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Levantó la vista muy despacio y, por un segundo, todo el ruido de la oficina desapareció.
—Tengo que irme —dijo.
—¿Ahora?
—Sí.
Su tono había cambiado a uno frío y cortante.
Laura frunció el ceño.
—¿Va todo bien?
Clara ya estaba guardando el móvil.
—Sí… —mintió—, quedamos otro día, ¿vale?
No esperó respuesta. Se giró y se fue.
El aire de la calle le pareció distinto, más frío.
Caminó hacia la parada del autobús con paso firme y más rápido de lo habitual, notando que su cabeza empezaba a trabajar sola, encajando piezas, descartando opciones y buscando una explicación que no le gustaba.
Subió al autobús casi sin mirar y se sentó junto a la ventana.
Respiró, intentando calmarse.
“No ha pasado nada, solo ha sido una sensación, un fallo”, se decía a sí misma para calmarse. Eso le pasaba por mezclar demasiado las cosas, por no desconectar nunca, por…
Se quedó bloqueada cuando al alzar la vista coincidió la mirada con un hombre unos asientos más adelante. No lo tenía directamente enfrente, sino de lado, mirando su móvil y elevando la vista hacia ella.
Clara apartó la mirada y la volvió a bajar. No era nada.
Lo miró de reojo y comenzó a contar. Treinta segundos, un minuto… alzó levemente la cabeza y volvió a mirar. El hombre levanto la vista inmediatamente directo hacia ella, demasiado rápido y preciso. ¿La estaba controlando?
Clara sostuvo la mirada un segundo y la apartó.
—Tranquila —se susurró a sí misma, como un mantra—. Vas a volverte loca.
Volvió a mirar por la ventana, intentando poner la mente en blanco.
Las luces de la ciudad pasaban rápidas, reflejándose en el cristal como manchas difusas.
—Respira, tranquila… no es nada.
Tragó saliva y giró levemente su cuello hacia ese hombre.
Él volvía a mirarla y, esta vez, no apartó la vista de inmediato. Luego bajó los ojos, como si no hubiera pasado nada.
El corazón empezó a latirle un poco más rápido.
—No, no, no… no es nada.
Se estaba obsesionando, siempre hacía lo mismo. Analizaba todo demasiado y veía conexiones donde no las había. Aquel hombre estaba entretenido con su móvil y levantaba la mirada solo de vez en cuando; era solo una coincidencia que mirase en su dirección.
Pocos minutos después, el autobús se detuvo en su parada. Clara se levantó sin mirar atrás y bajó.
El aire frío volvió a golpearle la cara, despejándola, lo cual agradeció.
Avanzó unos pasos rápidamente y respiró tranquila cuando escuchó a su espalda que las puertas del autobús se cerraban.
Suspiró tranquila y entonces se giró para corroborar que el autobús se alejaba, aunque el corazón le dio un vuelco cuando observó que, unos metros por detrás, el hombre que la había observado en el autobús caminaba tras ella. ¿Se había bajado en la misma parada?
El pulso se le disparó y sintió un golpe seco en el pecho.
No, no significaba nada, podía vivir por allí, bajarse en la misma parada…
¿El hackeo a su móvil y ahora el hombre que la miraba y la seguía? Aquello no tenía muy buena pinta.
Se obligó a girarse y a seguir caminando con paso firme y natural, como si no pasara nada o no lo hubiera visto, como si no sintiera su presencia a su espalda.
No miró atrás, no iba a hacerlo.
Giró la esquina, acelerando el paso y sujetando con fuerza el bolso a su hombro, y buscó la llave rápidamente en su interior.
El portal estaba ahí, a pocos metros.
Las llaves se le resbalaron un segundo entre los dedos.
—Joder…
Llegó a la puerta del portal y consiguió abrir. Entró y cerró directamente.
El sonido del portal al cerrarse fue lo único que consiguió cortar todo lo demás.
Subió las escaleras de dos en dos, sin mirar atrás ni pensar; solo se concentró en subir.
En cuanto se situó frente a la puerta de su piso, abrió, entró y cerró, esta vez con más calma.
El aire del piso la envolvió. Un lugar conocido y seguro.
Se apoyó un segundo en la puerta, dejando escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Estás loca…
Lo dijo en voz baja, casi como una reprimenda.
Milo apareció desde el salón, mirándola con curiosidad.
Clara negó levemente con la cabeza, dejando las llaves sobre la mesa.
—No es nada —le dijo al gato, como si intentase tranquilizarlo, aunque esas palabras iban dirigidas a ella—. Es solo cansancio. —Se pasó una mano por el pelo, soltando una exhalación—. Tienes que calmarte.
Por un momento, casi se lo creyó.
Se separó de la puerta despacio, aún con esa sensación incómoda instalada en el pecho, como un eco que no terminaba de desaparecer.
Nada de aquello encajaba. El móvil, el acceso y, luego… el hombre. Demasiadas coincidencias y demasiado seguido.
Clara avanzó hacia el salón sin quitarse del todo esa idea de la cabeza, dejándose caer en la silla frente al escritorio con un gesto más tenso de lo habitual. Su mirada se posó en el teléfono que había dejado sobre la mesa, como si fuera algo ajeno.
Lo cogió y lo encendió.
La pantalla respondió con total normalidad. Se quedó unos segundos observándolo y lo desbloqueó. Inspiró hondo mientras este cargaba el sistema. Las aplicaciones en su sitio, no había notificaciones ni actividad extraña. Nada.
Frunció el ceño y entró en ajustes, revisando conexiones, consumo de datos, procesos en segundo plano. Todo estaba limpio y dentro de lo esperado. Ningún pico extraño, ninguna app desconocida, ningún rastro evidente de acceso externo. Era como si no hubiera pasado nada.
—No es nada… —murmuró más para sí misma.
Aquello no tenía sentido. Lo había visto, no había sido una impresión. Sabía reconocer un acceso cuando lo tenía delante, cómo se comportaba un sistema cuando alguien más estaba dentro.
Aquello había pasado, pero ahora… nada, cero, como si alguien hubiera entrado y luego hubiera cerrado la puerta con cuidado sin dejar huellas, tal y como ella hacía.
Clara apoyó el móvil sobre la mesa, más despacio esta vez, y la mandíbula se le tensó.
No le gustaba nada lo sucedido.
Aquello solo podía significar una cosa: alguien había entrado sin dejar rastro. Y si ella no podía demostrarlo, entonces estaba por encima de su nivel. Eso sí era un problema.