22 #2
Clara se quedó completamente quieta. Lo reconoció al instante, no por haberlo visto bien en el bar, sino por su forma de moverse, por su voz y por el reloj metálico de su muñeca izquierda, el mismo que había visto cuando él levantó la copa aquella noche.
Era él, el fantasma.
Sintió cómo el corazón comenzaba a latirle más rápido y le costaba respirar. Se removió nerviosa apretando los labios.
—No, no… ahora no —susurró, girándose.
Un ataque de ansiedad era lo último que necesitaba en aquellos momentos, pero cómo no sufrirlo si tenía a pocos metros al hombre que con toda probabilidad había ordenado la muerte de su hermano.
Al otro lado de la cubierta, Javier también lo había visto y, por la forma en que Clara había reaccionado, supo que lo había reconocido al instante.
Un hombre se acercó al recién llegado.
—Almirante Beaumont.
Clara sintió que el aire se le escapaba de golpe. Al fin tenía un nombre: almirante Beaumont.
Javier se acercó a ella despacio, evitando correr o llamar la atención, y se colocó a su lado. Puede que el resto de la gente no fuese consciente, pero Javier sabía reconocer perfectamente los síntomas de Clara cuando estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad.
—No mires demasiado.
—Es él —pronunció con un hilo de voz.
—Sí —confirmó Javier. Acto seguido, acercó la mano a su espalda, solo un segundo, lo suficiente para calmarla—. Tranquila —susurró.
Javier intentó así calmarla, pues sabía que aquel hombre era el que había dado la orden de acabar con la vida de su hermano.
Ella tragó saliva, intentando recomponerse.
—¿Qué hacemos?
Javier no apartó la vista del almirante.
—Ahora hay que averiguar cómo acercarnos a él.
Clara seguía mirando al hombre al otro lado de la cubierta.
—Es almirante… —susurró—. ¿Eso es mucho?
Él giró ligeramente la cabeza hacia ella.
—Sí.
—Mucho… ¿cuánto?
—Muchísimo. —Miró hacia los lados mientras tomaba un sorbo de su copa—. Por encima de mí están los comandantes, los capitanes de fragata, los capitanes de navío…
Clara lo miró.
—No me estás ayudando.
Javier suspiró levemente.
—Está prácticamente arriba del todo.
—¿Arriba del todo?
—Sí. Un almirante manda barcos, bases y operaciones enteras —explicó.
—¿Y él también?
Javier volvió a mirar al almirante Beaumont.
—Intuyo que ese manda mucho más que eso.
Clara tragó saliva.
—Genial.
—¿Qué?
—Que me he colado en el móvil de un señor que puede mandarte a ti, a medio ejército y probablemente a Dios.
Javier la miró.
—No empieces a ponerte nerviosa.
—¿Cómo que no me ponga nerviosa? ¡Es un almirante!
—Y, pese a todo, sigue siendo un hombre.
Ella soltó una risa nerviosa.
—Sí, un hombre que manda matar gente —acabó con la voz quebrada.
La expresión de Javier se endureció.
Ambos volvieron a mirar hacia él.
Beaumont hablaba con varios hombres. Parecía cómodo allí, como si aquel barco fuera suyo y estuviera acostumbrado a que todos se apartaran ligeramente cuando él aparecía. Y quizá así era.
—No entiendo cómo nadie sospecha —murmuró Clara.
—Porque nadie quiere sospechar de alguien como él… y porque si lleva años haciendo esto, habrá aprendido muy bien a esconderse.
Clara apretó los labios y apartó la mirada de él, intentando controlarse.
Javier la miró de reojo y, por un segundo, vio exactamente lo que ella sentía: la rabia, el dolor, las ganas de ir hasta allí y arrancarle la verdad de la boca, pero también el miedo.
Eso fue lo que hizo que su mano se apoyara de nuevo discretamente en la espalda de Clara.
—No hagas nada impulsivo.
Ella cerró los ojos un segundo.
—No prometo nada.
—Clara…
—Vale. Intentaré no lanzarle la copa encima.
—Eso sería un buen comienzo.
Ella respiró hondo y se obligó a mirar la situación como lo habría hecho frente a un ordenador: fríamente y analizando.
—Está solo —le susurró ella.
—No. —Javier señaló discretamente—. Mira al hombre de traje azul.
Clara siguió con la mirada la dirección que le había indicado Javier. Había un hombre a unos metros de Beaumont. No hablaba con él, ni siquiera lo miraba directamente, pero estaba demasiado pendiente y demasiado quieto.
—Su seguridad —indicó él.
—Lo veo.
—Y hay otro al lado de la escalera.
Clara lo vio.
—Tiene guardaespaldas.
—No son oficiales.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, confundida.
—Porque los conozco.
Ella lo miró, sorprendida.
—Eso tampoco ayuda.
Javier observó a Beaumont unos segundos más.
—Va a moverse.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todo el mundo importante acaba yendo hacia el mismo sitio.
Clara frunció el ceño.
—¿A qué sitio?
En ese momento, sonó una voz amplificada desde la otra punta de la cubierta.
—Señores, si son tan amables, en unos minutos comenzaremos la presentación en la sala principal.
Varias personas comenzaron a moverse lentamente hacia el interior del barco, incluido el almirante Beaumont.
—Ahí —dijo Javier, mirándola—. Vamos a seguirlo.
Clara abrió mucho los ojos.
—¿Perdona?
Javier le ofreció otra vez el brazo.
—Sonríe y sigue al resto de la gente.
Ella lo miró, horrorizada.
—No sé hacer esto, cuando sonrío nerviosa parezco una paranoica.
—Claro que sabes hacerlo… —pronunció él sin mirarla.
—No de forma natural.
Clara sonrió forzando mucho la mueca y Javier se quedó mirándola.
—Más que paranoica, pareces una psicópata.
—Ja, ja… —se burló ella.
Javier se inclinó un poco hacia ella.
—Pero ahora eres mi psicópata. Vamos.
Antes de que Clara pudiera protestar, él ya la estaba guiando hacia el interior del barco, siguiendo al hombre que le había destrozado la vida.
Mientras descendían hacia la sala principal, Clara sintió que el corazón se le aceleraba de nuevo. Pero esta vez no era miedo. Era otra cosa.
Por primera vez en tres años tenía delante al hombre responsable de la muerte de Lucas. Y no pensaba dejarlo escapar.