Conflictos de interés
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1. El hombre de los ojos de hielo
EL HOMbrE DE LOS OJOS DE HIELO
Aroa Ferrer llevaba cuatro años en Vórtice Comunicación y podía identificar el humor de toda la planta once solo por el sonido de los tacones en el pasillo.
Los suyos, por ejemplo, sonaban distintos los lunes que los viernes.
Los lunes, secos y rápidos, como quien no tiene tiempo para nada.
Los viernes, un poco más lentos, casi indulgentes consigo misma.
Aquel lunes de marzo, sin embargo, sus tacones sonaban distintos a todos los demás lunes. Sonaban a rabia.
—¿Te has enterado? —Cova asomó la cabeza por encima del panel que separaba sus mesas, con esa expresión que solo ponía cuando tenía cotilleo fresco, del que quema—. Lo han puesto a él. Director de Cuentas. Firmado esta mañana.
Aroa no necesitó preguntar quién era «él». Solo había un candidato posible, un nombre que llevaba tres semanas flotando por los pasillos como una amenaza con corbata: Marlin Voss.
—Genial —dijo Aroa, sin ninguna alegría en la voz—. Justo lo que necesitaba esta empresa. Otro hombre con complejo de dios que no sabe ni dónde está la máquina de café.
—Sabe dónde está. La usa para calentar agua. Toma té verde. Sin azúcar, sin nada. —Cova hizo una mueca—. Da mal rollo un hombre que toma el té así de amargo.
Aroa resopló y volvió a mirar la pantalla, donde tenía abierta la propuesta en la que llevaba trabajando dos meses: la campaña de relanzamiento para Lúmina Cosmética, un cliente que representaba casi el quince por ciento de la facturación de la agencia.
Era, sin exagerar, el proyecto más importante que había liderado en su carrera.
Y hacía tres días le habían dicho, de pasada, en el ascensor, que el nuevo director de cuentas «se incorporaría a supervisarlo todo de cerca».
Supervisar. Qué palabra tan generosa para «meter las narices donde nadie le ha llamado».
Ironías de la vida: nadie sabía mejor que Aroa lo que significaba tener una nariz por la que la gente se fijaba antes de fijarse en nada más.
La suya era larga, recta, con un puente marcado que su madre insistía en llamar «nariz de familia noble» y que sus compañeros de colegio, mucho menos generosos, habían bautizado con motes que ya ni recordaba sin que le doliera un poco.
Con los años había aprendido a llevarla como una bandera en vez de como una condena.
Era su nariz la que olía las mentiras en una sala de reuniones antes que nadie.
Era su nariz la que, según ella misma se repetía en los peores días, le daba carácter. Perfil. Una cara que no se olvidaba.
Lo que no tenía tan claro era si alguna vez, en cuatro años, alguien en aquella empresa se había fijado en algo más que en su nariz o en su capacidad para entregar informes a tiempo.
Había visto ascender a compañeros con la mitad de su trabajo y el doble de labia.
Había visto cómo sus ideas cruzaban una mesa de reunión y volvían, minutos después, atribuidas a otra persona con una voz más grave y un traje más caro.
Llevaba cuatro años siendo imprescindible y invisible al mismo tiempo, una combinación que empezaba a resultarle insoportable.
—¿Y bien? ¿Lo has visto ya? —insistió Cova.
—Solo en la foto del organigrama. Parece sacado de un anuncio de perfume caro. De esos que huelen a ambición y a soledad.
—Pues prepárate, porque baja a esta planta dentro de diez minutos. Reunión de equipo. Convocatoria de última hora.
Aroa cerró los ojos un segundo. Diez minutos. Ni siquiera le habían avisado con margen suficiente para maquillarse el ceño fruncido.
Cuando Marlin Voss entró en la sala de reuniones de la planta once, lo primero que pensó Aroa fue que las fotos del organigrama, por una vez, no mentían.
Alto, con ese tipo de porte que no se aprende sino que se hereda o se impone a fuerza de disciplina, vestido con un traje gris marengo que parecía cortado a medida por alguien que odiaba las arrugas tanto como los errores.
Pero lo que la dejó momentáneamente sin palabras —algo que rara vez le ocurría— fueron los ojos.
Azules. No de un azul bonito y ya está, sino de un azul casi frío, del color exacto del hielo cuando lleva demasiado tiempo en el congelador y ha empezado a agrietarse por dentro.
Un azul que recorrió la mesa entera antes de posarse en cada persona como quien pasa lista, evaluando, catalogando, sin prisa por sonreír.
—Buenos días. Soy Marlin Voss. A partir de hoy voy a estar al frente del área de Cuentas, lo que significa que voy a estar muy encima de todos los proyectos activos. —Hizo una pausa, como si esperara que aquello inquietara a alguien—. Empezando por Lúmina Cosmética.
Aroa sintió que la sala se hacía un poco más pequeña.
—Ese proyecto es mío —dijo, antes de poder pensarlo dos veces—. Lo he liderado desde el primer brief.
Marlin la miró por primera vez de verdad. No fue una mirada larga, ni siquiera especialmente intensa; fue, sobre todo, evaluadora, del tipo que uno reserva para un informe financiero que no cuadra.
—Y seguirá siéndolo —dijo—. Con supervisión.
—No necesito supervisión.
—Todo el mundo necesita supervisión, señorita...
—Ferrer. Aroa Ferrer.
—Señorita Ferrer. —Lo dijo como quien anota un nombre en una lista que consultará más tarde—. Sobre todo en una cuenta de este tamaño, con este margen de error. Nos reuniremos esta tarde a las cinco para revisar el estado actual.
Y sin más, sin dar opción a réplica, continuó con el resto del orden del día como si aquel breve pulso no hubiera ocurrido. Como si Aroa fuera una línea más en su lista de tareas, ya resuelta, ya archivada.
Fue entonces cuando decidió, con la misma claridad con la que decidía casi todo en su vida, que odiaba a Marlin Voss. No de una manera abstracta ni pasajera. Lo odiaba con la precisión de quien ya sabe exactamente qué palabras usaría si algún día tuviera ocasión de decírselo todo a la cara.
No podía imaginar, en ese momento, cuántas veces cambiaría de opinión antes de que terminara el año.