Conexión peligrosa 16
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Héctor Salgado se levantó de pronto de la mesa.

El movimiento fue rápido, automático, y casi militar.

Enderezó la espalda, alzó una mano en gesto de saludo y dio un paso hacia delante, hacia alguien que acababa de entrar en el local, oculto aún unos segundos por el movimiento de la gente que cruzaba delante de las cristaleras.

Javier reaccionó al instante, soltó a Clara y cogió de nuevo los prismáticos.

—Ayyy —reaccionó ella al caer de golpe de nuevo sobre su asiento.

La expresión de Javier cambió de golpe. Toda ligera tensión juguetona desapareció mientras se inclinaba hacia delante con la concentración de quien sabe que está a punto de ver algo importante.

—Está ahí… —murmuró.

Clara se incorporó de inmediato.

—¿Quién es?

Javier no respondió. Sus ojos seguían clavados en la figura que avanzaba por el interior del bar hasta detenerse frente a Héctor.

Era un hombre de unos cincuenta años, quizá algunos más, alto, elegantemente vestido con un abrigo oscuro perfectamente cortado sobre un traje impecable, el cabello entrecano cuidadosamente peinado hacia atrás, mandíbula firme, rostro afilado y sereno, con ese porte natural de alguien acostumbrado a que todos a su alrededor se aparten cuando entra en una habitación.

Su expresión era tranquila, pero fría, y había en él una presencia difícil de explicar, una autoridad silenciosa que imponía incluso a distancia.

Javier frunció el ceño.

—¿Quién demonios es ese?

Lo dijo en un susurro para sí mismo.

Clara giró la cabeza hacia él.

—¿Lo conoces?

Javier negó lentamente.

—No, nunca lo he visto.

Clara extendió la mano.

—Déjame mirar. —Javier le pasó los prismáticos y ella observó—. Vale… ese hombre tiene pinta de ser importante.

—Sí.

Ambos guardaron silencio mientras observaban cómo el recién llegado estrechaba la mano de Héctor con calma antes de sentarse frente a él.

Javier miró rápidamente hacia el portátil.

—¿Puedes activar el micro?

Clara reaccionó de inmediato.

—Sí. —Cogió el portátil, lo abrió y sus dedos empezaron a moverse rápidos sobre el teclado—. Si Héctor sigue con el mismo acceso, lo tenemos.

Tecleó y abrió el canal. Esperaron unos segundos y, entonces, la voz empezó a escucharse por el pequeño auricular conectado al sistema.

Ambos se quedaron completamente quietos, escuchando con el ruido de ambiente del bar sonando de fondo: los cubiertos, cristales y conversaciones lejanas. Pero una voz grave, desconocida y controlada, sobresalía por encima de todo.

—¿Ha habido problemas? —preguntó la voz de Héctor.

—No, la zona parece limpia. —Hubo un breve silencio—. Bien, ¿y el paquete?

Héctor respondió.

—Ya está preparado, listo para el siguiente traslado.

Javier y Clara intercambiaron una mirada.

—Lo estoy grabando —susurró Clara.

Javier asintió sin apartar la vista del bar.

—¿Y la nueva ruta? —preguntó la voz grave.

Héctor bajó aún más el tono.

—Ya está confirmada con el cambio de punto habitual.

La voz grave habló otra vez.

—No puede haber fallos.

—No los habrá —contestó Héctor—. El siguiente intercambio será definitivo.

Javier apretó la mandíbula. Clara seguía grabando casi sin respirar.

—¿Y la mercancía? —preguntó Héctor.

El otro hombre tardó apenas un segundo en responder.

—En tránsito. La tendremos en tres días.

Javier giró la cabeza hacia Clara muy despacio. Ella lo miró igual. Tres días, algo iba a pasar en tres días. Algo grande.

La voz grave habló de nuevo.

—Mantente atento y, si detectas cualquier anomalía —hubo una breve pausa—, elimínala.

Aquella palabra heló el ambiente dentro del vehículo.

En ese momento escucharon a un camarero que se acercaba para tomar nota.

—Ese hombre no es un intermediario —pronunció Clara—, ese hombre manda. Necesitamos saber quién es.

El audio seguía llegando con claridad a través del portátil abierto entre ambos.

El pequeño indicador luminoso parpadeaba cada vez que el micrófono captaba sonido desde el interior del bar, y al otro lado de la transmisión se escuchaba el tintinear de vasos, una camarera preguntando qué deseaban tomar y el ruido de dos copas siendo depositadas sobre la mesa.

Clara no apartaba la vista de la pantalla.

—Necesito saber quién es —murmuró de nuevo, como si fuese algo que la consumía por dentro.

Javier seguía observando con los prismáticos.

—No.

—Necesito acceder a su teléfono —insistió.

—No.

Clara giró la cabeza hacia él.

—Javier, si consigo entrar…

—He dicho que no.

Su tono fue más firme esta vez, más seco.

Clara frunció el ceño y resopló.

—Es nuestra oportunidad.

—Y también es una estupidez. No sabemos si están vigilando la zona, si tienen más gente, ni quién está mirando. Una persona así nunca va sola.

Clara apretó la mandíbula.

—Pero…

—No podemos arriesgarnos —la cortó.

Ella resopló y se dejó caer contra el asiento, sin dejar de mirar el bar. Dentro, Héctor y el desconocido seguían hablando.

Las voces llegaban intermitentes.

