Conexión peligrosa 15
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Los dos se incorporaron en sus asientos en cuanto Héctor Salgado cruzó la puerta del bar. La conversación anterior desapareció al instante, como si nunca hubiera existido, sustituida por esa tensión eléctrica que siempre llegaba cuando el trabajo comenzaba de verdad.

Javier ajustó mejor los prismáticos.

—Lo veo.

Clara se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Dónde?

—En la mesa del fondo, junto a la cristalera izquierda.

Ella buscó con la mirada y lo encontró.

Héctor avanzaba con esa seguridad propia de alguien acostumbrado a vigilar más que a ser vigilado. Alto, ancho de hombros, pelo corto, gesto duro, con esa postura militar que ni los años fuera del servicio parecían haberle quitado.

Se sentó solo en una de las mesas apartadas con visión de la entrada, de la barra y de prácticamente todo el local.

Clara entornó los ojos.

—Qué poco disimula.

—Los hombres como él nunca dejan de pensar tácticamente.

Ella giró la cabeza.

—¿De qué lo conoces exactamente?

Javier bajó un momento los prismáticos.

—Coincidimos en formación.

—¿En la academia?

—No, más adelante. —Su tono se tornó más serio—. En un curso avanzado de operaciones especiales conjuntas.

Clara enarcó una ceja.

—Eso suena peligrosísimo.

Javier volvió a mirar al frente.

—Lo era.

—¿Y él era bueno?

—Sí, muy bueno —admitió—, aunque demasiado impulsivo.

Clara lo miró.

—¿Y eso en el ámbito militar no se valora?

—Solo si sobrevives.

Ella lo miró bastante seria y volvió a desviar la mirada hacia el bar.

—Entiendo.

Héctor sacó el móvil y tecleó algo rápidamente antes de alzar la vista y recorrer el lugar con la mirada.

Javier lo observó unos segundos y se giró hacia Clara.

—¿Puedes entrar en ese móvil desde aquí?

Ella siguió la dirección de su mirada y pensó un segundo.

—Si mantiene el mismo acceso que implanté en la gala, sí.

Javier la miró.

—¿Desde el vehículo?

Clara ya estaba cogiendo el portátil de la bolsa.

—Con suficiente señal y sin que haya reiniciado el terminal desde entonces… —sonrió ligeramente—, podré, si no, no.

Javier observó cómo abría el ordenador sobre sus piernas, conectando el pequeño receptor y tecleando con rapidez mientras múltiples ventanas se abrían en pantalla.

—Dame diez segundos —susurró, concentrada, mientras comenzaba a teclear.

Javier la miró sorprendido.

—Alucino contigo —susurró mirando de nuevo a Héctor a través de los prismáticos.

—Dentro.

Javier alzó una ceja.

—¿Ya? ¿Tan fácil?

Clara sonrió con orgullo.

—Para mí sí.

Giró un poco la pantalla hacia él.

—Estoy viendo actividad en tiempo real. Mensajes, correo, aplicaciones…

Javier se inclinó.

—¿Qué está haciendo?

Clara leyó rápido.

—Nada importante, está respondiendo a alguien. —Se quedó quieta y frunció el ceño—. Espera.

Javier se tensó.

—¿Qué?

Clara entornó los ojos leyendo la pantalla.

—Le ha enviado un mensaje a alguien.

Javier se reclinó sobre la pantalla.

—¿Qué dice?

Clara leyó en voz baja.

—“Todo limpio” —comentó ella, pensativa.

Ambos se miraron y Javier se incorporó ligeramente.

—El fantasma está cerca.

Clara asintió.

—Muy cerca, y no sabe que estamos aquí.

—De eso se trata —susurró Javier.

Otro mensaje apareció en la pantalla y Clara tragó saliva.

—“Asegúrate de que no te han seguido”.

Se hizo el silencio dentro del vehículo y todo se tensó.

Javier bajó lentamente los prismáticos.

—Mierda.

Clara lo miró.

—¿Qué?

Él volvió la vista al local.

—Eso significa que el fantasma sabe protegerse… mucho.

Clara tragó saliva y, sin querer, sintió cómo la adrenalina le subía por el pecho. De repente, aquello ya no era solo observar una reunión; era algo más serio. Mucho más.

Javier volvió a coger los prismáticos y avisó a Clara.

—Atenta, esto acaba de complicarse —dijo con voz firme.

Javier seguía observando por los prismáticos, pero su postura había cambiado por completo: más rígida, más alerta y con cada músculo de su cuerpo entrando en ese estado de tensión fría que Clara ya empezaba a reconocer como su modo operativo real.

