Conexión peligrosa 30
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El despacho estaba en silencio.

El almirante Rodrigo Beaumont permanecía de pie frente al ventanal, con las manos a la espalda, observando la oscuridad del puerto a lo lejos. Las luces parpadeaban en la distancia, reflejándose en el agua como si nada hubiera cambiado.

Y, sin embargo, algo no encajaba. Era una sensación, una fisura. Había aprendido a detectar esas fisuras a lo largo de los años, en operaciones, decisiones y traiciones, y aquella noche la sentía con claridad.

Se giró lentamente y miró su escritorio. El teléfono estaba demasiado en silencio.

—Extraño… —murmuró.

Caminó despacio, como si cualquier gesto brusco pudiera confirmar lo que aún no estaba dispuesto a admitir.

Se detuvo frente a la mesa y apoyó las manos.

El barco, la señal, la interrupción momentánea del sistema… aquel instante en el que algo había fallado no había sido casualidad. Nunca lo era.

Su mandíbula se tensó.

Se enderezó lentamente, recuperando la presencia fría y firme que siempre lo había definido. Si alguien había cruzado aquella línea, no habría llegado muy lejos. Él controlaba cada acceso, cada capa y cada movimiento. Nadie estaba a su altura.

Y, entonces, un sonido seco y metálico en la puerta de su despacho llamó su atención. El gesto fue mínimo, pero suficiente. Sus ojos se alzaron mientras la puerta se abría con precisión. No hubo violencia innecesaria.

Primero entró un hombre con los ojos clavados en él. Después llegaron más, todos uniformados, con las armas apuntando al suelo, aunque listas para actuar.

El almirante no retrocedió ni hizo preguntas. Solo observó.

Uno de ellos dio un paso al frente.

—Almirante, queda detenido.

El tiempo se detuvo y el almirante contuvo la respiración, aunque no mostró ningún gesto de sobresalto.

Su mirada recorrió la sala, evaluando uno a uno a cada hombre uniformado.

—¿Bajo qué cargo? —preguntó sin temblor en la voz.

—Alta traición —respondió el hombre—. Venta de información clasificada y manipulación de sistemas de defensa nacional.

Durante unos instantes no dijo nada, solo se mantuvo observando a aquellos hombres.

—Ya veo… —susurró alzando las cejas—. ¿Quién ha sido lo suficientemente brillante como para llegar hasta ahí?

Nadie respondió a esa pregunta.

Dos de los hombres avanzaron hasta él y le sujetaron los brazos sin brusquedad.

El almirante no se resistió, pero mientras lo inmovilizaban su mirada se endureció, pues entendía perfectamente que aquello no había terminado.

—Esto no acaba aquí —murmuró.

Todos se mantuvieron en silencio mientras le colocaban las esposas.

El sonido metálico resonó en la sala y, cuando lo condujeron hacia la puerta, no volvió a mirar atrás, pues ya no había nada que controlar u ocultar.

La puerta se cerró y con ella cayó todo: el poder, la autoridad y el sistema que había construido.

En algún lugar, no muy lejos de allí, la verdad, por fin, había ganado.

La noticia llegó antes del amanecer.

La puerta de la sala se abrió.

Javier, que permanecía apoyado contra la pared con esa calma aparentemente inquebrantable que Clara ya sabía interpretar mejor que nadie, alzó la vista. Clara también elevó la mirada cuando Salazar entró en la estancia.

—Señor —pronunció Javier, incorporándose al instante.

Salazar asintió.

—Teniente.

Su mirada voló directa a la figura de Clara.

—Señorita Vega. —Clara tragó saliva casi sin darse cuenta, aún cansada y procesándolo todo, pero en pie—.

Tras revisar las pruebas extraídas, las transferencias, los accesos y la documentación enviada referente a Lucas Vega…

—El nombre de su hermano golpeó fuerte—, podemos confirmar la apertura formal de una investigación completa sobre su asesinato.

—Clara se quedó inmóvil. Durante años había perseguido respuestas y, ahora, por fin, ya no eran sospechas, era oficial—.

