Conexión peligrosa 29 #2
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29 #2

Javier se giró ligeramente hacia Clara y no hizo falta que dijese nada.

Clara dio un paso al frente y depositó el pendrive sobre la mesa mientras Javier se alejaba unos pasos de ella.

—Aquí está —les mostró el pendrive .

Uno de los mandos lo tomó y lo conectó al ordenador. Al momento, la pantalla principal se iluminó.

En el interior de aquel pendrive había mucha información: carpetas, archivos, códigos...

Clara se acercó y señaló.

—El sistema está fragmentado, cifrado por capas —comenzó—. Esto es lo que he podido extraer. —Se movió hacia el teclado y abrió una carpeta—. Esto son rutas de patrulla naval completas. No son estimaciones, son datos reales y actualizados.

En la pantalla aparecieron coordenadas con horarios y protocolos.

Uno de los hombres frunció el ceño antes de que Clara continuase.

—Aquí encontramos accesos a radares costeros, claves operativas, puntos de entrada y, lo más importante… —Abrió otro archivo—, puntos ciegos, zonas donde la vigilancia desaparece, donde alguien puede cruzar sin ser detectado.

El silencio en la sala se volvió aún más denso.

—Esto no es un fallo —añadió Clara—. Está diseñado.

—Miró a Salazar—. Alguien ha creado huecos en el sistema y los está vendiendo.

—Nadie habló, no hacía falta. Clara cambió de archivo y abrió el siguiente—.

También hay protocolos de respuesta ante amenazas.

Si esto sale de aquí, cualquier actor externo podría anticiparse a movimientos de defensa.

—Se volvió para mirar a todos los presentes—. No es solo información, es control.

Uno de los mandos se inclinó hacia delante.

—¿Puede confirmar el origen?

Clara asintió.

—Sí. —Abrió una carpeta más, mucho más protegida e interna—.

El acceso está vinculado a un único perfil con privilegios máximos, a un almirante.

—El nombre no lo dijo, pero todos lo entendieron, Javier ya los había puesto sobre aviso.

Aun así, Clara lo pronunció—. El almirante Rodrigo Beaumont.

—El silencio que siguió fue absoluto. Salazar no apartó la vista de la pantalla—.

El almirante vendía información que comprometía la seguridad nacional a cambio de grandes sumas de dinero.

—¿Hay rastro del dinero?

Clara asintió y abrió otra carpeta.

—Sí. Aquí. —En la pantalla aparecieron columnas de números, cuentas y movimientos—. Son cuentas bancarias distribuidas en varias jurisdicciones —explicó—. Algunas en paraísos fiscales, otras en bancos intermedios para dificultar el rastreo.

Uno de ellos se inclinó más hacia la pantalla.

—¿Las transacciones están confirmadas?

—Sí —respondió Clara—. Pagos periódicos. Cada transferencia coincide con la entrega de paquetes de información.

—¿De qué importes hablamos?

Clara dudó apenas un segundo.

—Aún me queda información que revisar, pero estaríamos hablando de importes millonarios.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Se pueden vincular directamente a él? —preguntó Salazar.

Clara asintió.

—Las firmas digitales y los accesos coinciden con su perfil. No hay duda.

Los tres hombre se miraron pensativos al ser conscientes de todo lo que aquella mujer había conseguido. Durante esos segundos, Clara aprovechó para mirar a Javier que se encontraba a un lado de la sala escuchando atento.

—¿Esto es todo? —preguntó Salazar.

Clara se giró hacia él y negó con la cabeza.

—No, esto es solo una parte. Lo único a lo que he podido echarle un ojo mientras las carpetas se descargaban.

—Señaló el conjunto de archivos—. Hay mucho más.

Si me dan unos días, puedo reconstruir el sistema completo, mapear toda la red y confirmar cada transacción.

—Miró directamente a Salazar—. Pero no tienen por qué esperar, con esto ya tienen suficiente material para actuar y detenerlo —acabó con seriedad.

Uno de los mandos exhaló lentamente y otro asintió.

Salazar permaneció en silencio unos segundos.

—Confirme los hechos —le indicó con la mano.

Clara se puso tiesa como un palo y miró de reojo a Javier. Respiró hondo y asintió.

