22
Clara había perdido la cuenta del número de veces que había leído el dosier.
Lo sostenía otra vez entre sus manos mientras el vehículo avanzaba despacio junto al puerto iluminado, repasando la información, aunque ya se la sabía de memoria.
Inés Vidal, treinta años, ingeniera especializada en ciberseguridad marítima de una consultora externa de la empresa NetSecure Systems. Experta en detección de intrusiones y protección de infraestructuras portuarias
—No me gusta llamarme Inés —murmuró.
A su lado, Javier ni siquiera apartó la vista de la ventanilla.
—Es solo un nombre falso.
—Suena a persona que hace yoga y bebe té.
—Mejor —comentó girando su cuello hacia ella—, parece inofensivo.
Clara lo miró y resopló.
Javier iba vestido de uniforme. No de gala esta vez, pero sí con el uniforme blanco de la Armada, impecable y perfectamente planchado, con la chaqueta ajustada sobre los hombros y las insignias brillando bajo la luz tenue del vehículo.
Era un problema enorme, porque Clara llevaba diez minutos intentando no mirarlo en exceso… sin demasiado éxito.
Ella llevaba un elegante conjunto de chaqueta y pantalón color negro y una camisa color crema debajo. El pelo lo llevaba recogido en un moño bajo algo desordenado, dejando algunos mechones sueltos alrededor del rostro.
Se sentía fuera de lugar. El puerto estaba precioso, oscuro, iluminado por las luces de los barcos, los focos de la base naval y el reflejo del agua moviéndose despacio, oscura, brillante, bajo el cielo de Barcelona.
Había varios vehículos oficiales, militares, hombres de uniforme y mujeres elegantemente vestidas.
Al fondo, atracado junto al muelle, estaba el barco. No era enorme, pero sí imponía bastante.
Se trataba de una fragata gris iluminada por focos cálidos, con una pasarela preparada para los invitados y banderas ondeando al viento. Varios marineros permanecían en posición a ambos lados de la entrada.
Clara tragó saliva.
—Javier.
—¿Sí?
—No quiero hacer esto —susurró.
Él giró la cabeza hacia ella.
—Sí que quieres.
—No, quiero quedarme en casa, ponerme el pijama y comer dónuts mientras hackeo cosas.
—Demasiado tarde —bromeó.
El vehículo se detuvo y Javier bajó primero, rodeó el vehículo y le abrió la puerta. Clara lo miró.
—Qué caballero.
—Órdenes del servicio —bromeó.
—Claro.
Salió y, en cuanto sus tacones tocaron el suelo, sintió el nudo en el estómago hacerse más fuerte. Había demasiada gente, demasiados uniformes y demasiadas posibilidades de que algo saliera mal.
Javier se acercó un poco más a ella, lo suficiente para que nadie notara nada, pero ella sí.
—Eh. —Clara levantó la vista—. Tranquila. Respira.
—Estoy respirando —protestó.
—No, estás a punto de hiperventilar.
Ella le lanzó una mirada suspicaz.
—No me ayuda nada que estés tan tranquilo —murmuró.
—Eso es porque este sitio es normal para mí.
—Pues para mí parece el escenario de una película de Agatha Christie donde alguien termina muerto.
Javier la observó un segundo y, entonces, muy discretamente, le ofreció el brazo.
—Ven.
Clara arqueó una ceja.
—¿Eso también forma parte de las órdenes militares?
Javier esbozó una sonrisa.
—No. Eso es para asegurarme de que no huyas.
Ella resopló, pero acabó cogiéndose de su brazo y solo ese pequeño gesto la calmó un poco.
Subieron juntos por la pasarela y un marinero los detuvo.
—Teniente Alcázar. —Javier se presentó y entregó las dos acreditaciones—. Buenas noches.
El hombre las revisó y asintió.
—Bienvenido, teniente. —Miró a Clara—. Señorita Vidal, adelante.
Clara forzó una sonrisa mientras entraban.
El interior del barco era muy distinto de lo que Clara había imaginado.
No parecía un barco militar, al menos aquella parte.
Habían acondicionado la cubierta principal como una recepción elegante, con mesas altas, camareros, música suave y grupos de personas hablando junto a la barandilla mientras el mar se movía debajo de ellos.
Militares, empresarios, políticos… todos parecían saber exactamente dónde estaban y qué hacían allí, menos ella.
—No encajo aquí —murmuró.
—Claro que sí.
—Javier, llevo diez minutos pensando que alguien va a darse cuenta de que no sé ni cómo funciona un barco.
—No necesitas saber cómo funciona un barco.
—¿Y si me preguntan algo?
—Sonríes —respondió mirándola fijamente—. Tienes una sonrisa bonita.
Ella resopló bastante nerviosa.
—¿Y si siguen preguntando?
—Me miras.
—¿Y tú qué haces?
—Te saco de ahí —acabó diciendo.
Ella lo miró.
—Ni se te ocurra abandonarme.
Javier la observó un segundo.
—No voy a hacerlo.
La forma en que lo dijo, tan segura, tan franca, provocó que el corazón de Clara diera un pequeño vuelco.
—¡Alcázar! —Javier giró la cabeza. Un hombre de unos treinta y tantos años, moreno, de uniforme, se acercó sonriendo—. Cuánto tiempo.
Javier le estrechó la mano.
—Barroso.
—Pensaba que estabas destinado fuera.
—Volví hace unos meses, ¿y tú?