Los mensajes serán incorporados como prueba —continuó Salazar—.

Y las órdenes vinculadas al operativo serán rastreadas hasta el último responsable.

—Clara sintió que el aire le faltaba un segundo, no por miedo, sino por alivio, uno tan inmenso que casi dolía—. Se hará justicia —añadió.

Clara agachó la mirada y sintió que, por primera vez desde la muerte de Lucas, él dejaba de ser solo una herida; ahora también era justicia tangible.

Javier la observó de reojo y, aunque no dijo nada, su presencia siguió siendo ese punto firme que evitaba que todo aquello la sobrepasara.

Salazar continuó.

—En cuanto a usted. —Clara alzó la vista—. El acuerdo se mantiene. —Ella inspiró hondo—. Quedará sin cargos, sin antecedentes y sin expediente penal. Su historial queda limpio.

El silencio fue absoluto, incluso Javier pareció contener el aire.

—¿Totalmente limpio? —preguntó, como si necesitara oírlo otra vez.

—Completamente —repitió Salazar—. Libertad absoluta.

Clara no supo qué decir.

—Vaya… —murmuró finalmente y se giró hacia Javier con una sonrisa—. Pues resulta que sí sabía negociar.

Javier soltó el aire por la nariz y le sonrió y Salazar, para sorpresa de ambos, esbozó una mínima expresión que en otro hombre quizá habría sido una sonrisa.

—Sí. —Salazar ladeó su cabeza—. Eso ha quedado claro.

Clara se cruzó ligeramente de brazos.

—Perfecto.

Salazar dio un paso más hacia ella, situándose enfrente, pero sin esa tensión en su cuerpo, más relajado que en días previos.

—Ha demostrado usted unas capacidades excepcionales.

Clara parpadeó.

—¿Eso suena a halago institucional?

Javier cerró los ojos un segundo, como si ya supiera que iba a decir algo así.

Salazar ignoró el comentario con admirable disciplina.

—Capacidad, valor, inteligencia y adaptación bajo presión. No son cualidades comunes.

Clara lo observó más seria esta vez.

—Gracias… creo.

—Alguien con su perfil sería extremadamente útil para inteligencia.

Ella miró sorprendida a Salazar, incluso Javier giró ligeramente la cabeza para observarla mejor.

Salazar mantuvo el tono firme.

—No es una orden, es una posibilidad —continuó lentamente—. Si estuviera dispuesta, su incorporación sería… bienvenida.

Clara se quedó completamente inmóvil.

El CNI. Nada menos que el CNI…

No hacía tanto tiempo la habrían perseguido. Ahora querían tenerla entre sus filas.

La ironía casi la hizo reír.

—Eso sí que no me lo esperaba… —murmuró.

—No necesita responder ahora —añadió Salazar—. Piénselo.

Clara sostuvo su mirada unos segundos y luego asintió lentamente.

—Lo haré.

Salazar miró a Javier y a Clara y asintió con un matiz de orgullo en la voz.

—Buen trabajo, teniente. Buen trabajo, señorita Vega. Ahora, descansen.

Javier se incorporó ligeramente.

—Gracias, señor.

Clara dudó solo un segundo y luego sonrió.

—Sí… gracias.

Salazar asintió una última vez y salió por donde había venido.

La puerta se cerró y el silencio regresó a la sala, el tipo de silencio que llega después de una tormenta, cuando todo sigue mojado, pero el cielo, por fin, empieza a despejarse.

El trayecto de regreso al piso fue extrañamente silencioso.

Barcelona comenzaba a despertar lentamente al otro lado de las ventanillas.

Clara observaba el exterior en silencio, procesando aún todo lo ocurrido en aquellas últimas horas, con una botella de agua entre las manos y el cansancio haciendo mella en cada parte de su cuerpo.

Javier, a su lado, mantenía esa calma suya que ahora Clara conocía tan bien.

—Entonces… —murmuró Clara finalmente, sin apartar la vista de la ventanilla—. ¿Esto significa que oficialmente he sobrevivido a ti?

