Conexión peligrosa 5 #2
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5 #2

—Clara Vega, ingeniera de sistemas, especialización en ciberseguridad.

—Su tono era neutro—. Trabajo en Nexora…

—añadió—. Me pagan por evitar exactamente el tipo de cosas por las que estoy aquí.

—Parpadeó varias veces seguidas e inclinó levemente la cabeza—.

Lo cual, visto así, es bastante irónico.

—Sus labios se curvaron esbozando una sonrisa—.

Soy bastante buena en mi trabajo… —Se echó hacia delante mientras Javier la miraba fijamente—, en los dos —le susurró con una gran sonrisa—.

Ah, sí… —continuó como si lo recordase en ese momento—, y ahora parece que trabajo para el Gobierno.

—Se encogió de hombros—. No he firmado nada…

pero es esto o acabar en prisión, así que…

—le brindó una leve sonrisa—. Ya ves… todo por la patria.

—Javier la miró fijamente, analizando cada una de sus palabras, aunque ninguna de ellas pareció hacerle gracia—.

Supongo que tú eres el que me va a decir lo que tengo que hacer, ¿no?

Javier no dudó.

—No, trabajaremos juntos.

Clara alzó ligeramente una ceja.

—Eso suena mejor de lo que luego suele ser.

—Suele pasar —respondió sin ninguna emoción.

Clara sonrió.

—Perfecto —reaccionó Clara cruzándose de brazos.

El hombre los observó un segundo más, midiendo el equilibrio que acababa de formarse entre ellos.

—Sentaos —ordenó.

Clara no se movió al instante y luego, con una exhalación apenas perceptible, se dejó caer en la silla más cercana, cruzando las piernas con un gesto que dejaba claro que obedecía, pero no aceptaba.

Javier se sentó frente a ella, totalmente recto, como si cada movimiento estuviera medido.

El hombre permaneció de pie un instante más antes de apoyar las manos sobre la mesa.

—Bien —empezó—, comencemos con…

—Tengo una pregunta —lo interrumpió Clara. El hombre la miró—. Tengo un trabajo, un contrato con Nexora. ¿Qué va a pasar con eso?

El hombre no respondió de inmediato, quizá porque la pregunta le pareció irrelevante o secundaria.

—Seguirá yendo a trabajar.

Clara frunció ligeramente el ceño.

—¿Perdón?

—Su vida no cambia —continuó él—. No de cara al exterior. Eso es precisamente lo que la hace útil.

Clara lo procesó.

—¿Queréis que mantenga la tapadera?

—No es una tapadera —corrigió él—, es su vida.

Clara rio desganada.

—Claro, claro. Mi vida…

—Seguirá en Nexora —añadió—. Mismo horario y mismas rutinas. Nadie sabrá que está aquí.

El silencio se asentó un segundo.

—¿Y si digo algo? —bromeó ella.

—No lo hará —sentenció el hombre con una respuesta inmediata y firme.

Luego desvió la mirada hacia el resto de personas que los rodeaban con tabletas y carpetas llenas de documentos—.

Entrando en materia —comenzó—, hace meses detectamos actividad anómala en rutas marítimas comerciales.

—Clara no dijo nada, pero escuchaba—. Buques que no deberían coincidir…

coinciden, rutas que cambian sin motivo, sistemas portuarios con accesos no registrados.

—Clara entornó ligeramente los ojos, interesada—.

Transferencias de datos —añadió él—, no digitales.

—Clara lo entendió antes de que lo dijera—.

Servidores y unidades completas moviéndose de un barco a otro en puntos sin jurisdicción clara.

—Javier no se movió, pero su atención estaba completamente fija en la conversación—.

Datos sensibles —continuó el hombre—, e infraestructuras de…

—De defensa —añadió Clara.

El hombre la miró.

—Entre otras —le confirmó.

—¿Quién los compra? —preguntó ella.

—No lo sabemos —confirmó él—. Esa es una teoría de lo que pensamos que ocurre. Tenemos los patrones, pero no la confirmación.

Clara apoyó los codos en la mesa.

—¿Y no podéis seguir el rastro?

—No sin dejar huella. Como comprenderá, no podemos permitirnos eso.

Clara miró a Javier un segundo y luego volvió a escudriñar al hombre.

—¿Y yo sí?

—Usted no existe en ese sistema, no oficialmente.

Clara lo procesó despacio.

—Queréis que entre.

—Queremos que encuentre dónde, cómo y quién.

El aire en la sala se tensó ligeramente.

