23 #2
Doblaron otra esquina y entonces uno de los hombres apareció unos metros más allá, mirándolos directamente.
Clara se quedó helada mientras el hombre fruncía el ceño, como si intentara reconocerlos.
Javier reaccionó al instante y la atrajo hacia él, pegándola a su cuerpo. Situó una mano en la cintura, la otra en su nuca y la besó de golpe, sin avisar.
Clara abrió mucho los ojos, pero él no se apartó y la giró ligeramente, dando su espalda hacia el hombre, ocultándola y protegiéndola.
Durante unos segundos Clara dejó de pensar.
Puede que intentase pasar desapercibido, pero estaba besándola de verdad, con fuerza y urgencia.
Además, notaba su corazón latiendo tan deprisa como el suyo.
Cuando se separó apenas unos centímetros, Javier todavía la mantuvo pegada a él. Miró por encima de su hombro, comprobando que el hombre hubiera pasado de largo.
—¿Qué haces? —murmuró Clara, completamente sin aliento.
—Disimular.
—Eso no ha sido disimular.
—Sí lo ha sido, aunque también ha sido placentero.
Él la miró y, a pesar del miedo, notó que se ponía roja.
Le cogió la mano otra vez y siguieron avanzando, esta vez más deprisa.
Subieron la pasarela, la cruzaron y bajaron al muelle.
El aire frío les golpeó de nuevo el rostro y Clara apenas sintió alivio, pues seguía notando algo, esa sensación como si alguien los estuviera mirando.
Javier también lo notaba y, en cuanto llegaron al aparcamiento, abrió la puerta del vehículo rápidamente.
—Adentro.
Clara obedeció y él rodeó el vehículo y subió. Cerró las puertas y, solo entonces, respiró aliviado.
—Martín, arranca… y asegúrate de que nadie nos siga.
El conductor arrancó y miró por el retrovisor.
Clara miró también hacia atrás a través de la luna, pero Javier la corrigió de inmediato.
—No mires atrás —susurró.
—¿Por qué?
—Porque si alguien nos está siguiendo, no quiero que lo note.
Clara tragó saliva e instintivamente alargó la mano buscando la de él. Cuando la encontró, la apretó con fuerza.
—Ya está —pronunció Javier.
Clara cerró los ojos un segundo e intentó calmarse. Eran demasiadas emociones, sin embargo, la mano de él acariciando la suya la calmó lo suficiente.
Rodrigo Beaumont no apartó la vista de Clara cuando ella respondió con aquella sonrisa educada y falsa.
—Inés Vidal. Consultora de ciberseguridad.
Inés, claro. Sin duda se trataba de un nombre falso.
La joven sostenía una copa con una mano y el teléfono con la otra, demasiado bajo, demasiado escondido contra la tela negra del vestido. Entonces, su móvil vibró. Una vez y muy leve, pero lo notó.
No era paranoia, no después de lo del bar y de aquella sensación extraña, aquella interferencia mínima en el terminal mientras hablaba con Héctor Salgado.
Por eso mismo había instalado el programa: una aplicación militar modificada, conectada directamente al sistema de seguridad de su teléfono, capaz de detectar accesos externos, intentos de copia, interferencias de Bluetooth o cualquier terminal desconocido que intentara acercarse demasiado.
Una luz roja apareció en la esquina inferior de la pantalla indicando una intrusión detectada.
Beaumont no cambió la expresión y siguió sonriendo, escuchando al coronel que hablaba a su lado, pero deslizó discretamente el pulgar sobre la pantalla y el mapa se abrió.
El programa no daba una localización exacta, no podía, pero sí una dirección, y esta le indicaba que la intrusión venía de tres metros a su izquierda, frente a él.
Levantó la vista y la vio.
La chica bajó la mirada justo en ese momento hacia el móvil, solo un instante, pero suficiente para asegurarse de que era ella. Sintió una punzada fría de rabia. Aquella cara le resultaba familiar, no sabía de qué, pero estaba seguro de haberla visto antes. Quizá en una fotografía o en un informe.
Entonces, la joven volvió a levantar la vista y sonrió.
