Confesión 1
La máscara roja
Mis tacones resonaban en el suelo de mármol del pasillo mientras yo intentaba parecer tranquila, aunque el corazón me latía a mil por hora.
Aquella mañana era como otra cualquiera: café solo, una montaña de informes y la reunión semanal con el director ejecutivo, Victor Hayes.
Pero había algo distinto en mí. Un escalofrío sutil, una inquietud que no sabía explicar.
Quizá fuera el correo que había recibido la noche anterior, una invitación anónima tan intrigante como… peligrosa.
Durante unos minutos pensé que era una broma.
Después pensé en Victor. Siempre me había mirado de un modo que cruzaba los límites de nuestra jerarquía profesional.
Era un hombre de una presencia poco común: alto, con canas en las sienes, la mirada firme detrás de las gafas y una voz que parecía hecha para dar órdenes.
Supuse que, si alguien en la empresa tenía el poder y la audacia de enviar algo así, era él.
Durante la reunión no pude dejar de observarlo. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí una descarga eléctrica recorrerme la espalda. Sonrió apenas —esa sonrisa contenida, calculada— y quise creer que detrás había un secreto.
—¿Distraída hoy, Olivia? —preguntó con voz grave y suave a la vez.
—Solo cansada, señor Hayes.
—¿Cansada, o tiene la cabeza en otra parte? —insistió, inclinándose ligeramente sobre la mesa.
—Puede que las dos cosas —respondí, intentando disimular el rubor.
Me sostuvo la mirada unos segundos que se me hicieron eternos.
—Descanse. El fin de semana le vendrá bien.
Lo dijo de un modo que sonó a promesa.
Pasé el resto del día pensando en el mensaje, intentando decidir si debía ir. Una parte de mí sabía que era una locura. La otra —la que siempre había permanecido oculta bajo capas de control y autoridad— me suplicaba que aceptara.
La noche señalada me quedé de pie ante el espejo, con un vestido negro ajustado y la máscara roja en las manos.
El reflejo me devolvía a una mujer a la que apenas reconocía: los ojos cuidadosamente delineados, los labios rojos, la respiración superficial.
Cogí un taxi y le di la dirección al conductor.
La mansión era enorme, rodeada de árboles y de silencio. En la entrada había guardias de seguridad con traje, y todos los invitados llevaban máscaras muy trabajadas. Una mujer vestida de dorado me tendió una copa de champán y me susurró:
—Bienvenida al Círculo Rojo. Aquí nadie pregunta nombres. Aquí eres quien desees ser.
La música electrónica palpitaba en el aire y se mezclaba con los gemidos que llegaban de algún rincón más profundo de la mansión.
Los cuerpos se tocaban, bailaban y desaparecían por pasillos oscuros.
El corazón me latía al ritmo de todo aquello.
Caminé despacio, sin perder detalle, hasta que una mano me tocó la cintura.
—Bonita máscara —dijo una voz masculina y firme junto a mi oído.
—Gracias.
Intenté sonar segura, pero me tembló la voz.
—Es tu primera vez aquí, ¿verdad?
—Sí… ¿cómo lo sabes?
—Siempre me doy cuenta cuando alguien todavía está aprendiendo a perderse.
Se rio por lo bajo, un sonido que me hizo estremecer.
El hombre me guio por el salón de baile hacia un pasillo iluminado con velas.
Las puertas estaban entreabiertas y dejaban ver escenas sacadas de un sueño prohibido.
Hombres y mujeres desnudos, cuerpos entrelazados, gemidos amortiguados por máscaras y sábanas.
A cada paso, la respiración se me iba haciendo más superficial.
—Confía en mí —susurró—. Aquí nadie pertenece a nadie, pero todos obedecen a un solo instinto.
Cuando la puerta se cerró a nuestras espaldas, los sonidos del mundo exterior desaparecieron. La habitación estaba a oscuras y el aire olía a una mezcla espesa de incienso y sudor. Cogió una venda y la levantó ante mis ojos.
—¿Me permites?
Asentí; el cuerpo me temblaba de expectación.
Cuando la oscuridad se apoderó de todo, cada sensación se volvió más intensa. El sonido de su respiración, el roce de sus dedos en la nuca, la textura de la sábana bajo las rodillas. Me ató las manos con algo suave y fresco, quizá seda.
—Quiero que recuerdes una cosa —murmuró junto a mi oído—. Aquí no tienes que tomar ninguna decisión.
Sentí el primer beso en la base del cuello, luego un segundo, más lento y más profundo. Cuando sus labios bajaron hasta mis pechos, perdí el control de la respiración.
—¿Quién eres? —pregunté entre gemidos.
—Alguien que sabe lo que quieres.
Su respuesta llegó acompañada de la presión de sus dedos entre mis piernas.
Aquel contacto me encendió. Arqueé la espalda en un intento de resistirme, pero la entrega era inevitable. Cuando me penetró, la sacudida me contrajo todos los músculos. Cada embestida llegaba con una precisión que daba miedo, como si conociera cada centímetro de mi cuerpo.
—Así, justo así… —susurró mientras me sujetaba las caderas—. Así te gusta, ¿verdad?
Gemí con fuerza, incapaz de mentir.
—Yo… yo no debería estar aquí… —intenté decir, pero me interrumpió con una embestida poderosa y sus movimientos se volvieron más intensos.