Barroso se encogió de hombros.
—Hace unas semanas. —Su mirada voló hacia Clara—. Y usted debe de ser…
Clara abrió la boca, pero Javier habló antes.
—La ingeniera Inés Vidal. Está colaborando en un proyecto de seguridad marítima.
Clara sonrió con educación.
—Encantada.
—Vaya —dijo Barroso—. Pues Alcázar no suele venir acompañado.
Clara notó cómo Javier se tensaba un poco.
—Estoy trabajando —se excusó.
—Claro —contestó Barroso, guiñándole un ojo con camaradería.
Barroso sonrió de una forma que dejaba claro que no le creía absolutamente nada y Clara tuvo que apartar la vista para no reírse.
Poco a poco, fueron entrando más personas.
Javier saludaba, hablaba y se movía con una naturalidad que la sorprendía. Allí parecía otra persona. Se encontraba seguro y relajado, totalmente en su elemento.
Clara no pudo evitar fijarse en él mientras hablaba con varios compañeros. Todos lo trataban con respeto; algunos bromeaban con él y otros le pedían opinión.
Era extraño verlo así, porque el hombre que discutía con ella por los dónuts, que le decía que obedeciera y que la besaba en la cocina, allí parecía hecho de otra cosa: más serio, más firme, incluso más impresionante.
Javier se giró hacia ella justo cuando seguía mirándolo y enarcó una ceja.
—¿Qué?
Clara apartó la vista enseguida.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—No.
—Yo creo que sí —ironizó.
Ella se puso roja de repente.
—Estaba observando el entorno.
—Claro.
—Cállate —le reprochó ella con un movimiento de mano.
Javier sonrió y se acercó un poco más.
—Tranquila, lo estás haciendo bien. —Clara levantó la vista hacia él y empezó a creer que quizá era verdad—. De acuerdo —murmuró Javier, inclinándose hacia ella para que nadie más lo oyera—. Vamos a hacer lo de siempre.
Clara lo miró.
—¿Discutir y que tú me des órdenes?
—Eso también.
Ella resopló.
—Qué ilusión.
Javier ignoró el comentario.
—Tú observa.
—Ya observo.
—No. Tú miras cosas y luego te distraes conmigo.
Clara abrió la boca.
—Eso no es verdad. —Javier arqueó una ceja mientras ella apartaba la vista inmediatamente—. Vale, un poco sí.
Él sonrió.
—Recorre la cubierta despacio, quiero que veas quién parece importante.
—¿Y tú?
—Voy a hablar con un par de personas.
—¿Y me dejas sola?
—No, voy a estar viéndote todo el rato.
Clara lo miró y de nuevo sintió esa absurda sensación de tranquilidad, como si de verdad él pudiera evitar que algo malo pasara.
—No te separes demasiado —añadió Javier.
—No soy un perro.
—No. —La miró de arriba abajo un segundo—. Eres bastante más problemática que un chucho —bromeó.
Clara le dio un golpecito en el brazo.
—Pues te aguantas.
Javier se inclinó levemente hacia ella, quedando demasiado cerca.
—Créeme, pienso hacerlo.
El corazón de Clara volvió a dar un vuelco y tuvo que apartarse antes de que él se diera cuenta.
Se alejó despacio entre la gente, intentando recordar que ahora era Inés Vidal, una mujer seria, profesional y supuestamente experta en ciberseguridad marítima, y no Clara Vega, hacker con tendencia a hacer locuras y enamorarse de tenientes insoportablemente atractivos.
Cogió una copa de una bandeja solo para tener algo en las manos y comenzó a caminar.
La cubierta estaba llena de pequeños grupos: militares, empresarios…
Dos hombres mayores hablaban de contratos, una mujer de unos cuarenta años discutía sobre radares y sistemas de navegación y, más allá, cerca de la barandilla, había tres hombres trajeados hablando en voz baja.
Clara se acercó lo bastante para oír algunas frases sueltas.
—…las rutas del Mediterráneo…
—…demasiado movimiento en Alicante…
—…el viernes estará resuelto…
Frunció el ceño, pero uno de ellos la miró y Clara sonrió inmediatamente.
—Perdón —dijo con naturalidad—. Creo que me he perdido buscando el baño.
El hombre sonrió.
—Está al otro lado.
—Gracias.
Siguió caminando con calma, evitando parecer nerviosa, aunque lo estaba. Y mucho.
Buscó a Javier con la mirada y lo encontró al otro lado de la cubierta, hablando con dos oficiales.
Uno de ellos parecía bastante mayor, quizá era capitán.
El otro era más joven. Javier hablaba con calma, una copa en la mano y completamente integrado, pero justo en ese momento levantó la vista y la encontró.
Solo un segundo, pero le bastó para hacerle un gesto casi imperceptible con la cabeza. Todo bien.
Clara respiró un poco mejor y entonces la gente se apartó ligeramente.
Hubo un cambio sutil en el ambiente, no evidente, pero sí suficiente.
Varias personas giraron la cabeza y dejaron de hablar.
Clara siguió esa dirección, hacia la entrada de la cubierta superior donde acababa de aparecer un hombre alto, de aproximadamente cincuenta y cinco años, canoso en las sienes, elegante…
vestido con traje oscuro impecable, sin uniforme.
Había algo en él que imponía más que cualquier uniforme.
No sonreía demasiado y, aun así, varias personas se acercaron inmediatamente a saludarlo con respeto y demasiada rapidez.