25
La luz entraba por la ventana cuando Clara abrió los ojos. Durante unos segundos no se movió, solo se quedó ahí, medio escondida entre las sábanas, notando el calor a su lado. El brazo de Javier la rodeaba con una naturalidad que todavía le resultaba peligrosamente agradable.
Giró la cabeza despacio hacia él. Javier seguía dormido. Se le veía totalmente relajado, aunque con el ceño ligeramente fruncido incluso en reposo, como si ni siquiera dormido dejara de estar en alerta.
Clara lo observó unos segundos más de la cuenta.
—Si sigues mirándome así, voy a pensar que te gusto —bromeó él.
Clara dio un pequeño respingo.
—¿Estás despierto?
Él abrió un ojo.
—Buenos días.
—No estabas dormido —confirmó ella.
—Estaba descansando.
—Parecías estar totalmente frito, estás mintiendo.
—Bueno… —se encogió de hombros—, no revelaré el secreto, información clasificada.
Clara resopló, apartándose un poco, aunque no demasiado.
—Pfff… estás muy bromista de buena mañana.
—Y tú hablas demasiado para alguien que lleva cinco minutos despierta.
Ella lo miró.
—No llevo cinco minutos despierta.
—Llevas exactamente siete.
—¿Cómo lo sabes?
Javier abrió el otro ojo.
—Porque dejaste de respirar como alguien dormido hace siete minutos.
Clara parpadeó y tuvo un escalofrío.
—Es inquietante que digas esas cosas.
—Muchos años de entrenamiento —bromeó alzando las dos cejas repetidas veces.
Ella negó con la cabeza.
—Necesito café. —Intentó levantarse, pero el brazo de Javier seguía rodeándola—. Javier —rio ella.
—¿Sí?
—Tu brazo.
—Ah. —No lo apartó—. ¿Lo necesitas para algo? —ironizó.
Clara lo miró.
—Sí, necesito que lo apartes para poder levantarme.
—Qué pena… porque no voy a apartarlo de momento —continuó divertido.
Ella soltó una risa y, sin previo aviso, él se inclinó rápidamente y le dio un beso rápido en los labios.
Clara se quedó quieta un segundo, analizando lo que había ocurrido en una fracción de segundo.
—¿Y eso?
—Buenos días versión mejorada —sonrió.
Ella seguía parpadeando.
—Podrías avisar.
—Le quitaría la gracia.
Ella negó con la cabeza y, finalmente, Javier apartó el brazo.
Clara se levantó y se dirigió hacia el baño.
—Voy a ducharme.
—No tardes, tenemos trabajo.
Clara se detuvo en la puerta.
—Ah, sí, claro… La parte donde arriesgamos la vida.
—Esa misma —le dio la razón.
Ella resopló.
—Genial —susurró, cerrando la puerta del baño tras de sí.
Javier se quedó unos segundos en la cama, mirando el techo, pensativo. Sabía que aquella calma no duraría. Lo que habían descubierto la noche anterior lo cambiaba todo e intuía que la próxima orden que recibirían iba a ser mucho más peligrosa.
Cuando Clara salió con el pelo húmedo y una camiseta suya demasiado grande, lo encontró en la cocina con el café preparado. Javier había situado varias piezas de fruta sobre la encimera.
Clara avanzó y lo miró enarcando una ceja.
—¿Eso es… una manzana? —bromeó.
—Sí.
—¿Y eso es… un plátano?
—También.
—¿Y dónde están los dónuts?
—No hay.
—¿Cómo que no hay?
—No hay —repitió.
Clara lo miró, horrorizada.
—No puedo trabajar en estas condiciones.
—Claro que puedes.
—Mi cerebro necesita azúcar —se quejó.
—Tu cerebro necesita disciplina.
Ella cruzó los brazos.
—Mi cerebro va a dimitir.
Javier apoyó las manos en la encimera.
—Si dimite, lo reemplazamos.
Clara suspiró, cogió la manzana y la miró.
—Si en unas horas estoy triste, será por esto —le mostró la manzana.
—Si en unos años estás viva, será por esto —la señaló él. Ella alzó la vista hacia él y le dio un gran bocado. Él sonrió—. Así me gusta… cómetela toda. Es saludable.
Ella resopló mientras cogía con su otra mano la taza de café. Inspiró y se giró hacia él, pensativa.
—¿Qué va a pasar ahora?
Javier apoyó la cadera en la encimera.
—Ahora tenemos pruebas.
—¿Crees que son suficientes para detenerlo?
Javier masticó y tragó.
—Supongo que él se defendería diciendo que esos mensajes son falsos…
—No lo son —rugió ella.
—Ya, pero él alegaría eso.
—Yo podría desmontarle esa versión rápidamente, su IP era…
—Ya, ya… —la cortó él—, ya sé por dónde vas, pero no solo es un delito de asesinato, además está poniendo en peligro la seguridad nacional. Necesitamos más pruebas.
—Exacto —lo señaló—, y que se pudra en prisión el resto de su vida.
Él la observó sorprendido por el tono macarra que había empleado. Dio un sorbo a su café y la miró seriamente.
—Tenemos que ir a por la entrega de los documentos que va a vender.
Clara agachó la mirada hacia la manzana.
—Será en alta mar —dijo mientras se removía nerviosa.
—Sí.
—Eso suena fatal, no me gusta.
Javier apretó los labios y asintió.
—Vamos a reunirnos con mi superior.
Clara asintió despacio.
—¿El mismo que me amenazó con llevarme a prisión y concederme la condicional si no obedecía? —ironizó.
