Conexión peligrosa 4
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El timbre sonó una vez.

Clara no se movió al principio, atrapada en ese punto extraño entre el sueño y la vigilia donde nada es del todo real, donde los sonidos tardan un segundo más en encajar.

Se giró echándose la colcha correctamente sobre ella y ronroneó.

Hubo silencio y luego sonó el timbre otra vez: más sostenido, más firme.

Sus ojos se abrieron en la oscuridad y lo primero que observó fue el techo.

Su corazón todavía latía lento y ajeno a lo que ocurría.

—¿Qué…?

Giró la cabeza hacia la mesilla, buscando el móvil por pura inercia, pero se detuvo a medio gesto, recordando. El móvil, el autobús, el hombre siguiéndola, la sensación…

El pulso se le aceleró y miró el reloj digital.

02:37.

Demasiado tarde o demasiado temprano, según cómo se mirase.

El timbre volvió a sonar y esta vez no dudó. Se incorporó de golpe, apartándose el pelo de la cara, con el cuerpo todavía pesado, pero la mente ya completamente despierta, demasiado despierta.

Aquello no era normal, nadie llamaba a esas horas. Nadie.

Se quedó sentada un segundo en el borde de la cama, escuchando en silencio. No había pasos ni voces… nada. Y eso era peor.

Se levantó y sintió el suelo frío bajo los pies descalzos.

Dio un paso, dos… y se detuvo al lado del escritorio. Lo miró fijamente, oscuro, apagado, pero no inofensivo, no lo era.

Una idea cruzó su cabeza, rápida e instintiva.

Se giró rápidamente y encendió el equipo. Apareció la pantalla negra y contó los segundos… un segundo, dos… demasiado lento.

—Vamos…

Sus dedos volaron sobre el teclado, introduciendo comandos sin pensar, secuencias memorizadas, rutinas de limpieza, cierre, borrado parcial… lo suficiente para dificultar, para ganar tiempo, para…

El timbre sonó otra vez, más corto e impaciente, y se quedó congelada.

El cursor parpadeaba, esperando. Clara lo miró y luego se giró hacia la puerta del piso, observándola. Se dio media vuelta y prestó atención de nuevo a la pantalla.

Ahí lo entendió todo: no había tiempo.

Si estaban ahí… ya sabían.

Exhaló despacio y cerró todo.

La pantalla se volvió negra y el silencio reinó de nuevo.

Se pasó una mano por el rostro, despejándose.

—Concéntrate —susurró, atemorizada.

Sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.

Fue hacia el pasillo, con cada paso más consciente que el anterior.

El pasillo estaba en penumbra. Miró la puerta al fondo.

Se detuvo frente a ella y respiró hondo.

—Policía, abra la puerta —escuchó que decían desde fuera.

La voz era tranquila, sin prisa. No gritaba, solo era con carácter informativo.

Aquellas palabras provocaron que se le secase su garganta.

—Mierda, mierda, mierda… —gimió—. No abras —se susurró a sí misma.

La idea apareció clara y directa, pero no tenía sentido. Si no abría, no se irían, y eso sería peor, mucho peor.

Se acercó a la mirilla y dudó un segundo antes de mirar.

Se acercó a ella y situó su ojo en ella. Había cuatro hombres con postura recta, quietos, esperando.

No parecían policías, no del todo. Se mantenían en silencio, sin moverse… solo estaban allí. El pulso se le disparó.

—Joder —gimió con el corazón saliendo por su boca.

Se separó de la puerta muy despacio, con las manos frías y la respiración entrecortada.

—Esto… esto no está pasando de verdad —balbuceó.

—Policía —volvió a informar una voz masculina en el exterior—. Abra la puerta.

El tono de aquel hombre era sosegado.

Clara resopló.

Miró alrededor, a su casa. Todo estaba en su sitio, todo normal, como si nada, como si no estuviera a punto de romperse.

Volvió a mirar la puerta y hubo silencio. Ya no llamaban, no lo necesitaban.

Clara tragó saliva y apretó ligeramente la mandíbula y, sin darse más tiempo para pensar más, giró el pomo y abrió.

La puerta se abrió y el frío del pasillo entró primero. Luego entraron ellos, sin esperar invitación.

El primero avanzó un paso, lo justo para marcar el espacio, para ocuparlo, para hacerle entender que aquello ya no era suyo. Los otros se movieron detrás, coordinados, sin ruido, sin mirarse entre ellos.

Clara no retrocedió ni se movió.

—Clara Vega. —No era una pregunta, sino una confirmación. La voz fue firme, sin énfasis ni emoción—. Tiene que acompañarnos.

Hubo silencio mientras Clara los miraba uno a uno, de forma rápida y automática. Ninguno llevaba uniforme, ni levantaba la voz ni parecía tener prisa.

—¿Qué…? —empezó.

—No intente nada —la cortó el hombre.

La frase cayó sin amenaza, pero no dejaba opción a réplica.

Clara cerró la boca y su mirada bajó un segundo, lo justo para procesar. No le habían pedido identificación, no le habían explicado nada y no le daban ninguna opción.

Ya sabían quién era ella.

Se apartó dando un paso atrás por la impresión al comprenderlo todo.

Dos de ellos entraron del todo y uno se quedó cerca de la puerta, el otro avanzó unos pasos más y, entonces, se acercó al escritorio, posando la mirada sobre él sin dudar ni buscar, directo al grano.

