8
El despertador no sonó. Clara abrió los ojos automáticamente, como si su cuerpo ya supiera que aquel no era un día normal.
Se incorporó despacio y miró el techo un segundo. Luego, todo volvió.
El piso, el CNI, Javier, la gala de aquella noche…
Suspiró y se levantó. Se dio una ducha rápida, se puso ropa sencilla y se hizo un recogido improvisado. En menos de veinte minutos ya estaba saliendo de la habitación.
El olor a café la golpeó antes de entrar en la cocina.
Javier, de espaldas a ella, estaba preparándolo con precisión.
Clara se apoyó en el marco de la puerta.
—Café —susurró con los ojos en blanco. Javier no se giró y ella se acercó a él—. Buenos días.
—No tan buenos.
Clara lo miró de reojo, miró la taza que iba a llevarse a los labios y, sin previo aviso, se la quitó de la mano.
Javier se quedó quieto y la miró de soslayo mientras Clara ya estaba dando el primer sorbo.
—Mmm, está muy bueno —dijo alzando un poco más la taza y dio otro sorbo—. Lo necesitaba más que tú, llego tarde.
Javier la miró.
—Lo dudo.
Clara ya se dirigía a la puerta para salir del piso.
—Tengo prisa. —Dio otro sorbo mientras caminaba y dejó la taza vacía sobre una mesita.
Javier la observó apretando los labios. No soportaba el desorden—.
Nos vemos luego. —Se detuvo un segundo en el salón—.
¡Adiós, Milo! —El gato levantó la cabeza—.
Pórtate bien, no como él. —Javier exhaló por la nariz y ella alzó una mano de espaldas a él—. Gracias por el café, marinerito.
Acto seguido, salió y cerró la puerta tras de sí.
Descendió en ascensor hasta el subterráneo donde el vehículo ya la estaba esperando.
Clara caminó hacia él, abrió la puerta y miró al conductor.
—Buenos días —dijo sentándose y cerrando la puerta—.
Vaya, hoy te veo más hablador —comentó con una gran sonrisa mientras el vehículo comenzaba a dirigirse a la puerta del garaje—.
Me gusta esta nueva dinámica. —Se acomodó—.
Vale, hoy vamos a cambiar de tema. —Hubo un silencio—.
¿Café o té? Yo digo café. —Miró al hombre a través del retrovisor—.
Tú claramente eres más de té. —Nada, no contestaba—.
Sí, sí, lo veo. —Cruzó las piernas—. Perfil silencioso, introspectivo, con un toque misterioso.
—Clara asintió, convencida—. Sí, lo tienes todo para tomar el té con una pose refinada.
—Miró por la ventanilla—. ¿Te han entrenado para no responder o es talento natural?
—El conductor seguía sin mediar palabra—.
¡Guau! Es que… me chifla ver cómo puedes estar ahí callado sin decir ni mu.
Definitivamente es un talento, no todo el mundo puede aguantar.
Miró por la ventanilla y se dio cuenta de que habían tomado otra ruta distinta esta vez.
—Vaya, hoy tampoco me voy a enterar de dónde vivo. —El vehículo giró y Clara apoyó la cabeza en el respaldo—. Algún día te haré hablar. Lo siento por ti, pero no voy a parar hasta conseguirlo. Ya es un reto personal, ¿sabes? —bromeó.
Veinte minutos después entraba en la oficina con normalidad.
Clara caminó directa hasta el despacho de Marcos y llamó.
—Pasa.
—Buenos días —dijo entrando en la sala.
—Buenos días, Clara. ¿Todo listo para la reunión?
Clara asintió.
—Sí. Informes revisados, sistema preparado y propuestas ajustadas —confirmó ella.
Marcos la observó con esa mezcla de orgullo y tranquilidad.
—Sabía que podía dejarlo en tus manos.
Clara asintió levemente.
—No habrá problema.
—Perfecto —dijo Marcos con una sonrisa—. Empezamos en una hora.
Clara se giró hacia la puerta.
—Estaré lista.
Volvió a su mesa y se dejó caer en la silla.
Su mirada voló hacia la pantalla del ordenador: los correos, las tareas… todo lo que tenía acumulado esperándola.
Clara apoyó la cabeza un segundo en el respaldo.
—Vale… —murmuró—, vamos allá.
Al menos era viernes y a las dos acababa su jornada. Para cualquiera eso significaba descanso; para ella no. Para ella significaba otra vida, otro trabajo sin horario ni descanso… y sin cobrar.
Pero al menos no iría a prisión. Gozaría de una libertad condicional, y eso ya era algo.
El vehículo avanzaba con suavidad, deslizándose entre calles que Clara ya había decidido que no iba a memorizar.
Era inútil, cada día cambiaban el recorrido y cada giro parecía diseñado para confundirla un poco más, así que se limitó a dejarse caer contra el respaldo, cruzar las piernas y mirar al conductor con una sonrisa pícara que ya era casi una rutina.
