21
La pantalla iluminaba el salón casi a oscuras. Solo se oía el tecleo de Clara, el zumbido del portátil y, de vez en cuando, el sonido de Milo acomodándose sobre el sofá, ajeno por completo a lo que hacían ellos dos.
Javier seguía sentado a su lado, demasiado cerca para que Clara pudiera ignorarlo del todo, pese a que lo intentaba, aunque cada vez que él movía ligeramente el brazo o se inclinaba hacia la pantalla, le costaba mucho más concentrarse en los archivos que acababa de descargar.
—Vale… —murmuró ella, abriendo una carpeta—, esto es lo que pude copiar antes de salir corriendo como una persona sensata.
—Tu definición de sensata me preocupa.
Clara lo ignoró.
—La mayoría está cifrado.
En la pantalla apareció una lista de carpetas con nombres anodinos: “LOG-7” , “Inventario” , “Facturación” , “Marina” .
—Eso no significa nada.
—Claro que significa —pronunció ella.
Clara abrió una de las carpetas y apareció una tabla llena de números.
Javier frunció el ceño.
—¿Qué estoy mirando? —preguntó al no entender nada.
—Rutas marítimas.
—¿Y?
—Son falsas —dijo ella mientras ladeaba la cabeza.
Él la miró y Clara señaló varias líneas en la pantalla.
—Estas dos salen de Barcelona y llegan a Marsella. Eso tendría sentido. Pero las otras… —movió el ratón—, salen de Barcelona y desaparecen aquí… —marcó una zona del mapa—. Luego vuelven a aparecer horas después.
Javier observó la pantalla.
—Son aguas internacionales —susurró pensativo.
—Exacto.
Clara abrió otra ventana y superpuso las coordenadas sobre un mapa. En el centro apareció un punto en mitad del Mediterráneo, entre las Baleares y Cerdeña, un punto totalmente aislado, lejos de todo.
—¿Y qué hay ahí? —preguntó él.
—Nada, ese es el problema. —Javier se inclinó un poco más hacia la pantalla y Clara amplió la imagen—. Esto no es una ruta —indicó ella.
Javier siguió pensativo hasta que todo encajó.
—Es un punto de encuentro —dijo al final, mirándola.
Clara asintió y pulsó otro archivo donde apareció una columna con fechas.
Javier entornó los ojos.
—¿Qué fecha es esa?
Clara se quedó quieta.
—Dentro de tres días.
Javier levantó la vista hacia ella.
—Setenta y dos horas.
Ella asintió lentamente.
—Es la reunión —susurró Clara—, en el punto de encuentro.
Javier apoyó los codos sobre las rodillas.
—¿Qué se intercambia? —preguntó Javier.
—No lo sé… no especifica nada, pero… mira esto…
Abrió otro documento y esta vez había una línea con una referencia: “NODO 17 – PUNTO GRIS” .
—¿Qué significa? —preguntó él.
—No tengo ni idea.
—Fantástico.
Clara lo miró de reojo.
—Esto es literalmente lo contrario de fantástico —ironizó Clara.
Javier sonrió y ella volvió a la pantalla. Abrió otra carpeta más antigua y observó los archivos que contenía. Al principio no pensó nada: mensajes, códigos, listados… hasta que uno de ellos llamó su atención.
Estaba archivado y ponía una fecha de hacía tres años.
Clara se quedó paralizada y Javier lo notó enseguida.
—¿Qué pasa?
Ella se mantuvo en silencio mientras los recuerdos volvían a invadir su mente.
Abrió el archivo sin contestar a Javier y en pantalla apareció una cadena de mensajes muy breve, sin nombres ni remitentes claros, solo texto.
“El ingeniero sigue insistiendo” .
Clara tragó saliva.
“Ha detectado las anomalías en las rutas” .
El corazón le golpeó con fuerza.
“Ha preguntado por el desvío de Valencia” .
Javier la miró.
—¿Clara?
Ella no apartaba la vista de la pantalla.
Había otro mensaje fechado dos días después de los anteriores.
“Autorizada limpieza” .
“Que parezca un accidente” .
El aire desapareció de la habitación y Clara se quedó inmóvil mirando la fecha.
Aquella fecha la conocía demasiado bien, la tenía grabada a fuego en su mente y en su corazón. Era dos días antes de que Lucas muriera.
Notó una opresión en el pecho y el corazón se le aceleró. De pronto, el mensaje de Lucas volvió a su cabeza con una claridad insoportable.
Lucas: Tenemos que hablar. Es urgente. ¿Puedes ahora?
Tragó saliva sintiendo que sus ojos se humedecían por las lágrimas. Aquello no podía ser, pero sí. Él trabajaba en eso. No era el primer mensaje de ese estilo que le enviaba. Llevaba unas semanas muy raro antes de morir y su muerte fue un accidente absurdo. Además, aquella fecha coincidía.
Javier se acercó un poco más.
—Clara —insistió. Ella apartó por fin la vista de la pantalla y Javier vio el brillo en sus ojos—. ¿Qué pasa?
El mensaje siguió delante de sus ojos: “Autorizada limpieza” , “Que parezca un accidente” . Y, de pronto, ya no estaba en el salón ni delante del ordenador. Ni siquiera Javier estaba a su lado. Los recuerdos comenzaron a inundar toda su mente.