Clara sintió cómo algo se le tensaba por dentro. “Lo saben”, no lo dijo, pero lo pensó.

Se removió nerviosa, consciente del lío en el que estaba metida. Intentó no sucumbir a los nervios y trató de aparentar normalidad.

—Necesito vestirme —dijo manteniendo la voz lo más estable posible.

Uno de ellos la miró, evaluando un segundo.

—Tiene un minuto.

Eso fue todo.

Clara asintió levemente y se giró.

Caminó hacia el dormitorio con la sensación constante de que no estaba sola, de que cada movimiento estaba siendo observado, medido y registrado.

Abrió el armario y con manos rápidas cogió lo primero que encontró.

Unos vaqueros y una sudadera, nada especial.

Se vistió deprisa, sin pensar demasiado en lo que hacía.

—Respira… respira tranquila —se susurró a sí misma mientras miraba de reojo hacia la puerta, observando cómo los cuatro hombres estudiaban el piso mientras la esperaban.

Volvió al salón. Ellos no se habían movido demasiado, pero todo estaba distinto, más pequeño y controlado.

Uno de ellos había cambiado ligeramente de posición, más cerca del escritorio que no había tocado, pero tampoco ignorado.

Clara lo vio y apartó la mirada.

—¿Puedo coger mi abrigo? —preguntó.

—Sí.

Se acercó, lo cogió y se lo puso con movimientos medidos.

Su mirada fue hacia la mesa donde estaba su móvil, pero uno de ellos lo cogió antes que ella sin dar explicaciones y lo guardó directamente en su bolsillo.

Clara no dijo nada, no podía y, en parte, no debía.

—Vamos —ordenó el hombre.

Clara avanzó hacia la puerta y pasó entre ellos con la sensación constante de tenerlos demasiado cerca.

Salieron al pasillo y sintió el aire frío otra vez.

La puerta se cerró a su espalda y, por primera vez desde que había sonado el timbre, Clara tuvo claro algo: aquello no era una detención, era otra cosa.

El ascensor llegó con un sonido seco y las puertas se abrieron.

Nadie habló mientras el ascensor descendía. El espacio era pequeño, demasiado pequeño para cuatro personas más ella. Clara se colocó ligeramente hacia un lado, notando la presencia de ellos a su alrededor, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que no hubiera duda.

El zumbido del ascensor llenó el silencio y entonces su mente empezó a trabajar.

¿Qué había pasado? ¿Cómo habían dado con ella?

No tenía sentido, no así.

Clara apretó ligeramente la mandíbula, manteniendo la mirada fija en el reflejo tenue del metal frente a ella.

Ella borraba sus huellas siempre, no era descuidada, no improvisaba ni dejaba rastros. Cada acceso, cada salida, cada movimiento estaba calculado, medido y, aun así, allí estaban. Habían llegado hasta su puerta, hasta su casa, hasta ella.

El pulso le latía más fuerte ahora, al ser más consciente de todo.

No la había localizado otro hacker, no era alguien como ella, no era un encargo mal hecho ni un error. Aquello era otra cosa, otra liga, más arriba, mucho más arriba.

Su mirada se desvió hacia uno de ellos: su postura, su calma, su forma de moverse.

No eran policías, no parecían necesitar pruebas… y, entonces, todo encajó.

El CNI.

La palabra apareció sola, fría y precisa. Tenía todo el sentido del mundo, y eso era peor, porque si era eso, no estaba en un problema pequeño.

Había realizado acceso no autorizado a sistemas críticos, manipulación de infraestructuras, intrusión en redes protegidas, delitos contra la seguridad nacional.

Clara tragó saliva. Aquello conllevaba penas de prisión durante años, muchos años.

El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.

El portal estaba vacío, silencioso, ni un solo vecino, nada de ruido. Todo estaba medido y preparado.

Salieron del portal. El aire de la madrugada era frío, húmedo, y se pegaba a la piel con esa sensación incómoda que nunca desaparecía del todo.

La calle estaba desierta. No había prácticamente vehículos, ni gente. Nadie. Ningún testigo. Habían elegido la hora perfecta para que aquello no lo observase nadie ni hubiese preguntas al respecto.

La condujeron hasta un vehículo negro aparcado enfrente, sin distintivos y con los cristales tintados. No hacía falta ver más para saber que estaba en lo correcto.

Clara se detuvo una fracción de segundo antes de entrar, lo justo para confirmarlo. Aquellos hombres no eran de la policía, no oficialmente.

Uno de ellos abrió la puerta trasera.

—Entre.

Clara obedeció, pues no tenía otra opción. Se sentó y la puerta se cerró tras ella.

Los otros ocuparon sus posiciones.

El vehículo se puso en marcha con suavidad, alejándose sin prisa, como si no hubiera nada que ocultar, pero todo en aquella escena era ocultación.

Clara miró por la ventanilla. Reinaban la oscuridad y las calles vacías de una Barcelona que aún dormía.

Miró a los hombres que la rodeaban.

—¿A dónde me llevan?

El hombre a su lado no la miró de inmediato, aunque luego giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—Lo sabrá cuando lleguemos.

Nada más.

Clara le sostuvo la mirada un instante y luego la apartó.

Aquello no iba a ser nada fácil.

Se recostó ligeramente en el asiento, notando por primera vez el peso real de la situación.