16 #2
Esa sensación, ese peso… levantó apenas la vista y sí, sus ojos estaban sobre ella, observándola con atención, con demasiada atención.
El corazón casi se le salió del pecho, aunque Clara sonrió con naturalidad, como si simplemente hubiera cruzado mirada con un desconocido atractivo en un bar.
Siguió andando hasta llegar a una mesa vacía al fondo, donde se sentó con la espalda recta y las manos completamente firmes, pese al temblor que llevaba por dentro.
No volvió a respirar de verdad hasta varios segundos después.
Sacó el móvil y abrió la app espejo que había preparado. Esperó unos segundos y, entonces, la pantalla cargó datos.
Acceso concedido.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Te tengo… —susurró.
Comenzó a navegar rápido.
Mensajes, llamadas, contactos, correos, carpetas ocultas, archivos… todo aparecía ante ella en tiempo real mientras fingía revisar sus redes sociales, hasta que una sombra cayó sobre su mesa.
Clara levantó la vista de golpe.
—¿Está ocupado este sitio? —preguntó uno de los camareros.
El corazón casi se le salió del pecho del susto.
—No —respondió demasiado rápido—. No, no.
El hombre sonrió mientras separaba un poco la otra mesa para que una pareja pudiese sentarse.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió Clara forzando una sonrisa—. Perfecto.
Él se marchó, pero aquel instante de distracción fue suficiente, porque cuando Clara volvió a alzar la vista, el fantasma seguía mirándola. Y esta vez no desvió los ojos tan rápido.
La estaba estudiando y analizando, como si algo en ella no terminara de convencerle.
El pánico volvió de golpe y Clara bajó la vista mientras fingía escribir en el móvil.
Se llevó la copa a los labios, intentando aparentar normalidad, aunque por dentro solo pensaba una cosa: Javier va a matarme y, probablemente, con razón.
Clara mantuvo la vista fija en la pantalla del móvil mientras el pulso seguía disparado en su pecho, obligándose a respirar con calma, aunque por dentro estuviera al borde del colapso.
Cuanto más navegaba por los archivos del terminal del desconocido, más clara tenía una cosa: aquel hombre no era un simple intermediario, ni un matón, ni un contacto cualquiera.
Era alguien con un alto nivel de acceso, poder y seguridad…
y, si realmente traficaba con secretos de defensa e información clasificada, entonces probablemente sabía que alguien podía estar vigilándolo, espiándolo o incluso hackeándolo.
Su mirada bajó más deprisa por la pantalla y entonces se quedó helada.
Ahí estaba, una aplicación oculta, disfrazada bajo un nombre técnico anodino. Clara la reconoció al instante: un software de detección intrusiva y monitorización de accesos externos, una protección de terminal avanzada.
—Mierda… —susurró, y justo en ese instante el hombre miró su móvil, frunció el ceño y luego levantó lentamente la cabeza, mirando alrededor, escaneando el local.
Clara sintió cómo toda la sangre se le helaba.
—No, no, no…
Él lo había notado.
Quizá no sabía quién era, pero sabía que algo estaba pasando.
Sus dedos volaron sobre la pantalla y tecleó con rapidez brutal. Inyectó un pequeño conflicto en segundo plano, alterando procesos internos, forzando una saturación mínima de memoria y provocando un falso cierre de procesos.
La aplicación de seguridad saltó con un error y el hombre volvió a mirar el teléfono, aparentemente molesto. Frunció el ceño y reinició la pantalla.
Lo golpeó una vez con el dedo, como si pensara que era un fallo técnico.
Clara tragó saliva.
—Vamos…
El hombre siguió observando el dispositivo, pero su expresión no terminaba de relajarse.
No estaba convencido e hizo algo peor. Se levantó un poco de la silla, mirando alrededor, lentamente, como si quisiera localizar físicamente el origen de la interferencia.
Clara se quedó completamente quieta, sin respirar. Si aquel software era de proximidad, si tenía rastreo de señal, podía triangular de dónde venía.
Sus dedos se movieron aún más rápido y bloqueó el acceso.
Copió lo máximo posible: archivos, mensajes, agenda, llamadas… todo lo que pudo y, después, apagó el enlace de golpe.
Se terminó la copa de un solo trago, cogió el bolso y se levantó sin mirar atrás, caminando rápido directa hacia la salida, notando en la nuca la sensación de que la estaban mirando, de que ese hombre sabía más de lo que aparentaba.
Cruzó la puerta del bar y echó a correr nada más pisar la calle. Al doblar la esquina, encontró a Javier esperándola, tenso, como si llevara varios minutos conteniendo la respiración.
Clara inspiró hondo y fue directa hacia él, pero apenas llegó, él la agarró del brazo.
—Te juro que voy a encerrarte en casa durante una semana por esto.
Clara jadeó.
—¡Luego me castigas, corre!
