Confesiones prohibidas – 6 historias eróticas (Volumen 2) Confesión 1 #2
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Confesión 1 #2

Me quedé en silencio. El mundo pareció detenerse. Por un instante pensé que iba a ceder, que mis manos lo buscarían, que mi boca diría lo que de verdad sentía. Pero, en lugar de eso, aparté la mirada.

—Vete, David. —Mi voz salió débil, casi un gemido.

Retrocedió despacio, sin dejar de mirarme.

—Me voy. —Esbozó media sonrisa—. Pero ya sabes que volveré.

En cuanto la puerta se cerró, me senté y hundí la cara en las manos. Estaba temblando. De rabia. De miedo. De deseo. Todo a la vez. Algo en mí no andaba bien. ¿Cómo podía odiar a ese hombre y, al mismo tiempo, imaginar su sabor en mi boca?

Pasé el resto del día intentando huir de mí misma, con la cabeza enterrada en hojas de cálculo, correos e informes.

Pero esa noche, al llegar a casa, no pude resistirme.

Abrí el portátil y busqué El Círculo Rojo.

Las palabras «fiestas secretas», «máscaras» y «anonimato» abrieron un abismo.

Me adentré en foros ocultos y en páginas de la deep web que parecían sacadas de una pesadilla, y allí encontré su nombre. DavidR_77. Uno de los moderadores.

El corazón se me aceleró. De verdad formaba parte de aquello. Vivía en ese mundo de sumisión y control. Y ahora yo formaba parte del juego.

Al día siguiente apareció un sobre en mi escritorio. Dentro había una tarjeta con una sola frase escrita a mano:

«¿Quieres descubrir quién lleva la próxima máscara?»

Al dorso había una dirección.

Todo mi cuerpo se estremeció. Debería haberlo ignorado. Borrado. Olvidado. Pero el deseo es una fuerza que desafía toda lógica.

El sábado, a las diez de la noche, volvía a estar frente a la mansión Valmont, con una máscara nueva: negra esta vez.

El ambiente era el mismo: música suave, gemidos dispersos, velas encendidas y cuerpos al descubierto. Deambulé por el lugar intentando disimular mi ansiedad, pero me ardía la piel solo de imaginar lo que podía pasar. Una mujer con un collar de plata se me acercó y me condujo por un pasillo oscuro.

—Te está esperando —dijo.

—¿Quién?

Ella se limitó a sonreír y abrió la puerta.

La habitación estaba casi a oscuras, iluminada solo por un tenue resplandor rojo. Él estaba allí. Máscara negra, camisa a medio desabrochar, respiración lenta. Reconocí su cuerpo incluso antes de oír su voz.

—Pensé que no vendrías —dijo.

—Yo también —respondí, intentando ocultar el temblor.

—¿Sigues teniendo miedo?

—Sí.

—¿Y aún lo deseas?

Tardé en contestar, pero cuando por fin lo hice, la verdad se me escapó.

—Sí.

Se acercó y se quitó la máscara. Ya no quedaba ningún misterio. Era él. David. El empleado al que debería haber castigado, no deseado.

—Quiero ver hasta dónde llegas ahora, sin la venda en los ojos —susurró—. Quiero ver la cara de la mujer que se corre así solo para mí.

Antes de que pudiera reaccionar, me empujó con suavidad contra la pared.

Su boca encontró la mía con una urgencia que mezclaba rabia y hambre.

Besaba como un hombre que reclama algo que ya le pertenece.

Mis manos intentaron apartarlo, pero acabaron agarrándose a sus hombros.

Lo odiaba, pero quería volver a sentirlo.

—Me has vuelto loca —murmuré entre besos.

—Solo te mostré lo que ya estaba dentro de ti. —Deslizó las manos hasta mi cintura y me atrajo contra su cuerpo—. ¿Qué sientes ahora?

—Vergüenza. —Me costaba respirar.

—Y placer. —Me mordió el labio—. No me mientas, Olivia.

A partir de ese momento, todo se volvió fuego.

La pared fría a mi espalda, su cuerpo ardiente delante, el choque de nuestras respiraciones, como dos animales en celo.

Me fue dejando un rastro de besos por el cuello, lamía cada curva como si quisiera marcar su territorio, y cuando se arrodilló frente a mí, todo mi cuerpo se rindió.

—Ábrete para mí —ordenó con una voz ronca, firme y sucia.

Obedecí.

Su lengua me encontró, caliente y hambrienta, y el primer contacto me hizo gemir muy alto, completamente fuera de control. El coño me palpitaba, empapado. Me chupó como si quisiera saborear cada gota, me succionó el clítoris con fuerza hasta hacerme arquear la espalda y gemir su nombre.

