de acogida y a una infancia que mencionaba con la ligereza fingida de quien ha practicado mucho no derrumbarse al contarla, conservaba una fe casi ingenua en la idea de familia, en el concepto de tener un lugar fijo al que volver cada noche y gente esperando allí.

—A veces pienso —dijo Marlin, ya con la segunda copa de vino y una sinceridad que probablemente no se habría permitido en horario de oficina— que trabajo tanto porque, si dejo de hacerlo, tendré que enfrentarme a lo poco que tengo fuera de aquí.

—¿Y qué tienes fuera de aquí?

—Un piso muy ordenado. Una planta que probablemente está a punto de morir. Y la sensación, cada domingo por la tarde, de que el silencio en casa pesa más de lo que debería.

Aroa no supo qué decir. No porque le faltaran palabras, sino porque, por primera vez, entendió con una claridad casi física que aquel hombre que llevaba semanas pareciéndole frío, distante, casi inhumano en su exigencia, no era frío en absoluto.

Era, simplemente, alguien que había aprendido a protegerse tan bien que hasta él mismo había olvidado, en algún punto del camino, cómo se hacía lo contrario.

—Yo también tengo mis versiones de ese silencio —confesó ella—.

Solo que las mías vienen con la sensación añadida de que nunca voy a ser suficiente para nadie.

Ni para mis padres, que siempre esperaban que fuera abogada como mi hermano.

Ni para esta empresa, que ha tardado cuatro años en darse cuenta de que existo.

A veces pienso que por eso trabajo tanto yo también.

Para demostrar algo que probablemente nadie está esperando que demuestre.

Marlin la miró entonces con una intensidad distinta a todas las anteriores, una que no tenía nada que ver con evaluar un informe ni con calcular riesgos de campaña.

—Pues yo lo he visto —dijo—. Desde el primer día. Aunque no lo he dicho tan claro como debería.

—¿El qué has visto?

—Que eres suficiente. Más que suficiente. —Hizo una pausa, como sopesando si continuar—. Que si no te lo he dicho antes ha sido más por torpeza mía que por falta de verdad en ello.

Aroa sintió que algo se le encogía en el pecho, un nudo cálido que no reconocía de ninguna discusión anterior, de ningún desacuerdo sobre estrategias de comunicación. Apartó la mirada, un poco abrumada por la franqueza repentina, y se refugió en la copa de vino.

—Esto es raro —dijo, casi riendo—. Llevamos semanas discutiendo por todo y ahora resulta que...

—¿Que quizá no discutíamos por lo que creíamos que discutíamos?

—Algo así.

Se quedaron en silencio un rato, un silencio que ya no pesaba, que se parecía más a esos silencios cómodos que solo existen entre personas que han dejado de necesitar llenar cada hueco con palabras.