3 #2
Clara dejó el móvil sobre la mesa, se levantó, recogió el vaso vacío y lo llevó a la cocina, dejándolo en el fregadero sin pensar demasiado.
Milo levantó la cabeza desde el sofá, observándola en silencio.
—Ya está —murmuró, más para sí misma que para el gato.
Volvió al escritorio donde las pantallas seguían negras e inofensivas, como si no hubiera pasado nada, como si ella no acabara de alterar un sistema que ni siquiera sabía que había sido tocado.
Se quedó de pie un segundo más y luego apagó el equipo. Todo volvió a la normalidad, o eso parecía, porque en algún lugar, dentro de un sistema que seguía funcionando sin saberlo, acababa de abrir una puerta que alguien más llevaba tiempo esperando cruzar.
Se quedó un momento más junto al escritorio, en silencio, dejando que la calma regresara poco a poco, como siempre hacía después de terminar.
Aquello no era solo trabajo, era una gran responsabilidad, una que no se veía, que no aparecía en ningún contrato, pero que estaba ahí, constante, pesada, acompañándola en cada decisión, en cada línea de código y en cada acceso que abría sin permiso.
Si alguien la encontraba, no habría advertencias ni margen para reaccionar, solo prisión. Así de simple.
No jugaba con aquello, no era un hobby o un reto; era un equilibrio constante entre hacerlo perfecto y no existir.
Ser una de las mejores no consistía solo en entrar, sino en saber salir: borrar, desaparecer y no dejar nada atrás. Aun así, cada trabajo era una apuesta.
Un error y todo se acababa.
Pero aquella vez todo había salido bien, como siempre.
En algún lugar, en ese mismo instante, el sistema que había tocado seguía funcionando, validando accesos y procesando datos. Todo aparentemente normal, pero no lo era.
Las autenticaciones empezaban a duplicarse, a desviarse, a abrir puertas que no estaban previstas.
En cuestión de minutos, horas como mucho, alguien con el acceso adecuado podría entrar sin ser detectado y moverse dentro del sistema como si siempre hubiera estado ahí, y cuando eso ocurriera, el daño sería silencioso, rápido e irreversible.
Los datos estarían comprometidos, los accesos vulnerados… quizá una caída del sistema, o quizá algo peor.
No necesitaba saberlo, no era su parte. En este caso su trabajo terminaba en el momento en que la puerta quedaba abierta. Lo demás, en este caso, sería problema de otro.
Desvió la mirada hacia la pantalla ya apagada y una leve sonrisa irónica apareció en sus labios.
—DulceError… —murmuró y negó suavemente con la cabeza—. Ni tan dulce… ni tan error.
Clara ladeó su cabeza mientras escuchaba la pregunta del cliente.
—Entonces, si alguien quiere entrar en nuestro sistema… ¿lo hace desde fuera o desde dentro?
Clara mantuvo la mirada fija en él un segundo más de lo necesario antes de responder.
—Desde ambos —dijo con calma—. Depende del tipo de acceso que consiga.
El hombre asintió lentamente, como si acabara de recibir una revelación compleja, aunque su expresión indicaba más esfuerzo que comprensión real. Tendría unos cincuenta años, traje impecable, reloj caro y ese aire de seguridad que no venía de entender las cosas, sino de no necesitar hacerlo.
—Claro, claro… —murmuró—, tiene sentido.
No lo tenía.
Laura, sentada un poco más atrás, fingía revisar unos documentos con una concentración que Clara conocía demasiado bien.
—Lo importante —continuó Clara—, es que ahora mismo tienen varios puntos vulnerables que permiten ese acceso con relativa facilidad.
—Ajá. —El hombre se inclinó ligeramente hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa—. Y dígame una cosa… —bajó la voz, como si fuera a preguntar algo especialmente inteligente—. Si apagamos los ordenadores por la noche… ¿eso ayuda?
Clara no parpadeó y Laura dejó de pasar páginas.
—Reduce el tiempo de exposición —respondió Clara al final, con la misma serenidad de siempre—. Pero no elimina el riesgo.
—Ya, pero… si están apagados…
—Los sistemas siguen existiendo —explicó ella—. Y muchos accesos no dependen de que haya alguien usándolos en ese momento.
El hombre asintió otra vez, convencido.
—Claro, claro… lógico.
Clara continuó como si nada.
—Además, tienen varios servicios activos que no están correctamente monitorizados. Eso permite accesos indirectos.
—¿Indirectos?
—Sin interacción directa con el usuario.
—Ah.
El hombre miró a su alrededor, buscando algo que reforzara su posición en la conversación.
—¿Y si cambiamos todas las contraseñas?
Clara contuvo la respiración.
—Es una medida básica —respondió—, pero insuficiente si la arquitectura del sistema sigue siendo la misma.
—Pero algo hará.
—Sí.
Laura carraspeó por lo bajini, disimulando. Clara ni la miró.
—Lo que nosotros proponemos —continuó—, es un rediseño parcial de la estructura de accesos, con control por contexto y segmentación real de red.
El hombre la observó con atención.
—Ya… Y eso, ¿es muy complicado?
—Depende de cómo definan “complicado”.
—Dinero —aclaró él.
Clara ladeó ligeramente la cabeza.
—Menos que una brecha de seguridad. Eso seguro.
Laura bajó la cabeza de golpe, fingiendo toser.
—Perdón —se disculpó.
El hombre no pareció captar el matiz.
—Sí, bueno… claro… —murmuró algo incómodo—. Pero nosotros nunca hemos tenido problemas.
