18 #2
Se detuvo un instante, muy cerca, mirándola, como si necesitara asegurarse, como si, incluso en medio de todo aquello, siguiera siendo importante comprobar que ella estaba bien.
—Clara… —murmuró, con la voz baja, más suave de lo habitual—, ¿todo bien?
Ella lo miró con los ojos brillantes y la respiración desordenada.
—Sí.
No hizo falta decir más. Javier se inclinó de nuevo y la besó despacio, con una calma que contrastaba con la intensidad que latía bajo la superficie y, cuando volvió a moverse, lo hizo con esa misma delicadeza que había marcado cada uno de sus gestos, cuidando el ritmo, observando cada reacción en su rostro y cada pequeño cambio en su respiración.
Clara se aferró a él con fuerza, situando sus manos en su espalda y en su cuello, como si necesitara anclarse a algo mientras la sensación crecía poco a poco, envolviéndola y haciéndole perder la noción del tiempo.
Javier no apartaba la mirada de ella y en su mente solo había una idea: ella estaba ahí con él… y eso le importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Sus manos la recorrían con cuidado, acompañando cada movimiento, cada respiración y cada pequeño gesto de ella. Clara cerró los ojos un instante, dejándose llevar completamente, sintiendo cómo el mundo se reducía a ese instante, a ese contacto y a él.
Gimió e inspiró con fuerza siguiendo el ritmo lento y profundo de él. Aquello no tenía sentido, no debería estar pasando. Él era quien debía vigilarla, ella debería mantener las distancias con él y, aun así, nunca se había sentido tan segura.
El ritmo cambió poco a poco, sin prisa ni brusquedad, solo creciendo de una forma natural, como si ambos se entendieran sin necesidad de hablar, hasta que Javier se detuvo de repente.
Clara abrió los ojos y lo miró.
—Espera… —Durante un segundo ella frunció el ceño, confundida, hasta que él se incorporó un poco en la cama, buscando algo con rapidez. Clara lo comprendió al momento.
—¿Tienes…? —preguntó ella sin acabar la pregunta, con la sorpresa reflejada en su rostro.
Javier esbozó una sonrisa pícara.
—Siempre. —Le sonrió alzando las cejas—. Soy un hombre previsor.
El tono tenía ese matiz suyo, serio, pero con un punto casi imperceptible de humor que hizo que Clara soltara una risa bajita, todavía con la respiración entrecortada.
—Desde luego…
Él no añadió nada más y se puso el preservativo. Luego volvió a acercarse, aunque aquella vez su porte era distinto, más seguro y decidido.
Entró en ella y el ritmo cambió volviéndose más intenso y firme.
Clara dejó escapar un sonido ahogado, aferrándose a él con más fuerza, con sus manos recorriendo su espalda y su cuello, perdiendo poco a poco cualquier intento de autocontrol mientras la sensación crecía, envolviéndola por completo… hasta que una idea le hizo abrir los ojos, asustada.
—Javier…
Él no se detuvo.
—¿Qué?
—Las cámaras…
La palabra salió casi en un susurro, cargada de preocupación.
Javier alzó la mirada hacia ella y su respuesta fue inmediata.
—No te preocupes por eso.
El tono no dejaba espacio a dudas. Clara le sostuvo la mirada un segundo más, buscando, necesitando creerle, hasta que finalmente asintió y se dejó llevar por completo, olvidando todo lo demás: el mundo, la misión, el peligro e incluso el miedo.
Solo quedaban ellos, el ritmo y el calor de sus cuerpos.
Al final, todo desembocó en un instante compartido de placer, en una respiración entrecortada, en ese momento en el que ambos se encontraron en el mismo punto, sin necesidad de palabras.
El placer los atravesó al unísono, provocando un ritmo frenético durante unos minutos donde ella perdió toda lógica en su cabeza y simplemente se dejó llevar hasta que él se detuvo y cayó levemente encima de su cuerpo.
Javier se quedó unos segundos sobre ella, sin moverse, intentando recuperar el control de su respiración.
Clara cerró los ojos, sintiendo cómo poco a poco todo volvía a su sitio.
Aún no era realmente consciente de lo que había ocurrido entre ellos y de las consecuencias que podía tener.
Javier abrió los ojos y apoyó su frente contra la de ella.
La besó suave, primero en la frente y después en los labios, mientras su mano se deslizaba hasta su mejilla, acariciándola con una ternura inesperada, como si aquel momento hubiera cambiado algo que ninguno de los dos había planeado ni esperado.
La primera vez que se vieron, ninguno imaginó que terminarían así. Pero ahora, mirándola tan cerca, tan real entre sus brazos, Javier supo con una claridad abrumadora que haría cualquier cosa por protegerla.
Javier permaneció en silencio unos segundos, observándola con la serenidad habitual de quien rara vez pierde el control.
Sus dedos seguían dibujando líneas suaves sobre la piel de Clara.
Javier rememoró lo que había pasado en el bar: el momento en que la vio entrar sola, ese segundo exacto en el que entendió que podía perderla.
Ahí fue donde algo cambió, Javier no era un hombre que se permitiera sentir demasiado en su trabajo o en su vida.
Siempre había sido disciplinado: control, lógica y la misión.
Pero con ella nada de eso funcionaba igual.
Desde aquella primera vez que la había visto en la discoteca, con esa forma suya de moverse entre la gente, despreocupada, brillante e imposible de ignorar, ya le había parecido preciosa, aunque no había querido admitirlo.
Pero no era solo eso, había algo más, algo que no había sabido definir entonces y que ahora entendía demasiado bien.
No era solo su forma de mirar, ni su inteligencia, ni esa manera suya de desafiarlo constantemente, era todo: la mezcla, el caos, la forma en que rompía cada una de sus normas sin siquiera intentarlo y cómo, sin darse cuenta, había entrado en su vida y en su cabeza hasta convertirse en alguien imprescindible.
Eso era peligroso, no por la misión, sino porque por primera vez en mucho tiempo le importaba alguien más que el objetivo.
Clara se había puesto en peligro en el bar y algo en él había reaccionado sin pensar, sin estrategia ni cálculo, solo por instinto de protección. Aquello no era lógico ni profesional en él, pero así había sucedido.
Bajó la mirada hacia ella, que respiraba tranquila ahora, y una certeza se asentó en su pecho con una claridad imposible de ignorar.
No era solo atracción o deseo. Se estaba enamorando.
Y eso era lo más peligroso de todo, porque nada de aquello estaba previsto, ni en la misión ni en su vida. Y, sin embargo, allí estaban, enredados en algo que ninguno de los dos había buscado, pero que de algún modo había terminado siendo inevitable.