4. Noventa y seis horas
NOVENTA Y SEIS HORAS
La crisis llegó, como llegan casi todas las crisis importantes, un lunes por la mañana disfrazada de correo electrónico urgente.
Lúmina Cosmética había decidido, sin previo aviso, adelantar el lanzamiento de su campaña de relanzamiento cuatro semanas.
La razón oficial era «una oportunidad de mercado».
La razón real, que se filtró antes del mediodía a través de los canales habituales de rumor corporativo, era que su principal competencia había anunciado un movimiento similar y el cliente, presa del pánico, quería llegar antes.
Eso dejaba a Vórtice Comunicación con noventa y seis horas para cerrar una propuesta que, en condiciones normales, habría requerido tres semanas más de trabajo.
—Necesito un equipo reducido, centrado exclusivamente en esto hasta el jueves —anunció Marlin en la reunión de urgencia convocada a las nueve de la mañana, con esa voz suya que no subía de volumen ni cuando el edificio se estuviera incendiando—.
Ferrer, usted lidera contenidos y estrategia.
Yo coordino cliente y dirección creativa final.
Nadie sale de este proyecto hasta que esté cerrado.
Aroa levantó la mano, aunque no había ninguna necesidad protocolaria de hacerlo.
—Eso significa trabajar juntos. Codo con codo. Durante cuatro días.
—Es lo que he dicho, sí.
—Solo quería confirmar que ambos entendemos lo que implica.
Por primera vez desde que se conocían, Marlin esbozó algo que, si una tenía mucha imaginación y ganas de creerlo, podía interpretarse como una sonrisa de circunstancias.
—Le prometo, señorita Ferrer, que sobreviviré a la experiencia.
—Yo no estaba preocupada por usted.
Las siguientes noventa y seis horas se convirtieron en un extraño territorio fronterizo entre el infierno y algo que, muy a su pesar, Aroa empezó a disfrutar.
Trabajaban desde las ocho de la mañana hasta pasada la medianoche, rodeados de post-its, cafés fríos y la clase de cansancio que borra las formalidades.
Al segundo día, Marlin ya no se dirigía a ella como «señorita Ferrer» sino, simplemente, como Aroa, y ella había dejado de corregirle cada frase por sistema, en parte porque no le quedaba energía para la guerra y en parte porque, para su sorpresa, sus ideas encajaban con las de él de un modo que no había anticipado: donde ella aportaba riesgo y color, él aportaba estructura y una capacidad casi quirúrgica para detectar el único punto débil de cualquier argumento.
—Esto —dijo Marlin la noche del segundo día, señalando un guion que Aroa acababa de terminar— es bueno. Muy bueno.
—¿Eso ha sido un cumplido?
—Ha sido una observación profesional.
—Suena mucho a cumplido, viniendo de usted.
Marlin no respondió, pero por primera vez desde que Aroa lo conocía, no apartó la mirada cuando ella se rio.
Se quedó ahí, mirándola con una atención que no tenía nada que ver con revisar un documento, hasta que pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo y volvió, algo torpemente, a su portátil.
Aroa fingió no haberlo notado. Pero lo había notado. Y, para su propia sorpresa, la idea de que Marlin Voss pudiera mirarla de ese modo no le resultó tan desagradable como debería.
A las tres de la madrugada del tercer día, exhaustos, sentados en el suelo de la sala de reuniones porque las sillas ya no eran una opción soportable, Marlin le contó, sin que ella se lo preguntara directamente, que había crecido en tres centros de acogida distintos antes de cumplir los doce años.
—No es un secreto —aclaró, como anticipándose a una compasión que no quería recibir—. Solo que nadie pregunta. Y cuando nadie pregunta, una acaba sin practicar cómo contarlo.
—¿Por eso trabaja tanto? —preguntó Aroa, con una suavidad que no sabía que era capaz de emplear con él—. ¿Para no tener que volver a un sitio vacío?
Marlin la miró con una expresión que Aroa no supo descifrar del todo: sorpresa, quizá, de que alguien hubiera hecho la pregunta correcta a la primera.
—Algo así —dijo, y por el tono, quedó claro que aquella conversación, por esa noche, había llegado a su límite.
Aroa no insistió. Pero guardó la respuesta en algún cajón interior, junto a la fotografía del centro de acogida que había visto semanas atrás sobre su mesa, y empezó, sin proponérselo del todo, a construir un retrato de Marlin Voss completamente distinto del que había dibujado el primer día.