Conexión peligrosa 12
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La luz entraba por la ventana del comedor con suavidad, filtrándose entre las cortinas y dibujando líneas cálidas sobre la mesa, el suelo y el ordenador aún encendido.

Javier apareció en el pasillo con pasos silenciosos, ya vestido con ropa deportiva y completamente despierto, como si no hubiera dormido solo unas pocas horas.

Se detuvo un segundo y observó el espacio ordenado y en calma, demasiado en calma para alguien que sabía lo que se movía debajo de aquella superficie.

Avanzó y entonces lo vio. Había un papel justo al lado del ordenador. Lo cogió y lo desplegó. Frunció ligeramente el ceño y empezó a leer.

Son las cuatro y media, te hago un resumen de lo que he encontrado:

Nodo central no identificado → persistencia confirmada en capa externa (no red principal).

Triangulación parcial realizada: patrón repetido en zona portuaria (Barcelona).

Sujeto 1: Salgado (activo) → comunicación indirecta / eliminación sistemática de logs.

Sujetos 2 y 3: enlaces operativos, sin contacto directo entre ellos.

Conclusión provisional: → estructura en red no lineal. → canal de comunicación externo (posible dispositivo aislado / offline).

Evento detectado: → reunión recurrente “como siempre”. → frecuencia irregular pero constante. → próxima coincidencia estimada: 72h.

Observación crítica: → referencias a “rutas” eliminadas tras emisión. → posible manipulación logística marítima.

Estado: → información incompleta. → acceso insuficiente. → requiere proximidad física para intrusión adicional.

Javier bajó ligeramente el papel y lo volvió a mirar en silencio.

—Qué coño… no se entiende nada… —susurró.

Pasó la vista otra vez por las líneas, intentando encontrar algo más claro, algo más directo, pero lo único que encontraba eran términos, conexiones y palabras que para él no tenían estructura lógica inmediata.

Resopló y dejó caer el papel sobre la mesa.

—Definitivamente, habla en otro idioma.

Su mirada se deslizó hacia el reloj que marcaba las siete y media y miró hacia el pasillo.

—Se ha acostado a las cuatro y media…

Negó levemente con la cabeza. No iba a despertarla para que le tradujese eso; ya lo haría más tarde.

Se giró y Milo apareció directo hacia él.

—Buenos días —pronunció.

El gato se acercó, rozándose contra su pierna. Javier fue hacia la cocina, abrió la nevera, sacó leche y la vertió en un pequeño cuenco. Milo se acercó de inmediato y Javier dejó el recipiente en el suelo. Tras un segundo de duda, le pasó la mano por el lomo, acariciándolo.

Milo ronroneó y Javier medio sonrió.

—No te acostumbres.

Se incorporó y cogió las llaves del piso.

Pocos minutos después, salía a la calle.

El aire de la mañana en Barcelona era fresco, limpio, con ese silencio relativo que solo existía antes de que la ciudad despertara del todo.

Javier empezó a correr con un ritmo constante, medido, como todo en él, recorriendo calles que conocía lo suficiente como para no pensar en ellas, dejando que su mente se centrara en lo importante.

El auricular vibró.

—Informe —ordenó una voz al otro lado.

Javier no redujo el ritmo.

—Operativa en curso. —Giró una esquina—. Activo principal colaborando. Nivel de implicación alto.

—¿Fiabilidad?

Javier aumentó el ritmo.

—Elevada con resultados consistentes.

—¿Riesgo?

—Controlado —respondió con seguridad—. Bajo supervisión directa.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Avances?

Javier respiró hondo.

—Estructura en red detectada.

—Continúe.

—Posible actividad logística en entorno portuario. Reuniones periódicas en curso.

Silencio.

—¿Capacidad del activo?

Javier dudó.

—Alta. —Inspiró hondo—. Superior a lo esperado.

—Mantenga vigilancia.

—A la orden.

La comunicación se cortó y Javier siguió corriendo.

El ritmo no cambió, pero su mente sí. Mientras avanzaba entre calles que empezaban a llenarse de vida, solo había tres cosas que se repetían en su cabeza: la nota, Clara y la sensación cada vez más fuerte de que aquello iba a escalar rápido.

La puerta se abrió con un clic suave y Javier entró en el piso aún con el ritmo de la carrera en el cuerpo, la respiración controlada y la camiseta ligeramente húmeda, con una bolsa en la mano que dejó sobre la encimera sin hacer ruido. Escuchó unos pasos por detrás y se giró.

Clara ya estaba en la cocina preparándose café. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera, ropa cómoda y esa expresión concentrada que indicaba que su mente llevaba rato funcionando.

