Conflictos de interés 20. Preparativos
91%

20. Preparativos

PREPARATIVOS

Los meses que separaron la pedida de mano en la Casa de Campo de la boda propiamente dicha fueron, para sorpresa de ambos, mucho más reveladores de quiénes eran realmente que cualquier crisis de cliente vivida hasta entonces.

Organizar una boda, descubrieron, tenía muchísimo en común con dirigir una campaña de comunicación bajo presión: plazos ajustados, proveedores que cambiaban de opinión, presupuestos que había que defender con uñas y dientes, y un cliente final —en este caso, ellos mismos— cuyas expectativas había que gestionar con delicadeza cuando no coincidían entre sí.

—No quiero flores importadas —dijo Aroa una tarde, revisando presupuestos con la misma cara de concentración que reservaba para las cuentas de Lúmina—. Quiero algo de temporada, de proximidad. Va con lo que somos.

—Estoy completamente de acuerdo —respondió Marlin, sin levantar la vista de su propia lista, esta vez no de correcciones de campaña sino de proveedores de catering—.

Aunque discrepo en lo del menú. Creo que deberíamos ofrecer opción vegetariana completa, no solo un plato simbólico como oferta secundaria.

—Eso iba a proponer yo también.

—Lo sé. Por eso lo he dicho antes.

Se rieron, con esa complicidad que ya no necesitaba grandes explicaciones, conscientes ambos de lo lejos que quedaba ya aquella primera reunión de trabajo en la que discrepar había sido sinónimo de guerra silenciosa.

Ahora discrepar, cuando ocurría, era simplemente parte de la conversación, un ejercicio compartido de construir algo entre los dos sin que ninguno tuviera que ceder del todo ni imponerse por completo.

No todo fue sencillo, sin embargo. La organización de la lista de invitados sacó a relucir, una vez más, las cicatrices que ambos arrastraban desde mucho antes de conocerse: Marlin, indeciso sobre si invitar o no a su madre, pasó semanas dando largas al tema hasta que Aroa, con la paciencia que había aprendido a tener con él sin dejar de ser honesta, le hizo la pregunta que llevaba tiempo posponiendo.

—¿Qué es lo que de verdad te da miedo? ¿Que venga, o que no venga?

Marlin se quedó en silencio un buen rato, mirando por la ventana del piso que todavía compartían, antes de responder con una sinceridad que le costaba visiblemente reunir incluso después de dos años juntos.

—Me da miedo que venga y que, en el fondo, siga sin sentir que soy alguien por quien merezca la pena hacer el viaje. Y me da miedo, si no la invito, quedarme sin saber nunca si me equivoqué al no darle la oportunidad de demostrarme lo contrario.

—Entonces invítala. No porque tengas que perdonarla ni porque tenga que compensarte nada.

Invítala porque tú, Marlin Voss, eres lo bastante grande como para dar esa oportunidad sin que eso signifique que le debes nada a cambio.

Y si no viene, o si viene y sigue sin estar a la altura, vas a tener a toda una nueva familia alrededor esa noche que sí sabe exactamente el valor que tienes.

Fue, quizá, la mejor decisión que Marlin tomó en todos los preparativos, y la que terminó, meses después, devolviéndole no solo la presencia de su madre en la boda, sino el inicio lento y todavía frágil de una relación que ninguno de los dos había esperado poder reconstruir.

Vórtice Comunicación, mientras tanto, seguía su curso habitual, con la novedad de que la noticia del compromiso de sus dos directivos más visibles había dejado de ser motivo de rumor de pasillo para convertirse, sencillamente, en una parte más de la vida de la agencia.

Cova, ya instalada en su papel de mejor amiga oficial de la novia, se autonombró coordinadora informal de la despedida de soltera, un evento que incluyó, contra todo pronóstico, una clase de percusión brasileña que dejó a Aroa con agujetas durante tres días y con una de las mejores anécdotas de su vida para contar en cenas futuras.

Patricia, ya jubilada pero siempre presente en los eventos importantes de la agencia que la había visto crecer profesionalmente durante más de veinte años, le confesó a Aroa una tarde, tomando café en su antiguo despacho reconvertido ya en sala de reuniones, que había apostado, en secreto, con otra compañera de Recursos Humanos, sobre cuánto tardarían Aroa y Marlin en formalizar su relación después de aquella primera reunión tensa sobre la propuesta de Lúmina.

—¿Y cuánto apostaste? —preguntó Aroa, divertida.

—Seis meses. Perdí estrepitosamente. Tardasteis casi el doble, cabezotas los dos.

