Conexión peligrosa 25 #2
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25 #2

—Claro que lo es —respondió ella con total naturalidad y el tono de voz alto—. Todo es una negociación. —Volvió a mirar a Salazar—. Y, con todo el respeto… —Alzó sus manos—, mi trabajo no es gratis, y ya que no me están pagando…

—Clara —la advirtió Javier.

Ella levantó una mano, situándola casi en su cara para que guardase silencio.

—Estoy hablando con tu jefe.

Salazar cruzó las manos a la espalda, observándola y evaluándola.

—Señorita Vega —dijo finalmente—, este no es el momento.

—Es exactamente el momento —dijo dando unos golpecitos con el dedo—.

Me tienen asustada con lo de la libertad condicional, ¿condicional a qué?

Eso me genera antecedentes. Así no trabajo correctamente…

—los señaló a todos—. Me tenéis estresada.

Así que sí, vamos a negociar ahora, porque cuando empiece la operación ya no podré negociar nada.

Y creo que todos sabemos que, sin mí, esto no sale.

Javier tensó la mandíbula, pero no dijo nada, sabía que Clara tenía razón, y Salazar también lo sabía, se lo notó por su suspiro.

Su superior parecía molesto, pero consciente.

En su cabeza, el cálculo era claro: ella era la única que había accedido al sistema del almirante Beaumont, la única capaz de entrar en el servidor del barco sin activar todas las alarmas.

Ella era la única opción real y no tenían tiempo para buscar a otra.

—Está pidiendo inmunidad total —dijo finalmente.

—Sí.

—Eso no es habitual.

—Yo tampoco soy habitual —sonrió con ironía—, y ya me he jugado la vida bastantes veces. —Señaló a Javier—. El teniente sabe perfectamente que soy buena en lo que hago.

Javier la miró y, por un segundo, algo parecido a orgullo cruzó su expresión. Suspiró y, finalmente, cedió.

—Se implica —añadió Javier—. Mucho más de lo que debería.

Hubo un largo silencio durante el cual Salazar la observó unos segundos, hasta que finalmente exhaló.

—De acuerdo. —Javier levantó la vista, igual que Clara—. Si la operación tiene éxito, no habrá cargos.

Clara parpadeó.

—¿Eso es un sí?

—Eso es un sí, pero solo si cumple su parte —confirmó el superior.

Clara sonrió.

—Perfecto. —Carraspeó e hizo un gesto con la mano hacia la pantalla—. Puede continuar.

Javier la fulminó con la mirada y se acercó levemente hacia ella mientras Salazar cerraba los ojos, armándose de paciencia.

—Deja de dar órdenes a un superior —le susurró.

Clara se inclinó ligeramente hacia él.

—No me mires así, es tu superior, no el mío.

Javier cerró los ojos un segundo y respiró hondo. Cuando volvió a abrirlos, seguía sin saber si quería reñirla o besarla. Probablemente ambas cosas.

Salazar carraspeó.

—Ahora que hemos terminado con… la negociación, continuemos. El barco mercante…

—¿Vamos a subir ahí? —volvió a interrumpir ella.

Javier la miró de reojo con expresión mosqueada por interrumpir de nuevo, pero ella necesitaba saber lo antes posible para concienciarse de lo que debían hacer.

Salazar la miró.

—Sí —respondió con paciencia.

Javier intervino.

—Supongo que la infiltración se hará durante la fase de carga previa a zarpe.

Clara lo miró.

—¿Eso que significa?

—Antes de zarpar hay mucho más movimiento —respondió él—. Tripulación entrando, revisiones, logística…

—Hay un caos controlado —añadió el militar joven. Clara asintió despacio—. Perfecto para colarse.

—Exacto —le dio la razón la mujer.

Salazar señaló el plano del barco.

—El acceso será por la cubierta de carga e iréis disfrazados como personal técnico.

—¿Y nadie va a comprobar quiénes somos? —preguntó Clara.

—Lo harán —respondió la mujer—, pero no demasiado. El dinero manda más que los protocolos en este tipo de operaciones.

Clara esbozó una pequeña sonrisa.

—Eso me tranquiliza mucho.

Salazar ignoró el comentario.

—Objetivo principal: obtener la información antes de la transferencia. —Miró directamente a Clara—. Esa es su parte.

Ella asintió.

—Vale. —Aunque, para sorpresa de todos, se puso en pie y se acercó a la pantalla. Javier la miraba sorprendido—. Si es como creo, los archivos no estarán en un ordenador normal.

Todos la miraron.

