Conexión peligrosa 7 #2
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7 #2

—No tienes ni idea.

Javier los observó un segundo y volvió a suspirar, armándose de paciencia.

—Mañana trabajamos.

Clara alzó la vista.

—¿Ya?

—Sí.

Se incorporó en el sofá, esta vez más interesada.

—¿Qué tenemos?

Javier se acercó a la mesa y apoyó las manos.

—Una gala.

Clara lo miró.

—¿Una gala?

—Sí. Se trata de un evento de empresas marítimas y logística portuaria.

Clara arqueó una ceja.

—Suena aburrido.

—No lo es. Hay varias compañías bajo vigilancia, algunas con acceso directo a rutas comerciales.

Clara cruzó los brazos.

—¿Y?

—Y las rutas están siendo manipuladas sin registro ni explicación, ¿recuerdas? —acabó un poco más serio—. Eso no es fácil, implica acceso interno, alguien con control o con influencia suficiente para cambiar trayectorias sin levantar sospechas.

Clara asintió muy levemente, pensativa.

—¿Y qué hay que mirar?

—Contactos —respondió directamente—. Relaciones, comportamientos, inconsistencias.

Clara lo observó.

—¿Y qué hago yo?

—Escuchar, observar y acceder.

Clara entornó los ojos.

—¿Acceder cómo?

—Habrá sistemas, redes internas, dispositivos.

Clara sonrió ligeramente.

—Ah, eso es más divertido —sonrió finalmente.

Él chasqueó la lengua.

—Mientras yo hablo con la gente adecuada —añadió Javier—, tú actúas.

Clara ladeó la cabeza.

—¿Se trata de gente peligrosa?

—Probablemente.

—Perfecto, es un plan sencillo.

Javier no reaccionó y la miró fijamente.

—No lo es. —Javier se inclinó ligeramente—. Quien esté detrás de esto tiene control sobre rutas marítimas, tiempos y movimientos.

Clara dejó de sonreír.

—Entiendo.

—Por eso tenemos que ir.

Clara asintió lentamente.

—Vale. —Miró de un lado a otro, pensativa—. ¿Y cómo se supone que debo vestirme?

Javier la miró.

—Es una gala —le recordó.

—Sí, eso ya lo has dicho. —Clara enarcó una ceja—. No tengo nada de gala, a duras penas pude coger tres pantalones y tres jerséis.

Javier señaló con la cabeza.

—Está en tu armario.

Clara frunció el ceño.

—¿Mi armario?

—Sí.

—No he traído nada.

—Tú no, pero nosotros sí.

Clara lo miró sorprendida y se puso directamente en pie. Caminó hacia la habitación y abrió el armario. Se quedó totalmente pasmada al observar el vestido.

—Vale, esto sí que no me lo esperaba. —Giró la cabeza hacia él, que la había seguido y ahora se apoyaba en la pared del pasillo—. ¿También sabéis mi talla?

Javier no se movió.

—Sí.

—Joder, ¿de verdad? —Volvió al interior del armario y pasó la mano por el vestido—. Mañana va a ser interesante.

Javier la observó desde el pasillo.

—Lo será —respondió antes de volver hacia el comedor.

Clara se giró y lo siguió por el pasillo hasta entrar al comedor, revisando algo en su móvil.

—Vale, si queréis que haga bien el trabajo… —se cruzó de brazos—, necesito cosas.

Javier levantó la vista sin mucho interés.

—¿Qué tipo de cosas?

Clara avanzó hasta la mesa.

—Un portátil limpio, pero limpio de verdad. Sin rastreos internos, sin firmware monitorizado. —Javier no dijo nada—. También necesito un sistema aislado —continuó—. Sin conexión directa y con acceso manual a redes externas y hardware modular.

Javier ladeó ligeramente la cabeza.

—Explícate.

Clara suspiró.

—Que pueda desmontarlo, cambiar componentes y así evitar que alguien controle lo que hago desde dentro. Además —añadió—, necesito acceso a nodos intermedios.

—¿Nodos?

—Puntos de salto, para no entrar directamente desde aquí. —Javier la miraba atento, pero serio—. Y un sistema de cifrado que no sea vuestro. El vuestro está bien para vosotros, pero para mí es una jaula.

Javier apoyó el móvil en la mesa.

—¿Has terminado?

Clara negó.

—No, necesito herramientas de spoofing , simulación de identidad digital y acceso a tráfico en tiempo real.

Javier la observó intrigado.

—¿Realmente necesitas todo eso?

Clara lo miró como si la pregunta fuera absurda.

—Sí.

—¿Por qué?