—En nuestra defensa, diré que empezamos discutiendo bastante en serio.

—Querida, empezasteis discutiendo como si el destino de la civilización dependiera de una campaña de cosmética. Cualquiera con dos ojos en la cara sabía perfectamente hacia dónde iba aquello.

Aroa se rio, pensando en lo distinto que le parecía ahora aquel primer lunes de marzo, cuando había decidido, con la precisión de quien ya sabe exactamente qué palabras usaría para decírselo a la cara, que odiaba a Marlin Voss con toda su alma.

Qué poco, pensó, sabía entonces de todo lo que ese odio inicial estaba a punto de convertirse.

La invitación llegó a todos los empleados de Vórtice Comunicación en un sobre color crema, con una tipografía elegante que solo alguien acostumbrado a diseñar campañas de marca podía haber elegido: «Aroa y Marlin os invitan a celebrar con ellos el día más importante de su vida».

Cova, al recibirla en su propia mesa —ya como madre reciente de una niña que había heredado, para diversión general de la oficina, los ojos azules de su padre y el carácter inflexible de su madre—, se echó a llorar de la emoción antes siquiera de terminar de leerla.

La boda se celebró en junio, en un cortijo a las afueras de Madrid rodeado de olivos que a Marlin le recordaban, según confesó en su discurso, al jardín donde le había hablado por primera vez de su madre.

Ella, efectivamente, asistió: una mujer menuda, de mirada cansada y manos ásperas de trabajo, que se pasó buena parte de la ceremonia secándose las lágrimas con un pañuelo bordado que, más tarde se supo, había pertenecido a la abuela de Marlin, la única persona de su familia biológica que, según le contó su madre aquella tarde en un aparte silencioso, siempre había creído que su nieto llegaría lejos.

—Habría estado muy orgullosa de ti —le dijo, apretándole la mano—. Igual que lo estoy yo, aunque haya tardado demasiados años en decírtelo con claridad.

Aroa, vestida con un traje sencillo que había elegido precisamente porque no escondía nada de ella —ni su ambición, ni su nariz, ni las cicatrices invisibles de cuatro años sintiéndose invisible en su propia empresa—, caminó hacia el altar improvisado bajo los olivos con su padre a un lado y Cova al otro, sosteniendo el ramo con la misma firmeza con la que, dos años atrás, había defendido su primera propuesta para Lúmina Cosmética frente a un hombre de ojos de hielo que había estado a punto de arruinárselo todo con una lista de correcciones impresa.

—Cuando te conocí —dijo Marlin, durante los votos, con una voz que le temblaba lo justo para que quedara claro que aquellas palabras, a diferencia de tantas otras que había pronunciado en su carrera, no las había ensayado ni una sola vez— pensé que eras la persona más terca que había conocido en mi vida.

Y sigo pensándolo, para que conste, aunque ahora lo diga como el mayor de los halagos.

Esa terquedad tuya, esa negativa absoluta a dejarte reducir a lo que otros decidieran que merecías, es exactamente lo que me enseñó a no conformarme yo tampoco con la vida pequeña que llevaba construyéndome desde niño.

Me enseñaste que se puede pelear por algo grande sin perder la ternura por el camino.

Y quiero pasar el resto de mi vida aprendiendo, cada día, lo que significa eso.

Aroa, con lágrimas que ya no intentaba disimular, respondió con unos votos mucho más breves, pero no menos sentidos:

—Llegaste a mi vida el mismo día que me arrebataste el proyecto más importante de mi carrera hasta entonces, y te odié con una precisión que todavía me sorprende.

Pero debajo de ese odio, si soy sincera, había algo que reconocí de inmediato, aunque tardara meses en admitirlo: alguien que, como yo, había aprendido a protegerse tanto que casi se le había olvidado cómo se hacía lo contrario.

Contigo he aprendido a dejarme ver sin miedo, con nariz larga y ambición sin disculpas, y no pienso volver a esconderme nunca más.

Gracias por ver, desde el primer día, incluso cuando yo todavía no me atrevía.

El banquete se prolongó hasta bien entrada la madrugada, con Cova organizando un brindis improvisado por «el jefe más insoportable que ha tenido nunca esta empresa, y la mejor decisión profesional y personal que ha tomado jamás mi mejor amiga», con Patricia —jubilada ya, pero fiel invitada a cualquier evento de Vórtice— bailando hasta que se le acabaron las fuerzas, y con la madre de Marlin, sentada junto a los padres de Aroa, comentando con genuina sorpresa lo mucho que se parecía su hijo, después de todo, al niño testarudo que había sido antes de que la vida los separara.