De pronto, recordó el bar, la muchacha de la barra, la que se había acercado demasiado y había fingido buscar el baño, la misma que había salido a toda prisa del bar. Era ella.
La conversación continuó unos segundos más.
Se quedó observándola, al igual que al hombre que estaba a su lado.
Javier Alcázar, ahora lo reconocía. Un joven brillante, demasiado inteligente para su edad y demasiado cerca de aquella chica.
Beaumont mantuvo la sonrisa.
—Creo que nos hemos visto antes.
Ella palideció y él supo que no se equivocaba.
—Lo recordaría —respondió ella fingiendo calma.
Después, se marcharon deprisa.
Beaumont esperó solo unos segundos, los suficientes para no llamar la atención, y dejó la copa sobre una mesa.
—Discúlpenme. —Se acercó a uno de sus hombres de seguridad—. ¿Has visto la pareja que estaba hablando conmigo? —El hombre de seguridad asintió—. Seguidlos —ordenó.
El hombre de seguridad salió de inmediato en dirección a donde se había marchado Javier con Clara, internándose entre toda la gente que se encontraba en aquel salón.
Beaumont inspiró hondo y sonrió a unos hombres mientras comenzaba a caminar en la misma dirección. No podía permitir que lo cogiesen o adivinasen qué estaba haciendo.
Por lo que había intuido, aquella muchacha que se hacía llamar Inés debía de tener conocimientos avanzados de seguridad e informática, porque había detectado perfectamente que le habían hackeado el móvil.
La cuestión era con qué intención. Estaba claro: estaba en el punto de mira, y eso no era una buena señal.
Salió a cubierta y el viento le golpeó la cara con fuerza.
Dos hombres lo esperaban junto a la escalera.
—Señor.
—He ordenado que los sigáis —ordenó.
—Ya lo hemos intentado.
Beaumont los miró con frialdad.
—Entonces hacedlo mejor.
Los dos hombres intercambiaron una mirada.
—Los hemos perdido en la salida, señor. Había demasiada gente.
—No es fácil cuando todos visten prácticamente igual —continuó el otro joven.
Beaumont apretó la mandíbula.
—El teniente Alcázar.
Los dos hombres levantaron la vista.
—Lo conozco —dijo uno.
—Ella se ha presentado como Inés Vidal. —Su voz se volvió más dura—. Pero ese nombre es falso. —Miró hacia el puerto, donde los vehículos comenzaban a abandonar lentamente la base—. Quiero saber quién es.
—Sí, señor.
—Y quiero saber qué demonios están haciendo.
Uno de los hombres dudó.
—¿Cree que tienen algo?
Beaumont guardó silencio un instante y luego miró hacia el mar en calma.
Dentro de treinta y seis horas, un carguero mercante sin bandera atracaría en un punto del Mediterráneo, en aguas internacionales, entre Cerdeña y Baleares.
“Nodo 17” .
Allí entregaría los archivos, planos de radares costeros, rutas de patrulla de la Armada, accesos a servidores militares, protocolos de defensa marítima e información suficiente para dejar vulnerable media costa mediterránea.
Los compradores eran intermediarios vinculados a una red criminal del este de Europa que trabajaba para varios gobiernos extranjeros.
No le importaba quiénes fuesen, solo sabía que pagaban…
y pagaban bien. Doce millones de euros. La mitad ya estaba transferida, la otra mitad llegaría en cuanto el intercambio se completase.
No lo hacía solo por dinero, llevaba años viendo cómo ascendían hombres más estúpidos que él, cómo políticos sin experiencia tomaban decisiones sobre operaciones que no entendían, cómo lo apartaban y cómo olvidaban quién había construido realmente aquella Armada.
Merecía más, muchísimo más, y si tenía que vender secretos para conseguirlo, lo haría sin remordimientos y sin dudar.
Ya había eliminado a varias personas cuando se habían acercado demasiado. No le temblaba el pulso. Y podría volver a hacerlo si era necesario.
Miró a sus hombres.
—Encontradlos.
—Sí, señor.
—Y preparad un informe completo sobre el teniente Alcázar y la chica. —Sus ojos se endurecieron—. Si han visto algo… —se colocó la gorra con calma—, no pienso permitir que ahora me lo arrebaten todo.