3. La lista de errores
LA LISTA DE ERRORES
Las semanas siguientes se instalaron en una rutina que Aroa empezó a llamar, para sus adentros, «la guerra fría de la planta once».
Marlin corregía. Aroa defendía. Marlin volvía a corregir, esta vez con menos margen.
Aroa entregaba, apretando los dientes, una versión que combinaba lo mejor de ambas visiones y que, para su fastidio, siempre terminaba siendo mejor que la original.
Eso no significaba que le cayera mejor. Al contrario.
Cada reunión con Marlin era un ejercicio de resistencia.
Él llegaba con una lista —siempre una lista, siempre impresa, nunca en el móvil— de puntos a revisar, y los repasaba uno por uno sin levantar apenas la vista, como si Aroa fuera un expediente más entre los muchos que debía cerrar antes de las seis.
Nunca preguntaba cómo estaba. Nunca comentaba nada que no tuviera que ver directamente con el trabajo.
Y sin embargo, Aroa había empezado a notar cosas que la sacaban de quicio precisamente porque no encajaban con el retrato de hombre-máquina que se había hecho de él.
Por ejemplo: Marlin se quedaba siempre el último en la oficina, mucho después de que el resto del departamento se hubiera ido, y encendía solo la lámpara de su mesa, nunca la luz general del despacho, como si prefiriera trabajar rodeado de sombra.
Por ejemplo: una vez, sin que nadie se lo pidiera, le había subido una taza de café a la becaria más nueva del departamento cuando la vio con cara de estar a punto de llorar por una entrega imposible, y luego se había marchado sin decir una palabra, como si aquel gesto de humanidad fuera algo vergonzoso que debía cometerse deprisa y sin testigos.
Por ejemplo: en las reuniones con el resto del comité, jamás daba crédito a nadie por nombre.
Nunca decía «esto lo ha hecho Aroa» o «esto es idea de fulano».
Siempre hablaba en plural, «hemos pensado», «proponemos», como si el equipo entero fuera una sola entidad sin rostro cuyo único propósito fuera no fallarle a él.
Eso último era, con diferencia, lo que más la sacaba de sus casillas.
—Es que no entiendo qué necesidad tiene de borrarnos del mapa —le dijo a Cova un jueves, mientras comían un sándwich triste en la sala de descanso—.
Trabajamos como locas en la presentación para el comité de dirección y luego él sube solo, la enseña, y ni siquiera menciona quién ha hecho qué.
Como si todo saliera de su cabeza por generación espontánea.
—A lo mejor es inseguridad.
—¿Inseguridad? Ese hombre tiene la seguridad en sí mismo de un dios griego con acciones en bolsa.
—O a lo mejor —insistió Cova, que siempre había sido la más generosa de las dos, quizá en exceso— tiene miedo de que, si empieza a repartir méritos, alguien se dé cuenta de que él solo no es capaz de sostener todo esto.
Aroa no quiso darle la razón en ese momento, pero la frase se le quedó enganchada en algún rincón de la cabeza, como esas canciones que una odia y tararea de todos modos durante días.
La ocasión de confirmar, o desmentir, la teoría de Cova llegó antes de lo esperado. Un viernes, a última hora, Aroa se quedó terminando unos ajustes en la propuesta y, al pasar frente al despacho de Marlin de camino al ascensor, vio la puerta entreabierta y la luz de la lámpara todavía encendida.
Se asomó sin hacer ruido, más por curiosidad que por prudencia, y lo encontró no trabajando, como esperaba, sino sentado con los codos sobre la mesa y la cabeza entre las manos, en una postura que no tenía nada que ver con la que exhibía en las reuniones.
Sobre el escritorio, junto al cuaderno de siempre, había una fotografía pequeña, algo desgastada en los bordes, de un edificio que a Aroa le pareció, por el tipo de arquitectura, un centro de acogida o algo parecido.
Marlin levantó la vista antes de que ella pudiera retirarse, y por un segundo —solo un segundo— algo en su expresión se quebró de un modo que Aroa jamás había visto en él. Después, tan rápido como había aparecido, la grieta se cerró.
—¿Necesita algo, señorita Ferrer?
—No. Solo... iba de camino a casa.
—Entonces váyase a casa.
No fue exactamente amable. Pero tampoco fue el tono cortante de siempre.
Aroa se marchó sin decir nada más, pero durante todo el trayecto en metro no pudo dejar de pensar en aquella fotografía, en la postura derrotada de un hombre que hasta ese momento le había parecido incapaz de doblarse por nada ni por nadie, y en la pregunta que empezaba a formularse, muy a su pesar, en algún rincón incómodo de su cabeza: ¿y si Marlin Voss no era exactamente quien ella había decidido que era?