26
El piso estaba en silencio cuando entraron, un silencio extraño, como si el lugar supiera que lo que venía después no iba a ser fácil.
Clara dejó el bolso sobre la mesa sin decir nada y Javier cerró la puerta. Se quitó la chaqueta y, durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
—Vale —soltó Clara de golpe—. Creo que ahora sí me está dando el ataque de nervios.
Javier alzó la vista hacia ella.
—Aún no has empezado.
—Precisamente por eso. —Se llevó las manos a la cabeza—. Voy a meterme en un barco lleno de gente peligrosa, voy a hackear un sistema que seguramente está protegido hasta por su abuela y luego voy a borrar archivos mientras intento no morir. —Negó con la cabeza—. No me parece un buen plan.
Javier se apoyó en la mesa.
—Es el mejor que tenemos.
Ella lo miró y resopló.
—Eso tampoco ayuda —gruñó mientras comenzaba a caminar nerviosa por el salón, de un lado a otro, demasiado rápida—. Vale, vale, vale… bolsa. Tengo que hacer la bolsa —dijo, deteniéndose e intentando ordenar las ideas.
—Sí.
—¿Qué meto?
—Lo justo.
—Eso no es una lista —se quejó.
Él suspiró.
—Ropa oscura y tus cachivaches —la señaló.
—Eso lo suponía.
—Nada que brille —continuó.
—Adiós a mi dignidad entonces —bromeó.
Javier enarcó una ceja.
Clara se giró, negó con la cabeza y se dirigió hacia la habitación.
Javier fue tras ella mientras Clara abría el armario y empezaba a sacar ropa.
—Esto no —dijo pasando las perchas—. Esto sí —lo arrojó sobre la cama—. Esto… demasiado bonito. Esto tampoco.
—Clara.
—¿Qué? —preguntó de los nervios.
—No es un desfile.
—Ya lo sé —respondió mirando el armario—, pero tampoco quiero morir mal vestida.
Javier soltó aire por la nariz y se cruzó de brazos, apoyándose en la pared mientras Clara cogía una camiseta. La miró y se encogió de hombros.
—Vale, esto. —Lo arrojó a la cama.
—Bien —la felicitó con ironía.
—Pantalones negros.
—Bien —repitió él.
—Zapatillas.
—Perfecto —acabó canturreando.
Clara comenzó a meterlo todo en una mochila demasiado rápido, aunque sus movimientos no eran fluidos, eran nerviosos y tensos.
Javier se acercó y la cogió suavemente de la muñeca.
—Para.
Clara se quedó quieta y lo miró.
—No puedo parar.
—Sí que puedes —pronunció sin soltarla.
—No. —Tragó saliva—. Si paro, pienso, y si pienso, me pongo peor.
Javier la observó unos segundos.
—Mírame —dijo en voz baja—. ¿Qué tal si dejas de contener el aire y respiras? —En ese momento, ella se dio cuenta de que había aguantado el aire varios segundos—. No vas a estar sola ahí dentro.
—Ya.
—Voy a estar contigo en todo momento.
Clara tragó saliva.
—Eso no evitará que me disparen.
—Evitará que te pase algo —pronunció con seriedad.
Ella intentó sonreír.
—Me gustaría tener la seguridad que tienes tú. —Él suspiró mientras Clara bajaba la vista—. La verdad es que tengo mucho miedo.
Javier no dudó y se acercó más. La soltó de la muñeca solo para rodearla con los brazos.
—Es normal.
Clara apoyó la frente en su pecho.
—No quiero fallar.
—No lo vas a hacer.
—¿Y si fallo?
Javier apoyó la barbilla suavemente sobre su cabeza.
—Entonces lo arreglamos… juntos.
Clara cerró los ojos y, durante unos segundos, se quedó así, quieta, respirando. Sintió cómo la tensión empezaba a bajar poco a poco.
Se separó despacio y lo miró.
—Vale —acabó ella susurrando.
Javier asintió.
—Bien.
Ella volvió a la mochila, esta vez más tranquila.
—¿Algo más? —preguntó más centrada.
—Cachivaches —le recordó él.
Clara sonrió un poco.
