13
El olor la sacó del bucle. No fue inmediato, pero sí suficiente.
Clara frunció ligeramente el ceño mientras sus dedos seguían moviéndose sobre el teclado, concentrada, absorta, hasta que finalmente levantó la vista, como si algo no encajara en su universo habitual de café, azúcar y caos controlado.
—¿Qué es eso?
Javier estaba en la cocina, de pie, y tranquilo como siempre, con dos platos preparados sobre la encimera.
—Comida.
Clara lo miró y luego miró los platos.
—No, eso no es comida.
Javier no reaccionó.
—Es comida —respondió sin mirarla.
—Eso es verde.
—Correcto, comida sana.
Clara se giró en la silla.
—No confío en la comida verde.
—Es sano —repitió.
—Eso tampoco me inspira confianza.
Javier dejó uno de los platos frente a ella.
—Es hora de comer.
Clara miró el plato como si fuera una amenaza.
—Estoy trabajando.
—Ya lo sé, pero descansa un poco.
—No puedo parar —contestó volviendo a mirar la pantalla.
—Claro que puedes… y debes. Llevas horas delante del ordenador.
—No quiero.
Javier la observó.
—Son diez minutos. —Ella lo ignoró girando su cuello de nuevo—. Vamos. —Clara resopló—. Venga, va —pronunció.
Clara lo miró.
—Eres muy pesado. —Clara suspiró y miró el plato desde la distancia—. ¿Qué es esto exactamente?
—Pollo, verduras y… algo de sentido común.
Clara suspiró, se puso en pie y fue hacia la cocina para sentarse delante de él. Cogió el tenedor con desconfianza y chasqueó la lengua.
—Mi cerebro funciona mejor con azúcar, ya lo sabes.
—Pero tu cuerpo no —respondió mientras se llevaba un trozo de pollo a la boca.
—No estamos hablando de mi cuerpo.
—Siempre estamos hablando de ello —reaccionó él.
Clara pinchó un trozo y lo observó.
—Si muero, será culpa tuya.
Javier rio, negando con la cabeza.
—No morirás.
—No lo sabes. —Clara lo miró—. ¿También predices el futuro?
—Solo lo más evidente.
Clara se llevó el tenedor a la boca y masticó despacio mientras Javier la observaba de reojo.
—Mmm, no está mal.
Javier asintió.
—Gracias.
Clara negó.
—No te emociones. —Dejó el tenedor en el plato—. Vale, te explico algo mientras como, porque esto —señaló la pantalla—, es importante.
Javier asintió y la señaló con el tenedor.
—Adelante.
Clara señaló el portátil.
—Estoy cruzando los metadatos de las conexiones y…
Javier la miró.
—No entiendo nada —la cortó.
Clara suspiró.
—Vale. Imagina que tienes tres personas…
—Ajá.
—Que no hablan entre ellas…
—Ajá.
—Pero todas hablan con alguien. Ese alguien es el problema…
Javier asintió.
—Eso lo entiendo.
Clara sonrió.
—Bien. Ahora imagina que ese alguien no existe.
Javier frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—Exacto —dijo alzando los brazos, luego cogió el tenedor y comió otro trozo de pollo—. Pero está ahí.
Javier la miró.
—No me gusta mucho esa idea.
—A mí sí.
—¿Por qué?
Clara sonrió.
—Porque significa que es bueno.
Javier ladeó ligeramente la cabeza.
—O peligroso.
—También —reaccionó ella rápidamente mientras se recostaba en la silla—. Pero eso es lo divertido.
Javier la observó.
—No deberías decir eso.
—¿Por qué?
—Porque no es un juego.
Clara lo miró.
—Para mí un poco sí.
—No.
—Sí.
—No.
Clara sonrió.
—Te encanta decir que no, conmigo no funciona, lo siento —bromeó.
Él la miró y chasqueó la lengua.
Javier se puso en pie y fue hacia la nevera para sacar el agua, aunque dio un paso hacia ella.
—La mayoría de las veces sí funciona —comentó mientras le llenaba el vaso.
Clara alzó la vista.
—Eres muy seguro, demasiado.
—Es necesario.
—También es irritante —dijo con voz más grave. Clara dejó el tenedor—. ¿Sabes qué? Al final voy a hackearte.
Javier enarcó una ceja.
—No vas a hacer eso por la cuenta que te trae —respondió él, aunque esta vez en un tono más bromista.
Clara se inclinó hacia él.
—Podría entrar en tu teléfono ahora mismo. —Clara sonrió y él la miró ladeando la cabeza—. ¿Y si ya lo he hecho?
Javier no apartó la mirada.
—No lo has hecho.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo habrían comunicado y estarías detenida. Los sistemas que uso están protegidos y vigilados.
Clara lo miró.
—¿Quieres probar? —preguntó ella con una sonrisita traviesa.
—¿De verdad te atreverías a hackear a un teniente de la Armada que trabaja para el CNI? No creo que sea una buena opción para ti. No acabarías bien —acabó guiñándole el ojo. Clara se quedó mirándolo con cierta gracia—. Come, se te enfría la comida.
