Conexión peligrosa 24
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Cuando entraron en el piso ninguno de los dos habló.

Javier cerró la puerta tras ellos y Clara dejó el bolso sobre la mesa.

Todavía tenía esa expresión pálida y tensa que no había desaparecido desde que habían salido del barco.

Milo apareció desde el pasillo y fue directo hacia ella, rozándose contra sus piernas. Clara se agachó automáticamente para cogerlo en brazos. Lo abrazó demasiado fuerte, como si necesitara sujetarse a algo, hasta que el gato maulló como si le faltase el aire.

Javier se quitó la gorra blanca y la dejó sobre la mesa.

Durante unos segundos se quedó mirándola. Tenía ganas de abrazarla, de decirle que ya estaba, que estaban en casa, pero sabía que Clara no se iba a calmar hasta ver lo que había conseguido del teléfono del almirante Beaumont.

—Ven —dijo finalmente.

Clara asintió y dejó al gato sobre el sofá.

Los dos fueron hacia el ordenador y ella se sentó. Javier se quedó de pie a su lado.

Clara conectó el teléfono y comenzó a teclear abriendo carpetas.

El salón quedó otra vez iluminado solo por la pantalla. Clara estuvo unos minutos en silencio, observando, hasta que suspiró.

—¿Qué ocurre? —preguntó Javier.

—El acceso es mucho más profundo que el del bar —le informó ella con una ligera sonrisa.

Había nombres, archivos, mensajes, cuentas, rutas…

—Dios mío… —murmuró Clara.

Javier se inclinó ligeramente sobre ella.

—¿Qué?

Ella abrió un documento y apareció una lista de coordenadas, horas, nombres de barcos y una línea marcada en rojo.

NODO 17

23:40

Buque mercante “Ariadna”

Aguas internacionales

Clara amplió el mapa y el punto apareció entre Baleares y Cerdeña, lejos de todo. En esa zona todo era mar.

—Es ahí —indicó ella.

Javier frunció el ceño.

—¿La venta?

Ella asintió.

—Sí, dentro de dos noches. —Luego indicó con el dedo—. En aguas internacionales todo se complica jurídicamente. La jurisdicción cambia, la intervención inmediata se ralentiza y, dependiendo de la bandera, rutas o cobertura legal, detenerlos o inspeccionarlos requiere mucho más tiempo.

—Lo sé —murmuró Javier—, de esta forma ganan margen. Si algo sale mal, tienen más opciones de escapar, destruir pruebas o desaparecer antes de que cualquier autoridad coordine una respuesta.

—Además, no lo harán online . Cualquier transmisión conectada a red deja huella: nodos, tráfico, pings , rutas, accesos, servidores intermediarios… aunque cifres el contenido, el movimiento existe.

—Por eso usan intercambio físico.

—Sí —respondió Clara—. Nodos offline . Transportan la información en servidores físicos, discos duros cifrados o sistemas cerrados que jamás se conectan a internet durante la transacción.

—Como pasar un maletín —resumió Javier.

Clara sonrió.

—Exactamente, pero en lugar de dinero o documentos…

secretos de Estado. Sin red, sin satélites, sin transferencia, sin interceptación digital.

Si nunca entra en internet, nunca existe para los sistemas de vigilancia tradicionales.

—Observó la pantalla—. El barco Ariadna funciona como punto muerto.

Se mueve, cambia de posición, evita patrones fijos, reduce vigilancia y convierte la transacción en algo mucho más difícil de detectar.

—¿Y por qué ese punto exacto? —preguntó él.

Clara cambió de pantalla y abrió otras mientras tecleaba.

—Porque aquí coinciden tres factores: baja supervisión directa, rutas comerciales creíbles para no levantar sospechas y cobertura legal difusa. Es, básicamente, el lugar perfecto para hacer algo ilegal intentando que parezca logística. —Ambos se quedaron unos segundos en silencio.

—¿Qué va a vender exactamente?

Ella comenzó a teclear.

—No… no lo encuentro, supongo que esos archivos no estarán en su móvil, pero… aquí hay una transferencia.

—¿A quién?

Clara abrió un mensaje.

Confirmado. Entrega a las 23:40. Transferencia restante al completar recepción.

Debajo había una cuenta bancaria y un identificador. No había nombres.

—Dame un segundo —pronunció Clara con la mirada fija en la pantalla y tecleando sin parar—. Es una red del este de Europa —susurró—. No… no son militares.

—Deben de ser intermediarios —indicó él con la mirada fija en la pantalla, aunque poco comprendía—. Deben de comprar toda información sensible y luego la venden. —Javier se pasó una mano por la cara—. Mierda.

Clara siguió revisando y entonces volvió a aparecer la carpeta con el nombre: “INCIDENTES”.

Ella se quedó quieta y Javier la miró de reojo. No dijo nada, pero Clara abrió el archivo de Lucas otra vez.

“El ingeniero insiste. Ha visto demasiado” .

“Procedan” .

“Que parezca un accidente” .

Siguió bajando con el ratón.

Había otro mensaje más antiguo, de una semana antes.

“Vega está revisando las rutas de Valencia” .

“Si continúa, tendremos un problema” .

Clara sintió de nuevo una opresión en el pecho.

—Lucas…

Javier apoyó una mano sobre su hombro y ella cerró los ojos un segundo, pero antes de que pudiera decir nada, el teléfono de Javier sonó.

