5
El silencio se mantuvo, pero ya no era el mismo, había cambiado de peso y de dirección.
Ahora no era espera, sino negociación.
El hombre no apartó la mirada de Clara, estudiándola con una calma que no tenía nada de improvisada, como si cada gesto de ella confirmara algo que ya sabía.
—Podríamos procesarte. —Lo dijo sin énfasis ni amenaza, como si fuera un mero dato.
Clara no reaccionó, pero escuchó con atención—.
Acceso no autorizado a infraestructuras críticas —continuó él—.
Manipulación de sistemas de autenticación, intrusión en redes protegidas.
—Hubo un segundo de silencio—. Delitos contra la seguridad nacional —concluyó—. Eso son muchos años de prisión —añadió.
Clara sostuvo su mirada sin miedo en su expresión, pero sí cálculo.
—Y aun así no lo vais a hacer —respondió. El hombre ladeó ligeramente la cabeza, interesado—. ¿Por qué? —Clara se inclinó hacia delante—. Si quisierais hacerlo no estaría aquí, estaría en una comisaría… —Lo miró fijamente—, con un abogado.
El hombre no sonrió, pero algo en su mirada cambió: una aprobación ligera.
—Correcto.
Una palabra, más que suficiente.
Clara exhaló muy despacio.
—Así que vamos a ahorrarnos esa parte —añadió ella mientras se recostaba ligeramente en la silla—. ¿Qué queréis?
El hombre entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Eficiencia.
Clara arqueó una ceja.
—Eso suena a problema. Y de los gordos.
—Depende de en qué lado estés —respondió el hombre antes de quedarse pensativo—. Tienes habilidades que no son comunes. Accedes donde otros no pueden.
—Entro donde no miran —corrigió ella.
El hombre la observó un segundo más.
—Y sales sin que lo noten —confirmó él. Clara no respondió, no era necesario—. Nosotros no podemos hacer eso.
Aquello sí fue nuevo, pequeño pero importante.
—Claro que podéis —replicó—. Tenéis recursos, acceso, autoridad…
—Y limitaciones —la cortó él—. Jurisdicción, trazabilidad y responsabilidad.
Clara lo entendió despacio, pero con claridad.
—No podéis ensuciaros las manos —murmuró.
—No de la forma en la que tú lo haces.
Clara sostuvo su mirada.
—Y queréis que lo haga por vosotros.
El hombre no respondió de inmediato, pero tampoco lo negó.
—Queremos que trabajes con nosotros.
Ahí estaba, directo y sin rodeos.
Clara dejó escapar una risa ahogada.
—Trabajar con vosotros… —Negó con la cabeza—, es una forma muy elegante de decirlo.
—Es una forma precisa.
—No —replicó ella—. Preciso sería decir que no tengo opción.
El hombre no apartó la mirada.
—Siempre hay opciones —comentó y se encogió de hombros levemente.
Clara lo miró fijamente.
—Sí. Prisión… o vosotros.
El silencio que siguió fue definitivo.
No había tercera vía ni negociación real.
Clara desvió la mirada un segundo, pensando rápido y ordenando todas las ideas.
Volvió a mirarlo.
—¿Y qué ganáis exactamente conmigo?
El hombre no dudó.
—Acceso, discreción y resultados.
Clara entornó ligeramente los ojos.
—¿Y qué gano yo?
Hubo unos segundos de silencio.
—Rebaja de condena, libertad… —La palabra quedó en el aire—, condicional —añadió él.
Clara apoyó la espalda en la silla, mirándolo.
—¿Y si digo que no?
No había desafío en su tono, solo curiosidad.
El hombre la observó unos segundos más sin cambiar la expresión.
—Entonces esto se convierte en otra conversación mucho menos agradable.
Clara asintió levemente.
Lo entendía todo: el juego, las reglas y la ausencia de ellas. Aun así, una sonrisa irónica apareció en sus labios.
—Vale. Supongamos que digo que sí…
El hombre no se movió.
—Entonces empezamos a trabajar.
Clara inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Con quién?
El hombre la observó y, por primera vez desde que había entrado, pareció que algo le divertía muy ligeramente.
—No trabajarás sola. —Eso sí fue inesperado, aunque Clara no lo mostró.
Se inclinó hacia delante, como si aún no hubiera terminado de evaluarla del todo—.
Antes de nada… —dijo con calma—, quiero saber algo.
—Clara no se movió, atenta—. Si tuvieras que mover información sensible fuera de jurisdicción…
—continuó—, sin dejar rastro digital directo… ¿cómo lo harías?
Clara no respondió al instante, se limitó a pensar.
—No la movería online —dijo finalmente. El hombre no reaccionó—. La extraería primero del sistema —añadió ella—. Físicamente. —Inspiró hondo—. Servidores portátiles, unidades aisladas… cualquier cosa que no estuviera conectada a la red.
—¿Y después?
—Intercambio fuera de red —respondió Clara—. Entornos sin cobertura, sin trazabilidad.
El hombre la observó más atento ahora.
—¿Y la venta?
Clara ladeó ligeramente la cabeza.
—Fragmentada. Nunca vendes todo a un solo comprador. Divides la información, la haces incompleta por sí sola. Así reduces riesgo y aumentas valor.