Clara cogió el tenedor.
—Sí, señor, a sus órdenes. —Lo observó mientras masticaba y tragaba—. Por cierto —añadió ella—, ¿tú qué haces durante el día exactamente?
Javier la miró.
—Trabajar.
Clara alzó una ceja.
—Vaya, qué concreto.
Javier apoyó una mano en la encimera.
—Vigilo a una hacker.
Clara levantó la vista.
—¿En serio?
Javier mantuvo el tono.
—Objetivo potencialmente problemático. —Hizo un gesto gracioso con su rostro—. Alta capacidad técnica, tendencia a desobedecer.
Clara lo miró.
—¡Oye!
—Y con dificultades para seguir instrucciones básicas.
Clara dejó el tenedor.
—Vale, esto ya es personal —protestó mientras él reía.
—Es un informe.
Ella enarcó una ceja.
—¿Así es como me definen en el CNI? —preguntó sorprendida. Él se encogió de hombros, lo que provocó una gran sonrisa en los labios de ella—. Me gusta —dijo orgullosa. Clara lo señaló con el tenedor—. ¿Soy una de tus misiones más peligrosas?
—De momento no, aunque presentas riesgos.
Clara abrió la boca.
—¿Qué riesgos?
—Imprevisibilidad y un poco caótica en la ejecución.
Clara negó con la cabeza.
—Vale, tú sabes muchas cosas de mí, demasiadas —Javier la miró ladeando su cabeza—. Pero yo no sé nada de ti. Solo que te llamas Javier y que eres teniente de la Armada.
—No necesitas saber nada más.
Clara frunció el ceño.
—Qué aburrido. Estamos conviviendo—respondió, molesta.
—Por trabajo.
—Sí, pero convivimos igualmente. —Él no respondió. ¿Cómo podía aguantar la mirada tan fija sin pestañear ni sentirse molesto? Clara se inclinó un poco hacia él—. Venga, no seas tan… tú.
Javier enarcó una ceja.
—¿Tan qué?
—Tan secreto, es aburrido. —Clara lo estudió—. ¿Estás casado?
—No es relevante.
—¿Tienes hijos?
—No es relevante —repitió.
Clara resopló.
—Claro, pero tú sí sabes que yo no estoy casada ni tengo hijos, ¿no?
Javier la miró.
—Sí. —Clara cruzó los brazos—. Soltera, sin hijos. —Luego respiró hondo—. Relación anterior de dos años con Sergio Vidal…
Ella abrió los ojos como platos.
—¿Perdona?
—Ingeniero de telecomunicaciones.
Clara lo miró, sorprendida.
—Esto no tiene ninguna gracia.
—No era un chiste —respondió él, alzando las dos cejas a la vez.
Clara negó, contrariada.
—Esto es muy injusto.
—Es solo información.
—Es invasivo. —Clara lo señaló—. ¿Qué edad tienes?
Javier la miró.
—Tampoco es relevante.
—Claro que lo es. —Clara suspiró—. Yo tengo veintiséis. —Javier enarcó una ceja y carraspeó—. Vale, veintiocho. —Javier no dijo nada, pero su expresión lo decía todo—. ¿Ves? ¿Por que tú puedes saber todo de mí y yo no de ti?
Javier se encogió ligeramente de hombros.
—Nuestros roles son diferentes.
—Pues no me gusta.
—No es necesario que te guste.
—Pues a mí sí me parece que es necesario. —Clara se inclinó un poco más—. ¿Treinta? —Javier no respondió—. ¿Treinta y uno? ¿Treinta y dos? —Nada—. ¿Treinta y cinco?
Javier la miró y negó.
—Suficiente.
Clara sonrió.
—He acertado.
—No.
Clara se echó hacia atrás.
—Vale, pues seguiré investigando hasta descubrirlo. Todo es hackeable.
Javier enarcó una ceja.
—Yo no.
Clara lo miró.
—Eso ya lo veremos. Desde luego, si pretendéis que trabaje en un ambiente agradable, estáis muy lejos de conseguirlo.
—No pretendemos eso… pretendemos que trabajes.
Ella resopló y se cruzó de brazos.
Se levantó de la mesa en silencio y miró a Javier con esa chispa de juego constante que él ya había aprendido a identificar.
—Pues nada, me voy a trabajar de nuevo… la hacker delincuente va a intentar salvar el mundo —pronunció con retintín.
—¿No comes más?
—No, prefiero seguir trabajando a que me des de comer más lechuga —dijo, dándole la vuelta.
—Tienes muy mala alimentación —sentenció él.
Ella se sentó frente al ordenador.
—Shhh… silencio —dijo—. Esta vez no quiero más interferencias militares.
Javier la observó unos segundos más mientras se concentraba y comenzaba a teclear como una posesa. Suspiró antes de dar un sorbo a su vaso de agua.
La noche había caído sin que ninguno de los dos se diera cuenta.
