24 #2
Javier no lo pensó y fue directamente tras ella. La siguió por el pasillo justo a tiempo de ver cómo ella cerraba la puerta de la habitación. Se detuvo delante e inspiró hondo.
—Voy a entrar.
No fue una pregunta ni le estaba pidiendo permiso, solo la estaba informando. Al otro lado no hubo respuesta, así que Javier abrió la puerta sin más.
Clara estaba junto a la ventana, de espaldas, abrazándose a sí misma mientras lloraba en silencio. Se había quitado los zapatos y varios mechones caían alrededor de su cara. Parecía tan pequeña así, tan frágil. Le dolió verla de aquella manera.
Clara llevaba días fingiendo que podía con todo: con la misión, con el miedo, con Lucas… pero no podía, y era lógico.
Nadie debería descubrir jamás que el asesino de su hermano seguía libre, sonriendo en recepciones y estrechando manos como si no hubiera destruido una sola vida.
Javier cerró la puerta tras él, despacio.
—No puedo… —su voz se rompió—. No puedo dejar de pensar en él.
Javier se acercó cauteloso hasta quedar detrás de ella.
—Es normal.
Clara se giró hacia él de golpe, con las lágrimas cayéndole por las mejillas.
—No sabes lo que es pensar durante años que quizá podrías haber hecho algo más. Si le hubiera insistido más… si le hubiera hecho hablar… si no le hubiese dejado marcharse aquel día…
Javier tragó saliva.
—No fue culpa tuya.
Ella se echó a reír, pero fue una risa rota, sin alegría.
—Claro que sí —respondió ella, disgustada.
—No —dijo él.
—¡Sí! —Se llevó una mano a la cara, temblando—. Era mi hermano… y yo no hice nada.
Javier dio un paso más hacia ella.
—Clara… —Su voz fue firme y grave—, mírame. —Ella levantó la vista despacio—. Tú no mataste a Lucas. Lo hizo él, y vamos a demostrarlo.
Clara lo miró unos segundos como si quisiera creerlo, pero no supiera cómo.
—Tengo miedo —sollozó.
Javier sintió cómo el corazón se le rompía.
No dijo nada, solo la abrazó. La rodeó con los brazos y la apretó contra él con fuerza.
Clara escondió la cara en su pecho de inmediato y rompió a llorar otra vez.
Él la sostuvo con una mano en su espalda y otra en su pelo, acariciándola despacio, intentando recomponerla poco a poco.
—Ya está… —murmuró muy bajo—. Ya está.
Clara se aferró a su camisa y durante unos segundos solo existió eso: el calor de él, su olor, la forma en que la sujetaba.
De pronto, Clara comprendió algo: Javier se había convertido en lo único que tenía, en su refugio, en su bote salvavidas en medio de todo aquello.
Él agachó un poco la cabeza, lo suficiente para mirarla.
Tenía los ojos enrojecidos, las pestañas mojadas y aquella expresión vulnerable que rara vez dejaba ver, mucho más frágil de lo que quería aparentar.
Javier le levantó suavemente la barbilla con dos dedos y se miraron en silencio.
Clara podía sentir la respiración de él sobre sus labios y, por la forma en que la observaba, tan intensamente, supo que no estaba sola, que no iba a dejarla.
Javier se inclinó despacio y la besó, suave al principio, con cuidado, dándole a ella tiempo para apartarse si así lo deseaba, pero Clara no lo hizo, porque en cuanto sus labios tocaron los de ella, sintió que todo el dolor, el miedo y la rabia se deshacían un poco.
Ella cerró los ojos y respondió al beso aferrándose a él.
Javier la estrechó más entre sus brazos y el beso se hizo más profundo y más intenso.
Él le acarició la mejilla con su mano, apartándole el pelo húmedo de las lágrimas, mientras ella se agarraba a la tela de su camisa como si temiera que desapareciese.
No había prisa, solo esa necesidad extraña de estar cerca, de sentirlo y de comprobar que estaba allí.
Javier apoyó su frente contra la de Clara un instante.
—Te prometí que te ayudaría. —Su voz apenas fue un murmullo—. Y voy a hacerlo.
Clara lo miró con lágrimas en los ojos, volvió a besarlo y, en aquel momento, se dio cuenta de que aquel beso era lo único que conseguía que el mundo dejara de doler un poco.
El beso no se rompió, al contrario, se volvió más profundo y necesario.
Clara deslizó las manos por el pecho de Javier mientras él la rodeaba con firmeza, como si quisiera mantenerla a salvo dentro de sus brazos.
—No estás sola —murmuró contra sus labios—. Mientras estés conmigo, no tienes que temer nada.
Clara cerró los ojos al escucharlo, no porque fuera una promesa grandilocuente, sino porque viniendo de él sonaba real.