—¿Y quiénes serían los compradores? —añadió él.
Clara lo miró fijamente.
—Gobiernos, empresas y gente con suficiente dinero como para que la legalidad deje de importar.
El hombre no apartó la mirada.
—¿De qué tipo de información estaríamos hablando?
Clara no dudó.
—Infraestructuras críticas, sistemas de defensa y comunicaciones.
El hombre asintió muy levemente.
—Exacto. —Clara no dijo nada, pero lo entendió. Eso era justamente lo que estaban investigando. No era un caso aislado, era una red—. Y tú puedes entrar ahí —añadió él.
Clara sostuvo su mirada.
—Si sé dónde buscar, sí —confirmó.
El hombre se recostó ligeramente en la silla.
—Trabajarás con alguien.
Clara frunció el ceño.
—No he dicho que vaya a trabajar con vosotros.
El hombre la miró con su expresión inalterable.
—Sí lo has hecho. —Clara sostuvo la mirada, apretó por primera vez los labios y decidió no discutir porque sabía que tenía razón. El hombre entrelazó los dedos sobre la mesa—. Javier Alcázar. —El nombre quedó en el aire—. Teniente de la Armada Española —continuó él—, de la FGNE.
Clara entornó ligeramente los ojos.
—¿FGNE?
—Fuerza de Guerra Naval Especial —repitió él—. Operaciones especiales en entorno marítimo. —Clara apoyó los codos en la mesa, interesada—. Abordajes, infiltraciones, operaciones en altamar… —enumeró él con calma—, y todo lo que ocurre cuando las cosas dejan de ser… limpias.
Clara asimiló rápido y con precisión.
—Entonces él entra por la puerta —murmuró—, y yo por el sistema.
El hombre no sonrió, pero estuvo cerca.
—Exacto.
Clara se recostó en la silla, pensando y encajando las piezas.
Aquello no era un trabajo, sino algo mucho más grande y mucho más peligroso.
Levantó la mirada.
—Y supongo que no es opcional —acabó diciendo con ironía.
—No.
—Claro. —Chasqueó la lengua—. Por supuesto que no es opcional —confirmó ella en un susurro.
Clara dejó escapar una leve exhalación de aceptación.
—Vale —murmuró—. Entonces quiero saber en qué me estoy metiendo exactamente.
El hombre se levantó directamente.
—Acompáñeme.
Clara lo observó un segundo antes de ponerse en pie. No preguntó, no tenía sentido hacerlo. Salió de la sala con la misma calma con la que había entrado, aunque por dentro todo se hubiera reorganizado.
Caminaron por los pasillos blancos y silenciosos otra vez. Clara prestó más atención a los detalles, a las puertas, a los giros… pero era inútil. Todo estaba diseñado para no dejar huella en la memoria.
Otra puerta se abrió y accedieron a una sala que era distinta: más grande y más viva.
La sala tenía pantallas encendidas, mapas, información en movimiento, mesas con equipos y gente trabajando en silencio. No había ruido, pero sí actividad. Era un espacio operativo.
Clara dio un paso dentro y entonces lo vio. Aquel chico se encontraba apoyado ligeramente contra una de las mesas, de pie, sin moverse, como si llevara allí tiempo esperándola.
No llevaba uniforme ni lo necesitaba. Era alto, con la espalda recta y una presencia limpia. Todo en él transmitía control sin esfuerzo.
Clara se detuvo un segundo, observándolo. Espera, aquel… aquel chico le sonaba. Tras unos segundos donde su mente trabajó a toda máquina, lo reconoció.
—¿Tú? —La palabra salió sin filtro mientras el hombre que la había acompañado a la sala cerraba la puerta tras de sí. Sus ojos se entornaron ligeramente—. Tú eres el chico que estaba fuera de la discoteca. ¿Me estabais siguiendo?
Javier no reaccionó de forma exagerada ni se defendió, simplemente la observó con la misma calma con la que había estado esperando.
—Antes de incorporar a un activo… evaluamos su comportamiento.
El tono fue firme y medido, sin rastro de disculpa.
Clara dejó escapar una breve exhalación.
—A mí no me están incorporando, me están extorsionando —dijo dando unos pasos adelante.
Javier inclinó ligeramente la cabeza, con la mirada fija en ella.
—Las consecuencias suelen llegar después de decisiones equivocadas. Y usted ha tomado unas cuantas.
Clara se quedó en silencio un segundo, no por la falta de respuesta, sino por el tono, la forma y la seguridad que desprendían cada una de sus palabras.
La mandíbula se le tensó.
—¿Usted? —replicó, arqueando una ceja—. ¿En serio?
Javier no cambió la expresión.
—Es lo apropiado.
Clara lo observó un segundo más y luego desvió la mirada, negando muy levemente con la cabeza.
—Esto es increíble —protestó.
El hombre que la había traído hasta allí intervino entonces, sin elevar la voz.
—Clara. —Clara se giró para mirarlo—. Él es tu compañero.
Clara rio con desdén.
—¿Mi compañero?
Miró a Javier de arriba abajo y este dio un paso hacia delante para presentarse.
—Javier Alcázar, teniente de la Armada Española, especializado en la Fuerza de Guerra Naval Especial.
Ella enarcó una ceja y se cruzó de brazos.