Conexión peligrosa 11 #2
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11 #2

Javier apoyó los codos en las rodillas.

—¿Puedes identificarlo?

Clara negó.

—Aún no, pero existe. —Abrió otra ventana—. Mira esto —Javier observó—. Se trata de ubicaciones, coincidencias… varios de ellos han estado en el mismo sitio, pero en fechas distintas.

Javier entornó los ojos.

—¿Dónde?

Clara amplió la pantalla.

—En el Puerto Marítimo de Barcelona.

Javier inspiró hondo mientras se apoyaba contra el respaldo.

—Demasiado obvio —murmuró él.

—Exacto —respondió ella—, pero hay algo más. —Tecleó y aparecieron fragmentos de mensajes incompletos—. Los tres han borrado conversaciones, aunque no todo.

Javier leyó.

—“Ruta confirmada”… —murmuró él al leerlo.

—“Carga lista” —añadió ella.

Javier levantó la vista.

—Esto no es casual.

Clara negó.

—No, y no es pequeño. —Le dio un trago a la bebida y luego cogió unas patatas—. Se trata de una red.

Javier la observó.

—¿Sabes lo que estás diciendo?

Clara asintió.

—Sí, pero aún no sé quién está detrás.

Javier se recostó ligeramente.

—¿Y eso?

Clara señaló la pantalla.

—Porque todo pasa por alguien que no vemos, un fantasma.

Javier la miró y asintió, comprendiendo.

—Entonces tenemos un problema.

Clara sonrió con determinación.

—Tenemos un reto.

Le dio otro bocado a un dónut y Javier la observó.

—¿Cuántos dónuts llevas?

Clara lo miró.

—Eso no es lo importante —respondió ella sin apartar la mirada de la pantalla.

—Lo es.

—No.

—Sí.

Javier negó con la cabeza.

—¿Cuándo fue la última vez que te hiciste una analítica?

Clara parpadeó.

—¿Qué dices?

—El colesterol, ¿cómo lo tienes?

Clara lo miró como si no pudiera creerse la pregunta.

—¿Estoy desmantelando una red criminal y te preocupa mi colesterol?

—Es totalmente compatible —dijo encogiéndose de hombros.

Clara cogió otro trozo de chocolate ante la mirada asombrada de él.

—Mi cerebro lo necesita.

—Tu cuerpo no.

—No es negociable —dijo antes de darle un bocado a la onza de chocolate.

Javier suspiró y negó con la cabeza

Clara volvió a la pantalla con sus dedos volando sobre el teclado.

—Vale… —murmuró—, esto es grande.

Javier la observó y esta vez no vio a la chica de los tacones, vio algo más: algo peligroso y completamente en su elemento.

—Clara.

Ella no levantó la vista.

—¿Qué?

—Buen trabajo.

Ella le sonrió, agradecida por el cumplido.

—No he hecho más que comenzar —respondió con una gran sonrisa.

Sus dedos volvieron a moverse con rapidez, abriendo nuevos registros, filtrando, cruzando más capas de información, hasta que algo llamó su atención y su expresión cambió, apenas un matiz, una tensión sutil en la mandíbula.

—Espera…

Javier la miró.

—¿Qué pasa?

Clara amplió una nueva ventana.

—Otra vez. —Señaló la pantalla—. Mira esto.

Javier se inclinó.

—¿El qué?

—Las misma coordenadas, el puerto —murmuró ella—, otra reunión… otra fecha… mismos patrones.

Javier observó los datos.

—Supongo que es normal.

Clara negó lentamente.

—No, no así. —Señaló la pantalla—. Es la mismas hora, el mismo perfil y, otra vez, mensajes borrados. Ocultan algo. —Tragó saliva—. Es siempre cuando hablan de rutas.

Javier apoyó la mano en la mesa.

—El puerto es un punto habitual, Clara, tráfico marítimo, logística, operaciones…

—Sí —lo cortó ella, más seca de lo habitual—, pero no borras conversaciones normales —Javier la miró—, a menos que ocultes algo.

Su mirada se quedó fija en la pantalla, en un punto concreto, como si algo más se hubiera activado.

Se quedó paralizada, con los dedos suspendidos sobre el teclado, y sus ojos perdieron el enfoque un segundo.

Volvía a estar allí, en el cementerio, con el viento frío meciendo sus cabellos, el silencio, el sonido de su propia respiración entrecortada y la mano de su madre sujetando la suya demasiado fuerte.

La lápida, el nombre, las flores y ese vacío que, pese al transcurso del tiempo, no se llenaba nunca.

Javier la miró y detectó que sus ojos brillaban ligeramente. Se había quedado pensativa, inmersa en sus pensamientos.

—Clara. —Ella no respondió—. ¿Qué pasa?

Clara reaccionó, recomponiéndose, y negó rápido.

—Nada.

Volvió a la pantalla demasiado deprisa ante la mirada de Javier.

—Clara, ¿hay algo que…?