Ambos se quedaron quietos y él miró la pantalla.

—Es Salazar —le mostró su móvil.

Clara levantó la vista. Javier dudó unos segundos en si responder en aquel momento o no, aunque luego descolgó. Se alejó unos pasos hacia la ventana mientras ella seguía sentada frente al ordenador, oyéndolo todo.

—Teniente Alcázar —dijo la voz grave de Salazar al otro lado—. Informe.

—Hemos identificado al objetivo, señor.

—¿Quién es?

Javier apretó la mandíbula.

—El almirante Beaumont.

Hubo un silencio de asombro al otro lado de la línea.

—Repita.

—El almirante Beaumont, señor. —Javier miró a través de la ventana—. Hemos accedido a su terminal durante la recepción.

Hubo otro silencio, como si le costase creer aquello.

—Continúe.

Javier miró la pantalla del ordenador donde las coordenadas seguían abiertas.

—Hemos localizado la próxima entrega. Será dentro de dos noches, el viernes, a las veintitrés cuarenta.

—¿Dónde?

—Aguas internacionales, señor. Entre Baleares y Cerdeña.

—Se acercó de nuevo al ordenador para dar los datos—.

Coordenadas exactas: treinta y nueve grados, cuarenta y dos minutos norte…

nueve grados, once minutos este. —Clara levantó ligeramente la vista para observarlo, tenía los músculos de su rostro tensos—.

La operación aparece identificada como “Nodo 17” o “Punto Gris”.

—Clara señaló un punto de la pantalla para que Javier siguiese con la explicación—.

La entrega tendrá lugar a bordo de un buque mercante llamado Ariadna —asintió hacia Clara, agradeciéndole el gesto.

—¿Qué tipo de entrega?

—Información clasificada de defensa, aunque no sabemos de qué se trata. —Se puso erguido de nuevo y fue hacia la pantalla—. Pero creemos que es suficiente información como para comprometer buena parte del Mediterráneo occidental.

Al otro lado de la línea, Salazar guardó silencio unos segundos.

—¿A quién va destinada?

Clara abrió otro archivo rápidamente y Javier leyó.

—No aparece un nombre directo, pero hemos localizado una transferencia vinculada a una red del este de Europa que actúa como intermediaria. Compran la información y la redistribuyen.

—¿Cuánto dinero?

Clara volvió a señalar otro dato en la pantalla.

—Doce millones de euros. La mitad ya ha sido pagada, la otra mitad se transferirá cuando se complete la entrega.

—Mierda… —escuchó a su superior.

Javier observó la pantalla, habían mucho más datos que explicar, pero miró a Clara, se puso erguido de nuevo y fue hacia la ventana.

Ella sintió un escalofrío.

—Hay algo más, señor —pronunció con un tono de voz más bajo.

—¿Qué?

—Hemos encontrado archivos antiguos en el teléfono relacionados con un incidente de hace tres años, con Lucas Vega, el hermano de Clara.

El silencio al otro lado fue inmediato.

—Explíquese.

Javier tragó saliva.

—Hay mensajes enviados desde el terminal de Beaumont.

No los recibe, los envía él —dijo para que quedase bien claro—.

Se refiere a Lucas como “el ingeniero”. Dice que ha descubierto las rutas y, luego…

—Javier cerró los ojos un instante y cuando los abrió observó a Clara que estaba totalmente paralizada sobre la silla, mirándolo con ojos llorosos—.

Luego ordena que lo eliminen. —Clara sintió que el aire abandonaba sus pulmones, aunque Javier continuó igualmente con la voz firme—.

La frase exacta es: “Procedan. Quiero el asunto resuelto antes del viernes. Sin ruido”. Y después: “Que parezca un accidente”.

Hubo un silencio muy largo.

—¿Está segura la señorita Vega de que se refiere a su hermano?

Javier giró ligeramente la cabeza hacia Clara. Ella seguía mirando la pantalla, pálida e inmóvil.

—Sí, señor. La fecha coincide y aparece el nombre completo: Lucas Vega.

—Dios mío… —susurró su superior.

Javier cerró un momento la mano alrededor del teléfono.

—Tenemos pruebas, señor. —Se giró hacia la ventana y su voz se volvió más fría y calculadora—. Tenemos indicios y si Beaumont sospecha que alguien ha entrado en su terminal, se moverá rápido.

—Quiero toda esa información en mi despacho en cuanto la tengan organizada… y no hagan nada más hasta que nos veamos.

—Sí, señor.

—¿Entendido, teniente?

Javier volvió a mirar a Clara.

Ella tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Sí, señor —murmuró antes de colgar.

Durante unos segundos, el silencio llenó el salón mientras Javier guardaba el teléfono en su bolsillo.

Clara seguía sentada, quieta, con los ojos clavados en Javier, pero incluso en aquella oscuridad podía ver cómo sus ojos estaban llorosos.

—Clara… —pronunció con delicadeza.

Ella no respondió, se puso en pie de golpe y cruzó el comedor directa al pasillo para ir hacia su habitación, sin mirarlo ni decir nada.

Javier la observó desaparecer por el pasillo con una mano ocultando sus labios y supo inmediatamente lo que le ocurría. Escuchar aquello era demasiado doloroso, era como revivir toda la pena que había sufrido años atrás.