7
El ordenador iluminaba su rostro.
Clara apoyó la barbilla en la mano, mirando la pantalla sin verla realmente. Las líneas de código estaban ahí, moviéndose, ordenadas y limpias… pero su cabeza seguía en otro sitio: en la noche anterior, en el vehículo, en el piso y en Javier.
Parpadeó y bostezó otra vez, cubriéndose la boca con la mano, y luego se pasó la mano por la cara.
Todo aquello no podía ser real. El CNI, el piso franco… el gato paseándose por una operación secreta.
Bostezó de nuevo.
—Vale, esto ya es preocupante —pronunciaron a su lado.
Clara giró la cabeza hacia ella. Laura estaba apoyada en el borde de su mesa, mirándola con los brazos cruzados.
—¿El qué?
—Tú.
Clara frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—No paras de bostezar y eso no es normal en ti.
Clara volvió a la pantalla.
—Estoy bien.
—No me da esa impresión —comentó su amiga.
Clara suspiró.
—¿Por qué no? —preguntó a disgusto mientras volvía su atención a la pantalla.
—Porque hoy estás… lenta. Casi eres humana.
Clara esbozó una pequeña sonrisa.
—Qué detalle tan bonito —bromeó Clara.
—¿Saliste ayer?
—No.
—¿Seguro?
Clara dudó una fracción de segundo.
—Sí, claro.
Laura entornó los ojos.
—Mientes fatal cuando estás cansada.
Clara volvió a mirar la pantalla.
—Estoy bien —pronunció arrastrando las palabras.
—Ya. ¿Seguro que no te han secuestrado y reemplazado por una versión defectuosa?
Clara soltó una risita.
—Ojalá.
—Lo sabía.
—¿El qué?
—Que algo raro pasa.
Clara negó con la cabeza.
—No pasa nada, solo necesito café —dijo levantándose de la silla.
Al final de la oficina había una cafetera donde podían servirse el café que quisieran.
—Llevas ya tres cafés —comentó Laura.
—Cuatro —la rectificó Clara.
Laura sonrió.
—Ahora sí suenas como tú.
Clara asintió levemente.
—Perfecto. —La miró de reojo mientras cogía un vaso de plástico y se echaba hasta la mitad de café—. Entonces deja de analizarme.
—Qué va, no puedo —Laura pestañeó varias veces seguidas, lo que provocó que Clara riese—. Estás rara… ¿algún chico?
—¡No! —exclamó mientras volvía a su asiento dando la conversación por zanjada.
Clara resopló y volvió a centrarse en su trabajo.
Las horas pasaron más rápido de lo que esperaba y cuando levantó la vista ya era hora de marcharse. Recogió sus cosas y salió del edificio sin esperar a Laura.
El aire de la calle la golpeó con suavidad. Al final de esta, en una esquina, un vehículo negro la estaba esperando.
Se removió nerviosa, suspiró y se acercó despacio, asegurándose de que ninguno de sus compañeros de trabajo la viera subir a aquel vehículo.
Abrió la puerta trasera y entró directamente, situando su bolso en sus rodillas.
Miró al conductor a través del retrovisor. Tenía un gesto serio, casi inexpresivo.
—Hola —dijo ella mientras él arrancaba el vehículo y se incorporaba al tráfico—.
¿Cómo te llamas? —Esperó unos segundos, pero no hubo respuesta por su parte.
Lo volvió a mirar a través del retrovisor—.
Vale —dijo lentamente—. Empezamos bien. —Miró por la ventanilla unos segundos y chasqueó la lengua, luego volvió a mirar al conductor mientras se acomodaba en el asiento, consciente de que no iba a responder a ninguna de sus preguntas—.
¿Qué edad tienes? —Nada, no hubo respuesta, ni siquiera la miró a través del retrovisor—.
¿Treinta? ¿Cuarenta? ¿Cincuenta misteriosos años?
—Suspiró y apretó los labios mientras miraba por la ventanilla de cristal opaco—.
¿Trabajas para el CNI o eres freelance ?
—Seguía en silencio. Clara ladeó su cabeza—.
¿Tienes familia? ¿Cómo llevas esto? ¿Tienes que guardarlo en secreto como yo?
—Hubo unos segundos donde Clara esperó por si el conductor respondía, pero luego carraspeó—.
“Cariño, hoy no puedo ir a cenar, tengo que recoger a una hacker problemática” —dijo con voz masculina, como si fuese él quien respondiese, pero el conductor no hizo ni un mínimo gesto.
Clara asintió lentamente—. Entiendo, esto…
esto es complicado. —Clara cambió ligeramente de postura—.
¿Y qué sientes? ¿Te gusta tu trabajo? —De nuevo hubo silencio.
Clara suspiró y volvió a cambiar a una voz más grave—.
“No, Clara. No siento nada. Soy un conductor sin emociones” —se respondió a sí misma—.
Vaya, qué duro debe de ser. —Otra vez puso voz grave—.
“Es lo que hay, así es la vida” —Clara asintió firmemente—. Lo respeto… mucho.
El conductor ni siquiera la observaba por el retrovisor.
El vehículo giró hacia otra calle. Clara miró por la ventanilla y se dio cuenta de que no era el mismo camino. Jugaban al despiste con ella para que no pudiese hacerse un plano mental de dónde se encontraba.
—Vale… —murmuró—. Hoy tampoco. —Siguió mirando, intentando orientarse, pero era completamente inútil—. Os esforzáis mucho, ¿eh? —Clara sonrió—. Lo entiendo, yo también lo haría —acabó encogiéndose de hombros.
El vehículo descendió al parquin subterráneo otra vez, igual que la noche anterior, y se detuvo. Clara no se movió inmediatamente, se quedó mirando al conductor.
