20
El vehículo se detuvo en la esquina de siempre.
Clara abrió la puerta con un suspiro largo, apoyando un momento la mano en el marco antes de salir, como si dejara atrás el día con ese gesto.
—Bueno… —dijo inclinándose ligeramente hacia el conductor—, ha sido una tarde intensa, Martín.
—Se encogió de hombros—. Mucho código, mucho café…
poca vida social. —El conductor no respondió—.
Algún día hablarás y me darás tu opinión, ya verás —bromeó Clara.
Cerró la puerta y se inclinó hacia la ventanilla—. Que tengas buena tarde, Martín.
Se dio la vuelta y caminó hacia el edificio. Entró y se metió en el ascensor, apoyándose contra la pared mientras subía, dejando que el silencio la envolviera por unos segundos.
Cuando llegó a su planta, salió y abrió la puerta del piso.
Javier estaba sentado en el sofá, tranquilo, como si llevara horas allí y, sobre él, Milo descansaba perfectamente acomodado y ronroneando.
Clara se quedó en la puerta, mirándolo.
—¿Tú no trabajas o qué?
Javier alzó la vista hacia ella, sin moverse.
—Sí que trabajo.
—Ah —respondió ella mientras cerraba la puerta—. ¿Desde el sofá?
—Depende del día.
Clara dejó el bolso y se acercó despacio, mirando al gato.
—Siempre estás aquí —pronuncio y estiró la mano hacia su gato—. Milo…
El gato ni se inmutó y siguió tumbado sobre Javier, completamente relajado.
Clara intentó acariciarlo, pero el gato levantó la cabeza, la miró un segundo… y volvió a acomodarse sobre Javier.
—¿Eh? —Clara frunció el ceño—. ¿Me está ignorando?
Javier esbozó una leve sonrisa.
—Sabe quién manda aquí. —Clara lo miró y enarcó una ceja—. Tiene buen criterio.
Ella cruzó los brazos.
—Ese gato duerme conmigo desde hace años.
—Y hoy está aquí.
Clara intentó cogerlo, pero Milo seguía sin moverse, solo se acomodó más contra Javier, ronroneando aún más fuerte.
—Esto es alta traición.
Javier alzó una ceja.
—Yo lo llamaría evolución.
Clara lo miró.
—¿Qué le has hecho?
—Nada —se encogió de hombros—. Solo acariciarlo.
Clara entornó los ojos.
—Pues tienes unas manos muy buenas, porque no es normal.
Nada más decir eso y al ser consciente de sus palabras, se arrepintió y bajó la mirada. Javier la observó con una leve curva en los labios.
—Eso creo que ya lo has experimentado —bromeó alzando sus cejas varias veces seguidas.
Clara carraspeó.
—Vale —susurró—. No voy a entrar en ese tema.
—Mejor —ironizó él.
—Sí. —Clara volvió a mirar al gato y lo señaló con el dedo—. Milo, luego tú y yo vamos a tener una conversación muy seria, pequeño traidor.
El gato siguió ignorándola y Javier sonrió con un cierto matiz burlón, se incorporó apartando con cuidado al gato, que protestó levemente antes de saltar al sofá, y se puso en pie.
—Tenemos que trabajar.
Clara suspiró.
—Genial —arrastró la palabra.
—He hablado con mi jefe.
Ella alzó la vista.
—Ah, ¿sí?
—Sí. —Se cruzó de brazos—. Primero tenemos que enviarle todo lo que conseguiste ayer.
Clara se pasó una mano por el cabello.
—Aún tengo mucho que analizar.
—Lo sé.
—Pero si me das unos minutos puedo empezar a organizarlo.
Javier asintió.
—De acuerdo, hazlo.
Clara caminó hacia el ordenador y se sentó mientras encendía la pantalla, pero antes de empezar, giró la cabeza hacia él.
—Oye…
—¿Sí?
—¿Le has hablado bien de mí?