—Joder... —jadeé con la voz temblorosa—. Así, justo así...

Se rió contra mí, y el sonido vibró entre mis piernas.

—Te gusta que te coma el coño, ¿verdad?

Asentí, sin aliento. La habitación daba vueltas y el sonido de nuestras respiraciones entremezcladas parecía el único idioma que importaba.

Sus manos subieron por mis muslos con la seguridad de un hombre que sabe exactamente dónde tocar, y ya no me quedaban fuerzas para fingir que no quería que me follara.

—Mírame —ordenó, agarrándome la barbilla—. Quiero ver qué pasa cuando dejas de luchar contra tu propia lujuria.

—No estoy luchando. —La mentira salió temblorosa, apenas un susurro.

Sonrió, una sonrisa que mezclaba dominio y peligro.

—Sí que lo estás. Pero pronto te cansarás.

Su boca volvió a subir, me mordió el cuello y se me erizó la piel de todo el cuerpo.

Su polla me rozó el vientre, dura, caliente, palpitante.

Me apretó contra la pared, su cuerpo como una barrera sólida que me dejaba sin escapatoria.

Cerré los ojos tratando de huir de la culpa, pero solo quedaba el sonido de nuestros gemidos, el olor a sexo y el sabor de querer más.

—¿Por qué has vuelto? —preguntó con la voz baja y áspera—. ¿Por qué has venido si me odias tanto?

—Porque necesitaba entender lo que pasó.

—¿Y ahora lo entiendes?

—No.

—Entonces deja que te lo vuelva a mostrar. —Me atrajo con fuerza hacia él y nuestras bocas se estrellaron en un beso largo y sucio, cargado de rabia y de deseo.

Me besó como si quisiera castigarme, y yo respondí como si quisiera ser castigada. Nuestras lenguas se enredaron, la saliva resbalaba entre nuestros labios, el sabor a semen y a vino mezclados. Cada vez que me suj etaba, me rendía un poco más.

—Deberías avergonzarte —murmuré sin aliento.

—¿Yo? —Se rió contra mi boca—. ¿O tú, que has venido hasta aquí para que te folle el hombre al que dices despreciar?

Su burla me atravesó como un cuchillo. Intenté apartarlo, pero me atrapó las muñecas sin esfuerzo. Su fuerza me mojó aún más.

—Suéltame. —Intenté sonar firme.

—Dilo otra vez —susurró, pegando los labios a mi oído—. Pero mírame cuando lo digas.

Y lo miré. Y lo que vi en sus ojos me hizo olvidar el resto del mundo. Había algo crudo en ellos, una verdad que me desnudaba más a fondo que cualquier caricia: me tenía dominada, y me encantaba.

El tiempo se detuvo. El mundo se redujo al sonido de nuestros cuerpos chocando, al golpeteo de la piel contra la piel, a los gemidos ahogados.

Sentía cómo su polla entraba y salía de mí, dura, y todo mi cuerpo temblaba, sus dedos clavados en mi cintura.

Ya no importaba que fuera mi subordinado ni que lo que hacíamos estuviera mal; solo importaba el placer.

El orgasmo llegó caliente y brutal, y me arrancó de la garganta un grito que resonó por toda la habitación.

Cuando terminó, nos quedamos en silencio. Su cuerpo seguía sobre el mío, nuestros corazones desbocados, el olor a sexo pegado a la piel. Me recorrió despacio la cara con los dedos, con una ternura que casi me rompió.

—Ahora lo entiendes —dijo con calma—. No era el anonimato lo que te excitaba. Era la libertad de ser quien el mundo no te deja ser.

Me quedé inmóvil, con el cuerpo todavía palpitando. Él se levantó, se puso la camisa y cogió la máscara.

—¿Y ahora qué? —pregunté, sin saber si quería oír la respuesta.

—Ahora eliges tú —respondió—. Puedes volver a tu vida perfecta y fingir que no ha pasado nada… o volver cuando quieras que te follen como Dios manda.

La puerta se cerró tras él y el eco resonó como un veredicto final. Me quedé allí, desnuda, sudorosa, con su sabor en la boca y la certeza de que nada dentro de mí volvería a ser igual.

El lunes, el mundo parecía intacto, pero yo ya no era la misma mujer. Se cruzó conmigo en el pasillo de la oficina y me dedicó una sonrisa discreta, como quien guarda un secreto que nadie más tiene por qué saber. Seguí caminando, fingiendo indiferencia.

Pero esa noche, al cerrar los ojos, su voz volvió.

«A veces, para encontrarte, primero tienes que perderte».

Y lo comprendí. Porque nunca nadie me había hecho correrme y perderme a la vez.