Javier alzó las cejas.

—Buenos días.

Clara levantó la vista.

—Buenos días.

Cogió la taza y dio un sorbo. Sin más, se dirigió al ordenador, sentándose con naturalidad.

Javier la observó un segundo.

—He traído fruta.

Clara ni siquiera giró la cabeza.

—Bien.

—Podrías probarla.

—Podría, pero no lo haré.

Javier dejó escapar un leve suspiro.

—Quizá te iría mejor que los dónuts para trabajar.

Clara soltó una risa.

—Mi cerebro no funciona con fruta.

—Tu cuerpo sí.

—No estamos hablando de mi cuerpo.

Javier negó con la cabeza y se acercó un poco más.

—Por cierto. Ese papel…

Clara levantó la vista hacia el papel que le había escrito la noche anterior.

—¿Qué pasa con el papel?

—No he entendido nada.

Clara parpadeó.

—¿Cómo que no has entendido nada?

—Nada —confirmó él—. Cero.

Clara lo miró como si acabara de decir una barbaridad.

—Pero si está clarísimo.

Javier alzó una ceja.

—No lo está. Quizá para alguien como tú, que domina la informática, sí, pero no para mí —terminó con una ligera sonrisa.

Clara suspiró, se levantó y cogió el papel, colocándose frente a él.

—Vale, traducción para militares.

Javier cruzó los brazos.

—Adelante.

Clara señaló la primera línea.

—Hay alguien en el centro de todo, ese “fantasma” del que te hablé. No aparece en ningún registro, pero todos hablan con él.

Javier asintió.

—Un intermediario.

—Exacto —lo felicitó—. Un intermediario muy importante. —Señaló la siguiente línea—. He triangulado las reuniones. En las conversaciones no dicen dónde quedan, pero he triangulado las posiciones y siempre aparecen en el mismo sitio.

Javier la miró.

—¿Dónde?

Clara sonrió.

—En el Puerto Marítimo de Barcelona.

Javier frunció ligeramente el ceño.

—Eso ya lo sabíamos.

Clara negó.

—No, sabíamos que había actividad, ahora sabemos que hay reuniones. —Se inclinó un poco hacia él—. Y lo mejor, sabemos cuándo.

Javier sostuvo su mirada.

—¿Cuándo?

—En tres días han quedado.

Javier procesó la información.

—¿Seguro?

Clara asintió.

—Es un patrón repetido, siempre vuelven al mismo punto con la misma dinámica.

Javier dio un par de pasos, pensativo.

—¿Tienes el lugar exacto?

Clara volvió a sentarse, tecleó y giró la pantalla para mostrársela.

—Aquí. —Javier se inclinó. Clara había descargado un mapa de la zona portuaria—.

Se trata de un bar cerca del puerto bastante frecuentado.

Javier entornó los ojos.

—Demasiada gente.

—Perfecto para no llamar la atención —respondió ella.

Javier levantó la vista.

—¿Sabes quién estará allí?

Clara negó.

—El exmilitar seguro y probablemente el fantasma.

Javier se cruzó de brazos.

—Probablemente no es suficiente.

Clara se encogió de hombros.

—Es lo mejor que tenemos, y es suficiente.

Javier la observó.

—No sabemos quién es.

—No.

—No sabemos cómo actúa.

—No.

—No sabemos si irá solo.

—No. —Clara lo miró—. Pero sabemos dónde va a estar y eso lo cambia todo.

Javier sostuvo su mirada.

—¿Y cuál es tu plan?

Clara sonrió con cierta malicia.

—Ir y mirar.

Javier negó.

—Eso no es un plan.

—Sí que lo es. —Javier resopló y Clara se inclinó hacia él—. Es un bar lleno de gente —se acabó encogiendo de hombros—. Podemos ir a observar y, si tengo la oportunidad, entro —acabó sonriendo más.

Javier la miró enarcando una ceja.

—¿Entrar?

—Hackear.

Javier negó.

—No, es arriesgado. Recuerda que me conocen…

Clara ladeó la cabeza.

—A ti, a mí no —respondió con naturalidad. Clara se recostó en la silla—. Es tan fácil como ir y mirar quién aparece.

Javier no respondió, pero su expresión decía claramente que aquello no iba a ser tan sencillo. Sin embargo, Clara ya estaba pensando en cómo hacerlo.

Javier la miró unos segundos más, valorando opciones, riesgos, variables y, finalmente, habló con ese tono firme que no dejaba demasiado espacio a discusión.

—Observaremos desde fuera.

Clara resopló al instante.

