19
Clara se despertó despacio, con esa fugaz sensación de no saber dónde estaba. Poco a poco, el techo, la luz entrando por la ventana y el silencio del piso terminaron de situarla.
Parpadeó y se incorporó ligeramente. Ahí lo recordó todo: la noche, el beso, Javier…
El corazón le dio un vuelco y giró la cabeza hacia un lado de la cama. Estaba vacío.
Frunció el ceño y se quedó unos segundos mirando la colcha, todavía desordenada, como si esperara que él apareciera de repente.
—Genial… —murmuró para sí misma—, igual ha sido una locura y ya está.
Se pasó una mano por el rostro y se levantó.
Salió de la habitación de Javier aún descolocada y cruzó el pasillo para dirigirse al baño.
Justo cuando iba a abrir la puerta, esta se abrió desde dentro y Javier salió con una toalla enrollada en la cintura y el cabello aún húmedo. Tenía la piel ligeramente brillante por el agua.
Clara se quedó completamente quieta en medio del pasillo, recorriéndolo con la mirada. Verlo así, sin uniforme y sin esa barrera que siempre lo envolvía, era otra cosa.
Su cuerpo atlético, trabajado a conciencia, la intimidó.
—Buenos días —comentó él como sin nada, con una ligera sonrisa.
Clara tardó un segundo en reaccionar.
—Eh… sí… buenos días.
Antes de que pudiera decir nada más, él se inclinó y la besó directamente en los labios. Un beso breve, pero suficiente para dejarla completamente fuera de juego.
—Voy a vestirme —dijo él con total normalidad, rodeándola.
Se fue hacia su habitación y Clara se quedó allí parada, sin moverse.
—Vale… —susurró—. Perfecto… normal todo…
Entró en el baño y cerró la puerta. Apoyó la espalda contra ella mirando al techo.
—¿Qué narices… somos ahora?
Se miró en el espejo y se llevó las manos al rostro. ¿Para él había sido una noche más o…?
Resopló.
—Genial, Clara, te manejas mejor hackeando sistemas militares que entendiendo a un hombre.
Se preparó rápido, aunque su cabeza no dejaba de dar vueltas. Ni siquiera sabía cómo comportarse, no sabía qué hacer ni qué significaba todo aquello.
Salió del baño y avanzó hasta la cocina, donde lo encontró preparando café. Javier le tendió directamente una taza.
—Toma.
Clara la cogió.
—Gracias… —respondió, cohibida, y se apoyó ligeramente en la encimera.
—¿Has dormido bien?
—Sí…
—Bien —comentó él tomando también su taza de café.
Clara dio un sorbo al café.
—Está bueno.
—Sí —respondió encogiéndose de hombros.
Ella lo miró de la cabeza a los pies. ¿Por qué se comportaba de aquella forma tan natural? Era como si lo que había ocurrido entre ellos fuese lo más lógico del mundo. No apartaba la mirada, no titubeaba, simplemente se comportaba como cada día, como si nada hubiese cambiado entre ellos.
—Eres muy seguro. —Javier sonrió de soslayo ante aquella observación por parte de ella. Clara bajó la mirada—. Eh… —titubeó—, sobre anoche…
Javier alzó una ceja.
—¿Sí?
Clara se bloqueó.
—Nada.
Javier enarcó una ceja.
—Vaaale —respondió él lentamente.
Ella se removió nerviosa y resopló.
—Perfecto —dijo para sí misma.
—Sí, perfecto —le dio la razón él, señalándola con la taza.
Ella dio otro sorbo al café, sin saber hacia dónde mirar. “Por Dios… tierra trágame”, pensó.
—Bueno… me voy —dijo depositando la taza sobre la encimera y se giró directa hacia la puerta.
—Clara —la llamó él. Ella se detuvo y se volvió hacia él con el cuerpo en tensión.
Javier dio un paso al frente hasta quedar demasiado cerca otra vez y, antes de que pudiera reaccionar, la besó de nuevo.
Esta vez fue un beso más lento, más deliberado.
Cuando se separó, le dedicó una sonrisa—. Llámame si necesitas algo.
Clara lo miró y comenzó a removerse mientras se sujetaba con fuerza a su bolso.
—Sí, vale —dijo sin poder fijar la mirada en él.
—De verdad.
—Sí, sí… —asintió rápidamente antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
Cuando salió del piso respiró de nuevo y se detuvo unos segundos intentando calmar los rápidos latidos de su corazón.
—Mierda —susurró mientras avanzaba rápidamente hacia el ascensor.
En el aparcamiento el vehículo la esperaba como cada día. Clara abrió la puerta y se sentó en el asiento trasero.
—Buenos días, Martín.
El conductor la miró por el retrovisor, sorprendido, pero no dijo nada.
Esperó a que ella se pusiese en cinturón y arrancó mientras ella se acomodaba.
—¿Sabes? —empezó ella aún con voz temblorosa—, si pudieras hablar…
te pediría consejo. Estoy… confundida —dijo mientras salían del bloque de pisos y giraban por la calle en dirección a su puesto de trabajo.
Miró por la ventanilla—. Estoy bastante confundida —enfatizó—.
No sé si esto es normal… o si estoy haciendo el ridículo.
—Miró el retrovisor—. ¿Tú qué harías? —No hubo respuesta—.
Ya… claro… tú no hablas —resopló—. Perfecto, Clara, hablando sola otra vez.
—Se recostó y cerró los ojos unos segundos—.
Imagina que… te gusta alguien, pero no sabes si para esa persona es…
lo mismo. Y además esa persona es… complicada…
mucho. —Se puso firme y miró al frente—.