Clara apoyó ambas manos en la mesa.

—Porque lo que estoy buscando no es básico.

Estamos hablando de gente que manipula rutas marítimas sin dejar rastro —dijo moviendo excesivamente la mano—.

Eso no se hace con sistemas normales. Necesito entrar sin que sepan que estoy entrando y salir sin dejar huella.

Eso no lo hago con un ordenador bonito y limpio —señaló a su nuevo setup .

Javier no apartó la mirada.

—¿Y si te damos eso?

—Trabajaré mucho mejor.

—¿Y si no?

Clara se encogió de hombros.

—Trabajaré, pero más lento y con más riesgo.

Javier asintió y fue hacia el sofá. Miró a Milo y le hizo un gesto con la mano para que se apartase, pero el gato no hizo ni caso, así que Javier se sentó al otro lado, mirando al animal. Clara dio unos pasos al frente, pensativa, y se detuvo a medio camino, como si acabara de recordar algo.

—Ah, y una cosa más.

Javier alzó la vista del móvil.

—¿Otra?

Clara sonrió.

—Sí, si quieres que investigue contactos en la gala necesito herramientas de campo.

Javier entornó los ojos.

—Define “herramientas de campo”.

Clara se inclinó un poco hacia delante.

—Acceso cercano. Voy a estar rodeada de móviles, relojes inteligentes, tabletas, agendas electrónicas… —Javier no dijo nada, pero escuchaba—. Necesito un vector de entrada rápido, algo que pueda desplegar sin que lo noten.

—¿Cómo qué?

Clara sonrió.

—Microinyección por proximidad.

Javier la miró.

—Explícate.

Clara se cruzó de brazos.

—Un payload ligero. Se activa cuando estoy a menos de un metro del dispositivo.

Escanea, identifica y se engancha, luego replica datos en segundo plano.

—Javier la escuchaba atento—. Contactos, calendarios, historial de llamadas, notas…

todo. —Javier la observaba sin interrumpir—.

Y, además —añadió ella—, necesito un troyano silencioso, nada agresivo, solo persistente y que me permita entrar después, buscar patrones, ver quién habla con quién, con qué frecuencia, en qué momentos y cruzarlo todo.

—Clara sonrió ligeramente—. Ahí es donde empieza lo interesante.

Javier apoyó las manos en la mesa, intrigado con lo que ella le explicaba.

—¿Y cómo metes eso en los dispositivos?

Clara alzó una ceja.

—Por contacto. —Se encogió de hombros—. Un roce, un brindis, un móvil sobre la mesa o incluso proximidad si el entorno es lo bastante permisivo.

Javier la miró sorprendido.

—¿Realmente puedes hacer eso?

Clara sonrió, esta vez más orgullosa.

—No tienes ni idea de con quién estás hablando. —Alzó sus cejas repetidas veces—. Ni de lo que soy capaz.

Javier la sostuvo con la mirada.

—Lo estoy empezando a sospechar —dijo mirando su móvil—, y no sé si me tranquiliza. —Clara soltó una risa—. Está bien… —dijo pasándose la mano por el cabello—. Llamaré a Salazar.

Clara sonrió.

—Bien, dile que quiero lo mejor.

Javier la miró.

—Ya lo tienes.

Clara negó con la cabeza.

—No, tengo lo que vosotros creéis que es lo mejor. No es lo mismo.

Javier cogió el móvil.

—Lo transmitiré.

Clara asintió, satisfecha.

—Perfecto. —Se giró y volvió hacia el sofá—. Milo —dijo mientras se dejaba caer a su lado—, vamos a mejorar este sitio.

Milo maulló y Clara sonrió.

Javier marcó y se llevó el teléfono al oído, dio unos pasos por el comedor mirando de reojo a Clara y finalmente se detuvo.

—Sí, buenas noches, señor. Todo bien… —Hubo unos segundos de silencio.

Javier se quedó mirando a Clara, pensativo.

Ella no entendió aquella expresión hasta que él empezó a acercarse—.

Solicitud de comunicación con Clara Vega.

—Hubo un segundo de silencio y luego pulsó el manos libres, situando el teléfono sobre la mesa—. Adelante —le indicó.

Clara dio un paso al frente.

—Buenas tardes.

—No lo son —respondió Salazar—. ¿Qué necesita?

Clara sonrió ligeramente.

—Varias cosas. Para empezar, el equipo que me han dado no sirve.

Hubo un silencio.

—Funciona perfectamente.

—Para ustedes, pero no para mí.

Escuchó un suspiró al otro lado de la línea.

—Continúe.

