Conexión peligrosa 10
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El vehículo se detuvo con suavidad frente a la entrada.

Las luces del edificio se reflejaban en el cristal como si aquello fuera más un escenario que un lugar real y, durante un segundo, Clara se quedó quieta, observando el exterior: la gente, los trajes, los vestidos…

el tipo de ambiente que olía a dinero, poder y secretos mal disimulados.

Javier salió primero y rodeó el vehículo para abrir la puerta de ella.

Clara lo miró desde dentro, alzando ligeramente una ceja antes de salir.

—Gracias —murmuró y le dedicó una sonrisa—. Muy caballeroso por tu parte… no lo esperaba del neutralizador.

Javier no reaccionó.

—Es parte de la tapadera.

Clara pasó a su lado.

—Claro. —Lo miró de reojo—. Encantador y potencialmente peligroso.

—Exacto.

Clara negó con la cabeza mientras avanzaban.

El lugar era imponente: una terraza elevada con vistas al mar, luces cálidas colgando de estructuras metálicas, música suave de fondo, camareros deslizándose entre grupos de personas perfectamente vestidas, hombres de traje, mujeres con vestidos elegantes, conversaciones bajas y risas medidas.

Todo cuidadosamente controlado, como si cada gesto estuviera ensayado.

Entre ellos pudo detectar a varios hombres que vestían igual que Javier, con aquel uniforme de gala.

Javier sacó dos invitaciones y se las entregó al hombre de la entrada.

—Teniente Alcázar. —Javier asintió al instante—. Adelante, teniente.

Ni una sola duda, ni una sola pregunta. Clara lo miró de reojo mientras entraban.

—Vale… entrar ha sido fácil —le susurró.

—Estaba previsto que la entrada fuese fácil —le contestó.

Clara asintió lentamente.

—Perfecto, el resto no, ¿verdad? —preguntó nerviosa—. Cada vez me tranquilizas más… joder —susurró—. Yo no estoy hecha para esto, se me nota a leguas.

Javier no respondió y avanzaron unos pasos más, aunque él se acercó más de la cuenta y posó su mano en la parte baja de la espalda de Clara, firme y natural, como si fuera lo más lógico del mundo.

Clara se tensó al instante.

—Relájate —murmuró sin mirarla—. Nos están observando.

Clara mantuvo la sonrisa, pero apretó los dientes.

—Podrías avisar —murmuró.

—Lo estoy haciendo. Relájate, por Dios —comentó él antes de sonreír hacia delante.

Clara ladeó la cabeza hacia él, sin perder la sonrisa.

—¿Siempre eres así?

—Sí.

—¿Incluso en una cita? —Javier no respondió y Clara sonrió—. Pobres mujeres.

Javier la miró y replicó.

—Esto no es una cita, es trabajo —le recordó. Sintió su mano aún en su espalda y, pese a todo, no se apartó—. Sonríe —añadió él.

—Lo estoy haciendo.

—Más.

Clara amplió la sonrisa.

—¿Así?

—Mejor —asintió.

Un camarero pasó junto a ellos con una bandeja y Javier tomó dos copas sin detenerse, entregándole una a Clara con naturalidad, como si llevaran años haciendo aquello juntos, como si no fuera la primera vez que estaban fingiendo algo.

—Bebe —murmuró él—. Ayuda a parecer relajada.

Clara sostuvo la copa.

—Estoy relajada.

—No lo estás —contestó mirándola de reojo—. Estás rígida.

Clara lo miró de reojo.

—Gracias por el análisis, lo tendré en cuenta. —Dio un pequeño sorbo—. Está bueno —admitió antes de beber otra vez.

No tuvieron mucho más tiempo porque una pareja se acercó a ellos: un hombre de unos cincuenta años, traje impecable y sonrisa estudiada, acompañado por una mujer elegante que observaba más de lo que hablaba.

Clara notó cómo la mano de Javier se mantenía firme en su espalda, anclándola a la escena, recordándole dónde estaba.

—Teniente —saludó el hombre con cordialidad—, no esperaba verle por aquí.

Javier asintió.

—Asuntos de interés —dijo encogiéndose de hombros—. Llevaba mucho tiempo sin acudir y me apetecía.

El hombre miró a Clara.

—Y usted debe de ser…

Clara sonrió.

—Clara… encantada.

El hombre alzó ligeramente las cejas.

—Un placer.

Miró a Javier con una sonrisa.

—Nunca lo había visto acompañado, teniente.

Javier no dudó.

—Solo cuando es necesario —respondió con elegancia.

Clara sonrió y lo miró de reojo.

—Qué romántico… cariño.

—Siempre, mi amor.

El hombre sonrió con gesto amable y Javier situó una mano en la cintura de Clara, provocando que ella riese por las cosquillas.

—Ayyy… je, je… —se removió.

—Hacen buena pareja —los felicitó el hombre.

Durante un segundo, ambos se pusieron serios y Clara dio un largo trago a la copa.

—Eso dicen —respondió, intentando parecer tranquila.

Javier no añadió nada, aunque su mano no se movió de su cintura.

—¿A qué se dedica, Clara? —preguntó, intentando dar conversación.

Y ahí surgió el primer problema. Clara parpadeó un segundo que se hizo eterno.

—Yo… —tragó saliva y miró la copa como si barajase bebérsela entera—, trabajo en…

—Tecnología —interrumpió Javier.

Clara lo miró y sonrió.

—Sí, tecnología —hizo un gesto con su mano—, cosas aburridas.

El hombre asintió.

—Nunca son aburridas cuando se entienden.

Clara inclinó ligeramente la cabeza.

—Créame, lo son —continuó ella.

La mujer observaba callada a Clara, evaluando. Clara lo notó y Javier también.

