Conexión peligrosa 6
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Había tenido el tiempo justo para entrar en su piso, moverse rápido, coger ropa sin pensar demasiado y meter lo imprescindible en una bolsa.

El tiempo suficiente para que Milo se le enredara entre las piernas mientras lo metía en el transportín y para sacarlo dos minutos después, porque no dejaba de maullar.

Y ahora estaba allí, en aquel nuevo piso.

Milo ya se encontraba fuera del transportín, recorriendo el lugar con total libertad, como si todo le perteneciera.

Clara dejó la bolsa sobre el sofá y miró alrededor.

El edificio era normal. Fachada antigua, portal estrecho, ascensor pequeño y vecinos que seguramente llevarían años viviendo allí. Nada llamativo.

El piso seguía la misma línea: limpio, ordenado, impersonal y demasiado preparado.

Salón funcional, cocina equipada, todo en su sitio, sin rastro de vida real, como si alguien hubiera montado aquello para que pareciera un hogar, pero sin serlo del todo.

Milo pasó por delante de Javier y este lo siguió con la mirada, sin disimular demasiado. Estaba claro que no le convencía tenerlo allí.

—Ni se te ocurra —dijo Clara sin mirarlo—. Se queda.

Javier no respondió, pero dejó de mirar al gato.

Clara se giró y volvió a recorrer el espacio con la vista.

—¿Dónde estamos?

Javier dejó las llaves sobre la mesa.

—En un piso seguro.

Clara soltó una risa seca.

—Eso ya lo sé. Me refiero a dónde.

Javier la miró.

—No necesitas saberlo.

Clara se giró hacia él.

—Claro que necesito saberlo.

—No.

—Genial —ironizó, cruzándose de brazos—. Vivo en algún punto desconocido de Barcelona con un militar y un gato.

Javier no reaccionó.

—Teniente —corrigió él.

Clara lo miró.

—Me sigue dando igual.

Milo saltó al sofá y Clara lo miró un segundo antes de volver de nuevo a Javier.

—¿Cómo se supone que voy a ir a trabajar?

—No irás sola.

Clara frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Los primeros días te llevaremos.

—¿“Te llevaremos”?

—Sí. —Hubo un silencio—. Y te traeremos.

Clara se quedó mirándolo.

—¿Me estás diciendo que voy a ir escoltada al trabajo?

—Temporalmente.

—¿Por qué? —exclamó abriendo los brazos.

Javier no dudó.

—Por posible amenaza. No sabemos quién puede detectar la actividad, además de nosotros. —La miró con una sonrisa burlesca—. Y no confiamos en que no intentes desaparecer o huir.

Clara parpadeó.

—Ah —reaccionó pensativa—. Eso último no ha sido bonito.

—No, tienes razón… es realista.

Clara negó con la cabeza.

—Pues ni se me había pasado por la cabeza hasta que tú lo has mencionado… gracias —ironizó—. Y después, cuando te relajes con la idea de que pueda huir, ¿qué?

—Después podrás ir sola.

—Ah, ¿sí?

—Sí… pero no estarás sola —completó la frase rápidamente.

Clara lo miró.

—¿Eso es una amenaza o una advertencia?

—Ninguna de las dos. Es información, tómala como quieras.

Clara soltó aire por la nariz.

—Me encanta —dijo, agobiada.

Milo pasó entre ellos y Javier lo esquivó. Clara lo vio y sonrió.

—Te cae bien, ¿eh?

—Es un gato —dijo señalándolo.

Ella suspiró mirando alrededor. Luego dio unos pasos por el comedor.

—¿Hay vecinos?

—Sí.

—¿También forman parte del plan o son inocentes?

—Inocentes… y necesarios.

Clara alzó una ceja.

—¿Para qué?

—Para la cobertura. Una pareja no llama la atención.

Clara cerró los ojos un segundo.

—Claro…. —resopló—. ¿Sabes? Es bastante incómodo.

Él enarcó una ceja.

—Es la forma de pasar desapercibidos más segura para los dos. —Ella suspiró. Javier ignoró aquel gesto y caminó hacia el pasillo—. Hay dos habitaciones.

Clara lo siguió.

—Menos mal —ironizó ella alzando los brazos.

Javier abrió la primera puerta de par en par.