Javier frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—¡Corre, corre! —susurró histérica—. ¡Creo que el dichoso fantasma sabe que soy yo!
La expresión de Javier cambió de inmediato y todo rastro de broma desapareció.
—¿Qué has hecho?
—¡Luego te lo explico! ¡Solo corre!
Ahí fue donde Javier vio de verdad su cara, lo asustada que estaba. El temblor en su voz era real. Sin pensarlo, pasó un brazo por encima de sus hombros, atrayéndola hacia él, mientras empezaba a caminar rápido con ella pegada a su cuerpo, alejándola del local con aparente naturalidad.
—Tranquila —murmuró junto a su oído, en voz baja—. Respira.
Clara tragó saliva.
—Eh… —la apretó un poco más contra él—. Estoy aquí. No va a pasarte nada.
Ella seguía mirando de vez en cuando hacia atrás, nerviosa.
—Creo que me estaba buscando… —susurró mientras avanzaban rápidamente.
—No te ha encontrado.
—Pero casi —dijo con la voz ahogada.
—Casi no cuenta. Mientras estés conmigo, no cuenta.
Clara lo miró a los ojos por primera vez en toda la noche y esas palabras la calmaron un poco.
Llegaron al vehículo sin detenerse. Javier la llevó pegada a su cuerpo durante todo el camino, avanzando deprisa, aunque sin perder el control, mientras revisaba cada esquina, cada sombra y cada vehículo aparcado, como si esperara que alguien apareciera de un momento a otro.
Javier abrió la puerta del copiloto de inmediato.
—Entra —ordenó.
Clara obedeció sin discutir y se sentó casi de golpe.
Él esperó a verla completamente dentro antes de cerrar la puerta con firmeza, rodeó el vehículo rápidamente para ocupar el asiento del conductor y, nada más cerrar su puerta, metió la llave, arrancó y salió de allí sin perder ni un segundo.
El motor rugió y el vehículo se incorporó a la avenida principal, alejándose del puerto.
Durante varios segundos ninguno habló, hasta que Javier la miró de reojo.
Clara seguía temblando. La respiración aún le iba acelerada, las manos descansaban rígidas sobre su regazo y mantenía la mandíbula tensa.
Sin pensarlo, Javier alargó una mano y la apoyó sobre su muslo desnudo, por encima de la piel que dejaba al descubierto la falda. La situó firme, pero suave, notando el calor de ella y la suavidad de su piel bajo sus dedos.
Clara giró la cabeza para mirarlo y, aunque aún estaba nerviosa, intentó bromear.
—No me gusta nada esta situación, tendrías que haber escogido a otra persona.
Javier no apartó la mano.
—¿En qué demonios estabas pensando? Te dije que no lo hicieras.
Clara tragó saliva.
—Solo quería ayudar.
—No. —La miró.
—Si no entraba, no teníamos acceso. Lo necesitábamos.
Javier soltó aire lentamente por la nariz y negó con la cabeza.
—No se consigue información comprometiendo el operativo —inspiró y la miró un segundo—, y mucho menos poniendo en peligro a un miembro del equipo.
Clara tragó saliva otra vez.
La realidad de aquella frase la golpeó más de lo esperado. No era enfado lo que había en su voz ahora, sino preocupación. Y mucha.
Javier la miró de nuevo al notar que seguía temblando, más de lo que quería admitir.
—¿Necesitas que pare? —preguntó, con voz más suave.
Ella negó enseguida.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí.
Javier apretó la mano sobre su pierna.
—Entonces, escucha bien. —Clara lo miró y él sostuvo su mirada—. No vuelvas a desobedecerme en algo así. Jamás.
Clara no respondió, solo apretó ligeramente los labios y giró la cabeza para mirar por la ventanilla.
Sabía que tenía razón y, en parte, se sentía avergonzada, como si fuese una niña pequeña a la que acababan de regañar. Por otro lado, solo podía pensar en el calor de su mano sobre su piel, en cómo eso tampoco ayudaba a calmar su respiración.
—He conseguido información.
Javier giró la cabeza.
—¿Qué?
—Copié parte de los archivos, los que pude.
Javier asintió levemente, porque ella seguía respirando demasiado rápido y estaba muy rígida. Si no se calmaba, acabaría sufriendo un ataque de ansiedad.
—Bien —pronunció, observándola de nuevo con un tono que se suavizó completamente—. Clara. —Ella no respondió—. Eh… respira.
Ella tragó saliva.
—Estoy bien.
—No, no lo estás. —Javier apartó por fin la mano de su pierna para sujetar el volante con ambas manos, pero siguió mirándola de reojo—. Cálmate, ya ha pasado. Hablamos y lo revisamos en casa, ¿vale?
Clara cerró los ojos un segundo y asintió. Aunque intentó tranquilizarse, ambos sabían que aquella noche el peligro había estado demasiado cerca.