Conexión peligrosa 28 #2
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28 #2

Ella lo miró como si quisiera matarlo y, acto seguido, se lanzó hacia él, algo que lo cogió de improviso.

Fue directa hacia sus labios de nuevo, desesperada buscando aire. Javier puso los ojos en blanco y situó su mano en su nuca para acercarla a su boca y poder pasarle algo de oxígeno.

Clara volvió a reaccionar y esta vez no le pegó, pero casi. Se quedó frente a él, mirándolo, con esa mezcla de enfado, pánico y absoluta desesperación.

Javier la sujetó por la cintura con fuerza y volvió a mirar hacia arriba. La luz ya era más tenue, lo que indicaba que el barco empezaba a ganar distancia.

Tiró de ella y ascendieron rápido, rompiendo la superficie.

El aire entró de golpe en los pulmones, frío y violento, pero necesario. Clara hubiese gritado si no fuese porque estaba demasiado ocupada recuperando el aliento. Jadeó varias veces buscando oxígeno mientras Javier la mantenía a flote.

Él giró su cabeza y miró en dirección al barco, el cual ya se encontraba más lejos. La linterna ya no apuntaba hacia ellos, por lo que ya no había peligro inmediato.

Bien, estaban a salvo.

—¡Idiota! —le gritó Clara, golpeándolo en el pecho e intentando apartarse, enfadada con él—. ¡Estás… estás loco! —exclamó intentando que la boca no se le llenase de agua—. ¿Quieres matarme?

Javier aguantaba los gritos y golpes de ella en el pecho sin siquiera mirarla, pues estaba más pendiente de calcular la distancia que debían nadar hasta la costa.

Clara volvió a golpearle en el pecho.

—¡Eres un…! —gritó.

Tan enfadada estaba que intentó apartarse de él, pero en su intento de huida olvidó lo más importante: estaba en el mar sin saber nadar, así que en cuanto se separó un poco de él, volvió a hundirse. Javier reaccionó al instante, sacándola a flote de inmediato.

—¿Quieres dejar de pelearte conmigo en medio del mar? —Clara tosió, agarrándose a él desesperada—. No sabes nadar, así que quietecita.

—Ay, ay… no me sueltes, no me sueltes… —gemía ella, rodeándolo con los brazos por los hombros.

—No voy a soltarte —dijo con paciencia—. Cálmate… escucha —Ella lo miró, nerviosa—. Te voy a sujetar así —dijo pasándole un brazo por su cuello y echándola hacia atrás para arrastrarla y mantener su cabeza a flote.

—Me vas a ahogar, no… no puedo respirar…

—Prefiero eso a que te hundas.

Clara resopló, pero obedeció.

Javier ajustó su agarre en la cintura, firme y seguro, y comenzó a mover los pies para impulsarse hacia la orilla.

—No te muevas —le dijo.

—No me muevo.

—No patalees —pronunció él—. Me estás golpeando.

—No pataleo —se excusó ella—, intento nadar.

—Clara.

—¡Vale!

Acabó quedándose quieta.

Javier comenzó a nadar a un ritmo constante, dirigiéndose hacia la costa.

Clara se aferró a él, nerviosa, respirando rápido.

—En breve llegaremos a tierra, tranquila.

Clara cerró los ojos un segundo y miró hacia el cielo, donde se veían cientos de estrellas. Finalmente, dejó de resistirse. Ya no se hundía, y sabía perfectamente que estaba en sus manos.

El ritmo de Javier no cambió, era constante y seguro. Cada brazada era firme, calculada, sin dejar de avanzar entre la oscuridad del mar mientras la costa, aún lejana, comenzaba a perfilarse como una sombra difusa en el horizonte.

Clara seguía aferrada a él, más tranquila ahora, al menos lo suficiente como para no pelearse con el agua.

Javier giró ligeramente la cabeza.

—¿Tienes el pendrive ?

Ella parpadeó un segundo, como si hubiera olvidado por completo que existía, luego asintió rápido.

—Sí.

—¿Lo tienes? —insistió.

—Sí, en el bolsillo.

—¿Seguro?

Clara soltó una risa nerviosa.

—Sí, Javier, no lo he perdido en medio de un salto mortal al mar.

Él enarcó ligeramente una ceja.

—Compruébalo.

Ella soltó una mano lo justo para palparse el bolsillo.

—Está.

—¿Resistirá?

Clara apoyó de nuevo la cabeza contra su hombro.

—Sí, ya te lo he dicho antes, pesado —se quejó de los nervios—. No soy tan amateur .

Javier asintió, satisfecho.

—Bien.

Hubo silencio. Solo se escuchaba el sonido del agua ante sus movimientos y el de la respiración aún agitada de Clara.

—¿Cuánto queda? —preguntó ella al cabo de unos segundos.

Javier alzó la vista y calculó distancia.

—Media hora.

Clara se separó lo justo para mirarlo.

—¿Media hora?

—Sí.

—¿En serio?