—Esta es la tuya.

Clara asomó la cabeza. Era una habitación simple y ordenada, no muy grande, con una cama de matrimonio en el centro y un armario.

—¿Y tú? —preguntó ella.

Javier señaló la otra.

—Ahí.

Clara la miró. La habitación de Javier era más pequeña.

—Oh, qué generoso —respondió, sorprendida.

—No lo es. —Se cruzó de brazos, mirándola—. Es estratégico. Tu habitación está más alejada de la entrada, por lo que es más segura. —Clara lo miró un segundo y no dijo nada—. Y yo estoy más cerca de la puerta…

—Para hacer de escudo humano.

—Para reaccionar antes —respondió rápidamente.

Clara asintió muy levemente.

—Vaaale. Eso te lo compro.

Javier volvió al salón con Clara detrás y recorrió el espacio con la mirada. Ventanas, puertas, entradas, como si estuviera trazando algo mentalmente.

Clara lo observó.

—¿Qué haces?

—Memorizando rutas.

—¿Rutas?

—Entradas alternativas, salidas, puntos ciegos…

Clara lo miró.

—¿Hay cámaras?

—Probablemente.

—¿“Probablemente”? —Lo miró con los ojos muy abiertos.

—Sí, aunque no estén visibles.

Clara se quedó quieta un segundo y resopló.

—¿Y la intimidad dónde queda? —se quejó y luego negó con la cabeza—. Cada vez me gusta más esto —ironizó.

Javier se giró hacia ella.

—Te acostumbrarás… y si no… ya sabes, siempre puedes escoger ir a la cárcel —acabó con un tono seco.

Clara resopló de nuevo y negó. En ese momento, miró al final del comedor. En una de las paredes había un gran escritorio con un setup compuesto por dos ordenadores nuevos e impecables, aunque demasiado limpios para lo que ella estaba acostumbrada.

Clara se acercó, seguida de cerca por Javier.

—Es tu equipo —le informó él.

Clara lo miró.

—No. Ese no es mi equipo.

—Lo es ahora.

Clara lo miró fijamente y situó una mano sobre una de las pantallas.

—Esto es lento —informó.

—Es seguro —le rectificó.

—Estará limitado —dijo apretando los dientes.

—Está controlado.

—No sirve —pronunció más efusivamente, dando una palmadita a la pantalla.

—Servirá —sentenció él con una sonrisa, mostrándole los dientes, aunque aquella sonrisa distaba mucho de ser de felicidad.

Clara se acercó de mala gana y lo encendió.

Miró la pantalla y esperó unos segundos cruzada de brazos.

—Esto es una broma. —Señaló la pantalla.

—No, no lo es.

—No puedo trabajar así —acabó desquiciada.

Javier sostuvo su mirada.

—Trabajarás —dijo más contundente.

Clara se sentó en la silla, visiblemente mosqueada, puso las manos sobre el teclado y empezó a teclear mientras él la miraba confundido.

—No sabes lo que estás haciendo —dijo él.

Ella sonrió.

—Ese es exactamente el problema —respondió, señalando de nuevo la pantalla.

Milo saltó a la mesa captando la mirada de los dos. Javier iba a espantarlo con la mano, pero Clara lo detuvo.

—Ni se te ocurra bajarlo —dijo ella.

Javier suspiró.

—Esto va a ser largo —dijo pasándose la mano por los ojos, como si estuviese agotado.

Clara sonrió sin apartar la vista de la pantalla.

—No tienes ni idea, barquito de guerra —susurró sin mirarlo.

Esta vez Javier no la corrigió, solo se dedicó a mirarla un segundo más, como si acabara de entender que aquello no iba a ser sencillo.

Clara dejó de teclear un segundo, suspiró, y giró la silla hacia él.

—Vale. Llama a tu jefe, esto es una castaña.

Javier no se movió.

—No.

Clara frunció el ceño.

—¿Cómo que no?

—Ahora no.

—Pues yo quiero hablar con él ahora.

—No es necesario.

—Para mí sí.

Javier sostuvo su mirada.

—Mañana podrás hablar con él.

Clara resopló y se giró de nuevo hacia la pantalla.

—Genial. ¿Y quién es exactamente “tu jefe”?

Javier dudó apenas un segundo.

