5. La presentación
LA PRESENTACIÓN
El jueves llegó con la puntualidad implacable de los plazos que no negocian.
A las diez de la mañana, Aroa y Marlin entraron en la sala de reuniones más grande del edificio, la que tenía vistas a la Gran Vía y una mesa ovalada tan larga que hacía falta alzar la voz para que te oyeran desde el otro extremo.
Al otro lado de la mesa esperaba la dirección de Lúmina Cosmética al completo: la directora de marketing, el director financiero, y —la incorporación que nadie esperaba— la propia fundadora de la marca, una mujer de setenta y pocos años que raras veces bajaba de su despacho para reuniones operativas.
Aroa sintió que el estómago se le encogía.
No por el cansancio acumulado de noventa y seis horas casi sin dormir, sino por la certeza repentina de que aquella presentación no era solo el cierre de un proyecto: era, de algún modo que no sabía nombrar todavía, una prueba sobre sí misma que llevaba mucho más tiempo esperando pasar.
—Empieza tú —le dijo Marlin en voz baja, mientras conectaba el portátil a la pantalla—. Es tu estrategia. Debe presentarla tu voz.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
No era una frase larga. Ni siquiera especialmente cálida. Pero después de cuatro años viendo cómo sus ideas cambiaban de dueño entre una reunión y la siguiente, aquellas cinco palabras le supieron a algo que no había sentido en mucho tiempo dentro de aquel edificio: reconocimiento.
Aroa presentó durante veinte minutos sin notas, algo que nunca había hecho antes, guiada por una seguridad que le pareció casi ajena, como si aquellas noventa y seis horas hubieran limado alguna capa de duda que llevaba arrastrando desde su primer día en la empresa.
Habló del reposicionamiento de marca, del riesgo calculado en la nueva campaña, de por qué apostar por una narrativa más honesta era, paradójicamente, la opción más segura en un mercado saturado de promesas vacías.
Cuando terminó, la fundadora de Lúmina —una mujer que no sonreía con facilidad, según le habían advertido— asintió despacio y dijo una sola frase que Aroa guardaría durante mucho tiempo:
—Por fin alguien me habla como si mi marca importara de verdad.
El resto de la reunión transcurrió entre ajustes menores y la aprobación, prácticamente sin condiciones, de la propuesta que habían cerrado a las tres de la madrugada sentados en el suelo.
Cuando la sala se vació y quedaron solos recogiendo los cables del proyector, Marlin la miró con una expresión que Aroa tardó un segundo en reconocer, quizá porque nunca antes la había visto en su cara: orgullo.
No el orgullo estirado de quien felicita a un subordinado desde la distancia, sino algo más parecido, se atrevió a pensar, al orgullo de quien ha sido testigo de algo excepcional y se alegra, sinceramente, de haberlo visto.
—Ha sido brillante —dijo Marlin.
—Ha sido trabajo de los dos.
—No. —Negó con la cabeza, muy serio—. Ha sido tuyo. Yo solo he intentado no estropearlo.
Aroa se rio, sorprendida por la honestidad casi torpe de la frase.
—Eso —dijo— ha sido el cumplido más raro que me han hecho nunca.
—Me han dicho que se me da mal la parte social del trabajo.
—Se le da fatal.
—Lo sé.
Se quedaron mirándose un segundo de más, el tipo de segundo que en cualquier otra circunstancia habría resultado incómodo y que, sin embargo, a Aroa le pareció de pronto la cosa más natural del mundo.
Fue Marlin quien rompió el momento, carraspeando y volviendo a concentrarse en enrollar el cable del proyector con una precisión absolutamente innecesaria.
—Debería ir a dormir —dijo—. Llevamos cuatro días sin hacerlo como es debido.
—Sí. Debería.
Ninguno de los dos se movió durante varios segundos más.