21 #2
Aquellas palabras se usaban para dar la orden de eliminar a alguien.
Inspiró hondo y se puso erguido mirando hacia el pasillo.
¿Tenía que ver aquello con Clara? ¿O simplemente le daban impresión porque entendía lo que significaban?
Algo le decía que no era solo eso. Había visto el dolor en sus ojos, incluso sus lágrimas.
Aquellas palabras significaban algo importante para ella, aunque él aún no sabía qué, pero estaba decidido a descubrirlo.
Clara llevaba casi diez minutos encerrada en la habitación.
Diez minutos caminando de un lado a otro, incapaz de quedarse quieta, con las manos temblándole tanto que había tenido que dejar el móvil sobre la cómoda porque no podía sujetarlo. Respiraba demasiado deprisa y superficial, notaba cómo el aire entraba, pero no llegaba nunca del todo a sus pulmones.
Tenía el pecho completamente cerrado y la garganta apretada junto con el corazón golpeándole con tanta fuerza que dolía.
Las piernas le temblaban tanto que, por momentos, pensaba que iba a caerse.
“No…”.
Se llevó una mano al pecho intentando respirar, pero cada vez iba a peor. Cuanto más lo intentaba, menos aire parecía entrar y, además, estaban los recuerdos que no dejaban de atormentarla.
—Lucas —lloró.
Su risa, su voz, el astronauta roto, el mensaje…
Clara rompió a llorar otra vez y se apoyó un momento en la pared, temblando.
Durante tres años había intentado convencerse de que no había podido hacer nada, de que había sido un accidente, que no había forma de saber más, pero ahora sí, ahora lo veía claro.
Había una evidente conexión entre todo, tenía toda la lógica del mundo y, ahora, sabía que alguien había dado la orden, alguien había decidido que Lucas tenía que morir. Y eso dolía demasiado.
Un golpe contenido sonó tras la puerta.
Clara se quedó completamente quieta.
—Clara. —La voz de Javier sonó al otro lado.
Ella cerró los ojos con todo su cuerpo en tensión.
—Déjame…
Su voz salió rota y bajita.
—Clara, ¿puedo pasar? Abre, por favor.
Ella negó con la cabeza, aunque él no pudiera verla.
—No.
Hubo un silencio al otro lado.
—Por favor —insistió Javier—. Voy a entrar.
Esta vez la voz de Javier era seria, con ese tono militar que utilizaba cuando ya había tomado una decisión.
—No —replicó ella.
—Sí.
—Javier… —protestó Clara.
—Tres segundos, Clara.
Ella respiró aún con más dificultad.
—No quiero que me veas así…
—Uno.
—Javier, no… —le pidió ella.
—Dos.
Clara cerró los ojos y, cuando escuchó el pomo de la puerta moverse, ya no le quedaban fuerzas para impedirlo.
La puerta se abrió y Javier entró. En cuanto la vio, se le borró cualquier expresión del rostro. Clara estaba hecha un desastre, peor de lo que había imaginado: pálida, temblando como un flan y llorando desconsolada.
Antes de que ella pudiera apartarse, él cruzó la habitación.
—Eh, Clara.
Ella retrocedió.
—No.
—Eh…
—Estoy bien.
—No, no lo estás —sentenció él.
Se acercó más y ella volvió a negar con la cabeza.
—No me toques.
—Vale.
Javier levantó las manos sin acercarse más de lo necesario y su tono de voz se volvió más sosegado.
—Mírame. —Ella no quería, pero lo hizo—. Respira conmigo.
Clara negó con la cabeza.
—No puedo —dijo llevándose la mano al pecho.
—Sí puedes.
—No… no puedo —balbuceó mirando de un lado a otro.
—Clara. —Su voz fue firme y segura—. Mírame —ordenó de nuevo.
Ella volvió a levantar la vista y Javier mantuvo sus ojos clavados en los de ella—.
Inspira lento. —Él lo hizo primero y ella intentó imitarlo, pero no pudo.
Javier no se movió—. Otra vez. —Ella volvió a intentarlo.
El aire seguía atascado, pero un poco menos—. Eso es, otra vez.
Poco a poco, la respiración se fue normalizando, lenta y torpe al principio, irregular incluso, pero se estabilizó.
Las piernas le fallaron un poco y ahí Javier sí se acercó despacio, sin invadirla, hasta quedar delante de ella.
—Ya está.
Clara negó con la cabeza, llorando todavía. Ella lo miró con timidez y se llevó la mano al pecho de nuevo.
—No… no puedo seguir con esto.
Javier la miró confundido.
—¿Con qué?
Ella apartó la mirada.
—Con todo. No… no puedo.
Javier la observó unos segundos, como si estuviera en una sala de interrogatorios, no de una forma fría o distante, sino con esa calma suya: precisa, profesional y paciente.
—¿Qué ha pasado?
