Conexión peligrosa 19 #2
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19 #2

—Normal. —Estuvo unos segundos en silencio, pensativo—. ¿Confía en ella?

Javier no respondió de inmediato.

—Sí. Trabaja muy bien, es muy buena en lo suyo.

Salazar sostuvo su mirada, como si valorara algo más, pero no insistió.

—Continúe —le indicó con la mano.

Javier cambió ligeramente la postura.

—Anoche se produjo contacto.

Salazar se tensó al escuchar esa frase.

—Desarrolle.

—El exmilitar, Héctor Salgado, se reunió con un individuo desconocido. —Apretó los labios—. El individuo no ha sido identificado. Edad aproximada cincuenta o cincuenta y cinco años, perfil alto y autoridad clara en la interacción.

Salazar frunció el ceño.

—¿Un intermediario?

—Negativo. Da órdenes, señor —sentenció Javier.

Hubo un silencio que cambió el ambiente por completo.

—¿Cuál fue el contenido de la conversación?

—Tiene un lenguaje en clave. Hacían referencia a “un paquete” con una transferencia en setenta y dos horas y un cambio de rutas —inspiró aire lentamente—, así como posible eliminación de interferencias.

Salazar se quedó completamente quieto.

—Mierda…

Javier continuó.

—El objetivo utiliza medidas avanzadas de seguridad con un terminal protegido y detección de intrusiones en tiempo real.

Salazar alzó la vista con los ojos muy abiertos.

—¿Accedisteis?

—Parcialmente. El activo consiguió copiar datos, pero incompletos. Aún requieren análisis.

Salazar se puso en pie y comenzó a caminar despacio por la sala.

—No tenemos identidad… —murmuró pensativo—, pero no es un intermediario. —Se giró hacia Javier—. Y da órdenes.

Javier asintió.

—Sí —confirmó.

—Esto claramente es una escala superior.

—Sí, mi coronel —repitió.

Salazar suspiró y volvió a sentarse. Parecía que aquellos datos que Javier acababa de darle lo habían puesto nervioso, algo poco habitual en él.

—En cuanto tengas esos datos, los quiero.

—Por supuesto.

—Sin demora —pronunció Salazar.

—El activo está trabajando en ello. En cuanto termine el análisis, se los haré llegar.

Salazar asintió y, entonces, su expresión cambió, volviéndose más estratégica y fría.

—Tenemos una oportunidad. —Javier se tensó ligeramente—. Este viernes a las 21:00 se realiza una recepción privada a bordo de un buque de la Armada. —Miró fijamente a Javier—. Se trata de un evento restringido para altos mandos, empresas de ciberseguridad y contratistas de defensa.

Javier entendió al instante.

—Un entorno mixto.

—Correcto. Si ese hombre es de alto rango… —Salazar lo miró fijamente—, es posible que esté allí.

Javier asintió.

—¿Solicita una infiltración?

—Exacto.

Javier asintió de inmediato, sin cuestionar las órdenes.

—¿En qué condiciones?

Salazar se acercó a la mesa y apoyó ambas manos.

—Usted entra con acreditación militar, un acceso completo con perfil bajo y máxima observación. —Inspiró hondo—. Ella entra como especialista.

Javier alzó la vista.

—¿Con qué cubierta?

—Consultora externa en ciberseguridad.

Javier asintió.

—Entendido. —Se quedó pensativo. La idea no le gustaba nada, pero aquellas eran las órdenes y no iba a cuestionarlas.

La situación podía complicarse. El supuesto fantasma, si era de alto rango, era posible que estuviese en la reunión. Por suerte, él no lo conocía, jamás lo había visto, pero a Clara sí la había observado, aunque fuese unos segundos en el bar. Aquello podía complicar las cosas.

Salazar lo miró una última vez.

—Teniente.

—Mi coronel —respondió él despertando de sus pensamientos.

—Esto ya no es una investigación —comentó en voz baja—. Es una infiltración en territorio enemigo. Y, esta vez, no hay margen de error.

Javier respondió sin dudar.

—No lo habrá, mi coronel.

Aquella infiltración tenía un alto riesgo para ella, pero le gustara o no iba a tener que llevarla con él.

Se despidió de su coronel, se giró y salió del despacho.

El pasillo lo recibió de nuevo con ese silencio controlado, con esa sensación de orden absoluto donde todo parecía medido y bajo control. Pero esta vez, mientras avanzaba hacia la salida, Javier no pensaba solo en la misión, sino en ella.

Salió del edificio y el aire de la calle le golpeó el rostro. Entonces soltó lentamente el aire que, sin darse cuenta, había estado reteniendo.

Se pasó una mano por la nuca y miró alrededor. Aquella vez sí notó tensión en todo su cuerpo. Aquello ya no era solo vigilancia o seguimiento, sino infiltración directa, y eso significaba riesgo real.

Para Javier no era nada nuevo. Había afrontado misiones mucho más peligrosas, sobre todo cerca de las costas de Somalia, pero para Clara…

Su mandíbula se tensó ligeramente y recordó el bar, el momento en que la vio salir del vehículo, el instante en que la perdió de vista entre la gente y cuando la tuvo entre sus brazos, temblando, intentando aparentar que estaba bien cuando no lo estaba.

Cerró los ojos un segundo. Aquello no le gustaba, no le gustaba en absoluto ponerla en ese tipo de situaciones.

Aquel no era su mundo, no era su terreno y, aun así, era la única que podía hacerlo, la única capaz de entrar donde nadie más podía, de ver lo que otros no veían y de conseguir esa información que lo cambiaba todo.

Exhaló lentamente, resignado. No tenía alternativa, tenían que hacerlo. Lo único que tenía claro es que haría todo lo necesario para mantenerla a salvo.

Abrió los ojos y miró su reloj que marcaba casi las siete de la tarde. Clara no tardaría en llegar al piso y él tenía que explicárselo todo: la misión, el barco y el riesgo que entrañaba dicha misión.

Por otro lado, no podía negarse a sí mismo que tenía ganas de verla. Aquel pensamiento dibujó una leve sonrisa en sus labios.

Comenzó a caminar por la calle, recordando cómo Clara había reaccionado aquella mañana a su beso, la forma en que se había quedado completamente bloqueada, su timidez y confusión… y no pudo evitar que la situación le resultara divertida e inesperada.

Clara podía ser muchas cosas: brillante, desafiante, impredecible… pero era sumamente tímida, y aquello no lo había visto venir.

Negó ligeramente con la cabeza y siguió caminando con una idea clara en mente: tendría que volver a ponerla en peligro, pero haría todo lo posible para no verla temblar otra vez entre sus brazos.