—¿Y usted, teniente? —preguntó el hombre—. Nunca he sabido en qué se especializó.

—Operaciones especiales —respondió de inmediato.

—Qué interesante.

Y entonces Clara, sin pensarlo demasiado, enlazó el brazo con el de Javier. Fue un gesto natural, suave, que la sorprendió incluso a ella misma mientras se apoyaba ligeramente en él y sonreía.

—Bueno, yo intento que no se aburra demasiado conmigo —bromeó—. Después de su trabajo…

El hombre sonrió. Javier bajó la mirada un segundo hacia ella.

—La mayoría de las veces lo consigue…

Clara lo miró.

—Oye, estoy aquí —se quejó.

El hombre rio.

—Definitivamente, hacen buena pareja.

Clara mantuvo la sonrisa, pero esta vez más natural y suelta.

El hombre se despidió finalmente, llevándose consigo a su mujer y, cuando se alejaron, Clara soltó el aire muy despacio, manteniendo aún el brazo entrelazado al de Javier.

—Casi la lío —susurró ella, desesperada.

—Sí.

Clara lo miró.

—Deberíamos haber ensayado —pronunció molesta—. Gracias por salvarme.

—Es mi trabajo —contestó sin darle importancia.

Clara asintió y respiró hondo otra vez.

—Tendríamos que haber planeado algo. ¿Cuánto tiempo llevamos? ¿Cómo nos conocimos? ¿Te declaraste tú o lo hice yo?

—Tres años, en una discoteca… y me declaré yo —contestó él como si no le diese importancia.

Ella lo miró de la cabeza a los pies.

—¿Y por qué tú?

Él la miró confundido.

—Pues vale, tú —dijo mirando de un lado a otro.

—No, no… mejor tú —comentó antes de dar otro sorbo a su copa y acabarla—. Necesito otra… —dijo mirándolo.

—Mejor que no. Una copa está bien para que te relajes, más no.

Ella resopló.

—Me voy a tomar otra tanto si quieres como si no. —Avanzó hasta el camarero y cambió la copa vacía por otra llena. Dio un sorbo y se acercó ante la mirada disconforme de Javier.

—Espero no tener que sacarte de aquí a rastras —pronunció él mirando de un lado a otro.

—No, tranquilo… solo esta y ya está. —Dio otro sorbo y resopló—. No, mejor no, toma… —le tendió la copa.

—Ya tengo una —dijo, suspiró y se la quitó de la mano, depositándola en una mesa.

Javier dejó que el murmullo de la gala los envolviera unos segundos más, observando, analizando, midiendo distancias, gestos y tiempos, mientras Clara, aún apoyada ligeramente en su brazo, aparentaba escucharle sin hacerlo realmente, porque su atención ya estaba en otra parte: en los móviles, en los relojes, en los pequeños gestos que delataban quién dependía demasiado de la tecnología.

Él se inclinó hacia ella.

—¿Estás lista?

Clara ni siquiera dudó.

—Siempre lo estoy. —Giró ligeramente la cabeza hacia él con una sonrisa—. ¿A por quién voy?

Javier la miró un segundo y, por primera vez, casi pareció divertirle.

—El de traje gris, junto a la barra —murmuró—, copa en la mano derecha, reloj metálico, no deja de mirar el móvil.

Clara siguió la dirección sin girar la cabeza.

—Lo tengo.

—Director de operaciones de una naviera —añadió Javier—. Acceso a rutas, movimientos y tiempos. Si alguien manipula trayectorias, él lo vería.

Clara asintió levemente.

—Entonces es interesante.

—Mucho, vamos juntos.

Clara sonrió.

—Claro, como una pareja normal.

Javier no respondió, pero avanzó con paso decidido.

Situó su mano en la espalda de Clara, guiándola con naturalidad, acercándolos al objetivo, mientras el hombre levantaba la vista al verlos aproximarse.

—Teniente —saludó con efusividad.

Javier asintió.

—Buenas noches.

—No esperaba verle aquí.

—Coincidencias —dijo con una gran sonrisa.

El hombre miró a Clara.

—Y usted es…

Clara sonrió.

—Clara, encantada.

Mientras hablaban, su mano descendió con naturalidad hasta el bolso, rozando ligeramente la mesa donde el hombre había dejado el móvil apenas un segundo antes. El dispositivo en su interior se activó sin ruido, sin luz, sin nada que delatara lo que estaba ocurriendo.

Clara contó dos segundos. Suficiente.

—Siempre me habla de su trabajo —continuó ella manteniendo la conversación, mirando a Javier con falsa cercanía—, pero nunca me cuenta nada interesante.

El hombre rio.

—Créame, es más interesante de lo que parece.

—Lo dudo —respondió ella, encogiéndose de hombros.

Javier intervino.

—Lo es.

Javier le sonrió y miró al hombre. No lo sabía con certeza, pues era la primera vez que trabajaba con Clara, pero imaginó que esta ya había acabado su tarea.

Javier inclinó ligeramente la cabeza.

—Un placer.

Se apartaron y, en cuanto se alejaron unos pasos, Clara respiró aliviada.

—Dentro.

Javier asintió.

—Bien, muy bien.

Clara sonrió.

—Gracias.

—Siguiente —dijo mirando a su alrededor, escaneando la zona.

—Dos en punto.

Clara siguió su mirada: un hombre más joven, traje oscuro, hablando con demasiada seguridad.

—Ese habla demasiado —murmuró ella.

—Y escucha poco.

—Perfecto —bromeó—. Mi tipo favorito.

Javier no respondió.

—Es intermediario —añadió—. Se encarga de conectar empresas.

—Cada vez me gusta más.

Esta vez, Clara tomó la iniciativa y se movió antes.