Clara apretó los labios.
—Nada.
—Clara…
—No quiero hablar de ello.
—Ya lo sé. —Inspiró hondo—. Pero necesito que lo hagas.
Ella negó una vez más.
—No puedo.
—¿Tiene que ver con “el ingeniero”? —preguntó directamente, aunque con suavidad. Clara cerró los ojos y ese gesto ya fue suficiente respuesta. Javier habló aún más despacio—. ¿Quién era?
Clara tragó saliva y apretó los labios, debatiéndose entre contestar o no.
—Mi hermano. —Su voz tembló al confesárselo—. Lucas. —Javier se quedó de piedra y Clara agachó la cabeza—. Murió hace tres años. Di… dijeron que fue un accidente.
—Pero no lo fue —confirmó él.
Ella negó.
—No. —Las lágrimas volvieron con más fuerza—.
Trabajaba en el puerto. Era ingeniero de sistemas portuarios.
Revisaba rutas, barcos, accesos… y creo que empezó a encontrar cosas raras.
—La respiración volvió a acelerársele. Javier la miraba sin interrumpir—.
Estaba raro, muy raro… y, luego… murió. Dijeron que fue un accidente.
Yo… —Se llevó una mano a la boca—. Yo sabía que había algo mal, lo sabía, pero no pude demostrar nada.
—Su voz se quebró del todo—. Y ahora… —levantó la vista hacia él, destrozada—.
Ahora sé que lo mataron. —El rostro de Javier cambió por completo.
El asombro y la rabia se apoderaron de él al comprender de golpe por qué Clara estaba allí, por qué se había convertido en hacker y por qué arriesgaba tanto—.
Por eso empecé a hackear —murmuró ella—.
Quería encontrar algo sobre él. Era buena y… empezaron a contratarme.
Se echó a llorar de nuevo y esta vez Javier no esperó y la abrazó con fuerza.
Ella se aferró a él inmediatamente, escondiendo la cara en su cuello, temblando y llorando. Javier la sostuvo como si fuera lo único importante en el mundo, con una mano en su espalda y otra en su cabello.
—Ya está —dijo en voz baja.
Clara seguía abrazada a él como si no pudiera soltarse.
Javier no pensaba apartarse, no después de aquello, después de entender por fin que Clara llevaba tres años persiguiendo al asesino de su hermano y que ahora, por primera vez,
habían encontrado la pista.
La llevó hasta la cama casi sin que Clara se diera cuenta y la sentó sobre el colchón.
Se arrodilló delante de ella, sujetándole las manos que seguían temblando.
—Mírame. —Clara levantó la vista despacio. Tenía los ojos rojos y la respiración entrecortada. Javier le apartó un mechón de pelo de la cara—. De acuerdo —dijo con esa calma suya—. Tu hermano murió en circunstancias extrañas, ¿verdad?
Ella tragó saliva y asintió.
—Dijeron que fue un accidente, que había sido un fallo, una mala maniobra, no sé… algo relacionado con el puerto —su voz volvió a quebrarse—. Pero yo sabía que no. —Javier no la interrumpió, solo siguió mirándola muy atento—. Lucas llevaba semanas raro.
—¿Raro cómo?
—Nervioso, como si quisiera contarme algo, pero no supiera si debía hacerlo.
—Bajó la mirada hacia sus manos—. Venía a verme y luego se quedaba callado.
Me decía que había encontrado algo. —Respiró hondo—.
Y luego decía que no, que mejor no me lo contaba.
— Tragó saliva—. El día que murió, me envió un mensaje minutos antes.
Sacó el móvil del bolsillo de la chaqueta con dedos torpes y buscó unos segundos. Cuando lo encontró, se lo tendió.
Lucas: Tenemos que hablar. Es urgente. ¿Puedes ahora?
El silencio se hizo aún más pesado.
—Lo recibí apenas unos minutos antes de que muriera —murmuró Clara.
Javier levantó la vista hacia ella y, por primera vez desde que la conocía, entendió de verdad hasta qué punto aquello la había destrozado.
—Clara…
Ella negó con la cabeza.
—Yo sabía que había pasado algo, durante meses fui al puerto. Todos los días, pensando que, si miraba suficiente, si buscaba suficiente… —su voz se rompió otra vez—, encontraría algo y podría comprender mejor lo que había ocurrido. Necesitaba saberlo.
Javier le cogió la mano con fuerza, pero con cuidado.
—¿Los mensajes que hemos encontrado…?
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
—¿Crees que el fantasma los recibe… o los envía?
Clara se quedó completamente quieta y entonces se puso en pie de golpe.
—Dios mío… —susurró.
Salió de la habitación tan deprisa que Javier apenas tuvo tiempo de seguirla.
Llegaron al salón y Clara se sentó delante del ordenador. Abrió de nuevo la cadena de mensajes con las manos temblándole tanto que casi no acertaba a mover el ratón.
