Conexión peligrosa 4 #2
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Ya no había vuelta atrás y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no tenía ningún control sobre la situación.

El vehículo no se detuvo de golpe, sino que descendió por una rampa. Clara lo notó en el cuerpo antes de verlo. Una ligera inclinación, el cambio en la luz que entraba por las ventanillas y el sonido distinto de las ruedas sobre el asfalto.

La rampa conducía a un subterráneo. El vehículo avanzó unos metros más y se detuvo por fin. Poco después, la puerta se abrió. El aire era diferente allí abajo, más denso, con ese olor a garaje cerrado que se quedaba en la garganta.

Clara bajó y miró alrededor. Había filas de vehículos y una oscuridad contenida. Las luces blancas en el techo eran regulares y demasiado limpias. No había nadie alrededor. Todo estaba vacío y, aun así, vigilado. Aquel edificio no existía.

—Vamos —ordenó una voz masculina junto a ella.

Clara caminó. Sus pasos resonaban levemente sobre el hormigón, acompasados con los de ellos, precisos y ordenados.

Se detuvieron ante una puerta metálica sin cartel ni identificación y entraron.

El contraste fue inmediato. La luz era blanca, las paredes lisas y no había nada fuera de lugar. Aquello no eran oficinas ni un hospital, tampoco nada que pudiera identificar con claridad.

Llegaron al ascensor al fondo del pasillo y esperaron. Las puertas se abrieron sin que nadie pulsara nada. Entraron y estas se cerraron tras ellos. Sintió cómo subían, aunque no miró el panel al no haber números visibles.

Se sentía incómoda y desorientada por no saber dónde estaba.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Caminaron por otro pasillo más silencioso aún. Este estaba totalmente vacío, con puertas cerradas a lado y lado.

La condujeron hasta una de las puertas y la hicieron entrar en una sala que era pequeña y sencilla. Una mesa y dos sillas, nada más. No había ventanas, por lo que no podría tener referencias de dónde se encontraba ni del tiempo que llevaba allí.

—Espere aquí —dijeron antes de que la puerta se cerrase.

Clara se quedó de pie unos segundos, escuchando, pero no se oía nada. Ni pasos ni voces. El silencio era absoluto.

Avanzó hasta la silla y se sentó. Apoyó las manos sobre la mesa y entrelazó los dedos con calma, obligándose a permanecer quieta, a no mostrar más de lo necesario, mientras su mente seguía trabajando con rapidez y orden, encajando las piezas.

Su mirada se topó directamente con el cristal: lo vio enseguida. En una de las paredes había un cristal unidireccional. La estaban viendo desde fuera.

Clara se recostó ligeramente.

“Que miren”, pensó. No tenía intención de facilitarles nada.

El tiempo pasó, aunque no estaba segura de cuánto. Podían ser minutos o más, no tenía forma de saberlo, hasta que la puerta se abrió y un solo hombre entró, cerrando tras de sí.

No se presentó ni sonrió. No hizo nada innecesario.

Clara lo observó unos segundos.

—¿Quiénes sois? —preguntó ella sin rodeos. El hombre no respondió y se sentó frente a ella, dejando una carpeta sin abrir sobre la mesa. Clara no apartó la mirada—. No sois policía y tampoco estáis aquí para hacer preguntas normales.

Nada, aquel hombre no gesticulaba ni tenía ninguna reacción.

Clara ladeó ligeramente la cabeza.

—Voy a volver a preguntar —añadió—. ¿Quiénes sois?

El hombre apoyó las manos sobre la mesa y la miró fijamente.

—Ha accedido a sistemas que no entiende.

Clara no parpadeó.

—Entonces sí los entendéis vosotros.

—No borra tan bien como cree —continuó él.

Clara esbozó una leve sonrisa.

—Si eso fuera cierto… no estaría aquí sentada. —El hombre no reaccionó, pero tampoco apartó la mirada. Clara se inclinó hacia delante—. No me interesa lo que creáis que he hecho —dijo tranquila—. Me interesa saber quién ha conseguido traerme hasta aquí.

Estaba claro que no iban a decírselo aún, Clara lo sabía, pero tampoco iba a dejar de preguntar.

El silencio se mantuvo un segundo más, lo suficiente como para que pesara.

El hombre no apartó la mirada de Clara, pero tampoco respondió. Se limitó a abrir la carpeta con un gesto limpio, sin prisa.

Clara observó sin moverse ni inclinarse ni mostrar interés, aunque sí lo tenía.

El agente deslizó un primer documento sobre la mesa, dejándolo en el centro.

Clara bajó la mirada apenas un segundo.

Se trataba de un esquema técnico y reconocible.

Volvió a levantar la vista.

—No es mío —lo dijo sin dudar.

El hombre pasó la página y apareció otro documento, esta vez más claro, con logs , accesos, tiempos y patrones.

Clara los reconoció antes incluso de procesarlos del todo. No por el contenido ni por la forma, sino por cómo estaban organizados y lo que implicaban.

—Interesante —murmuró. El agente no respondió—, pero incompleto.

Eso sí hizo que él levantara la mirada.

—¿Incompleto?

Clara apoyó ligeramente los codos sobre la mesa.

—Si de verdad hubierais seguido ese acceso… tendríais más. —El hombre la observó con más atención, midiendo y evaluando—. Así que no —añadió—. Eso no es lo que os ha traído hasta mí.

