14
El reloj marcaba casi la hora de salida cuando Clara cerró por fin una de las ventanas del ordenador, estirándose ligeramente en la silla mientras repasaba por última vez lo que tenía delante. Su jefe pasó por detrás en ese momento y se detuvo un segundo.
—Buen trabajo, Clara.
Ella levantó la vista.
—Gracias.
—Ese informe era complicado.
—Ya… —respondió con una sonrisa—, pero salió.
Él asintió satisfecho y siguió su camino.
Clara empezó a recoger sus cosas, guardando el portátil, organizando papeles y, en ese momento, Laura apareció apoyándose en el borde de la mesa, con esa naturalidad suya.
—¿Qué tal todo?
Clara alzó la mirada.
—Bien.
—¿Seguro?
—Sí —respondió risueña—. Todo bien.
Laura la observó un segundo más.
—Te noto rara desde hace días.
Clara se encogió de hombros.
—Estoy cansada, solo es eso.
—Eso sí me lo creo. —Las dos sonrieron—. ¿Te vienes luego a tomar algo? —preguntó Laura.
Clara dudó un segundo.
—No puedo.
—¿Otra vez?
—Sí.
Laura suspiró.
—Algún día te secuestraré.
Clara rio.
—Avísame antes.
—No tiene gracia si te aviso —respondió su amiga.
Clara cerró la mochila.
—Otro día, ¿vale?
—Te lo voy a recordar.
—Hazlo.
Se dirigieron juntas al ascensor mientras mantenían una conversación ligera, cotidiana, como si todo fuera normal y, cuando las puertas se abrieron en la planta baja, Alfonso ya estaba allí, apoyado contra la pared, sonriendo al verlas.
—Buenas.
—Hola —respondió Laura, acercándose a él.
Clara saludó con un gesto.
—¿Nos tomamos algo? —propuso Alfonso—. Está haciendo buena tarde.
Laura la miró.
—Venga, vente —insistió.
Clara negó suavemente.
—No puedo, de verdad, pero os lo agradezco. —De reojo, vio el mismo vehículo negro de siempre en la esquina, esperando—. Otro día —añadió.
—Vale… —respondió Laura—, descansa.
Clara sonrió y se despidió de ambos. Esperó a que se alejaran, doblaran la esquina y desaparecieran y, solo entonces, se dirigió hacia el vehículo con paso tranquilo pero decidido y abrió la puerta trasera.
—Buenas tardes, Ramón —canturreó cuando echó la vista hacia delante. No era Ramón.
Clara parpadeó—. ¿Javier?
Él estaba al volante y la miró un segundo.
—Siéntate delante, por favor.
Clara fue a la puerta del copiloto y subió.
—¿Qué haces tú conduciendo?
Javier arrancó.
—Hoy no nos acompaña Martín.
—¿Martín?
—El conductor. No participa en la misión.
Clara se acomodó en el asiento.
—Vaya, así que Martín… —rio—, bien… ya verás qué cara pone cuando lo salude el próximo día por su nombre.
Javier decidió no comentar nada al respecto.
El vehículo se incorporó al tráfico de Barcelona, avanzando entre calles ya cargadas de coches, motocicletas, semáforos, peatones y ruido urbano que contrastaba con el silencio controlado dentro del vehículo.
—¿Has traído todo lo que te pedí? —preguntó Clara.
Javier señaló con la barbilla hacia la parte trasera.
—Está todo en la bolsa de atrás.
Clara se giró ligeramente y la vio.
—Perfecto.
Javier la miró de reojo de arriba abajo. Llevaba una bonita falda negra por las rodillas y una camisa blanca. Sobre la camisa llevaba una chaqueta negra a conjunto con la falda. El abrigo negro lo había dejado en un lado.
Inspiró hondo y miró hacia delante.
—Vas muy guapa.
Clara se quedó quieta y giró la cabeza hacia él.
—Gra… gracias… —respondió cohibida.
Javier apartó la mirada volviendo su atención a la carretera, repitiéndose mentalmente que no debía fijarse en ella. Sin embargo, lo hacía. Y eso empezaba a ser un problema.
El tráfico se ralentizó con la caravana de aquella hora y Clara miró al frente.
—¿Llegaremos a tiempo?
—Sí.
—¿Seguro que a las nueve estaremos en el puerto? —preguntó, incrédula.
—Sí. —Javier miró por el retrovisor—. Quedan casi dos horas. Llegaremos de sobra.
Clara asintió y se recostó ligeramente en el asiento, mirando por la ventanilla. Javier volvió a mirarla de reojo.
Clara seguía absorta, observando a través del cristal cómo la ciudad avanzaba lenta entre el tráfico, hasta que la voz de Javier rompió el silencio.
—¿Cómo te ha ido el día?
Ella giró la cabeza.
—Bien, como siempre —dijo, sin darle importancia. Javier no apartó la vista de la carretera—. He trabajado, he fingido que todo es normal, he hecho un informe que no me importa lo más mínimo y he evitado que mi compañera me arrastre a tomar algo. Lo habitual —se encogió de hombros.