Javier se colocó detrás de ella.
—Tranquila…
Ella amplió la conversación y leyó el encabezado, quedándose totalmente helada.
—Los envía.
Su voz fue apenas un susurro. Javier miró la pantalla.
—¿Estás segura?
—Sí, el código coincide. Es su terminal, él es quien da la orden.
Javier apretó la mandíbula.
—¿A quién?
Clara negó lentamente.
—No puedo saberlo, la otra parte está cifrada. Solo tengo el identificador.
Javier observó la pantalla unos segundos más.
—¿Hay más mensajes?
Clara no respondió, solo miró hacia la carpeta. Había decenas de mensajes más antiguos y otros más recientes. De pronto, el simple hecho de abrirlos le parecía imposible. Notó de nuevo una opresión en el pecho y las manos le temblaron más aún. Comenzaba a faltarle el aire.
Javier lo vio enseguida y, con delicadeza, le quitó el ratón de la mano.
Ella lo miró.
—Ve al sofá —pronunció con voz tranquila.
—No.
—Clara.
—Quiero verlo.
—Ahora mismo no —contestó.
—Sí, lo necesito —sollozó.
Javier sostuvo su mirada, serio.
—Estás demasiado nerviosa.
Ella negó.
—Puedo hacerlo.
—No. Ve al sofá… es una orden.
Clara abrió la boca.
—No puedes darme órdenes para todo.
—Para esto, sí —sentenció.
Ella resopló y lo fulminó con la mirada, aunque acabó levantándose.
Milo, como si hubiera entendido perfectamente la situación, saltó al sofá en cuanto Clara se sentó y se acomodó sobre sus piernas. Ella lo abrazó casi automáticamente, como si necesitara sujetarse a algo.
Javier volvió a mirar la pantalla y fue abriendo los mensajes. Su expresión se endureció poco a poco.
“El ingeniero insiste. Ha visto demasiado” .
“Entonces procedan. Quiero el asunto resuelto antes del viernes. Sin ruido” .
“Confirmado. El accidente se ha gestionado” .
“No quiero más errores. La próxima vez eliminad también los registros” .
Javier no dijo nada, no podía. Sentía una rabia fría subiéndole por el pecho.
Levantó la vista un segundo y miró a Clara de reojo, la cual seguía abrazada al gato con los ojos clavados en él, esperando.
—¿Hay más? —preguntó ella muy bajito.
Javier tardó un instante en responder.
—Sí.
No le mintió, nunca le mentiría, y menos sobre eso, pero tampoco iba a decirle lo que había leído en ese momento, no así.
Se acercó al sofá y se agachó delante de ella.
—Los leerás cuando estés más tranquila. —Acarició sus manos—. Cuando estés más fuerte.
Clara tragó saliva y apartó la vista.
—No sé si puedo seguir.
—Sí que puedes —dijo apretando sus manos, como si así la animase.
Ella negó lentamente.
—No.
—Clara… entiendo que esto es difícil.
—No, no lo entiendes.
—No. Tienes razón —confirmó—. No puedo entender lo que se siente, pero sí entiendo una cosa. —Ella levantó la vista—. Te necesito. Necesito que sigas conmigo.
Clara apretó los labios.
—No sé si puedo seguir investigando al hombre que mató a mi hermano.
Javier sostuvo su mirada y, cuando habló, lo hizo con una firmeza tranquila que hizo que algo dentro de ella se calmara un poco.
—No lo harás sola.
Ella lo observó.
—¿Qué?
—Voy a ayudarte con esto, con lo de tu hermano, y voy a meter entre rejas a ese hijo de puta.
Clara se quedó mirándolo, como si quisiera creerle, pero no supiera cómo.
—Prométemelo.
Javier no dudó ni un segundo.
—Te lo prometo, no voy a dejarte sola. —La miró fijamente—. Ni en esto, ni en nada.
El corazón de Clara dio un vuelco y se quedó callada.
Clara suspiró mientras pensaba con agilidad. Aquello era lo que había buscado durante sus últimos años y sabía que Javier no la abandonaría, que la protegería y cumpliría lo que le había dicho.
Tras unos segundos, le tendió la mano con la intención de sellar aquel acuerdo.
Javier bajó la vista hacia ella, hacia su mano y luego volvió a mirarla.
Sonrió y cogió su mano, pero en lugar de estrechársela tiró suavemente de ella hacia sí y la besó en los labios lentamente.
Cuando se separó, Clara seguía completamente quieta.
—Prefiero sellar así los acuerdos contigo.
Ella sonrió entre lágrimas sin soltarle la mano.
Javier tiró suavemente de ella hasta abrazarla. Clara hundió el rostro en su cuello mientras él la sostenía con firmeza.
—Lo vamos a encontrar —le prometió con voz grave—. Y cuando lo hagamos, ese ca