Conexión peligrosa 23
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La sala principal quedaba varios niveles más abajo, en un espacio más cerrado, elegante y silencioso.

Habían transformado una estancia militar en algo parecido a un salón de recepciones, con mesas altas, focos cálidos, pantallas mostrando gráficos sobre seguridad marítima y un pequeño escenario al fondo, donde un hombre hablaba de cooperación internacional, rutas comerciales y amenazas cibernéticas.

Clara no escuchaba absolutamente nada porque Beaumont estaba allí, a unos metros, de pie junto a una pantalla, hablando con dos hombres trajeados y otro militar.

—¿Y ahora qué? —murmuró Clara sin dejar de mirarlo.

Javier observó la sala con rapidez y precisión, como si estuviera trazando un mapa mental.

—Necesitamos acercarnos.

—Eso ya lo había deducido —pronunció de mala gana.

—Pero no demasiado.

—Eso también lo había deducido.

Javier la miró de reojo.

—¿Puedes entrar en su teléfono si pasas cerca?

Clara dudó un segundo.

—Quizá, pero necesito unos segundos, más que en el bar.

—¿Cuántos?

—Unos treinta.

Javier la miró.

—Eso es mucho.

—Bueno, no todos tenemos tu absurda capacidad militar para resultar interesantes hablando de barcos.

Él ignoró el comentario.

—Treinta segundos.

Clara asintió.

—Y necesito que no me mire —concretó.

Como si la hubiera oído, Beaumont levantó la vista justo en ese instante y Clara se quedó completamente paralizada. Durante una fracción de segundo, creyó que la estaba mirando a ella directamente, pero no, miró a Javier y este también lo notó.

Las miradas de ambos se encontraron un instante. Algo pasó, muy leve, pero suficiente: el almirante Beaumont frunció el ceño, como si le resultara familiar y tratara de recordar de qué. Luego volvió a apartar la vista.

Clara tragó saliva.

—No me gusta.

—A mí tampoco —confirmó Javier.

—¿Te conoce?

—No lo sé, espero que no.

—A mí me vio en el bar —le recordó ella.

—Vas vestida diferente.

—Pero la cara es la misma —protestó ella y luego resopló.

Uno de los camareros pasó cerca de ellos con una bandeja. Javier cogió dos copas y le tendió una a Clara.

—¿Qué haces?

—Vamos a acercarnos. —Ella se removió incómoda—. Confía en mí.

Y antes de que pudiera protestar, él ya había comenzado a caminar hacia el grupo donde estaba Beaumont.

Clara lo siguió con las piernas temblando ligeramente, intentando recordar cómo se respiraba. Sabía que aquel hombre era realmente peligroso. ¿Y si la reconocía?

Cuando llegaron lo bastante cerca, uno de los hombres se giró hacia Javier.

—Teniente Alcázar.

Javier asintió.

—Coronel.

El otro hombre sonrió.

—No esperaba verle aquí.

—Yo tampoco —sonrió Javier—. Pero supongo que siempre acabamos en los mismos sitios.

Clara no estaba escuchando, ya estaba lo bastante cerca del almirante y había sacado el teléfono discretamente, escondido junto a la copa.

Su pulgar se movía sobre la pantalla, abriendo el programa, buscando…

Un segundo, dos, tres…

Terminal detectado, cifrado activo.

Clara sintió el corazón en la garganta.

—Y usted debe de ser… —la voz de Beaumont la sacó de golpe de la pantalla.

Clara levantó la cabeza, él la estaba mirando, demasiado, y sonriendo.

—Inés Vidal —dijo ella, intentando que la voz no le temblara—. Consultora de ciberseguridad.

Beaumont asintió lentamente.

—Mmm... ya veo.

—Trabaja conmigo —intervino Javier inmediatamente, demasiado rápido y protector. Clara lo notó y Beaumont también.

—Ah, ¿sí?

Su mirada pasó de Javier a ella y luego otra vez a Javier, como si aquello le divirtiera.

—Debe de ser muy buena.

Clara tragó saliva.

El teléfono seguía trabajando. Veintidós segundos.

—Lo suficiente —respondió Javier.

Beaumont apenas sonrió.

—Siempre es bueno tener a alguien competente cerca.

Clara forzó una sonrisa mientras iba contando en su mente. Veintiséis segundos, veintisiete… y entonces el móvil vibró suavemente en su mano.

Acceso parcial conseguido.

Antes de que pudiera respirar tranquila, Beaumont miró hacia abajo, justo hacia su teléfono, y luego volvió a mirarla a ella.

El corazón de Clara se detuvo y durante un segundo tuvo la horrible sensación de que lo sabía, de que sabía exactamente lo que estaba haciendo, pero entonces él sonrió.

—Creo que nos hemos visto antes.

Clara abrió mucho los ojos.

Javier se tensó a su lado.

—No lo creo, señor —respondió ella con una sonrisa agradable. Beaumont siguió mirándola, pensativo—. Lo recordaría —acabó ella.

El almirante asintió y apartó la vista, fingiendo indiferencia. Pero Clara sabía que no era así, y Javier también. Cuando volvió a centrarse en los otros hombres, Javier le apoyó una mano firme en la espalda.

—Nos vamos.

—Pero…

—Ahora —sentenció él

Y esta vez ella no discutió. Acababa de entrar en el teléfono del hombre que había dado la orden de matar a Lucas y tenía la terrible sensación de que acababa de empezar a sospechar de ella también.