—Si le está diciendo que se asegure de que no lo han seguido… —murmuró él—, es porque el fantasma espera vigilancia. Y eso significa que probablemente hará un barrido de la zona antes de entrar.

Clara se giró hacia él.

—¿Un barrido?

—Mirará alrededor, buscará vehículos sospechosos, rostros repetidos, conductas extrañas. —Inspiró hondo—. Y nosotros no sabemos quién es.

Clara tragó saliva y, por primera vez en toda la noche, el nerviosismo consiguió abrirse paso. Miró alrededor por la ventanilla de forma instintiva.

—Bueno, podemos parecer una pareja o algo así, ¿no? —Javier la miró fijamente y ella hizo un gesto vago con la mano—. O amigos —se encogió de hombros—, solo dos personas hablando en un vehículo… eso pasa.

Javier la observó un segundo y luego chasqueó ligeramente la lengua.

—¿Puedes ver con qué número está hablando?

Clara bajó la vista rápidamente al portátil.

—Sí.

Tecleó unos segundos y abrió otra ventana repleta de líneas de código y datos antes de señalar la pantalla.

—Aquí, en el terminal externo.

Javier se inclinó.

—¿Puedes entrar?

Clara se quedó quieta un segundo, en silencio, y luego frunció el ceño.

—No.

Javier la miró de inmediato.

—¿Por qué?

Ella tecleó más rápido y su expresión denotó entonces más concentración.

—Porque no está usando una línea normal. Mira esto… —le señaló y giró el portátil hacia él, aunque sabía que no entendería nada—. Está enmascarado, es decir, redirigido, y el terminal rebota entre varios nodos antes de salir.

Javier entornó los ojos.

—Háblame en cristiano.

Clara suspiró.

—Vale… que… que tiene protección, buena… no, muy buena protección. —Apretó los labios—. Está usando un sistema de encriptación de salto.

Javier frunció el ceño.

—¿Y eso qué significa?

—Que sabe lo que hace… y mucho.

Javier la miró fijamente.

—¿Seguro que no puedes entrar?

Clara negó.

—¡Que no! —respondió nerviosa—. Necesitaría proximidad real o acceso directo al terminal.

Javier apretó la mandíbula.

—Mierda.

Clara asintió lentamente.

—Sí, mierda —repitió ella—. Este tipo no es idiota.

Javier volvió a mirar al bar, pensando rápido y calculando.

—Entonces, la única forma de identificarlo…

Clara terminó la frase.

—Es verlo de cerca.

Ambos se quedaron quietos mirando el local.

La gente seguía entrando, saliendo, riéndose y bebiendo, sin imaginar nada de lo que acontecía en aquel lugar.

Javier miró alrededor. Varias personas paseaban por allí… y uno de aquellos hombres era lo suficientemente listo como para esconderse mejor que todos los demás.

Clara habló en voz baja.

—Tendremos que acercarnos más.

Javier giró lentamente la cabeza hacia ella.

—No.

Clara lo miró.

—Javier…

—No.

—Si quiero acceso…

—He dicho que no.

Clara apretó la mandíbula.

—Pues entonces solo podremos mirar —se quejó ella.

Javier sostuvo su mirada.

—De momento.

Y, justo en ese instante, su cuerpo se tensó de golpe. Levantó los prismáticos otra vez, más rápido y más alerta.

—Quieta.

Clara se quedó helada.

—¿Qué pasa?

La voz de Javier fue casi un susurro.

—Creo que alguien está mirando hacia aquí. —El corazón de Clara se disparó instintivamente—. Guarda el ordenador y todos tus cachivaches donde no se vean —susurró bajando los prismáticos poco a poco e intentando adoptar una postura más formal.

—No son cachivaches —se quejó ella cerrando el ordenador y provocando que el interior del vehículo se quedase más oscuro al cerrar la tapa.

Javier no apartó la vista del retrovisor.

Su mandíbula estaba tensa y los ojos atentos, moviéndose de un lado a otro mientras analizaba cada figura que pasaba junto al vehículo, cada sombra, cada persona que cruzaba la calle frente al bar o salía del local con una copa en la mano.

En su cabeza todo iba demasiado rápido. Aquel era precisamente el problema, no sabían quién era.

No tenían rostro ni descripción. No tenían absolutamente nada.

Cualquiera de los hombres que caminaban por aquella acera podía ser el fantasma.

Cualquiera. Y si Héctor Salgado estaba esperando a alguien importante, a alguien a quien claramente respetaba lo suficiente como para obedecer y cubrirse, entonces ese hombre no sería un aficionado.