—El envío saldrá según lo previsto, sin interferencias. El acceso debe permanecer limpio.

Clara tragó saliva, nerviosa. Aquel desconocido estaba delante de ellos, tan cerca… y se les iba a escapar.

La voz grave del desconocido sonó de nuevo.

—Quiero confirmación visual antes de proceder.

Héctor respondió.

—La tendrá.

Javier seguía en silencio, pensando, midiendo y calculando, pero Clara ya no pensaba. Estaba demasiado frustrada.

—A la mierda —susurró ella con un movimiento acelerado.

Javier giró la cabeza.

—¿Qué?

Pero ya era tarde. Clara cogió el bolso, abrió la puerta y salió.

—¡Clara! —Javier reaccionó de golpe, lanzando la mano para agarrarla del brazo, pero ella se escurrió antes de que pudiera sujetarla—. ¡Vuelve aquí ahora mismo! —Ella ni se giró y siguió caminando directa hacia el bar—. ¡Clara! —exclamó en voz alta—. ¡Te estoy dando una orden!

Ella levantó una mano en el aire sin mirar atrás, ignorándolo por completo.

Javier apretó la mandíbula con tanta fuerza que casi dolía.

—Cuando lleguemos a casa vas a aprender por qué no se ignora una orden directa, aunque tenga que sancionarte personalmente —rugió.

Clara no parecía escuchar sus palabras, las ignoraba totalmente, aunque no lo hizo con aquella última frase y se giró un momento para responderle por encima del hombro.

—¿Va a ponerme a hacer flexiones, mi teniente?

Javier se quedó un segundo completamente inmóvil, mirándola con incredulidad.

—Juro por Dios que esta mujer va a acabar conmigo… —Ella seguía andando con determinación hacia el maldito bar, hacia la boca del lobo—. ¡Joder! —rugió Javier.

Metió la mano en la guantera y sacó un arma.

Comprobó el cargador por puro reflejo y la colocó en la parte baja de su espalda, cubriéndola con la chaqueta mientras volvía a mirar una vez más el portátil, donde seguían escuchándose fragmentos de la conversación.

Ya no podía ni concentrarse. Clara estaba entrando allí dentro sola, con dos posibles criminales de alto nivel, sin apoyo, sin cobertura y sin pensar en sus actos.

Negó con la cabeza.

—Maldita loca… —masculló.

Aunque la forma en que lo dijo no sonó a puro enfado, sino más bien a preocupación y a un cariño desesperado, como el de alguien que sabía perfectamente que aquella mujer acabaría volviéndolo completamente loco.

Cerró el vehículo con el mando y salió de inmediato, avanzando rápido hacia el local mientras no apartaba la vista de Clara ni un segundo, preparado para entrar detrás de ella si algo salía mal.

En cuanto cruzó la puerta del bar, el ruido la golpeó de lleno.

Música baja, conversaciones superpuestas, el sonido de vasos chocando, risas, camareros moviéndose deprisa entre las mesas y el murmullo constante de decenas de personas ocupando prácticamente todo el local.

Clara inspiró hondo una sola vez, obligándose a parecer tranquila, aunque el corazón le latía tan fuerte que sentía el pulso en la garganta.

No podía permitirse dudar, no ahora, ni pensar en el hecho de que Javier probablemente estaba fuera maldiciéndola en siete idiomas distintos.

Se acomodó el bolso en el hombro y avanzó con paso firme y natural, como si solo fuera otra chica entrando a tomar algo por la noche.

Mientras caminaba hacia la barra, localizó la mesa. Héctor seguía parcialmente de espaldas hacia ella y, frente a él, aquel hombre, el fantasma.

De cerca imponía todavía más.

La edad se le notaba mejor ahora, probablemente alrededor de cincuenta y cinco años: rostro maduro marcado por finas líneas de expresión, mandíbula marcada, cabello canoso en las sienes y el porte de alguien acostumbrado a mandar sin elevar la voz.

De hecho, hasta sentado transmitía una autoridad difícil de ignorar.

Clara se obligó a apartar la mirada, no podía quedarse observándolo.

Llegó a la barra y se apoyó en ella.

—Un gin tonic, por favor —pidió con naturalidad.

La camarera asintió.

Mientras esperaba, Clara abrió el bolso discretamente y metió la mano dentro. Sus dedos localizaron el pequeño dispositivo de proximidad y lo activó sin sacarlo del todo.

Una diminuta luz verde se encendió en él. Perfecto, ahora solo necesitaba acercarse lo suficiente sin parecer sospechosa.

Cogió la copa cuando se la sirvieron, pagó y giró lentamente, observando el local como si buscara sitio.

Su mente iba demasiado deprisa, calculando trayectorias, ángulos y distancias. La mejor opción era pasar junto a ellos hacia la zona del fondo, fingiendo buscar mesa. Una vez cerca, el dispositivo haría el resto.

Respiró hondo y empezó a caminar con paso lento y natural, intentando no mirar directamente.

A medida que se acercaba, su corazón iba tan deprisa que pensó que iba a delatarla. Se acercó lo suficiente, hasta sentir el dispositivo vibrar ligeramente dentro del bolso.

Había conexión.

Clara siguió andando sin detenerse, pero justo cuando estaba pasando junto a su mesa, la voz grave del fantasma se cortó y Clara sintió algo helado recorrerle la espalda.

¿La estaba mirando? Lo notó antes incluso de girarse.