—¿Y él? —preguntó Clara, señalando levemente a Javier.

El hombre no dudó.

—Usted encuentra la puerta y él la ayuda a entrar.

Clara esbozó una leve sonrisa cargada de perspicacia.

—Bonita división del trabajo. —Clara se recostó ligeramente en la silla—. Vale —dijo finalmente—. ¿Y ahora qué?

El hombre no dudó.

—Ahora empezamos. A partir de este momento, no vuelve a su casa.

Clara parpadeó.

—¿Perdone?

—Se traslada a una ubicación segura.

Ella abrió los ojos de par en par.

—No. —La respuesta fue inmediata—. No —repitió ella, incorporándose ligeramente—. Yo tengo una casa, un trabajo, una vida…

—Seguirá teniéndola, pero con unos ajustes.

Clara se quedó en silencio un segundo y la mandíbula se le tensó.

—No puede decidir eso.

—Ya está decidido —sentenció—. Si trabaja con nosotros, nos encargaremos de su protección. Su actividad ha sido detectada.

Clara frunció el ceño.

—Eso no es posible.

—Lo es. Si nosotros lo hemos detectado, otros también lo pueden hacer. No saben quién es usted exactamente, pero saben que alguien puede estar entrando. —El aire en la sala cambió y Clara lo entendió—. Y cuando lo averigüen… —continuó él sin acabar la frase.

—Irán a por mí —susurró ella.

—Sí.

Clara desvió la mirada un segundo, pensando y calculando.

—Puedo cubrirme —dijo—. Siempre lo hago.

—No esta vez. Esto no es un encargo, es una red —corroboró el hombre.

Clara volvió a mirarlo.

—¿Y su solución es encerrarme?

—Mi solución es mantenerla con vida. Dependemos de su trabajo.

La respuesta fue directa y sin adornos, por lo que Clara soltó una pequeña risa sin humor.

—Qué tranquilizador.

—Mientras trabaje en esta misión vivirá en un piso franco con él.

El gesto de Clara fue inmediato y miró a Javier directamente.

—No, no —repitió, señalando a Javier—. Eso no va a pasar.

Javier no reaccionó, seguía sentado escuchando, sin inmutarse.

—No es una sugerencia —dijo el hombre.

—Pues debería serlo —se quejó ella.

—No lo es —sentenció.

Clara se levantó y dio un paso.

—¿Quiere que viva con un desconocido?

—No es un desconocido.

Clara giró la cabeza hacia Javier.

—Lo vi una noche en una discoteca —contestó desquiciada—. Eso no cuenta.

Javier habló entonces.

—Cuenta lo suficiente.

Su voz fue calmada y firme.

Clara lo miró asombrada y ladeó la cabeza hacia él.

—¿Qué?

—Vamos a convivir por trabajo, nada más. Lo de la discoteca cuenta lo suficiente; no necesito conocerte más para saber cómo reaccionas. Fue un acercamiento informativo y confirmé varias cosas…

Ella puso su espalda recta. Desde luego, aquellas frases no le habían gustado nada.

—¿Sí? ¿Y qué confirmaste?

—Sobreviviste a una conversación conmigo; eso ya es un buen inicio —sentenció con una sonrisa de soslayo—. Ten en cuenta que no es una cita, es logística, y no tienes que caerme bien, solo no estorbar —acabó, más serio.

Clara desencajó la mandíbula y miró al hombre, señalando a Javier.

—Esto es ridículo —se quejó.

—Es necesario —intervino el hombre—. Una pareja no llama la atención.

Clara volvió a mirarlo.

—¿Una pareja? —acabó gritando, desquiciada.

—Es vuestra cobertura —confirmó.

—¡No! —gritó—. No voy a fingir nada con el… con el barquito de guerra —señaló a Javier.

Javier enarcó una ceja.

—¿Disculpa? —preguntó ofendido.

—Lo harás —interrumpió el hombre, cortante.

—No —rechazó la idea Clara.

—Sí.

Clara soltó aire por la nariz.

—Esto es una locura —exclamó, haciendo aspavientos.

—Es eficiente —confirmó el hombre.

—¡No! Es invasivo.

—Te dará seguridad.

—Todo esto es absurdo.

Javier volvió a intervenir.

—Es lo que hay —sentenció con el tono más alto y dirigido a ella.

Clara se giró en su dirección y lo miró fijamente, retándolo.

—¿Siempre hablas así?

—Solo cuando es necesario —respondió Javier—. Y ahora lo es.