Javier se volvió hacia ella.

—Técnicamente, sí.

—Qué alivio.

Clara giró la cabeza lentamente mientras Javier le sonreía.

Martin, al volante, resopló suavemente, conteniendo sin duda una risa.

—Me alegra comprobar que ambos siguen funcionales.

Clara se inclinó hacia delante visiblemente emocionada.

—Martin, ¡me estás hablando! —exclamó con una gran sonrisa. Se giró hacia Javier, incrédula, y se señaló a sí misma—. Me está hablando —le susurró—. ¿Ya te han dado permiso, Martín?

—Sí, señorita Vega —bromeó Martín.

—Pues, por favor, necesito que conste en algún informe oficial que casi muero congelada, que me ahogué y que, además, me obligaron a hacer cardio.

—Lo tendré en cuenta —respondió él con impecable neutralidad.

Javier negó con la cabeza.

—Qué dramática eres.

—He saltado de un barco que estaba navegando, tengo derecho.

—Concedido.

El vehículo volvió a descender al subterráneo y se detuvo en la misma plaza de siempre.

Javier abrió la puerta primero. Clara salió despacio, pues el cansancio seguía ahí, aunque más soportable que horas atrás.

Subieron en el ascensor hasta llegar al piso. El piso franco, aquel que se había convertido en su hogar, ahora lucía diferente. Aquel lugar se había convertido, de una forma extraña, en su refugio.

Cuando Javier abrió la puerta, Milo apareció de inmediato, con esa dignidad felina intacta que sugería claramente que ambos habían tardado demasiado.

—Mira eso… —murmuró Clara, agachándose como pudo para acariciarlo—. Al menos alguien me ha echado de menos.

Javier dejó las llaves sobre la mesa.

—No te emociones, solo quiere comida.

—Déjame vivir mi fantasía.

Milo ronroneó sin ningún tipo de respeto por la verdad y Clara lo miró.

—¿Ves? Amor verdadero.

—Tu gato es un interesado.

—Cállate.

El piso estaba exactamente igual: el sofá, la mesa, los ordenadores, la manta… todo. Y, sin embargo, parecía diferente.

Clara dejó escapar el aire lentamente.

—Es raro…

Javier se quitó la chaqueta.

—¿El qué?

Ella miró alrededor.

—Pensar que probablemente esta sea nuestra última noche aquí.

La frase quedó suspendida en el aire, sin dramatismo.

Javier se quedó quieto un segundo.

—Sí.

Clara tragó saliva.

—Nunca pensé que diría esto, pero… —Miró el salón y luego a él—, voy a echar de menos este sitio.

Javier alzó una ceja.

—¿El mismo sitio del que querías huir al segundo día?

Ella se encogió de hombros.

—He evolucionado. —Javier sonrió—. También voy a echar de menos discutir contigo por el café.

—Eso es mentira —bromeó.

—Un poco —admitió ella.

Javier la observó. Estaba agotada, con el pelo todavía húmedo y el cansancio marcado en el rostro, pero seguía viéndose brillante, intensamente viva.

Y algo en su pecho volvió a tensarse de una forma que ya no tenía nada que ver con el deber.

—Clara.

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

Javier dio un paso hacia ella.

—Has sido increíble.

Clara parpadeó y le sonrió con timidez mientras situaba un mechón de cabello detrás de su oreja.

—Bueno… —murmuró, tan incómoda que resultaba adorable—. Sí, lo sé.

Javier sonrió de oreja a oreja e hizo un gesto de negación.

—Increíble… y modestia cero, ¿eh?

—Tengo muchas cualidades —respondió ella rápidamente.

—Eso también ha quedado claro. —Clara agachó ligeramente la mirada, sonriendo—. Pero sabes a qué me refiero. —Ella volvió a mirarlo, aunque esta vez ya no había espacio para bromas—. Podría haberte perdido esta noche.

Lo dijo con una honestidad tan contundente que Clara dejó de respirar por un segundo.