—En serio. —Ella lo miró unos segundos y luego volvió a apoyarse en él—. ¿Algún problema?

—Ninguno.

—No lo parece.

—Es que me encanta esta experiencia —ironizó—. Agua fría, noche cerrada, peligro constante…

—Estás exagerando.

—¿Tú crees? —gritó sin poder contenerse.

Él la miró serio mientras seguía nadando.

—Tienes que aprender a nadar.

Clara levantó ligeramente la cabeza.

—¿Ahora?

Javier rio y chasqueó la lengua.

—Ahora no, te lo digo como un consejo de cara a futuro.

—¿Me lo estás diciendo mientras me arrastras por el mar?

—Es un buen momento para reflexionar.

Clara resopló.

—Lo añadiré a mi lista de tareas pendientes.

—Hazlo —pronunció él con voz grave.

—Sí, lo añado justo debajo de “no hackear a un almirante peligroso” y “no saltar de barcos en movimiento”.

Javier esbozó una sonrisa.

—Exacto.

Clara negó con la cabeza, sintiendo cómo el cansancio por el estrés invadía su cuerpo.

El barco quedaba atrás y la oscuridad lo iba envolviendo todo.

Comenzó a sentirse más tranquila, pues cada brazada por parte de él la acercaba un poco más a tierra, a algo firme y seguro, a un punto donde todo aquello dejaría de ser supervivencia.

—Oye…

—¿Qué?

—Nadas muy bien —lo felicitó.

Javier no dejó de dar brazadas.

—Pertenezco a la Armada española y a las fuerzas especiales, ¿recuerdas?

Clara alzó ligeramente las cejas.

—Ah, claro, es verdad, eso lo explica todo.

—También sé bucear —añadió él con total naturalidad—. Si quieres te lo enseño.

Clara se tensó al instante.

—No, no, no.

—¿No?

—No. —Negó con la cabeza con rapidez—. Ya lo he experimentado y no me ha gustado nada.

Javier esbozó una leve sonrisa.

—Ha sido una introducción un poco intensa, ¿eh?

—¿Un poco? Casi muero.

—No ibas a morir —respondió sin dejar de nadar.

—Eso lo dices ahora.

—También lo pensaba antes.

Clara resopló.

—No vuelvas a meterme debajo del agua sin avisar.

—Lo tendré en cuenta.

—Más te vale.

Ella se sujetó con fuerza a su brazo y se apartó el agua de la cara, así como los mechones de cabello que se pegaban a su rostro.

—Para pertenecer a las fuerzas especiales debemos superar unas pruebas muy duras —comenzó a explicar él, intentando darle conversación para mantenerla entretenida y tranquila.

—Eso ya me lo imagino… Puaj… acabo de tragar agua salada —se quejó ella.

—Perfecto, si te lo bebes todo llegaremos antes a la costa —bromeó.

—Ja, ja… —dijo apartando el cabello de nuevo, aunque con el movimiento hundió la cabeza en el mar.

Javier la sacó de inmediato de nuevo.

—Eh… aquí arriba, conmigo, no en el agua.

—Ahhh —gritó mientras Javier resoplaba.

Ella se sujetó de nuevo e intentó relajarse.

—¿Cuánto aguantas nadando?

—Bastante.

Clara lo miró.

—Eso no responde a nada. ¿Bastante como para llegar a la costa?

Javier exhaló.

—Entrenamos en resistencia física extrema, pruebas en el agua, navegación, combate, privación de sueño… así que sí, llegaremos.

—¿Privación de sueño?

—Sí.

—Eso lo hago yo gratis cuando trabajo —le sonrió.

—No es lo mismo.

—¿No?

—No. También hay pruebas de apnea.

Clara se quedó en silencio.

—¿Cuánto tiempo aguantas?

—Varios minutos.

Clara abrió los ojos al máximo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Todo el rato?

—Todo el rato —canturreó.

—¿Sin respirar? —gritó asombrada.

—Esa es la idea.

Clara lo miró como si no fuera normal.

—Estáis completamente locos.

Javier sonrió.

—Un poco.

—Un poco, dice.

—Solo lo justo para dedicarnos a esto.

Clara negó con la cabeza.

—Yo no duraría ni diez segundos.

—Has durado más antes —le recordó.

Ella se quedó en silencio, procesándolo.

—Eso no cuenta.

—Claro que cuenta —pronunció él.

—No cuenta porque estaba en pánico.

—Aun así, lo has hecho… felicidades.

Clara suspiró y volvió a escupir agua.

—En serio… —murmuró—. No entiendo cómo haces todo eso.

Javier no respondió de inmediato y siguió nadando.

—Entrenamiento —dijo finalmente—, y costumbre.

Clara apoyó de nuevo la cabeza contra su hombro.

—Yo prefiero el teclado.

—Se nota.

Poco a poco, la costa empezó a dibujarse con más claridad frente a ellos.

Javier aumentó el ritmo.

—Ya falta menos.

Clara cerró los ojos un segundo y no dijo nada, solo se dejó arrastrar.