Clara negó con la cabeza y se dejó caer sobre el asiento.

—Increíble —respondió molesta.

El hombre continuó, ignorando los comentarios de Clara y Javier.

—¿Tengo que recordarle, señorita Vega, que se le podrían imputar más de veinte delitos de…?

—No —lo cortó ella—, no hace falta.

—Bien —continuó el hombre—. El piso está controlado, será un lugar seguro, protegido y vigilado. No puede vivir sola, no mientras trabaje para nosotros. Hágase a la idea, supongo que es mejor eso que una celda.

—Apuesto a que sí —ironizó ella, llevándose una mano a la frente—. Genial —murmuró—, compartiendo piso con un militar.

Javier no sonrió.

—Teniente —rectificó—, de la Armada Española.

Clara cerró los ojos un segundo.

—Me da exactamente igual —contestó ella—, barquito de guerra. —Javier apretó los labios ante aquel apodo que ella le había puesto e inspiró hondo, haciendo honor a su paciencia—. Solo espero que no ronques.

Javier la sostuvo con la mirada.

—Y yo espero que no mientas. En un equipo hay que tener confianza el uno con el otro.

Clara lo miró unos segundos más, procesando… o fingiendo que procesaba, pero no respondió a Javier. Al contrario, miró al hombre que dirigía aquella operación.

—¿Y qué pasa con Milo? —preguntó Clara.

El hombre frunció ligeramente el ceño.

—¿Milo?

Clara lo miró con intensidad.

—Mi gato —respondió, sorprendida—. ¿No sois del CNI? —Se incorporó un poco en la silla—. Deberíais saber que tengo un gato. —Miró al jefe y a Javier—. No pienso irme sin él. Me lo llevo. —Luego los señaló a los dos—. Y no es negociable.

El hombre la observó unos segundos, evaluando si aquello era una broma.

No lo era.

—Se encargará alguien —dijo finalmente.

—No. —Clara negó con la cabeza—. “Alguien” no. Yo —enfatizó, señalándose—. El gato se viene conmigo.

Javier exhaló muy despacio por la nariz.

—No es una prioridad —intervino.

Clara giró la cabeza hacia él.

—Para ti no, está claro, pero para mí, sí.

Se miraron los dos.

—No puedes llevar un gato a un piso operativo —agregó él.

—Claro que puedo —lo retó ella.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

El hombre los observó sin intervenir, como si aquello confirmara algo.

—Es un animal —continuó Javier—, es impredecible.

Clara alzó una ceja.

—Curioso que lo diga alguien que me acaba de conocer.

—No necesito más tiempo.

Clara sonrió con tirantez.

—Ya, ya lo he notado, “señor normas”. —El silencio se podía cortar con un cuchillo—. El gato se viene —repitió Clara.

El hombre, finalmente, intervino y suspiró.

—Está bien, el animal será trasladado.

—Conmigo —dijo ella.

—Será trasladado —confirmó el hombre.

—Conmigo —repitió ella.

El hombre la retó un segundo más con la mirada y, al final, cedió.

—Con usted —la señaló.

Clara asintió, satisfecha.

—Gracias —dijo con una sonrisa forzada, aunque la borró de su rostro enseguida—. ¿Ve? No era tan difícil.

Javier negó levemente con la cabeza.

—Esto va a ser un problema.

Clara lo miró.

—Tú vas a ser un problema —reaccionó ella.

—No, yo soy la solución.

Clara soltó una pequeña risa.

—Claro, porque sigues las órdenes sin pensar en…

El hombre suspiró y decidió ignorar la conversación e interrumpirla.

—Salís en una hora —intervino.

Clara se giró hacia él.

—¿Una hora?

—Necesitamos que recojas lo imprescindible.

—Necesito más de una hora —se quejó ella.

—No.

Clara resopló.

—¿Dónde está el piso?

—Lo sabrás cuando llegues.

Suspiró y apretó los labios.

—Claro… todo muy transparente.

Javier se levantó también.

—Nos movemos ya —dio la orden.

Clara lo miró de arriba abajo.

—¿Siempre eres así de encantador? —ironizó ella.

—Ser encantador no es parte de la misión —dijo mientras se ponía en pie—, aunque debo reconocer que tú tampoco ayudas —continuó con los ojos clavados en ella—. Lo que sí puedo asegurarte es que soy efectivo. No es necesario que nos caigamos bien, solo no fallar en la misión.

Dicho esto, se giró y se dirigió a la puerta ante una Clara que lo seguía con la ceja enarcada.