Javier tampoco apartó la mirada.

—Cuando saltaste… sin saber nadar… cuando te vi ahí… —Su mandíbula se tensó—. Nada me había asustado tanto en años.

Clara lo observó en silencio porque sabía lo difícil que era para él decir algo así.

—Javier…

—No —murmuró él—. Déjame terminar.

Su voz seguía siendo firme, pero había algo más, algo que ya no podía esconder.

—Al principio eras una misión, un activo con tendencia a desobedecer órdenes.

Clara abrió la boca.

—Oh, vaya… qué bonito y romántico por tu parte —pronunció.

—Silencio. —Ella, sorprendentemente, obedeció—.

Pero dejaste de serlo hace tiempo y, ahora mismo…

—Sus ojos bajaron un segundo hacia sus labios antes de volver a mirarla—.

Ahora mismo eres la única mujer capaz de hacer que me lance de un barco, que me salte medio protocolo y que, aun así, piense que ha merecido la pena.

Clara sonrió por reflejo y respiró hondo.

—Vaya… eso sí ha sido romántico, barquito de guerra.

Javier negó con la cabeza y, directamente, la besó sin pedir permiso. Ella no dudó un segundo en alzar sus brazos y rodearlo por los hombros mientras sus labios se decían con caricias todo lo que no se decían con palabras.

Milo aprovechó para acercarse a ellos y frotarse contra sus piernas, pasando del uno al otro mientras ellos seguían besándose y disfrutando de ese contacto.

Javier se separó levemente de ella y acarició su mejilla.

—¿Vamos a la cama? —preguntó Javier.

Ella lo miró, desubicada.

—¿A dormir? —preguntó.

Esta vez fue Javier el desubicado.

—Dormiremos luego —dijo cogiendo su mano y tirando de ella hacia su dormitorio.

En ese momento, Clara entendió algo: aquel piso, que había comenzado como una jaula, una vigilancia y una condena, había terminado convirtiéndose en el lugar donde, por primera vez en años, se había sentido libre y amada. Quizá eso era lo más inesperado de todo.

Aún quedaban muchas decisiones que tomar, muchos informes que redactar, investigaciones y nombres por descubrir, verdades incómodas que sacar a la luz…

y muchas preguntas por resolver sobre Lucas.

El trabajo seguía. El peligro, probablemente, también.

Sus caminos aún tendrían obstáculos, órdenes, secretos y noches largas, pero la misión principal, aquella que los había arrastrado el uno hacia el otro en medio del caos, sí había terminado. Además, ambos habían salido ganando.

Durante años había vivido entre sombras, códigos y desconfianza y, ahora, había encontrado algo que jamás creyó necesitar tanto: alguien capaz de sostenerla cuando el mundo se tambaleaba.

Javier era calma en mitad del desastre: fuerza y refugio, un punto firme capaz de convertir el miedo en estrategia y el caos en dirección.

Construido a base de control, preciso, disciplinado, había encontrado en Clara justo lo contrario a todo lo que había planeado. Y, sin embargo, eso era lo que más anhelaba.

Ella, por el contrario, era caos: valiente, impredecible, a veces impulsiva, capaz de romper sus esquemas, desafiar sus órdenes y hacerle saltarse cualquier protocolo si con ello lograba mantenerla a salvo.

Clara le recordaba que vivir no siempre era seguir reglas. Javier le enseñaba que confiar no siempre terminaba en pérdida.

Ella le había devuelto color a una vida marcada por el deber y él le había dado seguridad a una existencia construida desde la huida.

Juntos eran equilibrio, dos fuerzas completamente distintas que, de alguna forma imposible, funcionaban.

Javier tiró suavemente de su mano hacia aquella habitación que tantas veces había sido testigo de discusiones, confesiones y silencios compartidos.

Clara comprendió entonces que el futuro seguiría siendo incierto, pero ya no le asustaba. Ya no estaba sola.

Había una verdad que ya no necesitaba hackear para ser descubierta: a partir de ahora, había alguien a su lado dispuesto a sostenerla.