Conexión peligrosa 31
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Tres meses después.

—No, no, no… eso es horrendo. —Clara apartó una carpeta digital de la pantalla con una expresión de absoluto rechazo, como si acabara de descubrir una ofensa personal en lugar de un fallo de seguridad nacional—. ¿Quién diseña estas interfaces? ¿Un villano?

Sin apartar la vista del monitor, alargó la mano hacia la caja abierta de dónuts que descansaba estratégicamente a su derecha, vacía, y parpadeó varias veces.

Miró la caja indignada.

—Traición —rugió.

La palabra salió con tanta decepción que dos analistas al otro lado de la sala levantaron la vista un segundo antes de volver, con admirable prudencia, a sus respectivos trabajos.

El edificio del CNI seguía teniendo el mismo aire sobrio, funcional y excesivamente serio que tenía cualquier institución empeñada en proteger secretos de Estado, pero la zona destinada a Clara Vega había desarrollado una personalidad propia en tiempo récord.

Tres pantallas, dos teclados, cables organizados según su particular definición de orden, una planta que alguien le había regalado y que sobrevivía por pura voluntad y, por supuesto, dónuts.

Pero ese día el último dónut había desaparecido.

—Juro que como descubra quién ha sido, voy a vulnerarle hasta el árbol genealógico… —murmuró.

—Eso suena ligeramente ilegal, incluso para ti.

Clara se quedó inmóvil, conocía perfectamente esa voz.

Alzó lentamente la vista y sonrió. Apoyado en el marco de la puerta, con esa absurda calma marca registrada, estaba Javier con su uniforme impecable, postura perfecta y mirada peligrosamente divertida.

Clara entornó los ojos.

—¿Estás comiéndote mi dónut?

Javier, efectivamente, sostenía medio dónut entre los dedos.

—Negativo —respondió directamente.

Clara lo señaló como si acabara de detectar una amenaza internacional.

—Lo tienes en la mano —lo señaló.

—Prueba circunstancial.

—Javier —gruñó.

—Clara —canturreó.

Ella resopló.

—Eso es mío.

—Corrección —dijo dando otro bocado con una tranquilidad insultante—. Era tuyo.

Clara se echó hacia atrás en la silla.

—No puedo creer que después de todo lo que hemos vivido, después de arriesgar mi vida, después de saltar de un barco… Mi mayor enemigo seas tú.

Javier se encogió de hombros.

—Te estoy enseñando resiliencia —dijo con un ligero tono de burla.

—Me estás enseñando violencia.

Él sonrió y ella arqueó una ceja.

Sinceramente, era muy injusto que alguien pudiera verse así de bien robando bollería.

Tres meses, tres meses desde aquella noche, desde lo del barco, el agua helada, las verdades, la caída del almirante y el final de una vida que, en muchos sentidos, ya no existía.

La investigación sobre Lucas seguía su curso. La investigación no era rápida ni fácil, pero avanzaba y, por primera vez, Clara ya no caminaba sola detrás de respuestas imposibles.

Ahora había nombres, pruebas, procesos y justicia real en marcha. Aquello no borraba el dolor, pero lo transformaba. Y eso era suficiente para seguir adelante.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Clara finalmente, aunque la leve sonrisa en sus labios dejaba claro que no le molestaba en absoluto.

Javier se acercó.

—Podría estar aquí por motivos profesionales.

Clara enarcó una ceja.

—No me mires así, teniente. Ambos sabemos que si fuese por algún asunto profesional habrías llamado primero.

—También podría estar aquí porque me han informado de que una analista particularmente problemática lleva seis horas trabajando sin descanso.

—Qué exagerados son… —Miró su reloj de muñeca—, son solo cinco y media.

—Eso sigue sin sonar mejor —pronunció ladeando su cuello. Javier dejó el café que llevaba en la otra mano sobre su mesa—. Y porque, según parece, sigues olvidando comer cuando te concentras.

Clara miró el vaso y luego a él.

—¿Me has traído café?

—Sí.

—¿Y me has robado un dónut?

—Se trata de equilibrio.

Clara suspiró.

—Tu lógica sigue siendo terrible. —Ella tomó el café y bebió un sorbo—. Odio admitirlo, pero esto está bueno.

—Sí, ya sé que te gusta.

Clara negó con la cabeza, pero sonrió porque así eran ahora. Todavía discutían, se desafiaban y conseguían desesperarse mutuamente, pero entre misión y misión, entre informes clasificados y bromas absurdas, habían construido algo inesperadamente sólido y real.

Ella seguía siendo puro caos; él, orden y disciplina. Y, de algún modo, la relación funcionaba.

—Por cierto —dijo Javier, cruzándose de brazos—. Salimos en veinte minutos.

Clara parpadeó.

—¿Cómo que salimos?

—Reunión conjunta.

—¿Con quién? —preguntó, mirándolo de la cabeza a los pies.

—No puedo decírtelo aquí.

—Estoy literalmente en el CNI.

—Normativa —se excusó él y luego se encogió de hombros.

Clara lo miró con absoluto dramatismo.

—A veces creo que disfrutas demasiado diciendo cosas misteriosas.

—A veces creo que disfrutas demasiado hackeando sistemas gubernamentales —replicó y le mostró una gran sonrisa.

—Eso fue una vez.

Javier alzó una ceja.

—Varias, que yo sepa.

Ella resopló.

—Venga… dame detalles —le pidió.

Hubo un silencio cómodo, de esos que ya no necesitaban llenarse.

Javier se acercó lo justo, reduciendo la distancia entre ambos.

Clara todavía sentía que el mundo perdía el equilibrio.

Él bajó la vista hacia ella.

—¿Lista? —le preguntó sin querer revelarle nada.

Clara sostuvo su mirada y luego miró sus pantallas, la caja vacía de dónuts, el café… y sonrió de aquella forma tan suya, mitad brillantez, mitad peligro.

—Sabes que siempre lo estoy.

Javier negó con la cabeza, como si jamás fuese a acostumbrarse del todo a ella.

Clara apagó la pantalla principal, tomó su chaqueta y pasó a su lado, rozándolo lo suficiente como para recordarle que, incluso después de todo, seguían siendo ellos.

—Por cierto —murmuró mientras salía—. El próximo dónut me lo pagas tú.

Javier la siguió.

—No. Te compraré algo de fruta de camino.

Ella lo miró con los labios apretados y resopló mientras salían juntos.

El peligro seguía existiendo, el mundo seguía siendo complicado y las misiones no cesaban, pero ahora lo enfrentaban todo desde el mismo bando. Y quizá esa era la conexión más peligrosa de todas, la única de la que ninguno de los dos pensaba desconectarse jamás.

Ella, una hacker brillante con tendencia a saltarse normas, horarios y, en ocasiones, leyes importantes. Él, un hombre entrenado para seguir protocolos, sobrevivir al peligro y, aparentemente, enamorarse de la única mujer capaz de convertir cada una de sus misiones en un infarto administrativo.

No tenía lógica, no era práctico, probablemente tampoco recomendable. Pero las mejores conexiones rara vez lo eran, especialmente cuando llevaban uniforme blanco, discutían por bollería y, contra todo pronóstico, terminaban sintiéndose como un hogar.

FIN