Javier asintió.
—Sin incidencias, entonces.
—Sin incidencias —repitió ella.
El vehículo avanzó unos metros más y Javier inspiró hondo, como si se concentrase.
—De acuerdo —dijo él—, vamos a recapitular. —Clara lo miró—. Hazme un resumen de lo que tenemos hoy.
Clara enarcó una ceja.
—¿Quieres un informe?
Javier no dudó.
—Sí.
Clara sonrió.
—Muy bien, teniente. —Se acomodó en el asiento, cruzándose ligeramente de brazos, con ese aire teatral que ya empezaba a ser habitual en ella—.
Tenemos una reunión en el puerto —empezó—, en un punto que ya he triangulado a partir de los patrones de los últimos encuentros.
Sabemos que el exmilitar estará allí y probablemente el fantasma. —
Clara miró al frente—. El sitio es un bar. Se llama El Muelle 17 .
Javier frunció ligeramente el ceño.
—No me suena.
—Porque no es llamativo. Está en una de las calles secundarias del puerto, cerca de los amarres industriales.
—Se inclinó un poco hacia él—. Es grande y con mucho movimiento, con gente entrando y saliendo constantemente y, lo más importante, tiene ventanales enormes —sonrió y Javier la miró de reojo—.
Podremos observar desde fuera sin llamar la atención y decidir cuándo movernos.
Javier asintió.
—Bien.
Clara continuó.
—El plan inicial es observar e identificar al exmilitar y al posible contacto.
Javier añadió.
—Confirmación visual.
Clara asintió.
—Y si el fantasma aparece, entonces entramos en juego.
Javier la miró.
—¿Entramos?
Clara sonrió ligeramente.
—Yo entro —se señaló a sí misma—, y tú vigilas —lo señaló a él. Javier no respondió, pero su expresión decía sin lugar a dudas que aquello no le convencía del todo—. Y aquí entra la bolsa. —Se giró ligeramente hacia atrás, señalándola—. Te he pedido tres cosas clave.
Javier la miró.
—Adelante.
Clara enumeró con los dedos.
—Primero, el dispositivo de proximidad que servirá para engancharme al móvil objetivo sin necesidad de tocarlo directamente. Solo necesito estar cerca.
Javier la miró de reojo.
—Implica un riesgo añadido.
—Y controlado —respondió ella—. Segundo, micro receptor. Si consigo acceso, puedo escuchar en tiempo real o al menos captar fragmentos. Y tercero, el módulo de extracción rápida. —Sonrió—. Por si tengo menos de un minuto.
Javier la observó.
—¿Y lo tendrás?
Clara se encogió de hombros.
—Depende de lo bueno que seas vigilando.
Javier enarcó una ceja.
—Siempre lo soy.
Clara sonrió.
—Eso espero.
—Pero no he dicho que vayas a entrar…
—Ya, bueno, ya veremos cómo avanza la noche —acabó ella mirando por la ventanilla, luego se giró y le sonrió—. ¿Lo he hecho bien? —le sonrió abiertamente. Javier le devolvió la sonrisa.
—Muy bien para ser tu primer informe —la felicitó.
—Genial, díselo a tu jefe —lo señaló con el dedo.
El vehículo avanzó un poco más entre el tráfico mientras las luces de la ciudad empezaban a encenderse.
Poco a poco se iban acercando al puerto. Los recuerdos volvieron a la mente de Clara: aquel mensaje que no podía quitarse de la cabeza, un mensaje que había sido enviado desde el mismo Puerto Marítimo que ahora iban a visitar.
Tragó saliva e inspiró hondo, intentando controlar su pulso y mantener la mente fría. No era momento para sentimentalismos.
La noche había terminado de caer sobre el puerto cuando el vehículo quedó estacionado a unos metros del bar, lo bastante lejos para no llamar la atención y lo bastante cerca para mantener una buena visión de la entrada y observar cómo, a través de unos grandes ventanales, el bar estaba cada vez más lleno.
Aunque aún faltaba casi una hora para la reunión, Javier prefería estar allí con tiempo.
Todo en él funcionaba con antelación, previsión y cálculo.
Llevaban casi media hora dentro del vehículo, con el silencio roto solo por pequeños sonidos metálicos mientras ella terminaba de preparar el equipo sobre sus piernas, concentrada, comprobando cada dispositivo con la precisión de quien llevaba años haciendo aquello.
Javier, mientras tanto, observaba con los prismáticos, atento e inmóvil, con su mirada fija en el bar.
El Muelle 17 brillaba con luz cálida entre el resto de edificios industriales de la zona.
Era un local amplio, moderno, con enormes cristaleras que dejaban ver prácticamente todo el interior, una barra larga al fondo, mesas altas repartidas por la estancia, música tenue y ya bastante movimiento dentro, con grandes y pequeños grupos de gente entrando y saliendo conforme avanzaba la noche.
