11
Habían comido y hablado mucho.
Clara ya no sabía cuántas veces había sonreído, asentido, fingido interés por conversaciones que no le importaban en absoluto, ni cuántas manos había estrechado, pero lo que sí sabía era que había funcionado, porque nadie había sospechado y todo había fluido con esa naturalidad incómoda que, poco a poco, dejaba de serlo.
Salieron de la gala con el murmullo aún a sus espaldas y el contraste del aire nocturno golpeándoles suavemente.
Clara soltó un suspiro apenas cruzaron la entrada, bajando la mirada hacia sus pies.
—No vuelvo a ponerme estos zapatos en mi vida.
Javier no respondió, pero la miró de reojo.
—Son parte de la tapadera.
Clara lo miró.
—Pues la tapadera duele. —Caminaron hacia el vehículo—. Y mucho.
Javier abrió la puerta y ella se dejó caer en el asiento trasero con cuidado, como si cada paso hubiera sido una pequeña tortura. En cuanto él se sentó a su lado, se giró ligeramente hacia ella.
—¿Lo tienes todo?
Clara sonrió.
—Sí. —Sacó el dispositivo del bolso, pequeño y discreto, mostrándoselo con orgullo mientras lo activaba y la pantalla se iluminaba—. Mira. —Javier inclinó la cabeza, observando. Clara deslizó el dedo—. Aquí está todo lo que hemos recogido. Contactos, llamadas, accesos recientes y patrones básicos.
Javier la miró.
—¿Y ahora qué?
Clara apoyó la espalda en el asiento, sintiéndose cómoda en su terreno.
—Ahora viene lo divertido. —Le sonrió—. Lo descargo en el ordenador y cruzo datos, busco repeticiones, nombres que aparecen demasiado, rutas que coinciden y mensajes que no deberían estar ahí.
—Javier la observaba en silencio—. Filtros, correlaciones, conexiones indirectas… y luego empiezo a tirar del hilo.
Javier no dijo nada. La miraba de otra forma porque mientras hablaba no parecía la misma.
No parecía la chica que hacía unos minutos se quejaba de los zapatos, ni la que sonreía con dulzura en medio de la gala, ni siquiera la que se ponía nerviosa con un simple roce de manos; era otra, más afilada, más precisa y peligrosa.
No entendía cómo alguien con aquella apariencia, con aquella delicadeza en los gestos, podía moverse con tanta soltura en algo tan… oscuro e ilegal.
Clara levantó la vista.
—¿Qué?
Javier negó levemente.
—Nada. Continúa —le ofreció con la mano, interesado en lo que le explicaba.
Clara entornó los ojos.
—Me estás analizando.
—Sí. Me resulta interesante lo que haces —reconoció.
El conductor habló desde delante, dirigiéndose solo a Javier.
—Teniente, trayecto despejado.
—De acuerdo.
Clara levantó la mirada hacia el conductor.
—Ramón, yo también estoy aquí, ¿sabes? —No hubo respuesta y Clara negó con la cabeza—. De verdad, esto ya empieza a doler. —El conductor no reaccionó y Javier tampoco—. Vale, pues que sepas que me caes mal.
El vehículo continuó avanzando y el resto del trayecto transcurrió entre comentarios de Clara, respuestas escuetas de Javier y el silencio imperturbable del conductor, hasta que finalmente el vehículo descendió al subterráneo, deteniéndose con la misma exactitud de siempre.
Clara abrió la puerta.
—Gracias por el viaje, Ramón. Como siempre, ha sido un placer conversar contigo.
Javier hizo lo mismo.
—Buenas noches —se despidió Javier.
—Buenas noches —respondió el conductor.
Clara lo miró.
—Qué bien os entendéis —ironizó.
Javier no respondió. Se dirigieron al ascensor, subieron y cuando la puerta del piso se abrió, Milo corrió directo hacia Clara, frotándose contra sus piernas.
—Hola, mi vida… —se agachó y lo acarició—, tú sí que sabes tratarme bien.
Milo ronroneó, pero entonces se giró y fue hacia Javier.
Clara levantó la vista, sorprendida.
—Ehhh —se quejó ella.
Milo se acercó a él, rozándole, buscando también su atención.
Javier lo miró un segundo, como si aquello no estuviera en el plan, y Clara se incorporó despacio.
—Ah, no. Esto no —se cruzó de brazos—. No puedes caerle bien.
Javier bajó la mirada hacia el gato y, tras un segundo de duda, le pasó la mano por el lomo, acariciándolo.
Milo respondió al instante y Clara abrió la boca.
—Traidor.
Javier levantó la vista.
—Reconoce la autoridad.
Clara lo miró.
—Vale —añadió Clara, girándose hacia el pasillo mientras empezaba a quitarse los tacones—, lo primero que voy a hacer es deshacerme de estos horribles zapatos, y luego… —miró por encima del hombro—, salvar el mundo.
Javier la observó, pero no dijo nada.
Clara dejó caer el bolso sobre el sofá y, sin decir nada más, se dirigió directamente hacia su habitación, desapareciendo tras la puerta con la misma urgencia con la que llevaba toda la noche conteniendo incomodidades.
Unos minutos después, volvió a salir con ropa completamente distinta: un pantalón cómodo, una camiseta amplia y el pelo ligeramente más suelto, como si con ese simple cambio hubiera dejado atrás la gala, la sonrisa fingida y los tacones infernales.
—Ahora sí… —murmuró para sí misma, caminando hacia la cocina. Abrió un armario, luego otro, después el cajón y acabó frunciendo el ceño—. No… —se agachó y volvió a mirar—. No, no, no… —se incorporó mirando de un lado a otro—. Esto es grave.