—Ah, ahora sí hablamos mi idioma.
Cogió la mochila y fue hacia el comedor, seguida por él. Se acercó a su setup y abrió un cajón. Sacó dispositivos, cables y un pequeño pendrive .
—Esto es el “puente”.
—¿Traducción?
—La llave mágica.
—Me gustan más esas palabras —comentó Javier con una leve sonrisa—. ¿Y esto? —señaló.
—Esto es por si todo falla.
Javier la miró.
—No me gusta.
—A mí tampoco —dijo metiéndolo en la mochila—. Pero mejor tenerlo.
Cerró la mochila y suspiró de nuevo.
—Vale, creo que ya está.
Javier la observó.
—Muy bien.
Clara apoyó las manos en la mesa.
—Javier…
Él la miró.
—¿Sí?
—Cuando estemos ahí…
—Sí.
—No me dejes sola ni un segundo —acabó.
Javier dio un paso hacia ella.
—No lo haré.
Ella asintió y, entonces, sin pensarlo demasiado, se puso de puntillas y lo besó.
Javier respondió al corto beso directamente.
—Después de esta noche… —murmuró él—, vamos a tener una conversación seria sobre tu dieta.
Ella parpadeó.
—¿Perdón? ¿Me sacas esta conversación ahora?
—Tomas demasiado azúcar. Tienes poca disciplina con la alimentación. Hay que cambiarlo.
Clara se quedó mirándolo y golpeó su pecho.
—Qué pesado —susurró ella mientras él reía.
Ella negó con la cabeza, aunque sonría, y eso era lo importante. El miedo seguía ahí, pero ya no la dominaba.
Javier se giró y entró en su habitación sin decir nada. Clara fue detrás y cerró la puerta con suavidad, observándolo.
Él ya estaba quitándose la camiseta, con la mente centrada en la misión y en el barco. Todo podía salir bien o mal. No había término medio.
Clara cruzó los brazos.
—¿Siempre te desnudas así de rápido o solo cuando hay operaciones peligrosas?
Javier ni siquiera se giró.
—Concéntrate —pronunció él.
—Pues deja de desnudarte...
—Tú has decidido seguirme hasta aquí.
Ella sonrió.
—Bueno, tranquilo, estoy concentrada en la misión. Tengo claro lo que hay que hacer.
Javier negó con la cabeza mientras abría el armario.
—Escucha. —Su tono se volvió más firme mientras sacaba la ropa oscura y funcional de su armario—. Cuando lleguemos, no debemos llamar la atención.
—Eso lo tengo claro.
—Vamos a entrar como personal técnico.
—Vale.
—No hables más de lo necesario.
Clara levantó una ceja.
—Eso va a ser difícil.
—Lo sé, por eso te lo digo.
Ella resopló.
—Qué fe tienes en mí.
Javier la miró por encima del hombro.
—La justa. —Clara sonrió, pero lo dejó seguir—. Yo voy a encargarme de distraer al personal.
—¿Distraerlo cómo?
—Hablando, moviéndome… haciendo lo que haga falta, mientras tú —la señaló—, trabajas.
Clara asintió despacio.
—¿Dónde?
Javier señaló mentalmente el plano.
—En la zona técnica. Intentaremos acceder a la sala de comunicaciones. No tendrás mucho tiempo, diez minutos como máximo —le recordó.
Clara lo miró.
—Si todo va bien —puntualizó ella.
—Sí.
Javier se puso la camiseta negra y se giró hacia ella.
—Si algo se complica, salimos sin discutir.
—Sin discutir —repitió ella.
—Claaaraaa… —arrastró las vocales de su nombre.
—Vaaale —suspiró—. Sin discutir.
Javier la observó un segundo más.
—No sabemos cuántas personas colaboran con el almirante, así que, por favor… —Esta vez suplicó—, no me lo pongas difícil, si te digo corre, tú corres. Si te digo para, tú te paras...
—Entendido.
—Esta gente está traficando con datos de seguridad nacional y no dudarán en apretar el gatillo. —Ella resopló, pero Javier la ignoró, necesitaba que todo quedase bien claro—. La mochila que has preparado con tu ropa y dispositivos…
—Mi “llave mágica”.