—He dicho que nada —lo interrumpió ella sin dejar de teclear—. Estoy trabajando.

Javier la observó.

—Está bien —susurró, aunque sabía que aquello no era cierto. Algo había visto que la había paralizado y había traído a su mente recuerdos poco agradables o dolorosos, se lo había detectado en la tensión de sus músculos y en su mirada perdida, incluso llorosa.

Javier no dijo nada, pero no dejó de mirarla.

—Estoy bien —añadió ella, más firme al sentir la mirada de él—, de verdad.

Él asintió.

—De acuerdo —pronunció él volviendo a mirar la pantalla.

Aunque volvió a moverse, a teclear, a reconstruir patrones como si nada hubiera pasado, ya no era la misma. Se había colapsado de nuevo, y no podía permitírselo. Lo peor era haber dejado que ese sentimiento la atravesara con tanta fuerza que incluso Javier lo había notado.

Javier no apartó la mirada de la pantalla.

—¿Sabes quiénes son?

Clara no dudó.

—Sí. —Sus dedos se movieron con rapidez, filtrando, abriendo perfiles, reconstruyendo identidades a partir de fragmentos, y en cuestión de segundos giró ligeramente la pantalla hacia él—. Tengo los tres nombres.

Javier se levantó sin decir nada, fue hasta la mesa, cogió un bolígrafo y un papel y volvió a sentarse a su lado, apoyándolos sobre la superficie con esa precisión casi automática.

—Dime.

Clara leyó.

—Álvaro Rivas Montiel.

Javier se quedó pensativo un segundo.

—Es el director de operaciones de Naviera Levante. —Lo anotó sin levantar la vista—. Siguiente.

—Sergio Valcárcel Núñez. En otros contactos aparece con el apodo “Consultor logístico externo”, pero es el mismo identificador.

—Debe de trabajar entonces con varias rutas portuarias —dijo Javier mientras apuntaba.

—Y el tercero. —Clara tecleó algo más—. Héctor Salgado Prieto.

Javier levantó la mirada, sorprendido.

—¿Héctor? —pestañeó varias veces—. Era un excompañero mío. La última vez que lo vi hará como dos años. Trabajaba en seguridad privada.

Javier terminó de escribir.

—¿Los conoces a todos? —preguntó ella boquiabierta.

—Soy teniente de la Armada… conozco a muchos —respondió como si no tuviese importancia.

—Interesante —comentó ella lentamente—. Pues los tres están ocultando cosas.

Javier dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Buen trabajo.

Clara se encogió de hombros.

—Esto es solo el principio. —Señaló la pantalla—. Tengo más del ochenta por ciento sin revisar.

Javier miró el reloj que marcaba casi las dos.

—Descansa, puedes seguir mañana.

Clara negó.

—No.

—Son casi las dos de la madrugada —dijo mostrándole el reloj.

—Lo sé.

—Mañana sigues.

—Trabajo mejor de madrugada —pronunció tecleando de nuevo.

Javier sostuvo su mirada.

—Necesitas dormir —pronunció más serio.

Clara negó otra vez.

—Necesito terminar esto. —Lo miró un segundo—. Vete tú, yo sigo. —Javier no parecía convencido y Clara suspiró—. Te lo dejo todo apuntado. —Señaló el papel—. Todo lo que encuentre, para que estés al día.

Javier dudó y, finalmente, asintió.

—De acuerdo —dijo poniéndose en pie—. Yo madrugo para salir a correr.

—Pues a mí no me despiertes —canturreó rápidamente con la mirada en la pantalla.

Javier la observó un segundo más.

—Buenas noches, Clara.

—Buenas noches, barquito de guerra —respondió sin mirarlo.

Javier la observó desde el marco de la puerta, toda concentrada mirando la pantalla del ordenador y, finalmente, fue hacia su habitación. Luego se hizo el silencio.

Clara se quedó sola con el ordenador, los datos y Milo, que se subió a la mesa con total naturalidad, acomodándose cerca del teclado.

Ella exhaló lentamente por la tensión que había acumulado mientras comenzaba a atar cabos, aunque no con algo de aquel caso en concreto, sino con algo más.

Cogió su móvil y lo desbloqueó. Buscó el mensaje que no se había atrevido a borrar y sintió cómo los ojos se le ponían rasos.

Ahí estaba de nuevo.

Lucas: Tenemos que hablar. Es urgente. ¿Puedes ahora?

Lo leyó otra vez, sin parpadear, como si buscara algo que no estaba en las palabras, como si esperara encontrar una respuesta entre líneas.

Tragó saliva y el nudo en la garganta volvió.

Respiró hondo intentando calmarse y dejó el móvil sobre la mesa.

Cogió el refresco, dio un largo sorbo mientras cerraba los ojos y, cuando los abrió, ya no había duda, sino determinación.

Volvió a la pantalla, a los datos y a la red, a ese fantasma que empezaba a coger forma.

—Voy a encontrarte… —murmuró ella.

Y esta vez no era solo trabajo; era algo personal.