Conexión peligrosa 27
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El puerto estaba envuelto en una luz artificial que lo hacía parecer irreal: focos blancos, sombras alargadas y el sonido constante del metal, de cajas moviéndose y de voces que daban órdenes entre el ruido del mar golpeando suavemente el muelle.

Clara bajó del vehículo y se quedó unos segundos mirando el barco. El Ariadna era más grande de lo que había imaginado. Un mercante gris, robusto, sin ningún tipo de distintivo llamativo, pero con esa presencia silenciosa que imponía respeto.

No era elegante ni bonito, pero funcionaría para lo que pretendían hacer.

—Pensaba que sería… diferente —murmuró.

Javier se colocó a su lado.

—¿Militar?

Clara asintió.

—Sí.

Javier negó con la cabeza.

—No, es mercante.

Clara lo miró.

—¿Y eso es mejor?

—Mucho. —Comenzaron a caminar hacia la zona de acceso, mezclándose con el resto de personas que iban y venían—.

Este barco pasa más desapercibido para lo que pretenden hacer.

Además, en un barco militar no entraríamos ni de lejos —continuó él en voz baja—.

Demasiados controles y demasiados ojos atentos.

Clara observó el movimiento a su alrededor: hombres cargando cajas, otros revisando papeles, gente hablando por radio…

—Qué caos —susurró ella.

—Aquí el caos es útil.

Clara esbozó una sonrisa, nerviosa.

—Me gusta cómo suena eso… y a la vez no.

Javier la miró de reojo.

—Es más fácil entrar y mucho más fácil que no te revisen a fondo si pareces saber lo que haces.

Clara ajustó la mochila sobre su hombro.

—Vale, fingimos que sabemos lo que hacemos.

—No. —Javier negó con firmeza—. Sabemos lo que hacemos —pronunció con convencimiento—.

Vamos allá —inspiró sin dejar de caminar.

Se acercaron al acceso y un hombre con chaleco reflectante levantó la vista.

Clara sintió que el corazón se le iba a salir por la boca—.

No dejes de caminar, imítame —le susurró Javier.

Ella tragó saliva e intentó aparentar normalidad.

—¿Equipo? —preguntó el hombre.

Javier ni dudó.

—Revisión de comunicaciones previa a zarpe —informó sin detenerse, directo a la rampa y seguido por Clara.

El hombre los miró un segundo y luego hizo un gesto con la mano.

—Rápido, van justos de tiempo.

Clara parpadeó.

¿Ya? ¿Así?

Subieron la pasarela y el metal vibró bajo sus pies.

El olor a sal, aceite y maquinaria lo impregnaba todo.

Cuando cruzaron al interior, Clara sintió que el mundo cambiaba. Había más ruido, mucha gente y más tensión, pero también más posibilidades de desaparecer entre todo aquello.

Se movieron entre la tripulación sin llamar la atención.

Javier caminaba con seguridad, con paso firme, como si perteneciese a aquel buque. Tal y como le había dicho, Clara lo imitaba, o al menos eso intentaba, aunque por dentro su corazón latía demasiado rápido.

Pasaron junto a dos hombres que discutían y otro grupo que cargaba material. Javier ni siquiera se detuvo, fue directo a la puerta, seguido por Clara y, de pronto, ya estaban dentro.

Clara soltó el aire despacio y se inclinó ligeramente hacia Javier.

—Ha sido más fácil de lo que pensaba —susurró.

Javier no la miró y siguió avanzando.

—Lo difícil será salir.

Clara tragó saliva mientras lo seguía por aquel estrecho pasillo.

El interior del Ariadna era muy distinto a lo que Clara había imaginado, más estrecho y oscuro y mucho más…

opresivo, o así era como ella lo sentía.

Durante los primeros segundos de caminar por aquel pasillo, sintió que le faltaba el aire, pero se forzó a calmarse.

No estaba sola, estaba con su barquito de guerra. Todo saldría bien.

Los pasillos eran de metal, con paredes grises ligeramente desgastadas, cables visibles en algunos tramos y una iluminación fría que parpadeaba de forma intermitente en ciertos puntos.

El aire olía a combustible, a sal y a algo más denso, como si aquel barco llevara demasiados años acumulando historias que nadie quería contar.

El sonido era constante. Se escuchaban los motores en segundo plano, pasos, radios y voces cruzadas en distintos idiomas.

Dudaba que hubiese un solo rincón de aquel barco en el que hubiese algo de silencio en aquel momento.

Sin embargo, todo el mundo allí tenía una misión o un trabajo, todo parecía funcionar con una precisión extraña, como si el caos tuviera su propio orden.

Clara avanzó al lado de Javier, intentando adaptarse a su rápido ritmo, al entorno y a esa sensación de estar en territorio ajeno.

Pasaron por un pasillo donde dos hombres discutían sobre una carga y otro donde un técnico revisaba un panel abierto lleno de cables.

Una puerta metálica se abrió de golpe a su derecha y casi chocaron con alguien que salía.

—Cuidado —gruñó el hombre.

Javier ni se inmutó.

—Revisión de comunicaciones —respondió sin detenerse.

El otro asintió sin prestar atención y siguió su camino.

Clara lo miró de reojo.

—Empiezo a entender lo de “actuar como si pertenecieras aquí”.

—Funciona —murmuró él.

Doblaron una esquina y el espacio se abrió ligeramente a una zona más amplia con varias puertas laterales y una escalera que bajaba a otro nivel.

Javier ralentizó el paso.