—No es mi jefe. Es el responsable de la operación: director operativo Salazar.

Clara lo miró.

—¿Salazar?

—Sí.

—¿Se llama así de verdad?

Javier ladeó muy ligeramente la cabeza.

—Es el nombre que vas a usar.

Clara sonrió.

—Vale, o sea que no se llama así.

Javier no respondió y eso ya era respuesta suficiente.

Clara volvió a girarse hacia el ordenador.

—Perfecto, pues mañana hablaré con el señor “Salazar” y le diré que esto es una basura.

Javier se acercó un poco.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Son equipos de última generación.

Clara dejó escapar una risa.

—Para vosotros.

Javier enarcó una ceja.

—¿Perdón?

Clara se giró otra vez hacia él.

—Mis equipos no eran “de última generación”, estaban modificados.

—Javier no dijo nada, solo la miró—. Kernel personalizado —continuó ella—.

Arranque en capas, entornos aislados, spoofing de hardware, rutas de salida dinámicas…

nada de esto lo tiene. —Javier seguía mirándola en silencio—.

Además, tenía cifrado distribuido y acceso indirecto a nodos externos mediante túneles encadenados.

Javier la miró intrigado unos segundos.

—¿Sabes qué? No tengo ni idea de lo que me has dicho.

Clara sonrió.

—Ya.

—Pero no me importa, mañana lo hablas con el director operativo.

—Con “Salazar”, ¿no? —ironizó ella, haciendo con los dedos el gesto de entrecomillar.

—Sí.

—Mejor, porque con esto no voy a poder trabajar ni al cincuenta por ciento.

Javier la observó un segundo más.

—No vas a trabajar solo con eso.

Clara frunció el ceño.

—Ah, ¿no?

—No. Si lo que creemos es correcto, tendremos que ir al origen.

Clara lo miró arrugando la nariz.

—¿Al origen?

—A altamar.

Clara se quedó quieta.

—¿Altamar? —preguntó, asustada.

Javier la sostuvo con la mirada.

—Sí. —Hubo un segundo de silencio—. Creí que lo habías entendido. ¿Por qué crees que estoy yo aquí?

Clara lo miró un segundo y luego se encogió de hombros.

—No sé. —Lo miró confundida—. ¿Para vigilar que no rompa nada? —ironizó.

Javier resopló muy levemente y negó con la cabeza.

—Pues qué bien —susurró mirando la pantalla de nuevo.

Javier miró su reloj e inspiró hondo.

—Son casi las cinco.

Clara parpadeó.

—¿Ya?

—Sí, vete a dormir.

Clara lo miró.

—¿Y tú?

—También me voy a dormir —respondió.

—¿En serio?

—Pues claro, son las cinco de la mañana —dijo.

Clara lo observó un segundo más.

—Una cosa. —Javier levantó la vista mientras iba hacia el pequeño pasillo que conducía a las dos habitaciones y al servicio—. ¿Hay cámaras en las habitaciones?

Javier la miró, evaluando la pregunta.

—No, ni en los baños.

Clara entornó ligeramente los ojos.

—¿Seguro?

—No lo sé —explicó extendiendo los brazos hacia los lados—. Pero si las hay… estarán en puntos vulnerables.

Clara lo miró.

—Cada vez me gusta más esto, en serio.

Javier reaccionó de inmediato.

—Es por tu seguridad.

Clara soltó una risa cansada.

—Ya, siempre lo es. —Milo maulló desde el sofá y Clara lo miró—. Al menos uno de nosotros está cómodo. —Javier no respondió y se fue por el pasillo. Clara se levantó de la silla, mosqueada—. Buenas noches, barquito de guerra.

Javier la miró un segundo e ignoró aquel apodo que ella le había puesto.

—Descansa. —Inspiró hondo—. Mañana empiezas a trabajar.

Clara se detuvo en la puerta.

—Nunca he dejado de hacerlo —respondió.

Javier asintió y desapareció por el pasillo, luego entró en su habitación sin decir nada más, cerrando la puerta.

El silencio volvió al piso.

Clara resopló e, instintivamente, miró de un lado a otro buscando las cámaras que Javier había mencionado.

—Mierda —susurró, mosqueada.

Necesitaba descansar, aunque fueran solo unas horas.