La carpeta no se cerró, pero dejó de avanzar.

El agente cambió ligeramente de postura.

—Acceso no autorizado a infraestructuras externas. —Clara no reaccionó—. Manipulación de autenticaciones, intrusión en sistemas protegidos…

Clara ladeó la cabeza.

—Eso suena serio.

—Lo es.

—Entonces deberíais haber traído algo mejor —concretó ella.

—¿Cree que esto es todo?

Clara sostuvo su mirada.

—Creo que si lo fuera… ya estaría detenida oficialmente.

El hombre cerró la carpeta y miró a Clara con determinación.

—Sabe dónde está.

No era una pregunta. Clara no respondió de inmediato, sino que su mirada se desvió hacia el cristal y luego volvió a él.

—Sí —dijo al final—. Y sé que no estoy aquí para que me leáis cargos, así que deja de perder el tiempo —añadió con calma y se recostó ligeramente en la silla—, y dile a quien esté mirando detrás de ese cristal que salga.

La sala se quedó en completo silencio.

El agente no osó hablar, pero tampoco negó nada. Eso ya era una respuesta.

Clara no apartó la mirada de la puerta, esperando, porque sabía que ahora empezaba lo importante. Pasaron los segundos, nadie entraba. Ella tampoco apartaba la mirada de la puerta. Nadie parecía tener prisa. Y ese, precisamente, era el juego.

El agente frente a ella se mantuvo inmóvil unos segundos más, como si estuviera valorando algo que ya estaba decidido.

Luego, sin decir una palabra, recogió la carpeta y se levantó.

No hizo ningún gesto hacia Clara ni pronunció palabra; simplemente caminó hacia la puerta.

La abrió y salió. La puerta se cerró tras él con un sonido seco.

Clara exhaló muy despacio, no de alivio, sino como una confirmación: estaba en lo cierto.

Desvió la mirada hacia el cristal y negó.

—Ya podéis dejar de observar —murmuró lo justo para que la oyeran.

Hubo silencio, ningún sonido al otro lado, pero estaban ahí. Lo sabía.

Se recostó ligeramente en la silla, cruzando una pierna sobre la otra con una calma que no era del todo real, pero que tampoco era fingida. Era control. Era lo único que tenía en ese momento.

El tiempo pasó despacio, sin reloj, sin referencias… y entonces la puerta se abrió de nuevo. Esta vez, el cambio se percibió antes incluso de verlo.

El hombre que entró no necesitó hacer nada especial para alterar el ambiente.

Cerró la puerta con suavidad y se acercó a la mesa.

Clara lo observó más despacio esta vez, más detenidamente.

No era como el anterior, no tenía esa rigidez técnica ni la necesidad de demostrar nada. Su postura era relajada, pero no descuidada. Todo en él estaba controlado.

Se sentó frente a ella sin presentarse y no dijo nada. Clara tampoco habló, simplemente se miraron, evaluándose.

—Si quisieras esconderte mejor… no estarías aquí.

La voz fue calmada, casi neutra, pero había algo detrás, algo que no estaba en el tono.

Clara alzó ligeramente una ceja.

—Y si quisierais encontrarme mejor… no habríais tardado tanto.

Un leve gesto, casi una sonrisa, pero no llegó a serlo del todo.

—No hemos tardado —respondió él—. Hemos esperado.

Clara sostuvo su mirada.

—Eso es interesante. ¿A qué?

El hombre entrelazó los dedos sobre la mesa, apoyando las manos con una tranquilidad que no era casual.

—A ver hasta dónde eras capaz de llegar.

Clara no reaccionó de inmediato, pero lo entendió.

—Así que no es cuestión de si podéis… —murmuró—, sino de cuándo queréis. —El hombre no respondió. Clara exhaló por la nariz—. Eso explica bastante. —Se inclinó hacia delante—. Pero no todo. ¿Quiénes sois?

La pregunta volvió más directa y firme. El hombre la observó un segundo más, midiendo, valorando.

—Trabajamos para el Estado.

Clara no sonrió, pero estuvo cerca.

—Eso no significa nada.

—Significa lo suficiente para que entiendas dónde estás.

Clara le sostuvo la mirada.

—Lo entiendo —asintió ella—. Centro Nacional de Inteligencia.

Lo dijo ella, no él.

El hombre no lo confirmó, pero tampoco lo negó. Con eso bastaba.

Clara se recostó ligeramente en la silla, asimilándolo todo. No estaba sorprendida, pero sí era más consciente de la situación.

—Vale —murmuró—. Entonces estamos hablando de algo serio.

El hombre inclinó la cabeza.

—Siempre lo ha sido.

Clara lo miró fijamente.

—Y aun así no me habéis detenido oficialmente. —Hubo un silencio—. Ni me habéis leído mis derechos. —Ladeó la cabeza—. Tampoco me habéis explicado nada.

El hombre no apartó la mirada.

—Porque no estás aquí para eso.

Clara sintió cómo algo encajaba y se quedó pensativa.

—Estoy aquí porque me necesitáis.

El hombre la observó unos segundos más.

—Exacto —respondió sin adornos ni rodeos.

Clara no apartó la mirada, pero algo dentro de ella se tensó porque sabía que aquel juego

acababa de empezar de verdad.