—Eso. Lo llevamos como equipo técnico. No suelen revisar, pero, por si acaso, va oculto entre la ropa.
Clara asintió.
—Vale.
—Vístete con algo cómodo, oscuro y nada llamativo.
—Sí, jefe.
Javier enarcó una ceja.
—No me llames así —se quejó.
—¿Prefieres teniente?
—Prefiero que no hables cuando te estoy explicando esto.
—Sabes que eso no va a pasar, ya me conoces.
Javier negó con la cabeza, pero había una leve sonrisa en su rostro.
—Nos quedan dos horas.
Clara abrió los ojos.
—¿Dos horas?
—Sí.
Ella resopló.
—Tiempo suficiente para ponerme nerviosa.
—Para prepararte —la corrigió él mientras se ponía los pantalones y unas deportivas. Se situó erguido ante ella y la miró ladeando su cuello. Desde allí, Javier parecía mucho más alto—. ¿Preparada, recluta?
Clara arqueó una ceja.
—¿Recluta?
—Sí.
—Te estás viniendo arriba.
—Responde.
Ella lo miró y sonrió.
—Preparada para salvaros el culo, teniente.
Javier soltó una leve risa.
—Eso espero. —Javier la observó. Parecía mentira que una chica tan delicada pudiese ser una de las mejores hackers, no solo nacional, sino a nivel internacional. Dio un paso hacia ella y tomó su mano—. Cuando terminemos con esto, vamos a ir a por él.
—Por Lucas —susurró ella.
Javier la acercó un poco más a él.
—No va a quedar impune por el asesinato.
Clara lo abrazó directamente, fuerte, como si necesitara ese momento antes de todo lo que venía.
—Vamos a hacerlo —susurró más convencida.
Aquella vez sus palabras no llevaban un tono dudoso. Había decisión.
Javier no la soltó, al contrario, la abrazó con más fuerza, sabiendo que ese momento era necesario para ella, comprendiendo que, antes de lo que estaba por llegar, Clara necesitaba ese instante de calma.
Ella se aferró a él, deslizó las manos por su espalda y apoyó la cabeza en su pecho, cerrando los ojos mientras escuchaba el latido firme de su corazón, constante y seguro.
Lo que venía era demasiado grande. Jamás había hecho algo así.
En unas horas entraría en un barco lleno de hombres peligrosos, en el sistema que protegía los secretos de un almirante capaz de matar por ellos.
Pero aquello no era solo una misión. Era la verdad. La verdad que había buscado durante años. La respuesta a todas las noches sin dormir, al último mensaje de su hermano, a cada paseo por el puerto buscando algo que ya no estaba: justicia.
Había pasado demasiado tiempo persiguiéndola, sintiendo que siempre se le escapaba y, ahora… ahora estaba ahí, al alcance de su mano, como si de pronto todas las piezas hubieran encajado y el Universo, después de tanto silencio y llantos por su parte, hubiera decidido finalmente responder.
Clara inspiró hondo, más despacio y tranquila. Ahora ya no estaba sola, tenía a Javier. Y eso lo cambiaba todo.
Se abrazó un poco más a él, sintiendo su calor y su firmeza, y entendió algo con una claridad que la sorprendió. No era solo que él estuviera ahí, sino que él la hacía más fuerte. A su lado el miedo no desaparecía, pero dejaba de paralizarla y se transformaba en decisión.
Javier bajó ligeramente la cabeza, apoyando la mejilla contra su cabello sin decir nada, pero transmitiéndole exactamente lo que necesitaba.
Clara cerró los ojos y, por un instante, todo encajó.
Había perdido a su hermano, pero no iba a perder la oportunidad de hacer justicia por él, no esta vez.
Se separó lo justo para respirar, pero no lo soltó. Javier se había convertido en eso que nunca había tenido, en su ancla, en su punto de equilibrio, en ese lugar al que podía volver cuando todo lo demás se tambaleaba… en su bote salvavidas en medio de una tormenta que apenas acababa de empezar.
Lo que venía iba a ser intenso, mucho más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir, pero esta vez no iban a enfrentarlo solos. Lo harían juntos.