29
La orilla apareció primero como una línea irregular de rocas y arena oscura y, finalmente, como tierra firme.
Javier no aflojó el ritmo hasta que sus pies tocaron fondo y la sostuvo con firmeza mientras avanzaban los últimos metros, hasta que pudieron salir completamente del agua.
Clara dio dos pasos, tres… y en el cuarto las piernas le fallaron.
—Sííí… —murmuró, medio riendo y agotada—. Sí, sí, sí… —Se dejó caer sobre la arena húmeda de rodillas y luego prácticamente se inclinó hacia delante, como si fuera a besar el suelo—. Creo que estoy enamorada de la tierra firme…
Javier la miró un segundo, respirando aún con control, aunque el esfuerzo se notaba en su pecho.
—Qué romántico —murmuró él situándose a su lado—. Vamos.
Clara apoyó las manos en la arena.
—No me voy a levantar.
—Te vas a levantar.
—No.
—Sí.
—No.
Javier dio un paso hacia ella y le ofreció la mano.
—Vamos.
Clara lo miró, resopló y se la tomó, incorporándose con esfuerzo y con las piernas aún temblando.
—Vale… —dijo—. Confirmo que lo tuyo es entrenamiento extremo.
—Esto ha sido lo fácil. —Clara lo miró, horrorizada—. Venga, cadete. Nos esperan.
Clara parpadeó.
—Vale… barquito de guerra.
Javier alzó una ceja y comenzó a tirar de ella.
Clara tembló ligeramente cuando el viento golpeó más fuerte fuera del agua. Hacía bastante más frío.
Se abrazó a sí misma mientras daba los primeros pasos.
—Hace frío…
Javier la miró, evaluándola rápido, demasiado rápido para que ella lo notara, y su gesto se tornó más serio.
—Tenemos que movernos.
—¿A dónde?
—Al punto de recogida.
—¿Y no puedes llamar? —se quejó ella.
—¿Con qué teléfono?
Javier empezó a caminar más rápido con Clara a su lado caminando con más torpeza.
—Espera…
—No podemos parar.
—Mis piernas no están de acuerdo contigo —balbuceó.
Javier se giró.
—Corre —exigió.
Clara lo miró como si acabara de insultarla.
—¿Perdón?
—Es lo mejor para entrar en calor.
—Ni loca.
—Clara…
—Ni loca, Javier. —Se llevó una mano al pecho—. Apenas puedo caminar en línea recta, así que no voy a correr una maratón.
Javier suspiró y negó con la cabeza.
—El lunes que viene te llevo a la piscina. —Clara se quedó quieta—. Te voy a enseñar a nadar.
Clara lo miró.
—¿Después de esto quieres que vuelva a meterme voluntariamente en el agua? Ni loca.
—Y tanto que sí.
—Ahora mismo no, estoy traumatizada —pronunció mientras Javier se movía unos pasos por delante. Clara resopló, pero empezó a caminar tan rápido como podía.
Javier la observaba de reojo y, sin decir nada, se acercó y pasó un brazo por sus hombros, acercándola, dándole calor y estabilidad en sus pasos.
Clara no protestó.
—Hace mucho frío… —murmuró.
Javier la aferró más a él. Sabía que no era bueno que le bajase la temperatura, y por la poca luz que había ahí, intuía que estaba muy pálida.
—Aguanta —dijo—. Ya casi estamos.
Clara asintió y apretó los labios.
—Lo hemos conseguido, ¿no?
Javier la miró.
—Sí, lo tenemos todo.
Clara exhaló con una mezcla de alivio y agotamiento.
—Vale…
Siguieron avanzando entre rocas, arena y oscuridad, con el sonido del mar a su espalda y el peso de todo lo que acababan de hacer todavía encima.
Javier no dejaba de mirar alrededor, atento, por si alguien los había seguido o no estaban tan solos como creían, pero no parecía haber nadie, solo ellos.
Ahora solo necesitaban llegar al punto de recogida, entrar en calor y ver lo que Clara había podido extraer del barco.
La silueta del vehículo apareció entre la oscuridad. Un vehículo negro con el motor en marcha y las luces apagadas los estaba esperando.
Javier redujo ligeramente el ritmo, pero no se detuvo. Mantuvo a Clara pegada a él mientras avanzaban los últimos metros sobre la arena húmeda y las rocas.
Dos hombres salieron del vehículo en cuanto los vieron, aunque, al verlos, se quedaron inmóviles un segundo.
Estaban empapados, con la ropa pegada al cuerpo y sin zapatos.
—Teniente… —dijo uno de ellos, claramente sorprendido—. ¿Qué ha ocurrido?
Javier no se detuvo.
—Misión completada —indicó—, aunque con complicaciones en la extracción.
El hombre asintió rápido.
—¿Cuál es su estado? —preguntó hacia ella.
Javier miró a Clara, su respiración, el temblor, la palidez y la piel fría.
—Hipotermia leve en progreso —respondió con tono firme—. Necesitamos calor de inmediato.
—Sí, señor.
El segundo hombre ya estaba sacando una manta térmica del maletero.
La abrió con rapidez y se acercó a Clara.
—Señorita…
Clara apenas reaccionó, pues seguía temblando.
—Cúbranla —ordenó sin soltarla.
La manta envolvió su cuerpo de inmediato, buscando conservar el poco calor que le quedaba.
Clara dejó escapar un pequeño suspiro.
—Gracias…
—¿Está consciente? —preguntó el primero.
—Sí —respondió Javier—, pero inestable. Nos movemos ya.
—Sí, señor.