—Vale —murmuró Clara al fin—. Ya está.
Javier bajó los prismáticos.
—Explícame.
Ella levantó uno de los aparatos.
—Dispositivo de proximidad. Lo llevo en el bolso por si acaso lo necesitamos.
Si paso cerca del objetivo, se engancha automáticamente al móvil.
—Javier puso cara de desagrado de nuevo al escuchar esa opción.
Levantó otro—. Auricular receptor, si logro entrar, podremos escuchar.
—Finalmente, le enseñó el tercero—. Extractor rápido, por si tengo menos de treinta segundos.
Javier asintió.
—Bien.
Clara guardó todo y el silencio volvió al vehículo.
Javier retomó los prismáticos, mirando en la misma dirección.
—No sé si el fantasma está ya dentro. No sabemos cómo es, pero Héctor Salgado, el exmilitar, no ha llegado.
Clara asintió.
—Entonces esperamos —dijo cruzándose de brazos y apoyándose en el respaldo.
Pasaron varios minutos más. El bar estaba cada vez más repleto. Risas, copas y movimiento.
Clara suspiró y lo miró.
—¿Esto es lo que hacen los espías del CNI? —Javier la miró gracioso y asintió—. Pues qué aburrido… —alargó la mano hacia él—. Déjame mirar.
Javier bajó los prismáticos y se los tendió.
Ella los cogió y se los llevó a los ojos.
En ese momento, Javier se permitió mirarla un segundo.
La forma en que la luz del puerto se reflejaba en su perfil, la concentración en su expresión, la delicadeza de sus rasgos y ese maldito efecto que empezaba a tener sobre él…
Suspiró levemente y apartó la mirada demasiado tarde.
Parecía que Clara lo había notado, ya que giró su cabeza justo para pillarlo in fraganti. Su corazón dio un pequeño vuelco rápido y traicionero, pero prefirió no decir nada.
Volvió a mirar por los prismáticos.
—Hay muchísima gente.
—Sí —respondió él mirando al frente, sin apartar la vista. Inspiró hondo y tragó saliva. Guardaron unos minutos de silencio hasta que él la miró de reojo—. No estoy casado.
Clara bajó los prismáticos y parpadeó.
—¿Qué?
Javier seguía mirando al frente.
—No estoy casado —repitió sin mirarla, ofreciéndole su perfil—. Tampoco tengo hijos. —Clara lo observó sorprendida—. Tuve una relación seria de siete años y después algunas historias, pero nada importante. —Ella no apartaba la mirada de su perfil—. Y tengo treinta y un años.
Clara se quedó completamente quieta y, tras un instante, sonrió suavemente.
—¿Me estás respondiendo a todo lo que te pregunté el otro día?
Javier asintió una vez.
—Sí.
Clara lo miró y algo cálido se instaló en su pecho. Aquel gesto significaba algo, significaba que comenzaba a confiar en ella, que él se estaba abriendo, aunque fuera a su manera.
—Gracias —murmuró.
Javier la miró con seriedad.
—No me gusta deber respuestas.
Clara sonrió.
—Mentira. Lo haces porque en el fondo te caigo bien —rio ella.
Javier rio su gracia, pero no respondió.
Clara se acomodó mejor en el asiento, medio girada hacia él, y lo miró con curiosidad.
—¿Qué querías ser de pequeño? ¿Has querido siempre ser militar?
Javier la miró sorprendido por la pregunta.
—Sí, concretamente de la Armada. El mar siempre ha sido mi pasión.
Clara esbozó una sonrisa.
—¿Nunca quisiste ser otra cosa?
Él negó.
—No. Mi padre también es militar, aunque de tierra.
Clara lo miró con interés.
—¿Lo admirabas?
Hubo un silencio breve. Luego asintió.
—Sí, mucho —admitió él.
Clara se dio cuenta de que algo en su tono había cambiado: más sincero y humano.
Clara lo estudió, cada vez le costaba más recordar que aquel hombre debía ser simplemente su compañero de misión.
—¿Te gustaría formar una familia algún día? —preguntó en voz baja.
Javier no respondió de inmediato, pues sus ojos inspeccionaban el bar continuamente.
—Sí —respondió con lentitud—. Me gustaría mucho, aunque con mi trabajo es complicado. Cuando estoy desplegado puedo pasar semanas fuera. Pero sí, me gustaría tener a alguien en casa cuando volviese.
El corazón de Clara dio otro pequeño vuelco por la forma en que lo dijo, tan honesta y limpia, tan distinta al hombre frío que parecía casi siempre.
Por un momento, lo miró sin saber qué decir, hasta que Javier se tensó ligeramente y volvió a levantar los prismáticos.
Su tono cambió al instante, volviendo al operativo.
—Lo tengo.
Clara reaccionó.
—¿Qué?
Javier entornó los ojos.
—Héctor Salgado, acaba de llegar.
Ambos miraron hacia el bar y toda aquella intimidad desapareció en un segundo.