Conexión peligrosa 28
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Javier lo notó antes de verlo. El cambio sutil pero inconfundible, el motor sonaba más grave y constante, así como el suelo se tornaba ligeramente inestable bajo sus pies.

Se detuvo en seco y miró alrededor.

El pasillo seguía igual: la gente se movía, voces, radios... pero algo no encajaba.

Alzó la vista y entonces lo entendió.

—Mierda…

Habían zarpado.

Giró la cabeza justo cuando vio a dos hombres avanzar con paso rápido por el pasillo con una dirección clara: directa hacia la sala técnica.

Su mandíbula se tensó. Clara.

Sin pensarlo, se movió con paso firme y rápido, sin correr. Si se movía demasiado rápido, llamaría demasiado la atención, así que debía mantener la calma mientras fuese posible.

Los siguió a distancia, observando, escuchando…

Uno de los hombres habló por radio.

—Verificación en curso… posible intrusión…

Javier aceleró. Estaba claro, los habían descubierto.

No había tiempo.

Doblaron la esquina en dirección a la sala técnica. Javier se tensó mientras se acercaba a ellos. Giró su cuello y se aseguró de que nadie los siguiese.

Uno de aquellos hombres alzó la mano en dirección al pomo y comenzó a girarlo.

Javier no dudó y acortó la distancia en dos pasos.

El primero ni lo vio venir. Situó una mano en su cabeza y lo golpeó fuertemente contra la pared, cayendo inconsciente hacia delante, sin ruido más allá del impacto contra el metal.

El segundo reaccionó, aunque tarde. Aquellos hombres no tenían formación en lucha ni eran militares.

Javier lo empujó contra la pared. El hombre rebotó, pero antes siquiera de que pudiese intentar defenderse, Javier lo golpeó fuertemente en la mejilla, lanzándolo al suelo.

Aquel hombre no perdió el conocimiento, pero sí que quedó lo suficientemente aturdido como para no poder levantarse. Se encontraba fuera de juego.

Javier abrió la puerta de golpe.

—Clara. —Ella ya estaba girándose con el pendrive en la mano y una mirada asustada—. Nos vamos —dijo él. Ella se agachó para recoger su mochila—. Déjala, solo nos interesan los datos.

No fue una sugerencia, fue una orden.

Clara cruzó la puerta sin detenerse. Javier la sujetó del brazo al instante, con firmeza.

—¿Lo tienes?

—Sí.

—¿Todo?

—Sí.

—¿Te han visto?

Clara dudó medio segundo.

—El sistema sí —respondió mientras Javier cerraba la puerta con un golpe.

Miró el pasillo y se quedó quieto un segundo, analizando de dónde venían los pasos.

—Vienen más.

Clara tragó saliva mientras observaba a los dos hombres tendidos en el suelo, aunque no dijo nada.

—Lo imaginaba.

—Vamos —dijo soltando su brazo y echando a andar por el pasillo con paso rápido, pero sin correr.

Se mezclaron con la gente de inmediato como dos técnicos más, nada fuera de lo normal, nada sospechoso.

Un hombre pasó junto a ellos y los miró unos segundos. Javier sostuvo la mirada fría y segura, pero el hombre siguió su camino. Clara soltó el aire muy despacio, aliviada en parte.

—Esto es surrealista…

—Shhh…

—Tengo derecho a comentar —se quejó—, estoy muy nerviosa.

Javier no respondió.

Giraron por otro pasillo, más estrecho y oscuro.

—¿Por dónde salimos? —susurró ella.

—Cambio de planes, vamos a cubierta. —Él se giró un segundo para asegurarse de que ella lo seguía de cerca—. El pendrive … —pronunció él—, guárdalo en un bolsillo, no lo lleves en la mano.

—Sí, perdón, perdón… —pronunció ella, guardándolo.

—Dime —dijo antes de girar por un pasillo—, ¿el pendrive se puede mojar?, ¿o perderá la información?

—Se puede mojar, está sellado en plástico… ¿por?

Javier no respondió y se quedó callado mientras se cruzaba con un hombre que llevaba una radio en la mano.

—…posible acceso no autorizado…

Clara miró a Javier mientras avanzaban.

—Nos buscan.

—Sí —confirmó él.

Javier abrió la puerta y salieron al exterior, donde el aire fuerte y frío por el movimiento del barco les golpeó de lleno.

Clara se detuvo un segundo y miró alrededor.

Habían zarpado y, aunque la costa se veía cerca, el mar estaba oscuro, extendiéndose en todas direcciones.

—Nos hemos alejado…

El barco avanzaba constante e imparable.

Detrás de ellos, la puerta se abrió de golpe y del pasillo vinieron voces y más pasos rápidos. La situación se estaba complicando por momentos.

Javier la agarró de la mano, esta vez con más fuerza.

—Ahora empieza lo difícil.

Clara apretó su mano y no dijo nada mientras Javier la conducía a la popa del barco, a la zona más alejada de todo el movimiento.

El viento golpeaba con fuerza, más de lo que Clara esperaba. Desde dentro, no parecía que el viento soplase tan fuerte. El mar oscuro se extendía frente a ellos, moviéndose con una violencia contenida, reflejando la luz lejana del puerto que ya quedaba atrás, demasiado atrás.

Javier no soltó su mano mientras miraba a su alrededor, calculando distancias, ángulos y opciones… y no es que hubiera muchas.

La llevó hasta una zona oscura donde no fuesen tan visibles.

—Tenemos que saltar —dijo.

Clara se volvió hacia él.

—¿Qué?