Javier la miró.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Mucho? —insistió ella.
—Lo suficiente.
Clara frunció el ceño.
—Eso no me tranquiliza.
—No es mi objetivo.
—¿Y qué le has dicho?
—Que eres útil —respondió encogiéndose de hombros.
Clara abrió los ojos.
—¿Útil?
—Muy útil.
Ella se quedó pensativa unos segundos, evaluando las palabras.
—Gracias… creo. —Luego inspiró hondo—. ¿Voy a ir a prisión? ¿Me darán la condicional?
Javier la miró directamente.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Seguro… seguro? —insistió.
Javier dio un paso hacia ella, acercándose.
—No voy a permitir que eso ocurra, así que tranquila. Estás realizando un muy buen trabajo. Fíjate que incluso ya voy confiando en ti —ironizó.
Clara le sostuvo la mirada y chasqueó la lengua antes de volverse hacia la pantalla. Al menos, aquellas palabras la habían calmado un poco. Debía confesar que la amenaza de ir a prisión la tenía intranquila las veinticuatro horas del día.
—Gracias.
Javier asintió y, acto seguido, le comentó sobre las instrucciones que le había dado su jefe directo.
—El viernes tenemos una misión.
Clara se giró completamente hacia él.
—¿Otra?
—Sí.
—Genial…
—Se trata de una recepción privada en un buque de la Armada.
Clara parpadeó.
—¿En un barco?
—Sí.
—¿Y yo también voy?
—Claro.
Ella parpadeó varias veces.
—¿A un barco militar?
—Sí.
Clara lo miró y negó con la cabeza.
—¿Tú estás bien? No me van a dejar entrar —sentenció ella.
Javier no reaccionó.
—Entrarás como especialista en ciberseguridad…
—Pfff.
—Con perfil técnico...
—Ajá.
—Y vas a mantener la calma —la señaló con el dedo.
Clara lo señaló.
—Eso ya es más complicado.
Javier negó con la cabeza.
—Estaré contigo en todo momento.
Clara lo observó unos segundos y, aunque intentó mantener el tono ligero de su voz, esta le salió un poco más baja.
—¿Es peligroso?
Javier no respondió inmediatamente.
—Sí.
Clara tragó saliva.
—Esto cada vez va a mejor...
Él dio un paso más hacia ella.
—No voy a dejar que te pase nada.
Clara lo miró directamente. Había pronunciado aquellas palabras con tono serio, sin ironía. Realmente, aquello era lo único que necesitaba oír.
—Vale… —Clara giró la silla hacia él y se cruzó de piernas—. Explícame exactamente por qué tengo que subirme a un barco lleno de militares y gente importante cuando mi experiencia en el mar se limita a una barca hinchable y casi me ahogo una vez en Salou.
Javier apoyó una mano en el respaldo de la silla.
—No vas a navegar.
—Eso ya me tranquiliza mucho.
—El barco estará atracado en el puerto.
—Ah, bueno, menos mal, porque si encima tengo que fingir que sé distinguir babor de… lo otro…
Javier alzó una ceja.
—Estribor —dijo él.
—Eso mismo.
Él negó con la cabeza.
—La recepción es una excusa —explicó.
—¿Una excusa para qué?
—Para reunir en un mismo sitio a altos mandos, empresas de defensa, empresas tecnológicas y contratistas. —Clara frunció ligeramente el ceño—. Entre ellos puede estar el fantasma o alguien relacionado con él. Creemos que, si realmente es un alto cargo, ese es el tipo de entorno en el que se moverá.
Clara asintió despacio.
—Vale… entonces entramos, fingimos que somos personas normales y agradables…
—Eso tú —la señaló—, a mí no me hace falta fingir.
—Muy gracioso —bromeó ella.
—Y observamos —acabó él la frase.
Clara apoyó el codo en la mesa.
—¿Solo observar?
—No. Quiero que identifiques a quién mira la gente.
—¿Cómo?