—Bueno, pues te cuento —empezó, como si realmente esperara respuesta—, hoy ha sido un día apasionante.
He bostezado unas doce veces. Laura sospecha que me han reemplazado por una versión defectuosa de mí misma y mi jefe cree que soy una especie de genio…
lo cual, sinceramente, no está tan lejos de la realidad —acabó encogiéndose de hombros.
El conductor no reaccionó y Clara asintió lentamente—.
Sí, yo también creo que ha sido un buen resumen.
Miró por la ventanilla, observando cómo la ciudad pasaba sin que pudiera ubicarla realmente, y volvió a girarse hacia él.
—Ah, y tengo una reunión esta noche donde probablemente me juegue la vida, pero con un vestido bonito, que eso siempre ayuda. —Miró a través del espejo retrovisor—. ¿Y tú? ¿Qué tal tu día? —Clara suspiró—. Me encanta hablar contigo, de verdad, es una conversación muy equilibrada.
Se acomodó un poco más, apoyando el codo en la puerta.
—He decidido que necesitas un nombre, porque esto de “conductor misterioso sin emociones” es demasiado largo. —Lo miró de arriba abajo—. Te pega… Ramón. —Clara asintió—. Sí, definitivamente. Ramón.
El vehículo comenzó a descender por la rampa del aparcamiento. La luz cambió y el eco del motor volvió, junto con ese ambiente que ya empezaba a resultarle familiar, aunque no quisiera admitirlo.
Cuando se detuvo, Clara abrió la puerta, bajó con la misma energía con la que había entrado y se inclinó ligeramente hacia el interior antes de cerrarla.
—Bueno, Ramón, buen fin de semana. Intenta divertirte, anda —canturreó.
Cerró la puerta y se alejó.
El ascensor la devolvió al piso con ese silencio artificial que parecía envolver todo aquel lugar y, cuando entró, lo primero que hizo fue soltar el bolso sobre la mesa y buscar a su gato.
—Hola, Milo… bonito.
El gato apareció como si la hubiera estado esperando, rozándose contra sus piernas con esa familiaridad que contrastaba demasiado con todo lo demás.
Clara se agachó para acariciarlo, pasando la mano por su lomo con suavidad y dejando que ese gesto le devolviera algo de normalidad a su ajetreada vida.
—Tú sí que sabes vivir, ¿eh? —se incorporó despacio, estirándose ligeramente—. Son las tres… necesito una ducha urgente. —Miró de un lado a otro—. ¿Javier? —preguntó.
Nadie respondió. Supuso que él también estaría trabajando.
Caminó hacia el baño, abrió la puerta y se quedó totalmente quieta.
Javier salía de la ducha. Tenía el pelo aún húmedo y unas gotas de agua le recorrían la piel; llevaba una toalla anudada a la cintura, perfectamente sujeta, como todo en él.
Durante un instante, Clara no dijo nada.
Lo miró sin disimular del todo, recorriéndolo, sin querer o queriendo, con la vista: los hombros, el torso, la tensión contenida en su postura.
Un físico trabajado, funcional, sin excesos ni fallos.
—Ah… —se removió nerviosa y apartó la mirada de él rápidamente—, perdón.
Javier no pareció especialmente afectado. La miró con la misma calma de siempre, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
—Está ocupado —pronunció acercándose a ella.
Clara parpadeó.
—Ya lo veo. —Se cruzó de brazos, intentando recuperar algo de dignidad—. Te he llamado.
Javier cogió una toalla más pequeña, secándose el pelo con movimientos tranquilos.
—Estaba en la ducha.
Clara alzó una ceja.
—Eso explica bastante —susurró. Sus ojos volvieron a él un segundo más de la cuenta y este lo notó, así que se obligó a apartar la mirada—. Podrías haber contestado.
—No te he escuchado —se excusó sin mirarla.
—Claro…
Javier la miró fijamente y enarcó una ceja.
—¿Necesitas algo?
Clara seguía en el marco de la puerta, pensativa.
—Sí, ducharme.
Javier asintió levemente.
—Y, esa ducha… ¿puede esperar unos minutos a que me vista?
Clara reaccionó de golpe.
—Sí, sí, claro —se apartó inmediatamente de la puerta, abochornada—, perdona.
Luego cerró la puerta sin decir nada más.
Clara se quedó en el pasillo, inmóvil, sin poder decir nada, hasta que empezó a caminar de vuelta al salón, nerviosa.
—Madre mía… —se llevó una mano a la cara—. Qué bueno está.
Milo la miró desde el sofá y Clara negó con la cabeza.
—No digas nada —le advirtió, señalándolo mientras se dejaba caer a su lado—. No pienso admitirlo en voz alta. —Miró al techo y cerró los ojos un momento—. Esos abdominales… —susurró—, van a ser un problema.
Clara se dio una ducha, comió las sobras que Javier había dejado en la nevera y dejó pasar el tiempo hasta que, a las cinco en punto, sonó el timbre.