Clara lo miró fijamente.
—Que usted sepa.
El hombre se removió en la silla, ajustándose la chaqueta.
—Ya… bueno… entiendo.
No entendía nada.
Clara se recostó ligeramente, manteniendo la compostura.
—Nuestro trabajo —añadió—, no es solucionar problemas cuando aparecen.
—¿Entonces?
—Es evitar que aparezcan.
El hombre asintió lentamente, como si aquella fuera, por fin, la frase que necesitaba.
—Eso suena bien.
—Sí —le sonrió.
Laura volvió a carraspear, esta vez más controlada.
Clara no sonrió, pero estuvo a punto.
La reunión terminó como había empezado, con Clara teniendo razón.
—Adelante —dijo—. Procedamos.
Marcos sonrió, satisfecho, tendiéndole la mano al hombre para sellar el acuerdo mientras empezaban a concretar fechas, entregas y condiciones. Todo rápido, limpio y profesional.
Otro contrato, otro cliente importante y otro problema que ya no era suyo, al menos, no del todo.
Cuando salieron de la sala, el ambiente cambió.
El ruido de la oficina los envolvió de nuevo, devolviéndolos a la normalidad.
Laura apareció a su lado casi al instante.
—Vale —dijo en voz baja, inclinándose hacia ella—, ya es oficialmente la hora de abandonar la oficina.
Clara dejó la carpeta sobre su mesa.
—Eso suena bien.
—¿Te vienes a tomar algo?
Clara alzó una ceja, mirándola de reojo.
—¿Vas con tu novio?
Laura sonrió sin disimular.
—Sí… pero hemos quedado un poco más tarde. Podemos ir juntas un rato.
Clara hizo amago de sonreír.
—Gracias… pero no —acabó riendo.
Laura la observó, pensativa, pues conocía bastante bien a Clara.
—¿Te sientes incómoda?
—No.
Laura no apartó la mirada y Clara sostuvo la suya unos segundos más, intentando mantener la misma seguridad de siempre, hasta que la perdió ligeramente.
—Bueno… —murmuró—, un poco.
Laura sonrió, como si ya lo supiera.
—Normal.
—No es normal —replicó Clara—. Es absurdo. Solo sois vosotros dos.
—Exacto —le dio la razón Laura—. Por eso necesitas salir más.
Clara cruzó los brazos.
—Estoy bien así —dijo, encogiéndose de hombros.
—Claro que estás bien —respondió Laura—. Pero podrías estar mejor. —Clara la miró con escepticismo y Laura sonrió más—. Vale, escucha —dijo bajando un poco la voz—. ¿Y si viene alguien más?
Clara entornó los ojos.
—No.
—Ni siquiera sabes quién es.
—No.
—Es el primo de Alfonso —respondió, ignorando la negativa de su amiga.
—No — repitió Clara.
Laura soltó una risita.
—Es ingeniero de puentes y caminos, vive aquí en Barcelona. Es alto, moreno, bastante mono…
—Laura…
—Y… es muy majo, de verdad.
Clara negó con la cabeza, girándose ya hacia su ordenador.
—No.
—Está soltero.
—Eso no mejora nada.
—Le enseñé una foto tuya —rio.
Clara se quedó completamente quieta y giró la cabeza muy despacio, con la mandíbula desencajada.
—¿Que hiciste qué?
Laura ya estaba riéndose.
—Nada, una foto normal.
—¡Laura!
—Le pareciste muy guapa.
Clara entreabrió la boca, sin saber si reír o enfadarse.
—Tú no estás bien del coco.
—Estoy intentando ayudarte —se encogió de hombros.
—No necesito ayuda.
—Eso lo decides tú… después de conocerlo.
—No lo voy a conocer.
—Es solo un café —insistió Laura.
—No.
—¿Una copa?
—No.
—Diez minutos, porfiii —suplicó.
—Laura… —la señaló con el dedo.
Laura levantó las manos, rindiéndose a medias.
—Vale, vale… —murmuró, pero seguía sonriendo—. Otro día.
Clara negó con la cabeza.
—Estoy cansada —añadió.
—Ya lo sé. —Hubo un silencio breve—. Pero es un chico divertido, amable, educado… y tú… te lo pierdes —le recriminó Laura.
—No digo que no lo sea, quizá… otro día.
Clara iba a añadir algo más cuando su móvil vibró, aunque de una forma diferente a cuando recibía un mensaje o una llamada. Era un patrón extraño e irregular.
Frunció ligeramente el ceño, sacándolo del bolsillo. La pantalla ya estaba encendida. Eso no era normal.
Lo miró atentamente: no había notificaciones visibles, solo actividad y un parpadeo leve, como si algo o alguien estuviera accediendo.
Clara se quedó inmóvil y sus ojos recorrieron la pantalla, procesando y evaluando.
No era una app abierta ni un error: era tráfico interno.
—No… —susurró casi sin darse cuenta.
Laura la miró confundida.
—¿Qué pasa?
Clara no respondió, pero su pulso se aceleró ligeramente.
Había visto eso antes, pero nunca en su propio dispositivo.
Un acceso no solicitado, una lectura en segundo plano. Alguien estaba intentando entrar o ya lo había logrado.
No lo pensó, deslizó el dedo a modo avión. La pantalla reaccionó, aunque no como debía: demasiado lento, un segundo más de lo normal.
Con eso era suficiente. Ahora tenía claro que la estaban hackeando.
El estómago se le tensó y apagó el móvil directamente. Aun así, la sensación no desapareció.