—Quién se acerca a quién. Quién evita a quién. Quién parece nervioso.
Clara lo miró un momento.
—Eso suena mucho más difícil que hackear un teléfono.
—Por eso vas conmigo.
Ella entornó los ojos.
—Ah, qué romántico eres.
Javier ignoró el comentario.
—Llevarás algunos dispositivos.
—Eso ya me gusta más —sonrió ella.
—Pequeños.
—Pfff… aburrido.
—Discretos.
—Peor todavía.
Javier se inclinó un poco hacia ella.
—Claaara —arrastró las letras de su nombre.
—Vale, vale…
Él siguió.
—Podrás acercarte a los terminales que te indiquemos.
—¿“Te indiquemos”?
—Yo.
—Ah, claro. El comité militar de uno solo.
—Exacto —confirmó él.
Clara puso los ojos en blanco.
—¿Y qué hago exactamente?
—Escucharás conversaciones, copiarás datos si tienes oportunidad y buscarás cualquier relación entre los nombres que ya tenemos. Héctor Salgado, los contactos del puerto y el hombre del bar.
Clara se quedó unos segundos pensativa.
—¿Y si lo veo?
—¿A quién?
—Al fantasma… ¿Y si estuviese ahí?
Javier la observó.
—Entonces no haces nada impulsivo.
Clara abrió la boca.
—Javier…
—Nada.
—Pero…
—Nada, Clara —sentenció.
Ella resopló.
—¿Y si está ahí delante y puedo entrar en su móvil otra vez? Podría conseguir muchos más datos.
—No.
—¿Y si…?
—No —la cortó de nuevo.
—¿Y si me tropiezo accidentalmente encima de él? —acabó ironizando.
Javier la miró fijamente.
—Entonces te sostendré antes de que caigas. —Clara se quedó callada un segundo—. Escúchame… —su tono sonó más serio—, no vuelvas a hacer lo del bar.
Clara apartó la vista.
—Ya…
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—No quiero volver a verte así.
Ella lo miró.
—¿Así cómo?
Javier tardó un segundo en responder.
—Asustada. —La expresión de Clara se suavizó—. Esta vez iremos juntos, no te separarás de mí.
Clara enarcó una ceja.
—¿Eso es parte de la misión o una excusa?
—Las dos cosas.
Ella sonrió.
—Ah, entonces ¿voy a necesitar un vestido otra vez? —preguntó, apoyando las manos en su cintura.
—Un vestido no, cualquier ropa elegante de tu armario te servirá.
Clara parpadeó.
—Pues vaya… —Ambos se miraron un segundo hasta que ella comenzó a sentirse incómoda y se giró de nuevo hacia el ordenador—. Voy a trabajar. Necesito extraer toda la información de los datos de ayer.
Javier asintió, pero detectó en sus gestos cómo la timidez volvía a ella. Estaba claro que la situación de la noche anterior la intimidaba.
—Clara, antes de que empieces a trabajar, creo que deberíamos hablar de lo que ocurrió anoche.
Javier detectó su espalda totalmente erguida.
Clara tragó saliva mientras dejaba sus dedos quietos sobre el teclado y rio tímidamente.
—Yo creo que no. No hace falta.
Javier apoyó una mano en la mesa.
—¿No hace falta?
—No. —Ella seguía sin girarse—. Fue… una cosa que pasó.
Javier enarcó una ceja.
—¿Una cosa?
—Sí.
—Interesante definición —dijo, ladeando su cuello.
Ella se mordió el labio inferior.
—Bueno… ya me entiendes.
—No, la verdad es que no.
Clara cerró los ojos un segundo.
—Javier…
—¿Qué?
—No me hagas hablar de ello.
Él dio un paso más hacia ella.
—¿Por qué?
—Porque me da vergüenza.
Hubo un silencio y luego Javier sonrió, incrédulo.
—¿Vergüenza?
Ella se giró por fin, lo justo para mirarlo, y él tuvo que contenerse porque estaba genuinamente sonrojada.