Abrieron la puerta trasera y Javier la ayudó a entrar primero, con cuidado y sin brusquedad.
Clara se dejó caer en el asiento, agotada, y Javier entró detrás cerrando la puerta con un golpe seco.
—Arranca.
El vehículo se puso en marcha al instante y las ruedas crujieron sobre la grava, alejándose de la costa.
Dentro, el silencio duró solo unos segundos.
—Calefacción… —murmuró Clara con voz débil—. Por favor…
El conductor no dudó y giró el mando de control de temperatura. El aire caliente empezó a aclimatar el interior del vehículo casi de inmediato y Clara cerró los ojos aferrándose a la manta, pues el temblor seguía ahí.
Javier pasó un brazo por sus hombros y la acercó a él. Clara apoyó de inmediato su cabeza en su pecho, buscando su calor.
—Tranquila… —murmuró él. Clara asintió, respirando contra su camisa húmeda—. Lo hemos logrado… —susurró.
—Sí.
Clara cerró los ojos y se quedó callada, en silencio, pues su cuerpo ya no daba para más después de todo lo vivido.
El vehículo no se detuvo hasta que atravesaron el acceso de seguridad en el subterráneo.
Las luces blancas del complejo recortaban el edificio contra la noche.
Todo estaba bajo control, nada que ver con el caos que acababan de dejar atrás.
El vehículo frenó frente a la entrada principal y, antes de que el motor se apagara del todo, ya había dos hombres esperando fuera.
—Teniente —saludó uno de ellos en cuanto Javier abrió la puerta.
Javier salió primero, se giró hacia Clara y le tendió la mano. Ella la tomó y salió del vehículo con gestos más firmes que antes, aunque el cansancio seguía ahí, tirando de cada músculo.
La manta aún rodeaba sus hombros.
—Por aquí —indicó uno de los hombres.
Entraron al edificio y el cambio de temperatura fue inmediato. Hacía calor y había luz…
Clara soltó el aire casi sin darse cuenta.
—Sala dos preparada —informó uno de los hombres—. También tenemos ropa seca.
Javier asintió y señaló hacia la puerta.
—Bien. —Miró a Clara—. Primero esto.
Los separaron momentáneamente y condujeron a Clara a una pequeña sala donde le dieron ropa cómoda, seca y sencilla.
Cuando salió, el cambio fue evidente; seguía cansada, pero ya no temblaba, ya no parecía estar a punto de romperse.
Uno de los hombres le ofreció un vaso con chocolate caliente que Clara aceptó de inmediato. Se lo llevó a los labios. El calor le recorrió el cuerpo al instante y cerró los ojos, deleitándose con esa sensación.
—Gracias —murmuró.
—También hay algo de comer.
Le tendieron una bandeja con galletas y un par de sándwiches, energía directa que Clara no dudó en tomar.
Javier apareció poco después, también cambiado y seco. Sus miradas se cruzaron un segundo y, aunque no dijeron nada, ambos sabían que lo habían conseguido.
—¿Lista? —preguntó él.
Clara asintió mientras daba otro sorbo al chocolate caliente.
—Más o menos.
Javier asintió y se giró hacia el personal.
—¿Dónde se encuentra el coronel?
—Esperando en la sala de reuniones.
Javier asintió e indicó a Clara con un movimiento de cabeza que lo siguiese.
—Vamos.
Clara dejó el vaso sobre la mesa, se limpió las manos y lo siguió por los largos pasillos, ordenados y silenciosos, donde cada paso resonaba más de lo necesario.
Sabía perfectamente a dónde iban: a entregar la verdad de lo ocurrido, por la que habían arriesgado sus vidas… y también al asesino de su hermano.
Se detuvieron frente a una puerta y uno de los hombres que lo acompañaba llamó.
—Adelante.
Javier miró a Clara con decisión.
—Es tu momento.
Clara sostuvo su mirada y asintió antes de entrar.
La sala era amplia, sobria y funcional, con una mesa alargada en el centro, varias pantallas en la pared y, al fondo, un equipo informático preparado, encendido, esperando a ser usado. No había decoración ni distracciones, solo trabajo y decisiones.
Al frente, de pie, estaba Salazar. A su alrededor, dos mandos más guardaban silencio, expectantes.
Javier dio un paso al frente.
—Señor.
Salazar asintió.
—Teniente.
Su mirada pasó de él a Clara, evaluándola y midiéndola.
—Teniente, informe.
—Misión completada y datos obtenidos. —Salazar asintió—.
Accedimos al buque como personal técnico aprovechando el embarque previo al zarpe.
Sin incidencias iniciales. La señorita Vega accedió a la sala técnica y ejecutó la intrusión.
—Salazar lo miraba sin interrumpir—. El sistema detectó actividad no autorizada antes de completar la extracción y se activó protocolo de verificación.
—Continúe.
—El personal del buque se dirigió a la sala. Intervine para asegurar la extracción ante el compromiso de la posición. —Inspiró—. El buque zarpó antes de lo previsto —añadió Javier—, así que nos quedamos sin la opción de una retirada segura.
Uno de los mandos frunció el ceño.
—¿Alguna alternativa?
Javier lo dijo sin cambiar el tono.
—Ninguna viable. Saltamos a la mar.
El silencio en la sala se volvió más denso.
—¿En movimiento? —preguntó uno.
—Sí.
—¿Cuál fue la distancia hasta llegar a la costa?
—Aproximadamente media hora de nado.
Salazar no apartó la vista de él.
—¿Resultado?
Javier giró la cabeza hacia Clara.
—Datos asegurados y objetivo cumplido.
Salazar asintió y miró a Clara.
—Proceda.