—Venta de información clasificada —respondió Clara sin dudar—. Manipulación de sistemas de defensa y creación de vulnerabilidades. Delito de alta traición.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, pesadas e irrevocables.

Salazar asintió lentamente y luego se giró hacia los otros dos mandos.

—Procedan a la detención del almirante Beaumont. Activen el protocolo de detención inmediata —ordenó.

—Sí, señor.

—Quiero al almirante bajo custodia antes de que termine la noche.

—Sí, señor —repitieron de nuevo.

Uno de ellos ya estaba saliendo de la sala y el otro daba órdenes por radio. La maquinaria se había puesto en marcha, rápida e implacable.

Clara se quedó quieta, observando, sintiendo cómo todo lo que había pasado empezaba a tener sentido. Pero aquello no había terminado, no del todo.

Miró a Salazar.

—Señor. —Él volvió a fijarse en ella—. Hay algo más. —Tragó saliva—. Mi hermano. —El ambiente cambió—. Tengo en mi poder mensajes, pruebas… que demuestran que fue asesinado. Todo le fue enviado.

Salazar la observó unos segundos más detenidamente y esta vez no solo la vio como un activo o una pieza clave, sino como alguien que había llegado hasta allí por algo más.

Salazar asintió.

—Puede estar tranquila, señorita Vega, se revisarán.

Clara sostuvo su mirada.

—Quiero que se haga justicia.

No fue una petición o una declaración de intenciones, sino una orden.

Salazar no respondió de inmediato.

—Puede confiar en que se hará —dijo seriamente. Luego asintió hacia ella con camaradería y reconocimiento.

Javier, desde un lado, la observaba sin decir nada, con una intensidad distinta. Clara no era solo la hacker, era el centro de todo aquello. Sin ella, nada de lo que habían conseguido lo hubiesen podido lograr.

Coincidió la mirada con ella y asintió con una leve sonrisa.

La sala fue vaciándose poco a poco. Las órdenes ya estaban en marcha y las decisiones tomadas y, por primera vez desde que todo había comenzado, el peso de lo ocurrido dejó de ser una carga para convertirse en algo… distinto.

Clara permaneció unos segundos en silencio, observando la pantalla: las líneas de datos, las rutas, los errores corregidos, las grietas cerrándose.

Entonces comprendió que aquello no era solo una operación ni una misión. Era justicia para su hermano, para todo lo que le habían arrebatado, para todas las preguntas sin respuesta que la habían perseguido durante años.

Aquellos datos, aquellas pruebas, no solo señalarían a un culpable. También impedirían que otros aprovecharan esas grietas y pondrían a salvo la seguridad nacional.

Clara inspiró hondo, sintiendo que todo había merecido la pena, que cada riesgo, cada noche sin dormir y cada paso que la había llevado hasta allí tenía sentido.

—Parece que le estás pillando el gusto a dar órdenes —dijo Javier situándose a su lado, sacándola de sus pensamientos.

Clara giró ligeramente la cabeza, él se encontraba más cerca de lo que había estado durante toda la reunión.

Ella se encogió de hombros.

—No es que le esté pillando el gusto ahora —le sonrió—, es que siempre me ha gustado.

Javier alzó una ceja.

—Ahora entiendo muchas cosas.

Clara esbozó una sonrisa más amplia, pero no respondió.

—Buen trabajo —intervino entonces Salazar, acercándose.

Ambos se giraron.

—Señor.

Salazar los observó unos segundos.

—Han cumplido con creces, felicidades.

Javier asintió.

—Gracias, señor.

La mirada de Salazar se posó en Clara.

—¿Podrá tener el resto del sistema listo en menos de diez días?

Clara sostuvo su mirada.

—Sí —respondió sin titubeos.

Salazar asintió.

—Bien. —Los miró a ambos—. Descansen.

Javier cuadró los hombros ligeramente.

—Sí, señor.

Clara asintió.

—Gracias.

Salazar hizo un gesto breve y se apartó.

La sala quedó en silencio mientras todos salían. Aquello era el final.

Javier miró a Clara.

—Vamos.

Ella asintió y salieron juntos, dejando atrás la sala, las pantallas y las pruebas; todo lo que, a partir de ese momento, ya no dependía de ellos.

Lo habían conseguido y, por fin, podían avanzar sin temor.