El piso estaba en silencio, solo roto por el leve zumbido del ordenador y el tecleo constante que, poco a poco, había ido desapareciendo hasta quedar en nada. Fue entonces cuando Javier salió de su habitación con la intención de preparar algo de cena.
Se detuvo al verla. Clara estaba completamente dormida sobre el teclado.
La cabeza ladeada, el cabello cayendo sobre su rostro, los brazos apoyados de cualquier manera, rodeada de papeles llenos de anotaciones, esquemas, nombres, flechas que conectaban cosas que solo ella parecía entender y el ordenador aún encendido, iluminándole suavemente el rostro.
Javier no dijo nada. Se quedó allí un momento, observándola sin prisa, como si por primera vez no tuviera que medir el tiempo.
Había algo en aquella imagen que no encajaba con lo que sabía de ella, con la hacker delincuente, con alguien capaz de meterse en sistemas, romper barreras y moverse en ese terreno oscuro con tanta facilidad.
Era una imagen demasiado tranquila y demasiado… dulce.
Se acercó despacio, con cuidado, como si cualquier ruido pudiera romper algo.
Sus ojos recorrieron su rostro un segundo más.
La forma en la que respiraba, la tensión que parecía haber abandonado su cuerpo por completo y, entonces, sin pensar demasiado en ello, cogió la manta del sofá y la colocó sobre sus hombros, ajustándola con un gesto sorprendentemente suave para alguien como él.
Se quedó un segundo más mirándola y algo se removió dentro de él al verla en una actitud tan vulnerable.
En ese momento, solo parecía alguien agotado, alguien que no sabía parar, alguien que, a pesar de todo, seguía ahí, trabajando, intentando entender algo más grande que ella.
Eso le gustaba más de lo que debería.
Negó levemente con la cabeza, como si intentara sacarse ese pensamiento de encima.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia la cocina, pero apenas había dado dos pasos cuando escuchó un leve movimiento.
—¿Javier…?
Se giró y la miró. Clara se incorporaba despacio, con la manta cayendo suavemente de sus hombros. Sus ojos, aún entreabiertos, reflejaban ese instante suspendido entre el sueño y la vigilia.
Miró la manta sin entender nada y luego a él.
Algo en su expresión cambió.
—¿Me has tapado tú?
Javier se encogió de hombros.
—Estabas dormida.
Clara sostuvo la manta con una mano.
—Gracias… —dijo bajito, con timidez.
Javier la observó un segundo.
—No sabía si tumbarte en el sofá —añadió—, pero te habría despertado. He preferido dejarte ahí. —Clara asintió despacio, apartándose el cabello del rostro con un gesto torpe, y dejó escapar un pequeño bostezo—. Deberías descansar.
Clara negó al instante.
—No. —Se incorporó un poco más—. Tengo que trabajar. Es fin de semana, luego entre semana no le puedo dedicar tantas horas.
Javier la miró.
—Necesitas dormir —afirmó.
—Necesito terminar esto.
Javier suspiró y entonces dio un paso hacia ella.
—Vale.
Clara lo miró.
—¿Vale qué?
Y antes de que pudiera reaccionar, él la cogió con firmeza, pero con cuidado, y la levantó de la silla.
—¡Eh! —Clara protestó, sorprendida—. ¡Javier! Puedo andar sola
—Ya, pero no lo estás haciendo. —La llevó hasta el sofá y la sentó, acomodándola con esa mezcla suya de precisión y suavidad—. Descansa un rato —añadió—. Solo un rato.
Clara lo miró.
—Eres muy mandón.
Clara suspiró y asintió mientras se pasaba la mano por los ojos.
—Voy a preparar la cena.
Clara se dejó caer un poco más contra el respaldo del sofá.
—No me pongas lechuga —susurró mientras se acomodaba.
Javier enarcó una ceja mientras se dirigía a la cocina.
Cocinó unas cuantas verduras salteadas y unos trozos de salmón en pocos minutos y, cuando volvió en su búsqueda, la escena había cambiado.
Clara estaba dormida otra vez en el sofá, con la manta a medio caer y el cuello en una postura imposible.
Javier dejó el plato en la mesa y se acercó despacio.
La observó un segundo y, entonces, con cuidado, volvió a cubrirla con la manta, ajustándola mejor. Después, con un gesto aún más lento, acomodó ligeramente su cabeza, colocando un cojín para que el cuello no quedara en una postura forzada.
Clara ni se movió. Respiraba tranquila y profundamente.
Javier se quedó un segundo más, mirándola, y esta vez no pensó en la misión ni en el riesgo, solo en que no quería despertarla y en que, por alguna razón, le gustaba verla así, en calma.
Inspiró hondo y se apartó de ella para dirigirse a la cocina y meter su plato en el microondas, así podría recalentarlo si ella se despertaba. Se acercó al marco y se apoyó en él, cruzándose de brazos, observándola.
Debía dejar de pensar así en ella. Porque si la misión cruzaba esa línea, dejaría de ser profesional. Y él no podía permitirse perder el control.