—No te rías —lo señaló con el dedo.
—No me estoy riendo.
—Sí te estás riendo.
—Bueno, un poco —admitió.
Clara se tapó la cara un segundo con una mano.
—Dios mío —susurró, avergonzada.
Javier le apartó la mano despacio.
—¿Estás sonrojada?
—No… es… es que hace calor —se excusó.
—No hace calor. Estamos en noviembre, Clara.
Ella lo fulminó con la mirada.
—Arggg… ¡no te soporto! —acabó diciendo por los nervios.
—Eso tampoco es verdad. —Clara bajó la vista y Javier suavizó un poco el gesto—. ¿Por qué te da tanto apuro hablar sobre ello?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Porque tú estás tan tranquilo.
—¿Y?
—Y yo no —lo señaló—. Tú pareces… normal.
—¿Normal?
—Sí, actúas como si nada hubiese pasado —gesticuló demasiado con los brazos.
Javier la observó unos segundos y luego se inclinó un poco hacia ella.
—Si no hablara de ello, si no estuviera aquí contigo ahora mismo —se señaló a sí mismo—, si me hubiera ido esta mañana sin decir nada… entonces sí, habría sido una noche más. —Ella levantó la vista, despacio—. Pero no lo fue, no para mí.
El corazón de Clara dio un vuelco y bajó la vista enseguida, avergonzada.
—Vale, pues ahora me da todavía más vergüenza. —Javier no pudo contener más la risa—. ¿Qué?
—Me parece increíble que seas capaz de entrar en teléfonos de altos mandos, colarte en un bar donde se han citado dos peligrosos individuos y luego no puedas mantener una conversación normal conmigo.
Clara abrió la boca.
—No es lo mismo —se quejó.
—No, esto parece asustarte más. Y no lo comprendo del todo.
—Porque los ordenadores no me besan de repente en la cocina.
Javier sonrió de nuevo.
—Puedo dejar de hacerlo si quieres.
Ella abrió los ojos como platos.
—No. —Luego se dio cuenta de lo que había dicho al ver la sonrisa pilla de Javier—. Quiero decir… no hace falta.
—Ah, entonces perfecto.
Clara volvió a ponerse roja como un tomate y Javier, incapaz de contenerse más, le sujetó suavemente la barbilla con dos dedos.
—No me arrepiento de lo de anoche, y no pienso fingir que no ha pasado.
Ella tragó saliva.
—Yo tampoco… —dijo Clara con un hilo de voz.
Javier sonrió mientras se inclinaba hacia ella, besándola otra vez con ternura, como si quisiera dejarle claro, una vez más, que no pensaba marcharse a ninguna parte.
Cuando se separó, Clara seguía mirándolo completamente cohibida.
—No es por ti… —murmuró—. Es que me da vergüenza.
Javier le rozó la mejilla con el pulgar.
—Deberás acostumbrarte.
Ella lo miró escandalizada.
—¡Javier!
—¿Qué?
—No puedes decir cosas así.
—Claro que puedo.
Ella negó con la cabeza, todavía sonrojada.
Él, con su habitual calma, cogió una silla de la cocina y la arrastró hasta colocarse a su lado.
Clara lo miró.
—¿Qué haces?
Él se sentó.
—Voy a ayudarte.
Ella le mostró una sonrisa tímida.
—No vas a entender absolutamente nada de lo que voy a hacer.
—Pues explícamelo.
—Javier…
—Clara. —Ella negó con la cabeza—. Vas a abrir esos archivos, me vas a explicar lo que indican… en cristiano, y yo lo iré anotando para pasarle un informe al coronel.
Clara suspiró y acabó asintiendo.
Se giró hacia la pantalla y abrió la primera carpeta mientras Javier se acomodaba a su lado y ella intentaba concentrarse en el ordenador, aunque sabía perfectamente que, con él ahí, no iba a ser nada fácil.