—Genial, y desde fuera, ¿cómo se supone que voy a hackear al fantasma?

Javier no se inmutó.

—Evaluaremos sobre el terreno.

—Eso no es una respuesta —respondió ella, situando sus manos en su cintura.

—Es un procedimiento.

Clara negó con la cabeza.

—Necesito proximidad —lo señaló—. Distancia corta.

—Lo sé.

—Pues sabrás que desde fuera no sirve.

Javier la miró.

—Ya veremos cómo se desarrolla.

Clara lo observó y resopló. Iba a protestar, pero lo dejó pasar.

Javier desvió la mirada hacia el ordenador.

—¿Vas a seguir?

Clara ya estaba tecleando.

—Sí.

—¿Cuánto te queda?

—Mucho.

Javier asintió levemente y se dirigió a la cocina, rebuscó en la bolsa que había traído y volvió con una manzana en la mano, dejándola frente a ella.

Clara levantó la vista y enarcó una ceja.

—¿Perdona?

—Está lavada.

Clara miró la fruta y luego a él.

—¿Esto qué es?

—Comida.

—No. —Clara negó—. No funciona.

—Prueba.

Clara no parecía conforme, pero finalmente la cogió.

—Solo porque me estás mirando. —Clara le dio un pequeño mordisco, como si le estuviera haciendo un favor—. Mmm, no está mal…

Javier asintió.

—Mejor así.

—No te emociones —bromeó.

Clara volvió al ordenador, ya completamente metida en los datos, abriendo nuevas rutas, cruzando más información, intentando encontrar algo más, alguna pista que le permitiera adelantarse y descubrir quién demonios era ese fantasma antes de tenerlo delante.

—Si está en el centro… —murmuró para sí misma—, tiene que dejar rastro… Todo el mundo deja rastro —susurró.

Javier la miró un segundo más.

—Voy a ducharme.

—Ajá.

Clara ni levantó la vista.

Segundos después, la puerta del baño se cerró y el sonido del agua empezó a llenar el piso.

Clara apuntó en el papel información que podía servirle más adelante.

Estaba totalmente concentrada hasta que la puerta volvió a abrirse.

Clara no miró al principio.

—¿Te has olvidado algo? —preguntó sin levantar la vista.

Frunció ligeramente el ceño y levantó la mirada. Sintió cómo todo su cuerpo entraba en tensión al ver a Javier allí sin camiseta, solo con unos pantalones y esa maldita calma suya.

Clara desvió la mirada demasiado rápido.

—¿Qué haces?

Javier la observó.

—He olvidado la camiseta.

Clara volvió a mirar la pantalla.

—Pues… cógela.

—Eso hago. —Pero no se movió. Clara lo notó y lo escudriñó con la mirada—. ¿Qué? —preguntó Javier.

—Nada.

Clara tecleó e intentó concentrarse, pero falló, pues volvió a mirar una vez más.

Los abdominales marcados, la tensión en los brazos y esa forma suya de mantenerse completamente tranquilo la dejaron boquiabierta unos segundos.

Clara volvió a apartar la mirada.

—¿Puedes vestirte?

Javier enarcó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Eso no es una razón.

—Es suficiente —pronunció con la voz más grave.

Javier dio un paso más cerca.

—¿Te pongo nerviosa?

Clara sonrió algo sonrojada.

—No. —Clara apartó la mirada rápidamente de él y miró a la pantalla—. Estoy trabajando.

—Sí, ya lo sé.

—Entonces deja de pasearte así.

—¿Así cómo?

Clara hizo un gesto vago y lo señaló con la mano.

—Así, sin camiseta.

Javier ladeó la cabeza.

—No veo el problema.

—Yo sí.

Javier la observó un segundo más y ladeó la cabeza con una sonrisa burlona.

—¿Interfiere en tu rendimiento?

Clara abrió la boca.

—No. —Se detuvo y frunció el ceño—. Un poco —admitió.

Javier asintió.

—Interesante.

Clara negó con la cabeza.

—Vístete, por el amor de Dios —ordenó.

Javier cogió finalmente la camiseta.

—A la orden.

Se la puso con calma y Clara volvió a la pantalla, respirando hondo.

—Gracias.

—De nada —respondió rápidamente.

Javier la miró un segundo más y se dirigió de nuevo al baño.

Clara se quedó quieta y entonces dejó caer la cabeza hacia atrás en la silla.

—Perfecto momento para distraerme. —Suspiró y se incorporó. Miró la pantalla y volvió a teclear más concentrada y decidida—. Venga… —murmuró—, concéntrate —se dijo a sí misma, apartando de su mente aquel torso tan tonificado.