—Estás exactamente donde debes estar.
El tiempo se disolvió. Perdí la noción de todo: mi nombre, mi culpa, la jerarquía entre nosotros. Solo existía el sonido de nuestros cuerpos al chocar, el sabor de la piel y la certeza de que me dominaban por completo.
Cuando por fin salió de mí, me temblaban las piernas. Me quitó la venda, pero antes de que pudiera verle la cara ya había desaparecido. Solo quedaban su olor y un calor persistente.
A la mañana siguiente, en la oficina, todavía me dolía el cuerpo y el deseo seguía palpitando dentro de mí.
Al pasar por el pasillo, Victor —el director ejecutivo— me saludó con una mirada enigmática.
Le sonreí con torpeza. Quizá había sido él.
Pero al entrar en mi despacho vi a David, el analista de informática, ajustando algo en mi ordenador.
Levantó la vista y sonrió. Y entonces lo vi: la fina cicatriz en el dorso de la mano.
La misma que me había arañado el muslo durante el sexo.
Se me revolvió el estómago.
—David… —murmuré.
—Buenos días, jefa —dijo con voz baja y serena, la misma que había oído la noche anterior.
Se me fue la sangre de la cara.
—Necesito hablar contigo. Ahora.
Cerré la puerta e intenté respirar.
Se acercó despacio, sin el menor rastro de miedo.
—¿Debo darte las gracias por la invitación? —pregunté con los brazos cruzados.
—No hace falta. —Su sonrisa se ensanchó—. Estuviste perfecta.
El silencio entre nosotros era pesado, asfixiante.
—Tú… ¿fuiste tú? —pregunté, como si aún necesitara que me lo confirmaran.
—Fui yo. Y sabes que te gustó.
Su seguridad me irritaba, pero también me excitaba.
—No tienes ni idea de lo que has hecho. Esto es un abuso. ¡Es una locura!
—Fue consentido, Olivia. Fuiste porque quisiste. Yo solo te mostré el otro lado.
El modo en que me miraba acabó con mi compostura. Había algo sucio y auténtico en sus ojos. Se acercó hasta que pude sentir el calor que irradiaba su cuerpo.
—Sentiste lo mismo que yo, ¿verdad? —susurró—. Miedo y placer al mismo tiempo. Eso es lo que te hace sentir viva.
Cuando salió del despacho, las piernas aún me temblaban. Lo odiaba, lo despreciaba, pero mi cuerpo palpitaba de deseo. Cerré los ojos y volví a sentir la máscara, la venda, su roce. Y comprendí que quizá lo peor no era lo que me había hecho…, sino lo que había despertado en mí.
Los días siguientes intenté convencerme de que nada de aquello importaba.
Un desliz. Un impulso. Un error escondido detrás de la máscara de la fantasía.
Pero cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el peso de su cuerpo sobre el mío, a oír su respiración, a oler su piel, y recordaba un placer que no había experimentado nunca.
Lo peor era admitir que no era el rostro de David lo que volvía a mi mente, sino la sensación de ser dominada por él, completamente vulnerable, entregada y ciega.
Evitaba cruzarme con él en los pasillos y fingía no darme cuenta cuando pasaba por delante de mi despacho, pero parecía disfrutar de mi incomodidad.
Siempre encontraba una excusa para acercarse.
Un informe, un ajuste en el sistema, una firma.
Y cada vez que se inclinaba hacia mí, recordaba sus manos atando las mías.
El viernes llamó a la puerta de mi despacho.
—¿Tienes un minuto, jefa? —Su voz era tranquila, demasiado despreocupada.
—Estoy ocupada, David.
—Será rápido.
Entró de todos modos y cerró la puerta tras él.
Mi cuerpo se tensó.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Solo he venido a devolverte algo que es tuyo.
Sacó algo del bolsillo y lo dejó sobre el escritorio. Era un pequeño trozo de cinta roja. La misma que habían usado para atarme las muñecas.
Se me revolvió el estómago.
—¿La guardaste?
—No pude tirarla. —Me dedicó una leve sonrisa—. Me recuerda a la mujer que fuiste esa noche.
Me levanté de golpe.
—¡Eso nunca debería haber pasado!
—Entonces, ¿por qué sigues pensando en ello?
Dio un paso adelante y yo retrocedí por instinto.
—Estás cruzando todos los límites, David. —Intenté mantener la voz firme, pero me falló.
—¿Límites? —Rio entre dientes—. Los cruzaste tú sola. Yo solo fui el espejo.
Su mirada era tan directa que me sentí desnuda aun con la ropa puesta. Había algo hipnótico en su calma, una sensación de control que me inquietaba.
—Sal de mi despacho.
—No hasta que lo admitas.
Se acercó más, hasta que el aire entre nosotros se volvió caliente y denso.
—¿Que admita qué?
—Que te gustó. Que te entregaste. Que, por una noche, quisiste ser mía.
El sonido de su respiración se mezclaba con el de la mía. Me llegaba el olor de su colonia, la misma que llevaba en la fiesta. Y en ese momento me di cuenta de que mi cuerpo lo reconocía, aunque mi mente gritara lo contrario.
—Debería denunciarte —susurré.
—Puedes intentarlo. —Se inclinó hacia mí, la voz casi una caricia—. Pero antes mírame a los ojos y dime que ya no lo deseas.