Peor aún, Héctor podía reconocerlo a él. Habían coincidido años atrás y entrenado juntos. Se conocían. Y si el fantasma tenía relación previa con entornos militares, inteligencia o seguridad privada… ¿quién decía que él no pudiera reconocer también a Javier?

—Mierda —susurró Javier ante aquel pensamiento.

Aquello acababa de ponerse mucho peor.

—¿Qué hacemos? —preguntó Clara en voz baja.

Javier no apartó la mirada.

—Disimula.

—¿Cómo que disimule?

—Disimula —insistió él.

Y antes de que pudiera preguntar nada más, Javier se giró hacia ella, colocándose ligeramente de lado, dándole la espalda a la ventanilla mientras un hombre pasaba justo junto al vehículo. Javier se echó un poco sobre ella y Clara abrió los ojos como platos.

—¡Madre mía! Estás muy cerca —dijo colocando las manos en su pecho, intentando apartarlo.

Javier ni la miró, seguía vigilando por el retrovisor del copiloto.

—No te pongas nerviosa —bromeó sin mirarla.

Clara lo miró.

—Estoy un poco asustada, te lo digo con cariño.

Y entonces él la miró por fin, con total seriedad.

—No te preocupes. Estás con el barquito de guerra, recuerda.

Clara lo miró y negó con la cabeza.

Javier no se movía ni un solo centímetro. Seguro que desde fuera parecía que se estuviesen besando.

Javier volvió a mirar por encima de su hombro hacia el bar, luego al retrovisor y luego otra vez hacia la calle.

Una pareja pasó junto al vehículo y luego dos hombres.

—Joder… —murmuró.

Clara tragó saliva.

—¿Qué?

—Demasiada gente, no me gusta. —Otro hombre pasó demasiado cerca y Javier maldijo por lo bajini—. Mierda.

Clara empezó a tensarse.

—No me gusta cuando dices palabrotas, significa que pasa algo malo.

—En eso tienes toda la razón —ironizó.

Ella tragó saliva otra vez.

—Perfecto, genial, maravilloso —protestó ella golpeando levemente el pecho de él, en parte por su proximidad y en parte por los nervios.

Javier volvió a mirar por el retrovisor e intentó parar los golpes.

—Estate quieta —ordenó.

—No, es mi forma de desahogarme —dijo apretando los dientes.

Él resopló.

—Ven aquí.

Clara parpadeó.

—¿Qué?

—Que pares de golpearme y vengas. Que te acerques…

—¿Para qué? —preguntó ella, escandalizada.

—Para disimular —contestó mirándola a los ojos, como si fuese obvio.

Antes de que pudiera protestar, Javier la atrajo suavemente hacia él, rodeándole los hombros, acercándola a su pecho como si simplemente fueran dos personas en un vehículo hablando demasiado cerca.

Clara se quedó completamente rígida.

—¡Javier!

—Relájate, que no muerdo —protestó, molesto por su nerviosismo.

—¡Lo estoy intentando!

Podía notar su calor, su brazo alrededor, su colonia, su respiración. Y eso no ayudaba nada.

Javier seguía mirando por encima de ella discretamente, vigilando, como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Sonríe.

Clara lo miró.

—¿Perdona?

—Una pareja no parece aterrada. —Ella sonrió, pero de la forma más falsa posible—. Así pareces una psicópata —se burló mirando por la ventanilla trasera.

Clara resopló.

—No sirvo para espía.

—Ya lo estoy viendo. —Ella seguía completamente tiesa entre sus brazos—. ¿Puedes no estar tan rígida?

—¿Puedes no abrazarme como si esto fuera normal?

—Es por la misión.

Clara lo miró.

—Ya, claro… la misión.

Javier bajó la mirada hacia ella y, durante un segundo, los dos se quedaron quietos, demasiado cerca, hasta que Javier rompió el momento mirando otra vez al frente.

—Vaaale… —dijo como si intentase calmarla mientras Clara soltaba aire lentamente—. Respira…

—Perfecto, creo que he dejado de respirar durante treinta segundos.

Javier sonrió.

—Muy profesional por tu parte.

Clara negó.

—De verdad, nací para otras cosas.

—Desde luego. —Ella lo miró y enarcó una ceja y, justo entonces, Javier volvió a tensarse mirando al frente—. Creo que está ahí.

Clara se incorporó de golpe, aunque Javier no la soltó del todo.

—¿Qué?

Javier señaló discretamente hacia el bar.

—Héctor se ha levantado para saludar. Alguien acaba de entrar.

Ambos miraron hacia el interior y, entonces, la noche dejó de ser divertida.