—A partir de aquí —susurró—, habrá menos movimiento.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Clara a su lado.

—Depende. —Miró de un lado a otro, controlando el espacio—. Menos gente significa menos ruido.

—Y más posibilidades de que nos vean —concluyó ella.

—Exacto.

Clara tragó saliva cuando un hombre pasó junto a ellos y los miró un segundo más de lo normal.

Clara sintió cómo el estómago se le encogía y Javier ni giró la cabeza, siguió caminando seguro, como si nada fuera extraño.

El hombre pasó de largo y Clara soltó el aire lentamente.

—Vale… eso ha sido incómodo.

—Va a ser todo el rato así.

—No quiero acostumbrarme a esto —dijo con los dientes apretados.

Él la miró de reojo.

—Pues solo aguanta —pronunció mientras avanzaban.

Pasaron junto a una puerta abierta donde se veía un panel de control con varias pantallas encendidas. Clara la miró de reojo y se giró hacia él.

—Eso parece interesante.

Javier volvió a controlar a su alrededor y negó con la cabeza.

—No es ese.

—¿Cómo lo sabes? —le preguntó.

—Porque es demasiado visible.

Clara asintió.

—Tiene sentido.

Continuaron introduciéndose cada vez más profundo en el barco, más lejos de la salida y dentro de algo que ya no podían controlar del todo. Aquello no le gustaba nada, sentía las pulsaciones de su corazón desbocadas.

Javier se detuvo finalmente y le hizo una señal mínima con la mano.

Clara también se detuvo y miró en aquella dirección. Delante de ellos se abría un pasillo más estrecho y con menos luz, que terminaba en una puerta metálica cerrada y sin ningún tipo de señalización.

Javier se giró hacia ella.

—Ahí.

Clara entornó los ojos.

—¿Es una sala técnica?

—Probablemente.

—Me gusta ese “probablemente”.

—Es lo mejor que tenemos.

Clara respiró hondo.

—Vale.

Javier se acercó un poco más.

—A partir de ahora nos separamos.

Ella lo miró y, aunque sabía que iba a pasar, no le gustó nada.

—¿Ya? —exclamó asustada, aunque se controló de inmediato.

—Sí.

—Es muy pronto —gimió.

—Es el punto —respondió Javier, controlando que nadie se acercase a ese lugar—. Yo me moveré por aquí, hablaré, distraeré… Tú —dijo girándose hacia ella—, directa a esa puerta.

—¿Y si está cerrada?

—La abres —dijo directo.

Clara enarcó una ceja.

—Claro, qué fácil —ironizó.

Javier se inclinó ligeramente hacia ella.

—Lo es para ti. —Ella sostuvo su mirada y resopló—. Tienes diez minutos —añadió él—. No más.

—Ya lo sé —dijo de los nervios mirando hacia la puerta.

—Clara —llamó él su atención.

—¿Sí?

Él suspiró y apretó los labios.

—Si algo va mal…

—Salgo —dijo rápidamente.

—Sin pensarlo.

Ella asintió.

—Sin pensarlo —repitió.

Javier dudó un segundo y luego asintió.

—Voy a estar cerca.

Clara lo miró y asintió, esas palabras eran lo único que necesitaba.

Javier dio un paso atrás y se giró, alejándose por el pasillo lateral sin mirar atrás.

Se quedó sola, mirando de un lado a otro. El sonido del barco parecía más fuerte y amenazante ahora.

Miró la puerta. ¿Cómo había llegado a estar allí?

Respiró hondo, cerró los ojos fuerte un segundo y los abrió.

—Vale… —susurró para sí misma—. Vamos a liarla —dijo avanzando hacia la puerta.

Clara se detuvo frente a la puerta y miró el panel de al lado.

—Teclado numérico —susurró mirándolo, donde parpadeaba una pequeña luz roja indicando que estaba cerrada—. Perfecto —murmuró.

Dejó la mochila en el suelo con rapidez y se arrodilló enfrente mientras la abría.

—Mierda, mierda… —decía por el estrés que sentía.

Miró hacia los lados, asegurándose de que no había nadie, y removió entre la ropa buscando el dispositivo pequeño y discreto.

Cogió su “llave mágica”, aunque esta temblaba entre sus dedos.

No comprendía cómo podían dedicarse a eso—.

Ayyy… jolines —se quejó cuando el dispositivo casi se le cayó de la mano.

Se agachó frente al panel y levantó la tapa inferior, había decenas de cables, conexiones…

—Un sistema básico —dijo más tranquila—, vale… esto… esto puedo hacerlo…

Sus manos se movieron rápido, pero no con prisa, sino con precisión, controlando su pulso, e insertó el dispositivo.

Esperó y la luz parpadeó.

—Rojo, rojo, rojo… Vamos… —susurró.

—¿Algún problema?

Clara se tensó, dio un brinco y giró la cabeza. Javier se encontraba de pie a unos metros, mirándola.

—¿Quieres que me dé un infarto? —susurró ella, enfadada.

Él se acercó.

—Te he dicho que diez minutos.

—Llevo treinta segundos —pronunció acelerada.

Javier miró el panel.

—¿Está bloqueada?

—Sí.

—¿Puedes abrirla?

Clara le lanzó una mirada enojada.

—¿Quieres que me relaje o que lo haga rápido?

—Las dos cosas.

—Pues no hables.

Si no tuviesen que pasar desapercibidos, seguramente le habría gritado.

Javier cruzó los brazos.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—Diez segundos si te callas —rugió volviéndose hacia el panel—. Si me distraes, más.