—En media hora de nado llegamos a la costa.

Clara lo miró como si no lo hubiera escuchado bien.

—¿Perdón?

—No podemos quedarnos aquí.

—No, ni hablar. —Negó con la cabeza—. No, no, no…

—Clara.

—¡No! —Se soltó de su mano y retrocedió un paso—. Ni de broma.

—Nos están buscando.

—Me da igual.

—No debería.

—Pues sí, me da igual. —Su respiración empezó a acelerarse—. Esa no es una opción.

—Es la única.

—¡No! —La voz le tembló—. No pienso saltar ahí. —Javier dio un paso hacia ella, intentando coger su mano—. No sé nadar…

El silencio cayó plomizo entre los dos. Javier la miró fijamente, procesando aquello.

—¿Qué?

Clara agachó la mirada.

—Que no sé nadar… —tragó saliva—. No… no sé…

Él resopló.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —preguntó más bajo.

—¡Porque no sabía que iba a ser necesario! —Levantó la vista—. ¡Pensaba que me queríais por lo que sé hacer, no para esto! —Su pecho subía y bajaba rápido mientras señalaba enfurecida hacia el mar—. ¡No para tirarme por la borda en mitad de la noche!

Javier apretó la mandíbula e intentó coger su mano.

—Ven.

—No —dijo dando un paso atrás—. No me toques, ni se te ocurra —lo amenazó con el dedo.

Hasta ellos llegaron las voces de unos hombres que se acercaban.

—Shhh… —murmuró él—. Shhh…

Finalmente le tomó la mano.

—Que no… quita…

—…dos intrusos… hombre y mujer… zona técnica… —escucharon la voz a través de una radio que se acercaba.

Clara giró la cabeza y el miedo volvió a medida que los pasos se acercaban.

Él apretó más fuerte su mano mientras las voces se hacían más presentes.

—…los han visto salir a cubierta… Hay dos hombres heridos en el pasillo… Uno ha confirmado… sala técnica…

Clara sintió cómo el pánico volvía a subirle por el pecho.

—Nos van a encontrar… —le dijo ella asustada.

—…han dejado un equipo con el que nos han saboteado…

Javier miró nervioso hacia atrás y luego al mar, luego desvió la mirada hacia ella.

No había ni tiempo ni otra opción posible.

Sin previo aviso y sin dar opción a que Clara protestase o se negase, tiró de su mano.

—¡Javier! —La arrastró hacia la borda. Ella intentó soltarse—. No, no… espera… —Él no respondió mientras se acercaban—. Te odio.

Directamente saltaron al mar y el mundo desapareció justo cuando los dos hombres que buscaban por la cubierta llegaron al lugar.

El viento, el barco y las voces se vieron sustituidos por el vacío, por aquella caída que fue más larga de lo que esperaban.

Clara sintió que el corazón se le detenía y, luego, el impacto frío y brutal antes de que el agua y la oscuridad los envolviese por completo.

Uno de los hombres de cubierta miró al otro que llevaba la radio en la mano.

—¿Has escuchado algo? —le preguntó.

El otro hombre lo miró no muy seguro y sacó una linterna de su cinturón. Apuntó a las zonas más oscuras de la cubierta y luego desvió el haz de luz hacia el mar.

Clara se quedó sin aire, no sabía dónde estaba arriba o abajo, solo había miedo.

Se movió estirando los brazos, buscando la mano de Javier que se había soltado tras el impacto del agua.

Javier la vio intentando realizar movimientos para subir a la superficie, pero era realmente patosa y no lo conseguía.

Dio unas cuantas brazadas y llegó hasta ella, sujetándola por los brazos.

El frío lo atravesaba, pero Javier no soltó a Clara. La sujetó con firmeza, estabilizándola mientras mantenía la orientación, controlando la profundidad y midiendo cada segundo.

Alzó la vista hacia arriba, comprobando que una luz difusa barría el agua.

Sabía que era una linterna, la cual se movía lenta, buscándolos.

Su mandíbula se tensó al comprender que, si salían en ese momento a la superficie, los verían. Tenían que esperar unos segundos más.

Bajó la mirada hacia Clara. La tenía sujeta por los brazos, pero ella no se estaba quieta, se removía desesperada e intentaba subir a la superficie.

Sus ojos se encontraron y entonces se percató: sus gestos de pánico y de falta de aire.

Javier no dudó y se inclinó hacia ella. Sus labios encontraron los de ella y le insufló aire.

Clara abrió los ojos de golpe y lo miró. Al menos pareció recuperar un mínimo de control. Aun así, le dio un golpe en el pecho en señal de protesta por lo que había hecho.

Javier frunció el ceño.

¿En serio?

Por supuesto, ella no podía oírlo, pero su expresión lo decía todo.

¡Súbeme! ¡Ya!

Indicaba ella con gestos desesperados.

Javier volvió a mirar hacia arriba. La luz seguía moviéndose demasiado cerca, barriendo una zona próxima.

Aguanta.

Le indicó él con un gesto cuando volvió a mirarla, intentando calmarla, pero Clara no estaba calmada en absoluto y negó con la cabeza mientras volvía a removerse e intentaba tirar hacia arriba, desesperada.

Javier negó con la cabeza.

No, todavía no.

Pudo sentir el rugido de ella incluso con el oleaje del mar.

Claro volvió a hacerle gestos, señalando hacia arriba con el dedo y moviéndose mucho.

Lo señaló a él y luego hacia arriba para que le quedase bien claro.

Sube. Ahora.

Javier negó de nuevo.