—¿Por qué? —preguntó Salazar.

—Porque no son idiotas —respondió ella. Todos suspiraron—. Si alguien entra, lo primero que revisa es lo obvio. —Se encogió de hombros—. Yo los escondería en un servidor interno aislado.

—¿Dónde? —preguntó el superior.

Clara señaló el plano del barco.

—En la zona técnica. En una sala de comunicaciones o control de navegación.

—Tiene sentido —murmuró el militar.

—¿Podría acceder? —preguntó Salazar.

Clara asintió.

—Sí, pero necesitaré tiempo.

—¿Cuánto?

—Depende de lo protegido que esté, aunque si es como el teléfono… —acabó con una sonrisa maligna que hizo que Javier arquease una ceja.

—¿El del almirante? —preguntó la mujer.

Clara asintió.

—Estará bien protegido —acabó diciendo ella.

—¿Qué solución plantea? —le preguntó el superior.

Clara respiró hondo.

—Acceso físico y conexión directa.

—Explique eso —dijo el militar joven.

—Necesito conectar un dispositivo al sistema, un puente para saltarme la seguridad externa.

—Traducción —añadió Javier, mirándola.

Clara suspiró.

—Necesito enchufar “algo” al sistema para entrar sin que me bloqueen.

—Mejor —confirmó él ante esa explicación.

Salazar asintió.

—¿Y una vez dentro?

—Lo copio todo, verifico los archivos y, luego… —dudó un segundo—, los borro todos para que no puedan transferirlos.

Hubo un silencio.

—¿Seguro? —preguntó la mujer.

—Si no lo hacemos, venderá la información igualmente.

—¿Y si detectan el borrado? —continuó la mujer.

Clara alzó una ceja.

—Entonces tendremos un problema —respondió Clara.

Javier intervino.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—Diez minutos, si todo va bien.

—Demasiado —murmuró el militar.

—No si el movimiento es apto —respondió Javier.

Salazar asintió.

—Procederemos así. Entrada durante la fase de carga, acceso a sala técnica, extracción de datos, borrado y salida antes de que zarpe.

Clara levantó una mano.

—Una cosa. —Todos la miraron—. ¿Qué significa exactamente “antes de que zarpe”?

Javier la miró.

—Antes de que el barco se vaya en dirección a aguas internacionales.

—Ah.

—Literalmente —enfatizó él.

—Vale, eso es lo que sospechaba.

—Entonces no preguntes —pronunció él con los dientes apretados.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Era por confirmar —le respondió ella con el mismo tono.

Salazar continuó ignorándolos.

—El punto de extracción será la cubierta trasera con el equipo de apoyo a distancia.

—¿Nos recogen? —preguntó Clara, sorprendida.

—Sí.

—¿Y si algo sale mal? —insistió ella.

Hubo un silencio y Javier fue quien habló.

—No saldrá mal.

Clara lo miró.

—Eso no es una respuesta.

Él sostuvo su mirada.

—Es una orden —sentenció él.

Ella resopló.

—Claro, cómo no…

El militar joven intervino.

—En caso de contingencia, abortan misión y evacúan.

Clara frunció el ceño.

—¿Evacuar cómo?

Javier respondió.

—Como sea necesario.

Ella lo miró.

—Eso suena fatal —se quejó.

—Porque sería una situación fatal.

Salazar miraba de Javier a Clara continuamente, parecía que entre ambos había ya suficiente confianza.

—Preparad el equipo —les pidió—. No quedan muchas horas para que el barco zarpe.

Ella volvió hacia su asiento, resoplando, y se situó al lado de Javier.

—No estoy nada preparada para esto —le susurró.

Javier se inclinó ligeramente hacia ella.

—Lo estarás.

Clara lo miró.

—Eso espero —dijo lentamente.

—Sé que lo estarás —insistió.

Y, por la forma en que lo dijo, por esa seguridad, Clara sintió algo parecido a la calma, aunque supiese perfectamente que lo que vendría después iba a cambiarlo todo.

La reunión terminó con un silencio profesional, como si todos fueran conscientes de lo que estaba en juego.

Javier saludó con un gesto firme.

—Señor.

Los demás hicieron lo mismo.

Clara, en cambio, se giró hacia todos con una sonrisa mucho más… suya.

—Gracias por no meterme en prisión —dijo con total naturalidad—. Prometo no hackear nada vuestro.

El militar joven soltó una risa que intentó disimular, la mujer de la tableta negó levemente con la cabeza y Salazar simplemente la miró en silencio.