Él le sonrió con condescendencia.
—Sí.
—¿Ya le caigo mejor?
Javier enarcó una ceja.
—Digamos que… le eres útil. Eso ya es mucho.
—Pero no responde a mi pregunta.
—En el ejército eso es lo mejor a lo que puedes aspirar.
Clara negó con la cabeza.
—Fantástico —protestó.
—Clara. —Ella levantó la vista mientras Javier se acercaba un poco más—. Vamos a hacerlo bien y no dejaré que te pase nada.
Ella lo miró unos segundos.
—Vale… —pronunció tranquila, como si la promesa de Javier la calmase, aunque de repente elevó un dedo amenazante hacia él—. Pero como me hagas comer fruta durante toda la misión, abandono.
Javier sonrió.
—Lo tendré en cuenta.
Clara le dio un pequeño golpe en el brazo y caminó hacia el ordenador.
—A ver si hoy sobrevivo sin azúcar.
El comentario hizo que Javier sonriera.
—Voy a ducharme y nos ponemos con la documentación. En unas horas nos reunimos con mi superior. Hay que llevarlo todo.
Ella asintió mientras se sentaba frente al ordenador y Javier iba hacia el aseo.
—Tranqui, esto lo organizo yo en un plis —pronunció antes de escuchar la puerta cerrarse.
El edificio no tenía ningún distintivo. No había placas, ni banderas, ni nada que indicara qué ocurría allí dentro. Lo único que había era mucha seguridad.
Clara miró por la ventanilla mientras bajaba del vehículo.
—Esto es muy poco acogedor.
—Eso es porque no está pensado para ser acogedor —respondió Javier con naturalidad.
—Ya, me encanta venir a sitios donde parece que si estornudo me van a detener.
Javier esbozó una sonrisa.
—Mejor no estornudes —bromeó.
Dos hombres los recibieron en la entrada y revisaron sus acreditaciones sin decir una palabra. Luego, tuvieron que pasar varios controles más.
Clara levantó una ceja mientras pasaban el tercer control.
—¿Cuántos filtros hay?
—Los necesarios.
—¡Ja! —exclamó ella cogiendo su bolso de nuevo—. Me siento importante.
—Eres importante… más de lo que crees —enfatizó Javier.
Ella lo miró de reojo mientras él abría la puerta de una de las salas y la dejó pasar primero.
El interior era completamente distinto, minimalista y frío. Había pantallas en las paredes, mapas y rutas marítimas, así como información en tiempo real. Al fondo, había una sala acristalada donde varias personas ya estaban reunidas.
Javier caminó directo hacia allí con Clara siguiéndolo, intentando no mirar demasiado ni que se le notase fuera de lugar, aunque se sentía así.
Al entrar, todos levantaron la vista.
El superior de Javier, Salazar, estaba de pie junto a la mesa central.
A su lado había tres personas más: un hombre mayor, de uniforme, con insignias que Clara no supo identificar, una mujer trajeada con expresión seria y una tableta en la mano, y otro hombre más joven, claramente militar, observando un mapa proyectado
—Teniente —saludó Salazar.
—Coronel.
Javier adoptó inmediatamente una postura firme. Clara lo miró de reojo y lo imitó… más o menos.
—Señorita Vega —añadió Salazar.
Ella asintió.
—Buenos días —pronunció ella casi susurrando, bastante nerviosa.
—Tenemos poco tiempo —continuó él—. Empecemos.
La pantalla cambió y apareció un mapa mientras Javier y Clara tomaban asiento. En un lateral ponía: “NODO 17”.
—Objetivo: buque mercante Ariadna —indicó Salazar—. Bandera neutral, pero sabemos que está implicado en la operación.
—Hora de intercambio: veintitrés cuarenta —añadió la mujer de la tableta.
—Ubicación: aguas internacionales —completó el otro militar.
Clara los miró uno a uno, cruzó los brazos y ladeó su cabeza.
Antes de que Salazar pudiera continuar, Clara alzó la mano.
—Perdón —los interrumpió. Todos alzaron la mirada hacia ella, sorprendidos.
La sala se quedó en silencio y Javier giró la cabeza lentamente hacia ella, con esa mirada que decía: “ahora no” .
Clara lo ignoró por completo—. Antes de empezar con…
todo esto —hizo un gesto hacia la pantalla, el mapa, el barco y el desastre en general—, quiero aclarar un par de cosas.
Salazar la observó unos segundos y, finalmente, asintió.
—Adelante.
Javier apretó la mandíbula. Ya sabía de antemano lo que iba a decir Clara. La conocía demasiado bien.
—Si hago esto, no quiero ir a prisión. —Miró fijamente al superior—. No quiero reducción de condena ni acuerdos a medias ni condiciones. —No pestañeó—. Quiero libertad absoluta, nada de condicional, sin cargos ni antecedentes policiales ni judiciales.
Hubo silencio. El militar joven levantó una ceja, la mujer de la tableta dejó de escribir y Javier cerró los ojos un segundo.
—Clara… esto lo podemos hablar en otro momento.
—No. —Miró fijamente a Javier—. Ni Clara ni nada.
Si me estoy jugando la vida, quiero saber exactamente qué gano, porque de momento lo único que estoy ganando es estrés, riesgo y…
—miró a la mesa—, ni siquiera hay dónuts.
—Golpeó la mesa enfurecida mientras Javier suspiraba y se pasaba la mano por los ojos, avergonzado.
El militar joven tosió para disimular una risa.
—Esto no es una negociación —insistió Javier en voz baja.