Se encontraba tres años atrás, en el pequeño piso de Lucas, con las ventanas abiertas y el aire de julio entrando desde la calle. El olor a detergente se mezclaba con ese aroma suyo que aún seguía allí, en la ropa, en las sábanas, en los libros mal colocados sobre la mesa.
Su madre estaba vaciando el armario de la habitación en silencio.
Clara sostenía una caja de cartón entre los brazos mientras sacaba camisas, sudaderas y un montón de camisetas viejas de grupos que Lucas ya ni escuchaba, doblándolas sin mirar demasiado, porque cada vez que veía algo suyo sentía que le faltaba el aire.
El piso era pequeño: dos habitaciones y una cocina diminuta. Y estaba tan lleno de él que dolía. Lucas se lo había dejado a ella en el testamento.
Eso le había dicho una vez, riéndose, cuando aún ninguno de los dos imaginaba que aquello iba a suceder.
Clara abrió uno de los cajones de la cómoda y allí estaba, un pequeño muñeco de astronauta viejo y desgastado, con una pierna medio rota, el favorito de Lucas cuando era niño.
Se quedó mirándolo unos segundos y ya no pudo seguir.
Cerró el cajón de golpe, se sentó sobre la cama y rompió a llorar.
Tenía una vieja fotografía de los dos en la playa entre las manos.
Ella tendría diez años, Lucas unos trece. Él le estaba tirando agua encima mientras ella lo insultaba. Los dos posaban riéndose y felices en aquella instantánea.
Su madre la vio desde la puerta y durante unos segundos no dijo nada. Luego se acercó despacio y se sentó a su lado en la cama.
Clara se apoyó contra ella de inmediato, escondiendo la cara en su hombro, como una niña pequeña, mientras ambas lloraban en silencio la muerte de Lucas.
Lucas no solo era su hermano, era su mejor amigo. Era la persona a la que llamaba cuando estaba nerviosa, la única que sabía cuándo estaba mintiendo, el único que la entendía de verdad.
Su madre le acarició el cabello con la mano temblando.
—¿Cómo ha podido pasar esto?
Clara cerró los ojos.
—No lo sé… —su voz se rompió—. El juez lo está investigando, dicen que lo aclararán.
Pero no lo aclararon, semanas después dijeron que había sido un accidente, una mala maniobra, un fallo.
Le dieron a su madre una indemnización enorme, demasiado grande, y esperaron que todo terminara ahí, pero Clara sabía que no.
Lucas llevaba semanas raro, más callado, más nervioso.
Trabajaba como ingeniero de sistemas portuarios, revisando rutas, accesos, tráfico marítimo, y había empezado a decir cosas extrañas: movimientos que no cuadraban, barcos que desaparecían, rutas que no existían…
Había dejado de dormir y, cada vez que ella le preguntaba, él respondía lo mismo: “Cuando tenga pruebas te lo contaré todo”.
El último día, minutos antes de morir, él le había enviado un mensaje que, para su desgracia, se había grabado a fuego en su memoria.
Lucas: Tenemos que hablar. Es urgente. ¿Puedes ahora?
Durante meses había ido al puerto sola, después del trabajo.
Se había sentado frente al mar durante horas, mirando los barcos entrar y salir, creyendo que quizá, de alguna forma, iba a encontrar una pista, algo, cualquier cosa, pero nunca encontró nada…
hasta ahora. “El ingeniero”. Las rutas, el desvío de Valencia, aquella fecha que coincidía exactamente con la semana en la que Lucas murió…
No, no podía ser una mera casualidad. Lucas había descubierto algo y lo habían eliminado por ello.
Clara negó con la cabeza como si acabase de comprenderlo todo.
—No… —su voz salió rota—. No puede ser…
Javier miró la pantalla y luego volvió a mirarla a ella.
—¿Quién era “el ingeniero”?
Clara cerró los ojos un segundo sin poder pronunciar su nombre.
—No… —tragó saliva intentando controlarse—, no… no puedo —dijo levantándose de golpe, con los ojos llenos de lágrimas.
—Clara —pronunció Javier sin saber qué decir al ver su reacción. Cogió su mano mientras una lágrima comenzaba a resbalar por su mejilla, aunque intentaba ocultarla dándole la espalda—. Eh… ¿qué ocurre? —preguntó, preocupado.
Ella negó con la cabeza y se apartó de él. No podía hablar. Tenía un nudo en el estómago que apenas la dejaba respirar. Se alejó con la respiración acelerada hacia el pasillo que conducía a su habitación.
Javier dio unos pasos adelante, pero cuando vio que ella se encerraba dejó de caminar en aquella dirección. Parecía que ella necesitaba un momento, pero, por otro lado, no podía dejarla así. No entendía qué le ocurría.
Fue hacia el ordenador y miró lo que ella estaba observando, intentando comprender la reacción de ella.
“El ingeniero sigue insistiendo” , “Ha detectado las anomalías en las rutas” , “Ha preguntado por el desvío de Valencia” , “Autorizada limpieza” , “Que parezca un accidente” .
Comprendía perfectamente lo que podían significar aquellas frases. Sabía lo que conllevaban las palabras: “Autorizada limpieza” , “Que parezca un accidente” .