Conflictos de interés 2. Cinco de la tarde
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2. Cinco de la tarde

CINCO DE LA TARDE

A las cinco en punto, Aroa entró en el despacho de Marlin con una carpeta bajo el brazo y una coraza invisible que se había pasado toda la tarde reforzando.

El despacho, hasta hacía una semana, había sido un almacén de material de oficina reconvertido a toda prisa en «despacho de dirección» porque el antiguo, el bueno, el de las vistas a la Gran Vía, seguía ocupado por cajas mientras esperaban que llegara el mobiliario nuevo.

Aun así, Marlin lo había organizado con una precisión casi ofensiva: carpetas alineadas por colores, un cuaderno cerrado en el centro exacto de la mesa, un bolígrafo —solo uno— colocado en paralelo al borde.

—Siéntese —dijo, sin levantar la vista del ordenador.

—Prefiero estar de pie. Así la reunión dura menos.

Por primera vez, algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara a Marlin. Duró menos de un segundo, pero Aroa lo vio.

—Cuénteme el estado de Lúmina.

Aroa abrió la carpeta y empezó a hablar.

Cronograma, focus groups, primeras piezas creativas, el posicionamiento que había defendido durante semanas frente a un cliente que cambiaba de opinión con cada luna llena.

Habló durante casi diez minutos sin que Marlin la interrumpiera ni una sola vez, algo que ella interpretó, erróneamente, como una señal de que quizá aquel hombre no fuera tan insufrible como había imaginado.

Entonces él cerró el cuaderno donde había estado tomando notas.

—Hay demasiado riesgo en la propuesta creativa —dijo—. El cliente pidió seguridad, no un giro de guion.

—El cliente pidió «relanzamiento». Relanzar no es repetir lo mismo con otro logotipo.

—Relanzar es no perder la cuenta, señorita Ferrer. Eso es lo primero. Lo demás es aspiracional.

—Con todo el respeto, llevo dos meses reunida con ese cliente. Usted lleva un día en el edificio.

Marlin la miró con esa quietud suya que empezaba a resultarle más irritante que cualquier grito.

—Precisamente por eso puedo ver lo que usted, después de dos meses metida dentro del proyecto, quizá ya no ve. Distancia. Es lo que aporta un director.

—O quizá lo que aporta un director recién llegado es desconfianza gratuita hacia el trabajo de gente que sabe lo que hace.

—No he dicho que no sepa lo que hace.

—Lo ha insinuado.

—He insinuado que su propuesta necesita un ajuste.

Eso es dirección de cuentas, no un juicio sobre su valía profesional.

—Hizo una pausa, y por un instante Aroa creyó ver algo parecido al cansancio cruzar aquellos ojos de hielo—.

Aunque, por lo visto, aquí cualquier comentario se recibe como un ataque personal.

—Quizá porque, en esta empresa, los comentarios rara vez son solo comentarios.

Algo en la frase pareció golpear a Marlin de un modo que Aroa no esperaba. Frunció ligeramente el ceño, como si aquello le tocara un punto que prefería no examinar en horario laboral, y volvió a abrir el cuaderno.

—Quiero una nueva versión de la propuesta para el jueves. Con el mismo fondo, con menos riesgo en la forma. Y quiero verla antes de que salga de este edificio.

—¿Antes de que salga del edificio para ir al cliente o antes de que salga del edificio para irme a casa?

—Las dos cosas —dijo él, sin el menor rastro de humor—. Es todo por hoy.

Aroa salió del despacho con la sensación exacta de quien ha perdido una discusión sin haber dicho nada incorrecto. Cova la interceptó junto a la máquina de café, que efectivamente olía ya a té verde amargo.

—¿Qué tal?

—Es como discutir con una calculadora que además te mira mal.

—¿Tan horrible?

—Peor. Tiene razón en algunas cosas. Y eso es lo que más rabia me da.

Aquella noche, de vuelta en su piso compartido en Chamberí, Aroa se sirvió una copa de vino que no tenía intención de terminarse y abrió el portátil para trabajar en la propuesta, aunque solo fuera por rabia, aunque solo fuera para demostrarle a un hombre que probablemente ni recordaría su nombre completo que Aroa Ferrer no necesitaba que nadie corrigiera su trabajo desde la distancia.

Lo que no sabía —lo que no podía saber todavía— era que, tres pisos por encima del suyo en otro barrio de la ciudad, Marlin Voss estaba haciendo exactamente lo mismo: mirando la propuesta de Lúmina en la pantalla, preguntándose por qué demonios le costaba tanto decirle a aquella mujer de mirada afilada que su trabajo era, en realidad, el mejor que había visto desde que había llegado a la empresa.