Javier la sacó de la sala sin correr ni llamar la atención, con la mano firmemente apoyada en la espalda de Clara, guiándola entre la gente con esa calma militar que a ella empezaba a resultarle irritantemente tranquilizadora.

Solo cuando doblaron un pasillo y llegaron a una cubierta lateral casi vacía, lejos de la música y de las conversaciones, la soltó.

—Dame el teléfono.

Clara obedeció inmediatamente. Tenía las manos heladas.

Javier miró la pantalla.

—¿Qué has conseguido?

Ella respiró hondo e intentó concentrarse.

—No mucho… todavía.

Se acercó de nuevo, inclinándose ambos sobre el móvil, demasiado cerca, aunque ninguno parecía darse cuenta.

—He copiado una parte de la memoria temporal —explicó Clara—. Mensajes recientes, nombres de archivos, acceso a una carpeta cifrada y… —Se detuvo, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

Clara amplió una línea.

—Esto.

En la pantalla apareció un nombre: “BEAUMONT_FRIDAY”.

Javier la miró.

—¿Eso qué significa?

—No lo sé —negó con la cabeza—, pero está vinculado a una transferencia.

Abrió otra ventana y apareció una lista de coordenadas, las mismas que ya habían visto, pero esta vez con más información.

—Es la ruta.

Javier se inclinó un poco más.

—La de aguas internacionales —susurró Javier.

Clara asintió.

—Sí, y mira esto.

Señaló una línea donde ponía: “Punto Gris – viernes – 23:40”.

Hubo un silencio y Javier apretó la mandíbula.

Clara siguió bajando y se quedó completamente quieta. Había una carpeta nueva oculta llamada: “INCIDENTES”.

El corazón se le disparó.

—Javier…

—¿Qué?

Ella no respondió y abrió la carpeta. Dentro había varios archivos, fechas, nombres, notas breves… Y uno de ellos tenía una fecha de hacía tres años.

Las manos empezaron a temblarle otra vez y él lo vio.

Ella apenas podía respirar. El archivo decía: “LV – Puerto de Barcelona”.

Clara tragó saliva y abrió el archivo. Dentro había una sola línea: “Incidente resuelto. Sin testigos”. Y debajo: “Vega, Lucas”.

Clara sintió que el mundo desaparecía y se llevó una mano a la boca mientras sentía que todo giraba a su alrededor.

Javier le quitó el teléfono de las manos antes de que se le cayera y la sujetó por la cintura al ver que parecía perder el equilibrio.

Leyó el mensaje y, durante un segundo, su expresión se volvió tan fría que Clara apenas lo reconoció.

—Hijo de puta…

Su voz denotaba una mezcla de frialdad y peligro.

Clara intentó apartarse un poco, temblando, pero él no se lo permitió.

—Es él —sollozó ella.

—Sí.

—Fue él.

Javier levantó la vista hacia ella y, por primera vez desde que lo conocía, Clara vio en sus ojos una rabia tan grande como la suya. Él miró hacia atrás, asegurándose de que nadie los observaba. Allí no estaban seguros del todo, sabía que podía haber ojos por todas partes.

—No habrá detectado que lo has hackeado, ¿verdad?

—No lo sé —respondió, temblorosa.

Javier afianzó más la mano en su cintura e inspiró hondo mientras una ráfaga de viento amenazaba con echar su gorra abajo. Se la sujetó y la miró. Clara estaba pálida y temblorosa. No era para menos…

—Tenemos pruebas para demostrar lo que hizo —susurró Javier, mirando de un lado a otro, sin fiarse lo más mínimo de que alguien pudiera estar observándolos.

Ella asintió—. Pero primero debemos descubrir qué va a hacer y pararlo.

¿Puedes pasarme esos documentos para guardarlos yo también? Se los entregaré a mi superior.

Clara cogió el móvil de su mano y empezó a teclear con rapidez.

—Ya está —dijo enseguida.

—De acuerdo.

Javier agachó la cabeza para mirarla y la apretó un poco más contra él.

—Lo has hecho muy bien.

Ella levantó la vista hacia él y, por un segundo, pareció que iba a echarse a llorar otra vez, pero no lo hizo porque, en ese mismo instante, una puerta metálica se abrió al final del pasillo de cubierta.

Javier giró la cabeza automáticamente justo cuando dos hombres aparecieron.

Uno de ellos era el del traje azul que había estado vigilando a Beaumont. El otro era el que estaba junto a la escalera. Ambos miraban alrededor, buscando algo o a alguien.

La expresión de Javier se tornó seria, casi gélida.

—Mierda.

Clara siguió su mirada y notó cómo el corazón se le detenía por la impresión.

—¿Nos están buscando?

—No lo sé, pero no pienso quedarme a comprobarlo. —Le cogió la mano con fuerza—. Ven conmigo.

Comenzaron a caminar rápido.

La cubierta estaba mucho más vacía ahora. La mayoría de los invitados seguían en la sala principal, así que el sonido de sus pasos sobre el metal resonaba demasiado fuerte.

Clara intentó respirar, pero apenas podía.

—Me… me falta el…

—No hables.

—Pero…

—Clara —susurró, tirando de ella por la cubierta del barco.

Miró atrás, buscando señales de que los siguieran.

Ella cerró la boca al instante y siguió su ritmo. Javier no la soltaba. Cada pocos pasos miraba atrás, delante y a su alrededor, recorriendo con la vista cada rincón, cada sombra, cada puerta.

Clara se dio cuenta de algo: él estaba nervioso, no mucho, no de una forma visible, pero sí lo suficiente para que su mandíbula estuviera tensa y sus movimientos fueran demasiado precisos.