Y te da besos como si nada. —Se quedó en silencio y buscó la mirada del conductor en el retrovisor—.
¿Eso qué significa? —El conductor siguió con su tónica de no responder—.
Genial, me encanta tu punto de vista, Martín.
Poco después, el vehículo se detuvo frente al edificio y Clara abrió la puerta.
—Gracias por el viaje… —sonrió levemente—, Martín.
El conductor volvió a mirarla por el retrovisor, esta vez con más sorpresa, pero ella ya había salido y se dirigía hacia su trabajo con una sola idea en la cabeza: entender códigos era mucho más fácil que entender a Javier.
Clara cruzó las puertas del edificio, intentando adoptar una normalidad que no sentía, ajustándose la chaqueta, como si ese gesto pudiera ordenar también el caos que llevaba dentro y, mientras avanzaba por el vestíbulo y entraba en el ascensor, no pudo evitar repasar una y otra vez lo ocurrido esa mañana: el beso, su forma de mirarla, la naturalidad con la que él parecía moverse…
y lo completamente descolocada que la había dejado.
Cuando las puertas se abrieron en su planta, Laura ya estaba en su puesto de trabajo.
Nada más verla, levantó la cabeza.
—¡Buenos días!
Clara dejó el bolso sobre la mesa.
—Buenos días.
Laura la observó un segundo más de lo normal.
—¿Qué tal estás?
Clara encendió el ordenador.
—Bien.
—¿Seguro? —Laura entornó los ojos—. No te creo, ayer estabas rara… ¿hay algo que quieras contarme?
Clara sonrió.
—No —respondió, aunque Laura no parecía del todo convencida.
—Si necesitas desahogarte con algo…
—Sí, ya lo sé, gracias.
Antes de que la conversación pudiera ir más allá, la voz de su jefe la llamó desde su despacho.
—Clara, ¿puedes venir un momento?
Ella se giró.
—Sí, voy enseguida.
Se levantó y cruzó el espacio hasta el despacho antes de entrar.
—Pasa —le ofreció su jefe. Él estaba revisando unos documentos, pero levantó la vista en cuanto la vio—. Siéntate. —Clara obedeció—. Tenemos un nuevo cliente para ti. —Alargó un expediente hacia ella—. Vendrá la semana que viene.
Clara lo cogió.
—¿De qué se trata?
—Una empresa de logística internacional. —Inspiró hondo—. Quieren reforzar su sistema de seguridad.
Clara abrió el dosier.
—¿En qué nivel?
—Alto. —Extendió la mano hacia ella—. Han detectado intentos de intrusión en sus servidores.
Clara asintió lentamente.
—¿Qué necesitan exactamente?
—Un sistema de defensa a medida —explicó—. Detección temprana de accesos no autorizados, bloqueo automático y monitorización en tiempo real.
Clara pasó varias páginas.
—¿Tienen una arquitectura cerrada o híbrida?
—Híbrida —contestó su jefe.
—Vale.
Su mente empezó a funcionar al instante, ordenada y precisa.
Ahí sí se sentía cómoda, sí sabía exactamente qué hacer.
—Puedo diseñar un sistema de respuesta adaptativa.
—Eso quiero, que se adelante.
Clara asintió.
—Lo tendré listo. —Su jefe sonrió levemente. Ella cerró el expediente—. Gracias.
Se levantó y volvió a su mesa.
Laura se giró en cuanto la vio llegar.
—¿Qué quería?
Clara dejó los papeles sobre la mesa.
—Nada, un nuevo cliente.
—¿Importante?
—Bastante.
Laura silbó.
—Entonces estás oficialmente ocupada.
Clara sonrió.
—Pues como siempre —dijo encogiéndose de hombros.
Laura se inclinó hacia ella.
—Oye…
—¿Sí?
—¿Desayunamos juntas luego?
Clara dudó un segundo y luego asintió.
—Claro.
—¿Vamos en media hora?
Clara sonrió.
—Sí, perfecto.
Y, por primera vez desde que había salido del piso, Clara sintió que, al menos durante un rato, podía volver a su terreno, a lo que entendía y controlaba, aunque sabía que en cuanto volviera a casa todo volvería a complicarse.
El edificio no tenía nada que indicara qué ocurría dentro. Solo cristal oscuro, líneas limpias y dos hombres en la entrada que no vestían uniforme, pero cuya postura dejaba claro que no eran simples vigilantes.
Javier llegó vestido de civil, con pantalón oscuro, camisa sencilla y chaqueta ligera.
Se identificó en la puerta y accedió al bloque.
Los pasillos eran silenciosos, limpios y muy ordenados. No había ventanas ni referencias, pero él ya conocía extraordinariamente bien el lugar.
Se situó frente a la puerta y la abrió. Allí estaba el coronel Salazar, de pie, esperándolo.
—Teniente —lo saludó.
Javier cerró la puerta tras de sí.
—Mi coronel —dijo situándose frente a él y ejecutando un saludo militar, llevándose la mano a la frente.
Javier se mantuvo recto mientras el coronel lo observaba unos segundos, hasta que este asintió y le señaló la silla para que tomase asiento.
—Informe.
Javier no dudó.
—El activo está colaborando correctamente, con un alto rendimiento técnico, capacidad analítica destacable y adaptación rápida al entorno operativo.
Salazar entornó ligeramente los ojos.
—¿Control?
—Estable.
—¿Riesgo?
Javier mantuvo el tono.
—Gestionado, aunque necesita supervisión constante.
Salazar asintió levemente.