Giró sobre sí misma y salió de la cocina con paso decidido, encontrándose con Javier en el salón, el cual ya se había quitado el uniforme de gala y vestía de forma mucho más relajada.
—Necesito una cosa.
Javier levantó la vista.
—¿Qué?
Clara lo miró como si fuera evidente.
—Azúcar.
Javier parpadeó una vez.
—¿Azúcar?
—Sí —respondió ella, acercándose—. Azúcar: dónuts, chocolate, barritas… lo básico.
Javier se quedó quieto.
—No hay nada de eso —contestó él.
Clara lo miró.
—¿Cómo que no hay nada de eso?
—Como suena.
—Eso no puede ser.
Javier enarcó ligeramente una ceja.
—Se sobrevive.
—No, no se sobrevive. —Clara negó con la cabeza—. Seguro que hay alguna tienda abierta por aquí cerca.
Javier exhaló despacio.
—No es necesario.
Clara lo miró fijamente.
—Sí lo es, no puedo trabajar sin azúcar. —Lo miró fijamente—. Mi cerebro lo necesita.
Javier cruzó los brazos.
—Tu cerebro funciona sin eso.
Clara negó.
—No al cien por cien, y tú quieres el cien por cien, ¿verdad?
Javier sostuvo su mirada en silencio.
Clara señaló hacia la puerta.
—Puedo bajar yo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no, ya bajo yo.
Clara parpadeó.
—¿En serio?
Javier ya iba hacia la chaqueta.
—¿Qué quieres?
Clara sonrió abiertamente con un brillo en sus ojos.
—Vale, apunta.
Javier enarcó una ceja.
—Dime.
—Dónuts de chocolate.
—Ajá.
—Chocolate en barra.
—Sí.
—Patatas fritas.
—Clara…
—Galletas.
—¡Clara!
—Refrescos.
—Madre mía… —susurró Javier.
—Y algo más, por si acaso.
Javier la miró lentamente de arriba abajo.
—No entiendo cómo estás tan delgada.
Clara sonrió.
—Lo quemo todo —contestó, encogiéndose de hombros, y se señaló la cabeza—. Aquí.
Javier negó levemente.
—Ya, claro.
—Es un órgano muy activo, ¿sabías que consume el veinte por ciento de nuestra energía diaria? —continuó ella.
Javier cogió la chaqueta.
—Si tú lo dices… En fin, no te muevas de aquí.
Clara ya iba hacia la mesa.
—No pensaba hacerlo, tengo trabajo y espero un buen surtido de bollería y patatas fritas.
Javier la observó un segundo más y salió. La puerta se cerró y se hizo el silencio.
Clara se sentó frente al ordenador y encendió el sistema, conectó el dispositivo y la pantalla comenzó a llenarse de datos, descargas, archivos y patrones en bruto.
Mientras sus dedos empezaban a moverse sobre el teclado, rápidos y precisos, su expresión cambió volviendo a ese estado concentrado, afilado, donde todo lo demás desaparecía.
—Vale… —murmuró—. Vamos a ver qué escondéis.
Esta vez no había vestidos ni gala, ni sonrisas; solo ella y el sistema.
El sonido de la puerta al abrirse la sacó un segundo de la pantalla.
Clara levantó la vista y vio a Javier entrar cargado con una bolsa que, por el tamaño y el peso, confirmaba que se había tomado su lista demasiado en serio.
Una sonrisa satisfecha apareció en sus labios antes de volver a centrarse en el ordenador.
—Has vuelto —murmuró sin apartar la vista.
—He vuelto —respondió él dejando la bolsa sobre la mesa.
Clara giró la silla y lo escudriñó.
—Dime que lo has traído todo.
Javier abrió la bolsa.
—He priorizado.
Clara se levantó de un salto y empezó a sacar cosas, como si fuera la mañana de Navidad.
—Dónuts… bien, chocolate… mejor, bolsa de patatas fritas… perfecto. —Miró a Javier—. Eres útil.
—Lo sé —bromeó él.
Clara ya había cogido un dónut de chocolate y le había dado el primer bocado mientras volvía a sentarse frente al ordenador, acomodándose, como si aquel fuera su hábitat natural, con los dedos moviéndose con rapidez sobre el teclado mientras masticaba.
—Vale… —murmuró con la boca medio llena—, ahora sí.
Javier se sentó a su lado y observó en silencio.
La pantalla se llenaba de líneas, gráficos y conexiones que para él eran poco más que ruido organizado.
—Explícame —dijo finalmente.
Clara asintió dando otro bocado a su dónut.
—Estoy cruzando los datos que hemos sacado —se limpió los dedos—. Llamadas, contactos, registros de actividad… busco patrones.
Javier inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué tipo de patrones?
Clara tecleó algo y varias ventanas se reorganizaron.
—Repeticiones. —Pulsó un par de teclas más—. Nombres que aparecen más de lo normal, contactos comunes, horarios que coinciden…
Javier observaba.
—¿Y?
Clara abrió otro archivo.
—Y aquí empieza lo interesante —señaló la pantalla y le dio otro bocado al dónut—. Tres de ellos no hablan entre sí. —Javier frunció el ceño—. Pero hablan con alguien —terminó ella, señalando la pantalla.
Javier se inclinó un poco más.
—¿Con quién?
Clara negó lentamente.
—Nadie, no aparece. —Hubo un segundo de silencio—. Se trata de un número oculto, cifrado, sin nombre.
Javier la miró.
—Un intermediario.
Clara sonrió.
—Un nodo. —Se encogió de hombros—. Alguien en el centro. —Dio otro bocado al dónut—. Y los tres pasan por él.