Se besaron de nuevo mientras Javier recorría su espalda con las manos, sintiendo la piel bajo la tela del vestido y el leve estremecimiento de ella bajo su contacto.
Con cuidado y con una calma que contrastaba con la intensidad del momento, llevó los dedos hasta el cierre de su ropa.
No hubo prisas ni urgencia, la tela cedió y la camisa de Clara se abrió ligeramente, dejando al descubierto su piel y parte de su pecho.
Javier apartó la tela con suavidad, como si no quisiera romper nada o temiera que ella pudiera deshacerse entre sus manos.
Clara contuvo la respiración, no por vergüenza, sino por cómo la miraba, por esa mezcla de deseo y algo mucho más profundo, algo que la hacía sentir vista de verdad.
Él inclinó la cabeza y besó su hombro despacio, con una calidez tenue. Ella cerró los ojos, apoyando la frente contra su sien.
—Confía en mí —susurró él.
Clara asintió, no necesitaba más.
Sus manos subieron hasta el cuello de Javier, deslizándose por la tela de su camisa, tirando suavemente de ella hasta que él entendió.
Se separó lo justo para quitársela, dejándola caer al suelo, y volvió a acercarse a ella, esta vez sin barreras, sin nada entre los dos más que el calor de sus cuerpos. Se abrazaron más fuerte, sintiéndose más cerca, como si aquel contacto fuera necesario para respirar.
Se besaron de nuevo y esta vez fue ella quien lo empujó ligeramente hacia atrás, en dirección a la cama. Javier respondió sin dudar, guiándola con una mano firme en su cintura, con sumo cuidado.
El mundo quedó reducido a ese espacio, a la respiración compartida y al roce de la piel, a la forma en que se buscaban sin decir nada.
La tumbó sobre la cama con suavidad, sin dejar de mirarla, mientras Clara alzaba una mano y le rozaba la mejilla. Javier la seguía mirando con cierta preocupación.
—Estoy bien… —susurró ella.
Javier asintió y volvió a besarla mientras Clara recorría con sus manos su espalda, sus brazos y su cintura, con una mezcla de deseo y algo mucho más tierno.
En medio de todo aquello, Clara dejó de pensar en Lucas, en el almirante, el peligro y el miedo, porque en ese instante solo existía Javier y la forma en que la sujetaba, como si fuera lo único importante en ese momento.
El mundo quedó reducido a ellos dos, a su respiración entrecortada y al calor que compartían, a la forma en que sus manos parecían necesitarse para no perderse.
Javier apoyó su peso con cuidado, sin aplastarla, manteniendo siempre ese control tan suyo, incluso en medio de todo aquello, como si una parte de él nunca dejara de vigilar y de proteger.
Clara lo miró unos segundos, todavía con el pecho subiendo y bajando con rapidez, sintiendo esa calma inesperada que solo aparecía cuando él la tocaba y la miraba así.
Alzó la mano y volvió a recorrer su rostro, despacio, como si necesitara memorizar cada detalle.
—No te vayas —susurró.
Javier negó suavemente.
—No pienso hacerlo.
Se inclinó una vez más y la besó como si ya no hubiera nada que demostrar, solo quedarse.
Clara cerró los ojos, dejándose llevar por esa sensación, por ese momento en el que todo parecía detenerse.
Sus manos dejaron de aferrarse y comenzaron a acariciar más tranquilas esta vez.
Javier deslizó la mano por su brazo y su cintura, con una calma que contrastaba con lo que habían sentido minutos antes.
Finalmente, separó los labios de los suyos y apoyó la frente contra la de ella.
Clara tenía el cabello oscuro extendido sobre la almohada y el rostro todavía ligeramente húmedo por las lágrimas, pero en calma.
Entonces, Javier lo entendió todo: por qué ella era así, por qué no se rendía, por qué seguía luchando incluso cuando estaba rota.
—Vamos a terminar esto —susurró casi para sí mismo—. Por él.
Clara no respondió, pero se aferró un poco más a Javier.
Esas palabras fueron suficientes para ella. En medio del caos, habían encontrado un lugar donde detenerse, aunque solo fuera durante unas horas.
Se besaron apasionadamente mientras sentían cómo sus cuerpos reaccionaban igual que la vez anterior en que habían estado juntos, sin poder frenarlo…
como si todo el dolor, el miedo y la incertidumbre encontraran en el otro un lugar donde desaparecer por unos instantes.
Y en medio de aquel caos, entre caricias y promesas silenciosas, comprendieron algo que ninguno de los dos había buscado, pero que ya era imposible ignorar: ahora que estaban juntos, ya no eran dos luchando por separado…
eran uno solo y, juntos, simplemente eran imparables.