Javier cerró los ojos un segundo.

—Por favor, cállate —susurró.

Clara hizo un pequeño gesto de despedida con la mano.

—Ha sido un placer.

Clara salió primero. Javier la siguió y, en cuanto la puerta se cerró tras ellos y el silencio frío del pasillo los envolvió, espetó.

—¿En serio?

Clara continuó caminando.

—¿Qué?

—¿Cómo que “qué”?

—Pues eso, ¿qué?

Javier se detuvo un segundo.

—Has negociado inmunidad total delante de un superior en mitad de una operación.

Clara se encogió de hombros.

—Sí.

—¡Sí! —exclamó él, aún asombrado.

—Sí.

Javier la miró.

—Eso no se hace.

—Claro que se hace —respondió ella, indignada.

—No en ese momento, Clara.

—Entonces, ¿cuándo?

—Luego.

Clara negó con la cabeza mientras seguía caminando.

—Luego ya no sirve de nada.

Javier caminó a su lado.

—No era el momento —continuó él.

—Era el único momento. —Se giró hacia él mientras avanzaban—. Cuando esté en ese barco no voy a estar pensando en negociar nada, voy a estar pensando en no morir… y en no liarla.

Javier apretó la mandíbula.

—Podías haber confiado.

Clara lo miró de reojo.

—Confío. —Se encogió de hombros—. Pero prefiero asegurarme. —Caminaron unos pasos más—. Además —añadió ella—, tú sabes que soy buena en lo que hago.

—Lo sé.

—Y que me implico.

—También lo sé.

—Pues… ¿entonces?

Javier soltó aire y negó con la cabeza. Se quedó unos segundos pensativo hasta que la miró con un gesto más amable.

—Me alegro.

Clara parpadeó.

—¿Perdón?

—Que me alegro de que lo hayas conseguido.

Ella sonrió, satisfecha.

—Gracias —respondió con una gran sonrisa.

Javier la miró.

—Pero que quede clara una cosa, yo pensaba hacerlo igualmente.

—¿El qué?

—Asegurarme de que no fueras a prisión.

Ella lo miró unos segundos, pensativa, y finalmente se encogió de hombros.

—Bueno —dijo finalmente—. Mejor así.

Javier asintió.

—Mejor así, sí.

Llegaron a la salida y el aire frío de la calle les golpeó de nuevo.

El vehículo negro los esperaba fuera del edificio.

Martín estaba apoyado en la puerta, impasible, como siempre.

Les abrió la puerta sin decir una palabra y subieron.

Clara se dejó caer en el asiento.

—Vale, ¿cuánto queda para que me dé un ataque de nervios? —preguntó mientras se acomodaba.

Javier se abrochó el cinturón.

—Unas horas. En cuanto lleguemos al piso, tienes que preparar una bolsa.

Clara se volvió hacia él.

—¿Qué tipo de bolsa?

—Operativa.

—Eso no responde a nada.

—Ropa funcional, equipo ligero, nada que llame la atención…

Clara frunció el ceño.

—¿Nada del uniforme blanco?

Javier la miró.

—No.

—¿Ni uniforme bonito?

—No.

—Qué decepción.

Javier enarcó una ceja.

—¿Te gusta el uniforme?

Clara sonrió.

—Mucho, sobre todo cómo te queda.

Javier apartó la mirada hacia la ventanilla, pero esa leve tensión en su mandíbula lo delataba.

—Concéntrate.

—Estoy concentrada.

—No lo parece.

—Pues lo estoy —confirmó ella—, puedo concentrarme y admirar al mismo tiempo.

Javier negó con la cabeza.

—Increíble —ironizó—, estoy gratamente sorprendido.

Clara apoyó la cabeza en el respaldo.

—Yo quería repetir la escena del barco… —le susurró—, pero con menos peligro y más besos.

Javier la miró de reojo y Clara pudo observar cómo aquellas palabras producían una mirada cargada de deseo en él. Javier no pudo evitar descender sus ojos levemente hacia sus labios.

—Después de la misión.

Ella sonrió.

—Me lo apunto.

El vehículo arrancó y entonces, desde el asiento delantero, Martín habló por primera vez.

—¿Destino?

Javier miró hacia delante, como si no hubiese sido consciente de la presencia del chófer hasta ese momento, aunque respondió sin dudar.

—Al piso.

Martín asintió.

—Entendido.

El vehículo se puso en marcha. Mientras las calles de Barcelona desfilaban tras las ventanillas, ambos sabían que las próximas horas iban a cambiarlo todo.