Estaba en el sofá, con el portátil del CNI abierto y una expresión cada vez más crítica. Levantó la vista lentamente.
—Eso tiene que ser mi nuevo setup .
Javier ya estaba en pie antes de que terminara la frase, caminando hacia la puerta con esa rapidez contenida que parecía natural en él, mientras Clara cerraba el portátil con un gesto poco elegante y se incorporaba, más por curiosidad que otra cosa.
—Espero que sea lo mío —añadió, siguiéndolo.
Javier abrió y dos hombres sin uniforme ni sonrisas esperaban en el rellano. Uno llevaba una caja, el otro una más pequeña.
—Entrega —dijo el primero de los hombres.
Javier asintió.
—Adelante —respondió abriendo más la puerta para que entrasen.
Entraron sin mirar alrededor, como si aquello no fuera un hogar, sino un punto logístico más. Dejaron las cajas sobre la mesa del comedor con movimientos rápidos y precisos. Antes de que Clara pudiera analizarlas, ya estaban saliendo por la puerta. Esta se cerró y se hizo el silencio.
Clara se acercó despacio, mirando las cajas como si fueran un regalo.
—Vale… esto ya me gusta más.
Javier no dijo nada y se quedó a un lado, observando mientras Clara abría la primera caja sin pedir permiso.
—Por favor, que no sea otra cosa “segura”. —Levantó la tapa y se quedó quieta un segundo. Al ver el contenido, su expresión cambió—. ¡Oh, vale! —Sonrió de verdad y sacó uno de los dispositivos—. Esto ya está mejor.
Javier se acercó un poco.
—¿Satisfecha?
Clara levantó el aparato, girándolo entre sus manos con interés.
—Más… pero no del todo —acabó, pensativa.
Javier suspiró.
—Cómo no...
Clara ignoró el comentario y abrió la segunda caja. Sacó cables, módulos y dispositivos compactos con una precisión que contrastaba con su actitud habitual.
—Esto… —murmuró—, sí es útil.
Javier la observó.
—¿Qué es?
Clara levantó uno de los dispositivos, pequeño y discreto.
—Interfaz de inyección por proximidad. —Se lo mostró—. Esto es oro puro.
Javier enarcó una ceja.
—¿Eso qué hace?
Clara lo miró.
—Magia —rio. Javier no reaccionó y Clara sonrió al ver su gesto—. Vale, versión para humanos. —Se acercó a la mesa—. Esto me permite acercarme a un dispositivo y entrar sin que se enteren.
Javier la miró fijamente.
—Eso no suena muy bien.
Clara alzó una ceja.
—Depende de en qué lado estés. —Sacó otro módulo—. Y esto… —lo giró entre los dedos—, esto es para quedarme.
Javier frunció ligeramente el ceño.
—Explícate.
Clara lo dejó sobre la mesa.
—Persistencia. Entro hoy y puedo volver mañana.
Javier cruzó los brazos.
—¿Sin que lo sepan?
Clara sonrió y asintió.
—Sin que lo sepan.
Javier la observó unos segundos.
—Perfecto.
Clara levantó la vista.
—¿Perfecto?
—Sí. Muy tranquilizador —bromeó.
Clara soltó una risa.
—No está hecho para tranquilizarte.
Javier negó con la cabeza.
—Ya lo he notado.
Clara siguió sacando cosas, cada vez más concentrada, moviendo piezas, organizando el espacio, como si de repente aquel piso sí tuviera sentido, como si ese fuera su entorno real.
—Vale… —murmuró—, esto lo conecto aquí…
Javier la miraba en silencio.
—¿Siempre haces esto?
Clara no levantó la vista.
—¿El qué?
—Hablar sola.
Clara sonrió.
—No estoy sola… está Milo… y tú.
El gato apareció en ese momento, saltando a la mesa con total naturalidad.
Javier lo miró.
—Fuera —lo señaló con el dedo.
Clara levantó la mano.
—Ni se te ocurra.
Milo se acomodó entre los cables. Javier cerró los ojos un segundo y respiró hondo.
—Esto no es un taller.
Clara conectó otro dispositivo.
—Ahora sí. —Extendió los brazos hacia los lados—. Bienvenido.
Javier la observó.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
Clara se encogió de hombros.
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que quiera hacer. —Levantó por fin la mirada hacia él—. ¿Cuánto tiempo me das?
Javier sostuvo su mirada.
—Hasta la gala.
Clara sonrió.
—Entonces voy justa, pero llegaré.
Javier asintió.
—Más te vale… y recuerda que tienes que arreglarte.
Clara ladeó la cabeza.
—Confía un poco más en mí.
—No. Confío en los resultados.
Clara sonrió.
—Entonces te voy a gustar.
Javier la miró fijamente mientras ella conectaba cables, concentrada, manipulando los dispositivos. Esta vez no respondió.
Clara volvió a su trabajo con Milo ronroneando encima de los cables. Sonrió: aquello sí era lo suyo.