—¿Sabes qué? —dijo abriendo la puerta—. Si todos los días van a ser así… va a ser un aburrimiento.
Salió del vehículo y cerró la puerta.
El eco del parquin la envolvió y caminó hacia el ascensor.
Pulsó el botón, esperó hasta que las puertas se abrieron y entró. Se apoyó ligeramente contra la pared, en silencio. Clara miró su reflejo en el espejo: cansada, pero despierta.
Las puertas se abrieron y fue directa al piso, como si ya fuera suyo, aunque sin serlo.
Giró el pomo una vez, pero la puerta no se abrió. Lo intentó otra vez, pero nada.
Se quedó quieta un segundo mirando la puerta.
—Perfecto, simplemente perfecto —pronunció de los nervios. Llamó al timbre y dio unos golpes en la puerta, pero no se escuchaba nada—. ¿En serio? —La puerta se abrió de golpe y Javier apareció al otro lado, impecable. Clara lo miró molesta—. No tengo llaves…
Javier la miró fijamente.
—No.
Clara parpadeó mientras apretaba los labios.
—¿Por qué?
—Porque no las tienes.
—Ya lo veo. ¿Y cuál es exactamente el plan? ¿Que llame cada vez que quiera entrar? —se quejó cruzándose de brazos.
—Sí.
Clara lo miró fijamente mientras Javier se echaba a un lado para que entrase.
—Increíble.
Javier mantuvo la calma mientras cerraba la puerta.
—Es algo temporal.
—Claro.
—Hasta que evaluemos riesgos.
—Y mientras tanto yo… ¿qué? —Dejó el bolso sobre la mesa—. ¿Pido permiso para entrar en mi propia casa?
—No es tu casa.
Clara apretó la mandíbula.
—Lo es ahora. —Se giró hacia él con todo el cuerpo en tensión.
Javier la observó y, finalmente, suspiró mientras metía la mano en el bolsillo de su pantalón. Sacó un juego de llaves y se las entregó.
—Ahora sí las tienes —bromeó, tendiéndoselas.
Clara no las cogió inmediatamente.
—¿Ves? No era tan difícil.
Iba a tomarlas de su mano, pero Javier la apartó con gesto burlón. Ella se quedó observándolo, enarcando una ceja, hasta que Javier se las volvió a tender. Esta vez sí las cogió.
—Gracias —pronunció ella.
Javier asintió levemente.
—De nada.
Milo apareció por el pasillo y se enredó entre sus piernas.
—Hola, cariño —dijo agachándose para acariciarlo—. ¿Has estado cómodo?
Milo se dejó acariciar y luego se fue hacia el sofá, acomodándose perfectamente, como si llevara viviendo allí toda la vida.
Clara se dejó caer a su lado, girándose hacia él con total seriedad.
—Bueno… tenemos que hablar.
Javier, al fondo, apoyado cerca de la mesa, alzó la vista. Clara ni lo miró y se inclinó más hacia el gato.
—¿Qué tal el día? —Milo parpadeó y Clara asintió—.
—Ya, me lo imaginaba. —Javier frunció ligeramente el ceño y Clara continuó—.
A ver… necesito saber una cosa importante.
—Se acercó un poco más al gato—. ¿Te ha tratado bien el militar?
—Javier arrugó ligeramente la nariz, con las manos en la cintura.
Clara lo ignoró por completo—. Ajá… eso pensaba.
—Asintió con gravedad—. ¿Nada de mimos? —Milo movió la cola y Clara suspiró—.
Ya, tienes razón… es que es un poco… seco.
—Le acarició la cabeza—. Pero no te preocupes, ya lo iremos humanizando.
—Javier cerró los ojos un segundo y respiró largamente.
Clara continuó completamente metida en la conversación—.
Sí, sí… lo sé, nuestro compañero de piso es aburrido.
—Milo maulló y Clara abrió los ojos—. ¿En serio?
¿También te ha mirado como si fueras un problema? —Clara asintió—. Normal, a mí también.
Javier la miraba pasmado, sin intervenir aún.
Clara siguió.
—Pero tranquilo, Milo. —Le rascó detrás de la oreja—. Yo estoy aquí y voy a hacer que este sitio sea un poco más divertido, porque si dependemos de él… nos morimos del aburrimiento.
Javier habló finalmente.
—El activo felino ha sido correctamente supervisado.
Clara se quedó quieta un segundo y giró la cabeza hacia él.
—¿Qué?
Javier la miró, imperturbable.
—No ha presentado comportamiento hostil, además ha sido alimentado y ha invadido territorio operativo sin autorización.
Clara lo miró y luego miró a Milo.
—¿Has oído eso? Eres un problema operativo. —Milo maulló—. Sí, yo también lo creo. —Volvió a mirar a Javier—. ¿Le has hablado así todo el día?
—No, no responde a órdenes.
Clara se llevó una mano al pecho.
—¿Le has dado órdenes?
—Lo intenté, pero no funcionó.
Clara sonrió.
—Menos mal. Tranquilo —se inclinó hacia Milo, acariciándolo—, yo tampoco le hago caso.
Javier negó levemente con la cabeza.
—Eso ya lo he notado, no está muy bien educado.
Clara levantó la mirada.
—Es mutuo. ¿Verdad, Milo? —Milo maulló y Clara asintió—. Exacto.
Javier los observó un segundo más.
—Esto no es una guardería.
Clara lo miró.
—No, es peor.
Se recostó en el sofá con el gato sobre ella.
—Es convivencia —resolvió Javier—, y creo que va a ser muy interesante.
Clara sonrió sin apartar la vista.