Clara se cruzó de brazos.

—Necesito un portátil sin firmware monitorizado, con kernel modificable, arranque en capas y sin trazabilidad interna.

—Clara miró de reojo a Javier, el cual se encontraba a su lado—.

También un entorno aislado con acceso manual a redes externas, hardware modular, cifrado no institucional y acceso a nodos intermedios para saltos encadenados.

Hubo un silencio largo.

—No he entendido nada.

Clara asintió.

—Lo suponía. ¿Tiene papel y bolígrafo?

Javier cerró los ojos un segundo y negó con la cabeza.

—Está bien, continúe —dijo Salazar.

Clara sonrió.

—Bien. Apunte. —Javier negó de nuevo con la cabeza mientras Clara comenzaba a enumerar—.

Uno: portátil limpio sin supervisión interna.

Dos: sistema aislado con acceso externo manual.

Tres: hardware desmontable. Cuatro: cifrado independiente.

Cinco: acceso a nodos intermedios. —Inspiró hondo—. ¿Lo tiene?

—Continúe.

Clara asintió.

—Para la gala de mañana… —Javier alzó la vista, atento—, necesito herramientas de proximidad. Un payload ligero activable a corta distancia, con capacidad de escaneo y replicación de datos… y un troyano persistente.

—¿Para qué?

Clara se encogió de hombros; para ella, era una obviedad.

—Para entrar en los dispositivos móviles, agendas electrónicas, relojes inteligentes… —Tomó aire—. Extraer contactos, patrones de comunicación, relaciones y reconstruir redes.

Javier la observó sin intervenir.

—Eso no está autorizado —dijo Salazar.

Clara inclinó la cabeza.

—Entonces no voy a encontrar nada. Lo que buscamos no está en la superficie, está oculto. —Hubo una pausa—. Yo sé cómo sacarlo, pero necesito un equipo apropiado.

Hubo un silencio denso.

—¿Puede hacerlo sin ser detectada?

Clara sonrió.

—Sí. —Miró a Javier de reojo—. Con el equipo que tengo ahora no puedo, pero si me da lo que necesito, se lo daré todo.

Hubo unos segundos más de silencio.

—Tendrá lo que necesita —dijo finalmente Salazar.

Clara estuvo a punto de dar un salto de felicidad.

—Perfecto, gracias —dijo alzando los brazos.

—Pero con condiciones. —Clara entornó los ojos—. Nada de improvisaciones, nada de accesos innecesarios…

—No hago nada innecesario.

—Y reportará todo —ordenó Salazar.

Clara no dudó ni un segundo.

—Todo —comentó ella con una gran sonrisa.

—De acuerdo. —Clara intercambió una mirada con Javier y le hizo un gesto de OK con la mano. Él asintió—. Mañana a las 19:00 estará preparada.

—Lo estaré.

—El equipo llegará antes —informó Salazar.

—Bien.

—Y, señorita Vega…

Ella levantó la vista.

—Oh, por favor, llámeme Clara —dijo ella con una voz divertida.

—Señorita Vega —repitió el director operativo, provocando que ella borrase la sonrisa de su rostro—. No está aquí para demostrar lo buena que es. Está aquí para ser útil.

Clara apretó los labios.

—Sí, claro… lo seré. —La llamada se cortó sin despedidas. El silencio llenó la sala y Clara se giró hacia Javier—. ¿Ves? —dijo con una sonrisa—. No era tan complicado.

Javier la miró unos segundos sin comprender nada.

—Le has pedido a Salazar que coja papel y bolígrafo.

Clara sonrió.

—Sí.

—Directamente —enfatizó.

—Sí —respondió ella con una gran sonrisa. Javier negó con la cabeza—. Funciona, ya lo has visto —señaló el móvil. Luego se llevó la mano al estómago y miró hacia la cocina—. ¿Qué hay de cenar? ¿Hay que cocinar o pedimos una pizza?

Javier se encogió de hombros y cogió el teléfono.

—Hay cosas, pero mañana por la mañana iré a comprar. Si quieres puedo pedir una pizza y…

Ella lo miró fijamente.

—¿Quieres que hackee la pizzería y nos traigan dos pizzas gratis? —preguntó, mirándolo fijamente.

Javier se quedó mirándola seriamente y enarcó una ceja.

—¡No! —comentó como si la idea le desesperase.

—Era coña —respondió ella moviendo su mano como si espantase una mosca—. Pide lo que quieras, a mí me gusta todo —acabó diciendo mientras entraba en la cocina y abría la nevera para ver qué había en el interior—. Sí, definitivamente hay que hacer la compra.